Ruido en el Congreso y llanto militar Víctor Guillot
Toda la labor de Pedro Sánchez se va desvaneciendo hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas, que escribió Pablo Neruda. Aquí, las estatuas vienen siendo Gallardo, Alegría, Martínez Mínguez y quién sabe si María Jesús Montero, en unas elecciones convertidas en pira funeraria y lubricán del socialismo bipartidista. El crepúsculo también puede hacer tambalear la salud política de Salvador Illa desde una cama, mientras el President contempla desde la ventana el letargo de los trenes, o la robustez pucelana y ministerial de Óscar Puente, amenazado con caerse desde un viaducto catalán por el que ya no pasan AVEs ni Cercanías.
Los caucus autonómicos son los derbis de la derecha donde se define y cobra forma el hegemón autoritario. Los dioses del Olimpo observan cómo se queman los peones del socialismo en las periferias mudas, cómo Vox adelanta sus posiciones ante el PP en la maratón de Marte y cómo Alberto Núñez Feijóo las pierde tras su última comparecencia en el Congreso de los Diputados, reemplazado desde dentro por Ayuso y desde fuera por todos los demás. El presidente popular fue zarandeado este lunes en la comisión que investiga la dana de Valencia por los tres jinetes de la España plurinacional: Ibáñez, Matute y Rufián. Tras las elecciones de Aragón, algo podrido volverá a olerse en la calle Génova (y no será Azcón, precisamente).
Durante este año trumpista, la política de Pedro Sánchez se ha hecho más heroica y audaz. Su hiperliderazgo cobra más sentido en el sistema mundo que en la Corte de los Leones. Pero, como ya advertimos aquí, el verdadero peligro que puede hacer tambalear al presidente del Gobierno no está en Groenlandia ni en la Carrera de San Jerónimo. La batalla se juega en Indra, Telefónica, Red Eléctrica y, ahora también, Renfe y Adif. Hay señales de humo en la corteza terrestre del poder que han hecho encenderse las alarmas en el búnker subterráneo de La Moncloa. El foco más conflictivo del Madrid DF está en esas empresas donde la democracia es algo más que una estadística y los contratos que se firman tienen tanta importancia como las leyes que se negocian en el Congreso.
España siempre ha tenido un atávico instinto militar. Claro que la impregnación de lo guerrero se ha dado también en otros países, otras sociedades, otras literaturas y otros siglos. Shakespeare levantó su teatro como denuncia y denigración de los reyes de Europa en Inglaterra, mientras que Lope y Calderón urdieron el suyo para justificar a esos reyes. Pero hay en España, sin duda, a través de la Historia, más superstición del sable que en otros países. Quevedo consagró todo esto con una expresión que asombraba a Borges, y que se contiene en los versos del poeta barroco al Duque de Osuna, muerto: "el llanto militar". Rara vez el llanto ha sido adjetivado de militar. De pronto, en el siglo XXI, el sable de Quevedo logra recobrar el prestigio del Siglo de Oro.
Parece que las alarmas se han encendido definitivamente en el Gobierno y se ha vuelto a escuchar el llanto militar de Margarita Robles desde su despacho en el Ministerio de Defensa
Parece que las alarmas se han encendido definitivamente en el Gobierno y se ha vuelto a escuchar el llanto militar de Margarita Robles desde su despacho en el Ministerio de Defensa. Suenan salvas funerales por Ángel Escribano, el nuevo Duque de Osuna de la cosa militar. Por el momento, la presidenta de la Sepi, Belén Gualda, ya ha dado la orden a sus tres consejeros en Indra para que se paralice la compra de Escribano Mechanical & Enginering, la empresa de lo hermanos Escribano, donde uno de ellos hace las veces de presidente.
Tiembla el misterio de la guerra cuando la viabilidad económica de la empresa pende del juicio en el Supremo que podría mandar al infierno 7000 millones en contratos y otros 3000 en préstamos de financiación del Estado. Prim, O'Donnell, Serrano, Espartero, "el espadón de Loja". Sables de la panoplia liberal y sables de la panoplia reaccionaria. Todas se funden en este horizonte escrito ya como una posibilidad. Esta ambivalencia del sable es lo que más justifica a todos. Unos se redimen con los otros. El sable nacional es el acorazado de acero imparcial y transnacional que corta el nudo gordiano de las grandes ataduras circunstanciales. La penetración de la economía militar horada la vida civil y ya se decide entre mujeres sin dejar de perder una esencia histórica: lo más español que se podía ser a lo largo de la historia era necesariamente militar.
La pregunta es sencilla. Con todo el merecumbé que se está cociendo en Indra, la empresa en la que Pedro Sánchez ha confiado la práctica totalidad de las capacidades de España en la OTAN, ¿cómo es posible que el PP macho de Alberto Núñez Feijóo no haya dicho ni media palabra todavía? Puede ser la famosa superstición del sable pero también la no menos importante presencia de José Vicente de los Mozos, CEO de Indra, hombre estrechamente vinculado al gallego hasta hace muy poco, y ahora alfil de Isabel Díaz Ayuso en su conquista del PP. Tomen nota. Robles, Gualda y Ayuso: el poderío militar español ha dejado de ser una cosa de machos y hoy, quienes deciden sobre las vidas y destinos de las legiones son una gavilla de mujeres afiladas en la villa y corte de Madrid. Menudo pasote.
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