Si pudiera explicar las vidas que quité

En una escena del documental Flores para Antonio, Alba Flores lee la autopsia de su padre y pronuncia las sustancias que encontraron en su sangre: “Leo tu autopsia, papá. Tus 33 años. Tu pelo oscuro. Tus ojos oscuros. Tu mano izquierda, la de los acordes, con una férula de escayola. Escarcha en tus pulmones. Y petequias en tu corazón. La presencia de opiáceos, cocaína, analgésicos, ansiolíticos y alcohol. Y la presencia de tu dolor”. En otra secuencia, el músico Ariel Rot le explica a Alba que uno de cada quinientos españoles consumía heroína en España en aquellos años, que sus ídolos lo hacían y que, para algunos, tenía algo de romanticismo. Aunque Antonio Flores no murió por causas derivadas del consumo de heroína, nombrar aquella adicción es una parte del viaje que hace la hija a través de los recuerdos y la música de su padre. Antonio Flores tenía treinta y tres años cuando se fue en batalla contra sí y contra la vida, quince días después de su madre, que tanto bregó para sacar de las adicciones a su hijo.

En el libro Futuro imperfecto, Xulia Alonso explica que las razones que llevan a cada persona al consumo de drogas son distintas, especialmente, aquellas que te llevan a clavarte una aguja en el brazo con una sustancia desconocida. “Todos escapábamos de algo, todos buscábamos algo, nos buscábamos”. Alonso narra en su libro cómo fueron aquellos años y la muerte por SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) de su pareja, Nico. Es especialmente estremecedor cómo relata la abstinencia física: el terror y el frío. El FRÍO, siempre con mayúsculas. Escribió el libro para su hija, la carta más importante de todas las que podamos enviar, porque pensaba que ella también iba a morirse. Quería explicarle por qué llegaron hasta ahí entregando la voluntad, cómo es volverse adicto. Quería decirle cuánto la quisieron los dos

No son los únicos trabajos que están nombrando aquellos tiempos y ese agujero oscuro y silencioso que se abrió dentro de las familias y de la sociedad. Está la película Romería, la tercera parte de la trilogía de Carla Simón, una serie de largometrajes con los que la directora indaga en su memoria personal para componer su identidad y que acaban señalando directamente hacia esa herida primera: la muerte de sus padres por SIDA cuando ella era una niña. Simón escribe además el epílogo de Futuro imperfecto, donde cuenta que, en el estreno en Pontevedra de Estiu 1993, Alonso se acercó para darle su libro y ella leyó las primeras páginas durante la proyección: “Xulia es mi madre si siguiera viva. Igual que yo soy su hija si ella hubiera muerto”. En un cortometraje de Simón titulado Carta a mi madre para mi hijo, se pregunta la directora qué podrá saber su hijo de su abuela biológica si apenas ella conoció a su madre. Cómo se la puede contar si no tiene casi elementos, cartas a los amigos, fotografías, para contársela a sí misma. Más palabras e imágenes abiertas y lanzadas al vacío del olvido colectivo y la brecha intergeneracional

Escribir sobre las heridas familiares nos traslada a territorios emocionalmente complejos. No es fácil atravesarlos. Pero sana

También está Nela 1979, donde el escritor Juan Trejo emprende la búsqueda de su hermana mayor, Manuela Trejo, fallecida a finales de los setenta con veintiún años, cuando él era un niño de nueve, y perdida en la historia de la familia bajo un silencio que fue insondable hasta que él decidió ponerle palabras al hueco y a todo lo que no se había pronunciado. Nela murió antes de la epidemia de sida que se llevó a tanta gente joven en los años ochenta y noventa. 

España fue uno de los países europeos con mayor incidencia de SIDA, llegando a ser la primera causa de muerte entre la población de entre 25 y 44 años. El consumo de heroína aumentaba el riesgo de contraer el VIH a través del uso de jeringuillas usadas. La falta de diagnóstico y de tratamiento del virus produce el desarrollo del SIDA en el que el sistema inmunitario se deprime enormemente provocando muertes por enfermedades comunes y tratables o desarrollando tumores. El número de defunciones alcanzó su máximo en el año 1995, con 5.857 muertes. Una parte importante de esta cifra se produjo por contagios al compartir jeringuillas. En total, hasta 2022, el VIH ha matado a 60.000 personas en nuestro país. En 1996, la aparición de un tratamiento antirretroviral marcó un punto de inflexión en la enfermedad. Ahora, si hay tratamiento y seguimiento clínico, el virus permanece tan bajo en la sangre que se vuelve indetectable y, por lo tanto, no es transmisible. Pero, para eso, es importante la detección y el tratamiento, cuanto más temprano, mejor.

A aquella generación se la dio por perdida y así se la nombró. Pero, ¿perdida por qué y para quién? Los supervivientes de aquello y las familias se rebelan contra esa pérdida asumida. Lo hacen de forma luminosa y sin culpa. Porque hacer memoria es siempre necesario y nunca es tarde y evidencia la difícil relación emocional entre padres e hijos que se desentierra al nombrar aquellas muertes.

Hoy se transforman los vocabularios, los imaginarios, y se están llevando hasta otro lugar alejados del castigo: te lo has buscado. No. Hubo desconocimiento de la enfermedad y había una ruptura generacional con las décadas anteriores de dictadura. En plena epidemia, Carmen Martín Gaite escribía su novela Caperucita en Manhattan. Su hija Marta había fallecido por SIDA en 1985, y de esa alegoría se traduce, precisamente, que fue aquella búsqueda de la experimentación de la libertad la que se llevó por delante a tanta gente. 

A veces, el tiempo y la distancia abren paso a las nuevas perspectivas sobre el pasado. Son los hijos e hijas de los que se fueron con aquel virus los que necesitan entender quiénes fueron sus padres y madres. Son aquellos padres y madres que están vivos los que quieren explicarse a sus hijos. Por qué. Escribir sobre las heridas familiares nos traslada a territorios emocionalmente complejos. No es fácil atravesarlos. Pero sana. Por eso, es profundo el peso de cómo estas obras iluminan aquello que fue eliminado de la historia común, salvándolo de otra laguna oscura del proceso de transición democrática. Del silencio a la palabra. De la oscuridad a la luz. Del estigma a la información

*El título de la columna es un verso de la canción ‘No dudaría’, compuesta por Antonio Flores en 1980.

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