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Alemania no está preparada para reactivar su economía a pesar del riesgo de recesión

La canciller alemana, Angela Merkel ofrece una rueda de prensa.

Romaric Godin (Mediapart)

Alerta roja para el crecimiento en Alemania. Tras el anuncio, el 15 de agosto, de una contracción del 0,1% del PIB en el segundo trimestre, el Bundesbank, banco central federal, ha advertido en su boletín mensual publicado este lunes 19 que la contracción podría continuar entre julio y septiembre. “A la coyuntura alemana le falta también ímpetu durante el verano y el PIB podría igualmente contraerse ligeramente”, advierte el organismo con sede en Frankfurt.

El gusto por los productos alemanes en el mundo continúa agotándose y ya afecta a las exportaciones y a la producción industrial. Las investigaciones sobre el clima que atraviesan los negocios hechas por los institutos IFO, ZEW y Markit confirman esta mala racha. Pero lo más preocupante reside en el hecho de que, según el Bundesbank, las familias podrían empezar a preocuparse, sobre todo porque podrían notarse en el mercado de trabajo los primeros efectos de la ralentización. Y es que el consumo en el hogar era hasta ahora el pilar del crecimiento alemán.

Si la previsión del Bundesbank se confirma, Alemania entrará en su primera “recesión técnica” (dos trimestres consecutivos de reducción del PIB) desde el último trimestre de 2012 y el primero de 2013, es decir, desde hace más de seis años.

Es verdad que entonces el retroceso era mucho más notable (-0,4% y -0,5%), pero la situación podría ahora ser más preocupante. También es verdad que existe un elemento de coyuntura mundial vinculado a la ralentización del comercio de todo el planeta y a un debilitamiento global de las perspectivas de crecimiento entre los clientes de Alemania. Pero el retroceso en las exportaciones es mucho más marcado que en 2012-2013 y cercano a lo que pasó en 2008: durante el mes de junio las exportaciones cayeron un 8% anual. En cuanto a la componente “perspectivas de futuro” del índice del clima de negocios IFO de julio, ahora está al nivel de julio de 2009. Sin embargo, la ralentización mundial actual no es comparable con la de los meses siguientes a lo de Lehman Brothers, por lo que hace pensar en una crisis más profunda, más estructural, de la economía alemana.

A mediados de los años 90 Alemania basaba su modelo económico en una reducción salarial junto a un nivel elevado de la gama de sus productos. Era el made in Germany barato. ¿Quién podía resistirse? Con esa fórmula mágica el país inundó el mundo con sus productos. Había un elemento clave: una fuerte demanda procedente de países emergentes, sobre todo de China. En 2008-2009, y luego en 2013, China reactivó su economía por medio de imponentes sobreinversiones y la demanda de máquinas herramientas, productos químicos y automóviles alemanes volvió a funcionar, asegurando a Alemania un crecimiento superior al de sus grandes vecinos europeos. Pero el motor chino parece que pierde velocidad desde entonces, máxime teniendo en cuenta que, en algunos terrenos, China ya es capaz de proveerse de productos de su propia cosecha.

Alemania se ha sentado, y luego adormecido, en su montaña de oro. El crecimiento de sus exportaciones se ha basado durante mucho tiempo en una débil demanda interna para asegurar precios muy competitivos. El resultado fue un excedente corriente y un exceso de ahorro, enorme, que llegó a un 8% del PIB en 2016. Pero ese excedente mostraba una irresponsabilidad: se prefería ahorrar antes que invertir. Mientras, la potencia en ascenso, China, invertía muchísimo (a veces demasiado, aunque también con resultados espectaculares).

El resultado es que los avances tecnológicos alemanes se han reducido, las infraestructuras se han degradado y China, de cliente y vaca lechera se ha convertido en una amenazante competidora. La crisis actual de la industria exportadora alemana muestra sin duda, por su violencia, los efectos duraderos de ese error político. Es ilustrativo el caso de los constructores de automóviles alemanes, incapaces de ajustarse a las evoluciones del tiempo y que habían preferido antes invertir en cómo eludir las normas que en respetarlas. Ahora, China tiene la sartén por el mango en materia de electromovilidad y Alemania va a la zaga.

A Alemania no le queda más que la resistencia de las familias que todavía consumen mucho y algunas compran ya propiedades (lo que representa un cambio notable de comportamiento para un pueblo que hasta ahora eran sobre todo inquilinos).

Pero ese pilar es bastante frágil. Por dos razones: la primera es que el modelo mercantilista alemán se basa in fine en sus exportaciones. Si el fenómeno actual de la caída de las exportaciones es estructural y durable, la industria alemana no tendrá más remedio que reducir costes por medio de empleos, salarios y presiones a sus proveedores.

La crisis podría entonces alcanzar al sector de servicios a las empresas, uno de los mayores empleadores en Alemania. Entonces no podría sostenerse la demanda de las familias. En particular porque no hay que olvidar el reverso de la flexibilización en el empleo introducida en los años 2000: toda desaceleración conduce a un reajuste rápido de los salarios y, por lo tanto, al menor rumor sobre una recesión, las familias se ven obligadas a ahorrar. Ahora bien, ese ahorro, ya se ha visto, apenas beneficia a la economía, que invierte poco. En resumen, es posible que Alemania se vea obligada a hacer un replanteamiento completo de su modelo económico.

La situación es preocupante en todas las áreas en Alemania, incluida la patronal. El director del instituto IFW Köln, afín a la patronal, Michael Hüther, es ahora uno de los críticos más virulentos de la inacción gubernamental y pide inversiones públicas de hasta 450.000 millones de euros. Eso conllevaría numerosas ventajas. Primero, permitiría dinamizar los nuevos sectores para recuperar la ventaja a China, en especial en los sectores relacionados con la transición climática. Luego, permitiría aportar un apoyo coyuntural por medio de inversiones en infraestructuras para responder a las necesidades urgentes y estructurales vinculadas a la calidad. Por ejemplo, carreteras, ferrocarriles o canales, y también la producción de energía. En fin, al incentivar la demanda interior alemana se favorecerían las importaciones europeas y, a cambio, se estimularía así la demanda de los vecinos de la zona euro. Resumiendo, es urgente que el Estado federal alemán reaccione.

Un gobierno impasible, o casi

Pero no es una sorpresa que el Gobierno federal, coalición entre los socialdemócratas del SPD y los conservadores de la CDU/CSU, prefiera mirar a otra parte y concentrarse en el mantenimiento del objetivo de un ligero excedente presupuestario federal, el sacrosanto schwarze Null (cero negro, que en alemán significa un nivel ligeramente superior a cero). A pesar del anuncio la semana pasada de la contracción del crecimiento, el ministro federal de Finanzas, Olaf Scholz (SPD), y la canciller Angela Merkel han confirmado su apego a esta política. Una sola concesión, publicada en un artículo en Der Spiegel el pasado 16 de julio: en caso de recesión, aceptarían dejar de jugar a los “estabilizadores automáticos” y no dejar crecer más el déficit.

Algunos han visto ahí, retomando el título del artículo, un “adiós de Alemania” a la política de equilibrio presupuestario, pero todo el texto explica en realidad lo contrario: hay consenso entre los dos partidos del gobierno para no invertir más que lo que permita el crecimiento de los ingresos fiscales. Dejar que jueguen los estabilizadores automáticos no es invertir, ni siquiera relanzar, es simplemente amortizar temporalmente el choque. Precisamente porque se contentarán con dejar jugar a esos estabilizadores, no se invertirá y el déficit crecerá por efecto de la crisis y del aumento del gasto social. Pero no habrá ninguna medida complementaria, ni para sostener la demanda de las familias ni para invertir en los grandes desafíos de nuestro tiempo. ¿Por qué? Porque una vez que pase la recesión habrá que volver al schwarze Null. Este supuesto abandono no es, en realidad, más que la confirmación del gusto por el medio plazo. Dicho de otra forma, Alemania, como en 2008, mira para otro lado mientras la situación se degrada.

¿Cómo explicar esa obsesión ciega? En 2008, el déficit alemán estaba todavía cercano al 3% del PIB y Angela Merkel y el ministro de Finanzas de entonces, el socialdemócrata Peer Steinbrück, podían avanzar sin necesidad de una reducción de los déficit a los ojos de las reglas europeas. Pero en 2018, el excedente público alemán alcanzó el 1,7% del PIB. Ese argumento ya no se sostiene. Salvo que la ralentización económica, mantener un excedente público o al menos esperar el regreso rápido a ese excedente tras la recesión vaya a suponer reducir fuertemente los gastos previstos.

En su boletín mensual de agosto, el Bundesbank cree que es “ambicioso” el plan de inversiones de Olaf Scholz. Sobre todo el complemento de solidaridad, el Soli, un impuesto creado para financiar la reunificación, que en 2021 deberá suprimirse para el 90% de los contribuyentes y costará a las finanzas públicas alemanas 10.000 millones de euros al año. Ahora bien, esa medida beneficiará sobre todo a los más ricos que, con ese dinero de más, se contentan a menudo… con ahorrar. El coste podría ser pues muy elevado. Y si el crecimiento sigue débil y no se quiere conservar el excedente, habrá inevitablemente que reducir las inversiones públicas previstas. En resumen, en tanto las políticas alemanas sigan obsesionadas con la deuda y el déficit al tiempo que el conjunto de sus títulos de deuda muestran índices nominales negativos (por no hablar de los índices reales incluyendo la inflación), nada podrá hacerse en serio para remontar los desafíos de la economía alemana.

A todo esto se añaden elementos políticos esenciales. Como se explica en Der Spiegel, en la coalición todos tienen excelentes razones políticas para mostrar su apego al excedente público. Angela Merkel lo necesita porque es un fuerte marcador de su electorado para dar luz verde a varias concesiones al SPD, especialmente el futuro impuesto sobre el carbono, mientras que la CDU va a la baja en las encuestas. A pesar de las alarmas de la patronal, sigue vigente el reflejo conservador de rechazo de toda reactivación. El lunes 19 de agosto, el muy conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) ha publicado un largo editorial en portada afirmando que “no es necesario un plan de reactivación”. Estribillo ya entonado en 2008 y en 2012 que ha sido siempre cuidadosamente  escuchado por Angela Merkel.

En cuanto a Olaf Scholz, como antes que él Peer Steinbrück, está afectado por un síndrome frecuente en los ministros socialdemócratas de Finanzas: el de “probar su competencia como buen gestor”, calidad que la derecha alemana disputa al SPD. Este síndrome lleva a ignorar la realidad económica e incluso a veces el interés político de su partido. Con Peer Steinbrück en Finanzas, el SPD pasó entre 2005 y 2009 del 34,2% de votos al 23%. Con Olaf Scholz, las últimas encuestas dan al SPD entre el 12% y el 14%, contra el 20,5% en 2017.

No habrá por consiguiente ningún plan de reactivación en Alemania. Europa deberá hacerlo sin ella. Habrá que recurrir una vez más a un BCE sin aliento y sin capacidad para estimular la demanda y, sobre todo, a los mercados inmobiliarios y financieros, mercados en los que se van a invertir miles de millones del excedente alemán en lugar de preparar el futuro. Desde luego, queda la esperanza que abre el artículo del Spiegel: la de un escenario estilo 2008-2009 en el que Angela Merkel y Peer Steinbrück terminaron por aceptar un plan de relanzamiento en enero de 2009 ante la amplitud de la crisis.

Sin embargo es un escenario poco creíble por dos razones. Primera, porque la crisis actual no es precisamente de choque como en 2008, sino más bien una lenta degradación estructural del modelo. El argumento adelantado por el FAZ de que la economía no necesita medios complementarios puede imponerse fácilmente. En el último trimestre de 2008, la economía alemana había cedido un 2,2% en un trimestre con el sector bancario al borde del abismo. La crisis actual es muy diferente y el nivel de urgencia experimentado será entonces más débil. En segundo lugar, porque precisamente para evitar la repetición del plan de activación de 80.000 millones de euros, el SPD y la CDU/CSU habían introducido una regla constitucional, un “freno al endeudamiento”, que limita cualquier endeudamiento del Estado federal al 0,35% del PIB y prohíbe el déficit en los Länder.

Desde entonces, la capacidad de reactivación de Alemania se ha reducido a unos diez mil millones de euros. En otras palabras, nada. Sobre todo porque esta regla autoriza (ese es el sentido de la información del Spiegel sobre los estabilizadores automáticos) un exceso coyuntural a condición de compensarlo a continuación. En resumen, Alemania no quiere ni puede servir como motor de la economía europea, ni puede permitirse el lujo de enfrentarse a sus retos más acuciantes. La ideología de sus élites está llegando a su punto mortal.

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  Traducción de Miguel López.

Aquí puedes leer el texto original en francés:  

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