Las guerras persas

Vuelven a la guerra. Vuelven los de siempre. Perderemos la primavera, como perdimos la Transición, la Guerra Civil, la Liga y el contrato de trabajo, y ahora estamos a punto de perder la primavera en sí misma, la primavera negra de Henry Miller y todas las primaveras de mañana. Lo digo no sólo en un sentido metafórico, sino también en un sentido cronológico. Aquí no hay más dios que el dios nuclear. Occidente, con la muerte de Jamenei, regresa a la crisis del petróleo del 73, al cerrojazo de Ormuz, a la inflación. Gracias a los espumarajos de Cercas, hemos comprendido que Sánchez se parece cada día un poco más a Suárez. Estos últimos ocho años en España han sido una sucesión de guerras y volcanes, de crisis y pandemias. Los 45 años de Constitución han sido un repente que hemos tenido en el cuenco febril de nuestras manos y que amenaza con romperse cada nueve meses.

La guerra siempre le deja a uno político y sentimental. No quiero que se me ocurra nada lírico en esta columna porque a lo mejor van y me dan un premio como se los daban al maestro Luis García Montero por oraciones como estas cosas: "A vosotros, que cortáis la manzana del mundo, con el anonimato de las guerras, os pido caridad". Lo mismo con su poema se me aparece un joven muerto con flores en la boca, que escribió el otro gran poeta Antonio Lucas de mi generación, con alma de nardo y relámpagos de genio Aleixandre.

Los sarpullidos del tiempo, las ojivas de la tierra, afiladas y amenazantes, cruelmente nucleares, me explican que la primavera está ya muy cerca y uno, que no quisiera ser talibán de nada, se encoge ensimismado como sarneándose el numeroso polen primaveral y este olor a matanza que trae la borrasca Regina. La primavera política de Madrid ha rescatado a Zapatero en el Senado, con cráneo de cónsul, su ceja astuta y vencedora, como otros rehabilitan en Extremadura, Aragón o Castilla y León al general Franco el futuro terror. Y como otros –Javier Cercas, un suponer–, que han rehabilitado el instante de una anatomía vieja y desfasada, la momia de Gutiérrez Mellado, la de Martín Villa, presente, la de Milans del Bosch, la de Tejero, ausente, o la de Suárez y Carrillo, eternos como dos bustos romanos. Lo mejor de la desclasificación de los archivos del 23F ha sido escuchar a Cercas afirmar que Sánchez hace con los papeles desclasificados un gran servicio a la democracia, aunque luego pida en El País su dimisión por… vaya usted a saber. Lo que quiere uno decir es que vive una guerra permanente. La guerra de los clérigos y los americanos y la guerra de los historiadores y Cercas. Otra guerra más en la sempiterna guerra de España.

Lo que quiere uno decir es que vive una guerra permanente. La guerra de los clérigos y los americanos y la guerra de los historiadores y Cercas

Todo esto pasa mientras esquivamos la ferralla de la guerra. El portaviones Gerald Ford ataca como una ballena blanca, con su esqueleto de hierro y ballena azul. Desde el Gerald Ford se hilvana un nuevo telar sobre Persia. Hay unos fondos goyescos en todo el paisaje árabe que nos trae la vieja Persia. La guerra acaba siempre en una pintura negra de Goya o en un relato de Lawrence de Arabia. He aquí la osamenta de la victoria y la derrota, los huesos férreos enterrados bajo la historia de aquel simio que Kubrick supo ver golpeando a otro simio con la quijada de una mula en la otra Odisea.

Vuelven los mismos a la guerra y mueren los mismos en ella. Vuelven todos menos Sánchez, convertido en el escudo social de la paz y la gloria. En la Nueva Diplomacia Española, Albares sabe que con una sola batalla, la humanidad retrocede millones de años. El loco Trump necesita este Goya de sangre al fondo para hermosear su imagen. Irán es al presidente americano lo que los finos tapices a los reyes crueles de antaño. Pero alguien, un soldado americano o un guardia revolucionario iraní, una víctima o un verdugo, o esos niños de una escuela de Teherán, han hecho la pintada, el grafiti que condena esta guerra.

La flor negra del petróleo herboriza en las calles de asfalto desde Chipre hasta Madrid. La guerra la vemos siempre igual aunque ahora la hagan los misiles del Gerald Ford y dos fragatas francesas o los drones de Persia. Y así la guerra vuelve a humanizarse y cobra su naturaleza profunda de crimen que tanto habíamos ocultado a fuerza de tecnologías y drones negros. Hay que madrugar para enterarse, por el crepúsculo y por el periódico, de que el mundo se diluye en una ola de fuego. Ha comenzado y empezará otra matanza para completar ese collar de madera de boj y de oro negro que es el Golfo Pérsico. Lo dijo André Breton: "Persia, siempre Persia, Grecia es el gran error". O sea nosotros.

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