Cruzar los dedos

Verónica Barcina

Cuando el Apocalipsis deja de ser una leyenda mitológica y amenaza con materializarse, el pueblo llano, desde la inopia y la incultura, recurre a supersticiones para protegerse de lo inevitable. La sumisión individual y la capitulación social se manifiestan lanzando sal sobre el hombro, cruzando los dedos o rezando plegarias a seres imaginarios. Ante la amenaza del imperio romano, castigo de Europa y el norte de África, el jefe Abraracúrcix arengaba a sus paisanos galos exclamando “sólo hemos de temer que el cielo caiga sobre nuestras cabezas” antes de luchar contra las legiones: resistencia en lugar de resignación.

El miedo cerval ante fenómenos naturales extremos como huracanes, rayos, terremotos o inundaciones está en el origen de las supersticiones. La inventiva humana creó a lo largo de la historia otro tipo de desastres que se sitúan por encima del miedo, entre los que destaca el crimen y las guerras como forma superlativa del crimen. El término crimen sirve para designar tanto la crudeza de un asesinato como otras formas de llevar al límite al ser humano, sea el acoso, la tortura, el hambre o la privación de libertad. En regímenes totalitarios como los de Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Pinochet o Videla, el crimen se manifestó en todas las formas posibles con las consecuencias ya recogidas por la Historia.

Recordar a estos criminales y compararlos con los hodiernos Trump y Netanyahu lleva a la conclusión de que terror y crimen son amenazas históricas, siempre a remolque del dinero. ¿Y dónde se concentra más dinero? Exacto: en Oriente Medio, donde también se aglutinan los fanatismos religiosos del catolicismo, el islamismo y el judaísmo como supersticiones para justificar sus criminales crueldades. La codicia, en nombre de algún dios, está sumiendo al mundo en un aquelarre de muerte y destrucción que pudiera derivar, crucemos los dedos, en otra guerra mundial pero que no es sino la prolongación secular de lo que pasó a la Historia como las Cruzadas. Más muertes en nombre del Becerro de Oro.

La codicia, en nombre de algún dios, está sumiendo al mundo en un aquelarre de muerte y destrucción que pudiera derivar, crucemos los dedos, en otra guerra mundial

Que un engendro como Trump esté destruyendo de forma impune todo atisbo de civilización y convivencia en el mundo obedece a un plan para imponer los deseos de un grupúsculo de magnates y mangantes codiciosos dispuestos a arrasar el planeta con la sádica e inmoral intención de acumular en pocos bolsillos, los suyos, la riqueza generada por millones de personas en el mundo. El delincuente emigrante yanqui lo tiene claro: el petróleo de Venezuela, la ruta comercial por Groenlandia, los metales raros en Ucrania y la mayor producción de combustibles en Oriente Medio son motivo más que suficiente para incendiar el mundo después de que la extorsión arancelaria le haya funcionado a medias.

Personaje grotesco, delincuente, matón, fantasma que sólo folla (lo de hacer el amor es impensable en este bruto) pagando (y no siempre), asiduo de fiestas pederastas, nefasto comunicador y hortera por los cuatro costados, para perpetrar sus siniestros planes necesita sicarios a los que dejará solos, llegado el momento, en el banquillo de los acusados. Ese papel lo ejecutan a la perfección psicópatas como Netanyahu o mercenarias como Delcy Rodríguez bajo la letal batuta de un animal impresentable como Marco Rubio.

Mientras el mundo arde y las personas mueren por un capricho capitalista, imbéciles como Ayuso, inútiles como Feijóo y patanes como Abascal ejercen de palmeros de Trump celebrando la hecatombe palestina, los asesinatos en alta mar y en las calles de Minnesota, el secuestro de un presidente y los aranceles. Crucemos los dedos ante estos cruzados.

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Verónica Barcina es socia de infoLibre.

Verónica Barcina

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