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Momias o libertad

Publicada el 07/04/2021 a las 06:00 Actualizada el 07/04/2021 a las 10:59

El caso madrileño ilustra algo significativo para el panorama político general. De entrada, pueden deducirse sin demasiada dificultad dos cosas del lema de Ayuso “Comunismo o libertad”. Una, que esta será una campaña fuertemente polarizada según el eje izquierda-derecha; dos, que, en esa disyuntiva, “libertad” tiene todas las de ganar. Podrían imaginarse otras donde el PP quedara representado en el otro polo: “Neoliberalismo o libertad”, “Segregación o libertad”, “Desigualdad o libertad”, “Corrupción o libertad”. Serían verdaderos. Ahora bien, seguramente no verosímiles. Los significados colectivos no se decretan desde plumas individuales.

Como han avisado desde varios lugares, la izquierda no ganará elecciones poniendo el foco solo en las restricciones y no sobre el anhelo de salir de esta situación; se pueden ganar unas elecciones contra Ayuso, pero no contra la libertad. La cuestión, por supuesto, es qué significa esa “libertad” de la que habla el PP. Lo hemos visto estos dos años: ley de la jungla, minar los servicios públicos, bajar impuestos, no tocar privilegios de los poderosos. A ello se ha añadido, en pandemia, el orgullo de desafiar las políticas del Gobierno central y la reivindicación del hedonismo de las terrazas y las fiestas nocturnas. La primera pregunta obligada en política es por qué seduce el adversario: ¿qué clase de mundo habitamos para que ese concepto de libertad funcione? Son preguntas relevantes más allá del 4M.

Una definición precisa de nuestro mundo se encuentra en esa conjunción entre “desierto” y “simulacro” forjada por Baudrillard. Si atendemos a las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos —porque antes ocurrirá el Apocalipsis que dejar de narrarnos lo que nos pasa; también, y quizás más que nada, nos narramos el Apocalipsis mismo—, vemos que sin cesar proliferan distopías, variantes de mundos hechos jirones, sociedades hipertecnologizadas, autoritarias o hedonistas, bien a la Orwell, bien a la Huxley, identidades multimorfas, almas torturadas, héroes caídos, sociedades rotas.

En un mundo así, donde se retransmite en streaming un desfile de momias milenarias, donde la guerra se ha virtualizado tanto que ya no se distingue de un videojuego, donde la pandemia ha hecho que la web OnlyFans alcance 100 millones de suscriptores, la exaltación del individuo y sus deseos, la apelación a la “libertad de”, la mera libertad negativa, la ausencia de restricciones externas, parece más que suficiente. En cambio, la “libertad para”, la libertad positiva, el compromiso con un fin trascendente, con una vinculación comunitaria, con un lazo solidario, es, más bien que lo dado, lo que ha de ser construido. Es cierto, durante la pandemia hubo destellos de solidaridad y civismo. Pero el cansancio hace mella y, un año después, la promesa de un retorno al libre arbitrio individual y a las pulsiones desatadas es demasiado tentadora.

Muchos se han preguntado cómo podría construirse una pasión por la libertad. Pues, escribió Hegel, ninguna idea ha circulado tan indeterminada y ha sido capaz de provocar tantos malentendidos y consecuencias prácticas tan terribles. Para él, la idea de libertad no tendrá sentido hasta que se haga realidad, es decir, hasta que constituya un ser y no un objeto de adquisición, hasta que pueda decirse de ella no que se tiene, sino que se es. Esto es, no habrá libertad hasta que no solo podamos decir que somos “libres de” hacer lo que queramos, sino “libres para” ser lo que podemos ser. Hasta que no sea “impulso” o “instinto”, sino “carácter”. Y esto no ocurre sin una “existencia mundana”, es decir, sin una trama de mundo, leyes, costumbres, instituciones en que la libertad se encarna. Sin esa objetivación, la libertad no es nada.

La izquierda no debe basar su propuesta en una competición de atletismo o ascetismo moral, sino en cultivar esa pasión por la libertad mundana. Ello se consigue leyendo las formas de esta “civilización de la angustia”, de este desarraigo, de este daño silencioso que es la cotidianidad hoy. Experiencias históricas anteriores nos enseñan que, quien logra nombrar los malestares, muchas veces con la habilidad de mirar a las expresiones culturales —sin operar ahí esa distinción entre “alta” y “baja” cultura—, tiene parte del camino ganado. Y el hecho es que las cosas no han cambiado tanto. Las personas quieren tener acceso a una voz, a un lugar, a unas condiciones de arraigo y habitabilidad, a la garantía de bienestar económico y social, a un margen para elegir qué vida quieren llevar, a un ethos compartido, a la posibilidad de una biografía. Y ello late en el ganadero que se manifiesta desesperado porque la pandemia le va a hundir el negocio, en la mujer agotada crónicamente por llevar a hombros trabajo asalariado, cuidados y carga mental, en la chica trans que en Euphoria pide poder existir sin que un mandato quirúrgico sea la única opción, en el joven precario que lleva 10 años encadenando altos alquileres y contratos de 6 meses.

Estos gritos que piden libertad no son “materiales” ni “simbólicos”: son las dos cosas, son efectivamente reales. Los adalides de la “verdadera izquierda materialista” que no entienden esto son los peores y más burdos metafísicos —ahora bien, esto ya lo sabía Marx, cuando deploraba a los que daban por enterrado a Hegel como “un perro muerto”—. En 2021, alguno que habla en nombre de “la clase obrera” todavía no se ha enterado (o seguramente sí), pero lo que necesita es una coartada para tratar de disfrazar el hecho de que habla y sólo puede hablar desde el momificado terreno reaccionario. De obvio, el intento de ardid es aburrido. Acaba Hegel. Cuando se vulneran las aspiraciones de la libertad, uno siente herida “la sustancia de su existencia”. Aferrémonos a esa herida. Aprendamos a leer en ella. Y, desde ella, propongamos cómo suturar esa sustancia de libertad que fuimos y podemos ser.

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Clara Ramas es doctora Europea en Filosofía (UCM) y profesora de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha sido investigadora en Albert-Ludwigs-Universität Freiburg y HTW Berlin y profesora invitada en universidades europeas y latinoamericanas. Fue Diputada en la XI Legislatura en la Asamblea de Madrid. Ha colaborado con La 2 y diversos medios escritos. Ha publicado Fetiche y mistificación capitalistas. La crítica de la economía política de Marx, con prólogo de Michael Heinrich (2018).

 

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2 Comentarios
  • Pez Pez 07/04/21 18:27

    Si Hegel fuese un perro, sería un galgo. Cuando quieres llegar a él, ya se ha ido. Como la libertad, que "no tendría sentido hasta que se haga realidad". Es el pensador malabarista, el de la cuerda floja: quiere el movimiento y el punto de apoyo al mismo tiempo.
    Es bonito el artículo, eso de que la izquierda debe de cultivar la -"libertad mundana", el punto de apoyo en las instituciones. La base para el movimiento, para la libertad. Es la utopía al alcance de la mano y en unas elecciones autonómicas no se puede pedir más.

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  • Toreador Toreador 06/04/21 23:25

    Yo diría para el 4 de mayo, Democracia o Gurtel. Salud y Republica.

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