Es algo aceptado y muy estudiado que los seres humanos necesitamos olvidar para que nuestra mente pueda continuar funcionando, de ahí que, siguiendo a Freud, el olvido puede ser protector, defensivo, selectivo o político. Pero hay cosas que no se pueden y, sobre todo, no se deben olvidar –como expresaba Primo Levi, desde su experiencia como sobreviviente de un campo de concentración nazi–, ya que la memoria es una responsabilidad moral y porque de esa forma evitaremos que sea instrumentalizada políticamente. 

La memoria no es un archivo, es un proceso de reconstrucción que, en cada momento y dependiendo de los factores externos e internos concurrentes, puede dar lugar a resultados diferentes.

En este sentido, el paso de los años en las personas produce efectos higiénicos, pero, a veces, también indeseados o poco recomendables, especialmente en el caso de los políticos. Me refiero a la capacidad de algunos de estos para seleccionar las materias o vivencias, decisiones, acciones u omisiones en el ejercicio de la responsabilidad respectiva. Olvidar, por tanto, puede ser la forma de depurar la memoria del ordenador que llevamos sobre los hombros y que con el tiempo se satura o se obstruye por exceso de información.

Pero también es verdad que, llegados a cierto punto, el olvido de hechos sucedidos o de las propias responsabilidades puede ser causado por el reloj biológico o porque uno ha decidido dejar de lado aquello que le estorba en la mala conciencia y tirar hacia adelante, partiendo de un reseteo equivalente a cero, mediante el sistema de no recordar lo que no conviene. Yo lo llamo la compartimentación de la memoria. En cada una de las celdas que la forman ponemos aquellas partes que nos interesa traer al presente o encerrarlas en la mazmorra del olvido para siempre.

Felipe

Estas reflexiones me vienen al presente en base a las recientes declaraciones de quien fuera presidente del Gobierno, indiscutible líder en su momento del Partido Socialista Obrero Español y coautor de los inicios de la democracia en circunstancias complejas y harto difíciles. Felipe González tiene un puesto relevante en la historia de nuestro país. Con muchas luces, pero también con sus sombras, que no son pocas y, algunas de ellas, oscurecen en exceso la época en que le tocó gobernar.

Felipe González ha olvidado que tiene una mochila importante a sus espaldas y parece que quiere dejar muy atrás su propio equipaje, que cuenta con una terrible realidad histórica imborrable

El día 10 de febrero de 2026, el exmandatario ofreció una charla en el Ateneo madrileño en la que se lanzó de cabeza a la piscina de la crítica contra el actual Gobierno, especialmente contra su presidente Pedro Sánchez y contra el PSOE. Entre las frases que regaló a los asistentes y por extensión a todos nosotros a través de los medios de comunicación, dado que sus opiniones siguen teniendo importancia para la opinión pública española, destaca esta: “Con el candidato actual [se refería a Pedro Sánchez] en unas elecciones votaría en blanco, pero no votaré a ningún partido que no sea el PSOE”. A pesar de tal convicción, González dijo no estar dispuesto a abandonar el partido sino que considera que quien debe dejarlo es “el que lo destroce”

También consideró necesario que el PSOE se replantee algo tras los resultados de las elecciones autonómicas en Extremadura y en Aragón, señalando la ausencia de autocrítica (aunque tampoco él fue un líder que se caracterizara o explayara en dar explicaciones cuando su formación política perdía unos comicios).

En ese contexto, soltó una nueva perla para la hemeroteca: “Yo no pactaría con Vox, pero a mucha más distancia estaría de pactar con Bildu. (…) No pactaría ni en broma con aquellos que no han pedido perdón”. Lo llamativo es que lo dice quien, siendo presidente del Gobierno, negoció en Argel con los máximos responsables de ETA.

Criticó a Pedro Sánchez considerando que ha violado la Constitución por gobernar sin presentar presupuestos, dado que en esa tesitura se deben convocar elecciones, en su opinión.  “Por eso dimití yo”, puntualizó. Sin embargo, no dijo nada en favor del actual ocupante de la Moncloa, que ha conseguido vertebrar varios gobiernos de coalición, dando cabida en la gobernabilidad de este país –que había quedado maltrecho después del procès– a un variado espectro de formaciones políticas territoriales que, a menos que se disponga otra cosa, forman parte de España, les guste o no. Su pronóstico fue que la legislatura no llegará a su término. Pienso que es posible, aunque Sánchez nos tiene acostumbrados a resurgir como el ave Fénix. 

Por último, no ve González alternativa interna de liderazgo en el partido socialista porque aquel es el “puto amo” y “para que haya un puto amo debe haber siervos”. Con ello, amén de denostar a toda la militancia del partido, olvida que él era “dios” cuando comandaba el mismo con mano de hierro. Recuerdo que, cuando concurrí como independiente en las listas del PSOE a las elecciones de 1993, solo le pedí una cosa, y no fue la de ser ministro de Justicia como de forma simple e interesada se dijo, sino que me pusiera detrás de él en la lista electoral por Madrid. Es decir, ir de número 2. 

No hubo problema: una orden suya y se hizo realidad. Se corrieron todas las posiciones en la candidatura con el enfado ostensible de algunos, probablemente con razón, porque la cosa estaba difícil en aquellas elecciones, aunque después se ganaron. No obstante, no hubo discusión porque él era el número 1. Y además el rey de la oportunidad. Por tanto, atacar ahora al presidente Sánchez hace honor a una desmemoria flagrante y no es lo que se debería esperar de un predecesor en el cargo. Pienso que un presidente de gobierno debería abstenerse de criticar a un homónimo posterior, máxime si es del propio partido, al que dice defender.

El olvido

Es una verdad incontrovertible que, con el tiempo, cada uno de nosotros tendemos a autoperdonarnos, a suavizar nuestras propias acciones y a endurecer la visión sobre las que afectan a los rivales. 

En este sentido, Felipe González ha olvidado que tiene una mochila importante a sus espaldas y parece que quiere dejar muy atrás su propio equipaje, que cuenta con una terrible realidad histórica imborrable durante la primera década de su gobierno, y es la del terrorismo de Estado de los GAL que igualó a aquel, por un tiempo, con la crueldad sangrienta de ETA. 

Lo recuerdo bien porque estuve al frente de la investigación desde el Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional. La instrucción de la primera causa de los GAL (1988/1990) fue un ejercicio práctico de aguante judicial. Pongo como ejemplo al abogado del Ministerio de Interior, Jorge Argote, que acusaba al juzgado de favorecer más la acusación contra policías que contra los miembros de ETA. Argote señalaba que se establecían “agravios comparativos exacerbantes”, afirmando que en el Central 5 era “más sencillo ejercer la acusación popular contra miembros de la policía que contra miembros de la organización terrorista ETA en cuanto a cuantía de fianzas se refiere”. Ese era el clima, hasta el punto de que en la segunda fase de la investigación (1994/1996) debí protegerme tanto de las propias estructuras corruptas del Ministerio del Interior, aliadas con algunos medios de comunicación nada favorables a la investigación penal, como de la organización terrorista.

En la primera investigación, cuando admití la querella presentada por ciento tres personas, en su mayoría miembros de la Asociación contra la Tortura, y acepté la acusación particular en nombre de las seis víctimas de los ataques criminales, no podía saber todo lo que vendría más adelante, pero sí tenía claro que nunca, bajo ningún planteamiento, el Estado podía ponerse al nivel de los terroristas mediante la “guerra sucia”

Tengo la impresión de que Felipe González sigue también en esa idea de que no se debería haber actuado contra los GAL y que su acción fue correcta

Responder con muerte a la muerte confería al Estado el grado de criminal tanto o más que el salvajismo de ETA, que hasta 2010 fue responsable de 850 asesinados, 2.600 heridos y en torno a 90 secuestrados, amén de millar y medio de extorsiones. Por ello, para mí resultaba incomprensible que no se hubiera impulsado una averiguación seria de los hechos y que tuviera que ser la justicia francesa la que nos sacara los colores.

Los GAL fueron causantes de la muerte de 27 personas y de más de 50 heridos, a lo que deben añadirse algunos hechos muy graves como el secuestro y asesinato de Lasa y Zabala. La gravedad de lo acontecido no puede medirse por el número de víctimas, sino por el origen de los autores de las acciones ilícitas producidas, que en el primer caso procedían de una organización criminal, y en el segundo eran representantes de un Estado que se decía democrático y que, olvidando su obligación de respetar la legalidad, la vulneraron y destrozaron los principios básicos del Estado de derecho. 

Como resultado de tales acciones, fueron condenados altos mandos policiales y de la Guardia Civil, directores de la seguridad del Estado, un secretario de Estado y un ministro de Interior por su participación en aquellas acciones delictivas. 

Estas condenas fueron un triunfo del Estado de Derecho, aquello que te reconcilia con la justicia frente a la barbarie. Ahora bien, me consta, como entonces era evidente, que muchos no perdonaron nunca que se investigase y se sentenciara a los miembros de los GAL. Recuerdo al ministro de Defensa, Julián García Vargas, que, en el velatorio por el atentado contra el general Juan José Hernández Rovira, me increpó muy alterado, afirmando que esas eran las consecuencias de quienes nos habíamos “empeñado en alterar el país”. Le contesté: “Señor ministro, usted se está equivocando de objetivo”.

Tengo la impresión de que Felipe González sigue también en esa idea de que no se debería haber actuado contra los GAL y que su acción fue correcta. No entiendo, si no, que sea capaz de lanzar estas diatribas contra el actual presidente del Gobierno y contra su partido, con absoluto aplomo y sin que la conciencia le llame al orden.

Referencia de la derecha

Puede ser que, como decía al principio, no quede resto alguno en su memoria de cómo fueron las cosas. Del mismo modo que ha debido borrar los casos de irregularidades que mancharon su mandato. Lamento señalar que, al frente del país, no destacó como un gran defensor de los Derechos Humanos, y que lo más que se puede decir en cuanto al impulso de la igualdad es que se esbozaron algunas bases. Pero, considerando que presidió el Gobierno entre 1982 y 1996 al haber ganado cuatro elecciones generales, lo cierto es que se echan en falta algunas medidas en este sentido que hubieran desbrozado el camino para el reconocimiento de los derechos de las mujeres.

Tampoco recuerdo que González se ocupara durante sus diferentes mandatos por las víctimas del franquismo, ni de promover ninguna iniciativa legislativa que las protegiera o las otorgara el derecho a la justicia, la verdad y la reparación como garantías de no repetición.  O que se planteara la dimisión por los casos de corrupción que se produjeron en el último período, decisión que expresamente le solicité por carta antes de dimitir de mi cargo de secretario de Estado y como diputado, en 1994.

Eso sí, en los últimos años, fuera ya de las tareas gubernamentales y como expresidente, se ha enfocado en la situación de Venezuela. Lo llevó a cabo en forma diferente a como lo había hecho antes bajo el mandato de su amigo Carlos Andrés Pérez, haciendo el parangón con la dictadura de Pinochet en Chile (cuya detención por mi orden en Londres criticó porque podía generar problemas diplomáticos y porque no estaba de acuerdo con el principio de Jurisdicción Universal, incluido en la LOPJ que su grupo había apoyado en 1985) y defendiendo al opositor Leopoldo López. 

Al punto de que ha mantenido un conflicto continuo con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, denunciando que este hacía lobby con quienes violaban los derechos humanos, a pesar de estar acreditada su mediación para la liberación de múltiples personas privadas de libertad en aquel país.

La desmemoria es mala y lo es también la falta de pudor cuando no se quiere dar un paso a un lado o no se sabe al menos guardar silencio, lo que puede llevar al despropósito

Ya en casa, se opuso a la amnistía de los participantes en el procès catalán, pues, en su opinión, es contraria a la Carta Magna. Parece que no era así según el Tribunal Constitucional, que ha avalado esa constitucionalidad de la norma.

Son reflexiones las de González que en más de una ocasión han sido utilizadas por la derecha para abundar en sus propias acusaciones contra el Gobierno. Así, poco después de sus declaraciones en el Ateneo, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, aseguraba compartir las declaraciones del expresidente sobre el PSOE de Pedro Sánchez: "Esto no es el Partido Socialista. Esto es otra cosa. Hay alguien que ha expropiado un partido, lo ha puesto a su nombre y es suyo" manifestó Feijóo en plena sintonía.

Por estas razones, el portavoz del PSOE en el Congreso, Patxi López, expresó a su vez su pena por que el expresidente haya “dejado de ser desde hace mucho tiempo una referencia para los socialistas” y se haya convertido “en una referencia para la derecha de este país”

La desmemoria es mala y lo es también la falta de pudor cuando no se quiere dar un paso a un lado o no se sabe al menos guardar silencio, lo que puede llevar al despropósito.

 Lo expresó muy bien Mario Benedetti en su poema Pausa:

De vez en cuando hay que hacer

una pausa, 

contemplarse a sí mismo

sin la fruición cotidiana,

examinar el pasado

rubro por rubro,

etapa por etapa, 

baldosa por baldosa, 

y no llorarse las mentiras

sino cantarse las verdades.

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Baltasar Garzón Real es jurista y autor, entre otros libros, de 'Los disfraces del fascismo' (Planeta).

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