Lo de la vivienda, perdonen que insista Joaquín Jesús Sánchez
Son las once de un miércoles a mitad de enero y en el bar Florida de Víznar está desayunando en un descanso rápido el equipo científico de la Universidad de Granada que sigue trabajando en las fosas del barranco. De la última que abrieron emergieron los restos de veintiocho personas. Es la más numerosa de todas las que ya ha exhumado este grupo, un comando joven y resistente al frío, al calor y a otros envites, dirigidos por el profesor Francisco Carrión, profesor de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada. En total, la cifra de individuos exhumados se acerca ya a las 200 personas en los años que han durado las varias campañas de los trabajos.
No debe ser fácil manejar, a la vez, la ciencia, lo que es tu trabajo diario y el saber, con las emociones que revuelven estas revelaciones de la tierra. Tratar con la violencia, aunque sea cada vez más alejada en el tiempo, pasa factura. Algo así nos dice Carrión. Y cómo no. El momento más emocionante del proceso llega con la entrega de los restos identificados a los familiares: cuesta hablar, cuesta tragar y decir algo que pueda condensar todo ese espacio de tiempo, la estrecha relación que el equipo establece con los restos encontrados, ya son sus muertos también, y ocho décadas de silencio bajo tierra y de silencio en todas partes.
En el laboratorio, que han situado en el antiguo molino del pueblo, limpian y clasifican los restos. En una pila de cajas de plástico están reunidos los huesos de cada uno de los individuos que han encontrado, agrupados estos dentro de las cajas en bolsas de plástico por partes del cuerpo: acierto a leer en una de las bolsas la palabra “costillas”. En la planta de arriba, dos mujeres jóvenes se encargan de limpiar con extrema delicadeza y uno a uno los restos en unos barreños. Están sentadas una frente a la otra, abrigadas con forros polares de la universidad, con guantes de látex y en silencio. Otra revisa las fotografías y el trabajo de campo. Hablo con una de ellas sobre si es consciente todo el tiempo de lo que tiene entre manos.
En la planta baja del molino, otras dos mujeres ordenan los objetos que han salido de la fosa: botones, restos de un cinturón, un broche con un pequeño timón o un montón de suelas de zapatos identificadas en bandejas blancas que parecen fósiles de barro, pero que una vez fueron las pisadas de alguien. Alguien que fue arrastrado hasta allí, que fue ejecutado de uno o varios tiros en la cabeza. Personas asesinadas.
La memoria son silencios que se van llenando de palabras
Álvaro es bombero forestal de la Sierra de Víznar, es parte del retén que vigila esos barrancos. Les advierte sobre el estado de algunos de los árboles, que tengan cuidado, les dice, pueden caer. Han creado un grupo de WhatsApp en el pueblo para contarse los avances y compartir las noticias sobre los trabajos. Más arriba, desde las trincheras nacionales de la guerra civil que defendían el frente de Granada, se ve la reforestación de toda la zona. Todos esos valles fueron replantados con pinos durante la dictadura, camuflando los crímenes que esconden los pozos del camino que va de Víznar a Alfacar.
Allí nos encontramos también con Luis, que fue el alcalde que se empeñó en la dignificación del barranco. Imagino que, cuando miras hacia atrás –le digo–, es bonito haber llevado a cabo esa resignificación. Dice que sí, por supuesto. Fue entonces cuando se hizo el graderío del barranco y la piedra que dice: Lorca eran todos. Porque fue ahí, en el camino de algo más de un kilómetro que va de La Colonia al barranco, donde asesinaron al poeta un mes después de que empezara la guerra.
No deja de ser bonito y también esperanzador, a pesar de la naturaleza de lo que tienen entre las manos, el empeño en hacer comunidad que tienen todas estas personas, la vocación por resolver, por desenterrar, por devolver, por poder pasear por esos montes sin sentir que estás pisando ecos de muerte y de violencia.
Esa tarde, Francisco Carrión hijo, quien se encarga de las relaciones del equipo con las familias, me envía algunas fotografías que ha tomado de los trabajos. Las ha hecho con una lente antigua, una óptica de entonces, en blanco y negro, y son impresionantes. La sensibilidad con la que están tomadas es enorme. Son duras, pero en ellas se hace visible, sin necesidad de palabras, la historia del terror y de la represión, a la vez que se intuye el trabajo invisible que realizan en las exhumaciones ellos y otros equipos como el suyo en otras zonas del país.
Todos sabemos que, si la derecha gana las siguientes elecciones –sean cuando sean–, los presupuestos para las exhumaciones podrían vaciarse. Todos sabemos que estos trabajos pudieron hacerse mucho tiempo antes. Pero la memoria no es sólo políticas o ideas, es conocimiento. Es nuestro derecho a saber y relacionarnos con el pasado de forma sana y no abstracta. La memoria no debe ser un lugar para la intuición. No es una palabra manipulada por unos y por otros. Va más allá. La memoria es ciencia y, a veces, la ciencia también está llena de historias y de emociones. De personas que se manchan de tierra las manos. De familias represaliadas que son hoy –y muy poco a poco– reparadas. La memoria son silencios que se van llenando de palabras.
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