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Ideas Propias

Lecciones para 2023

Ideas Propias Clara Ramas

Escribo estas líneas el sábado 1 de Mayo, a tres días de las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid. Sin conocer, por lo tanto, si habrá un cambio de gobierno en la región. Según los últimos sondeos, la opción más probable parece un gobierno de derechas; sin embargo, la izquierda conserva 1 de cada 6, lo suficiente como para que haya un vuelco.

Puede sorprender, entonces, que se pretenda escribir algo hoy que apunta a 2023 cuando aún no se sabe lo que va a ocurrir el 4 de Mayo de 2021. Ocurre, pienso, que hay algo que hace que eso tenga sentido: la dinámica no lineal de cómo se depositan distintos niveles de realidad social y política en los distintos estratos temporales. Hace ya algún tiempo que la frecuencia e imprevisibilidad de las convocatorias electorales, prácticamente anuales, hacen que cada resultado, por sí solo, no baste para capturar las tendencias y necesidades que se instalan en la sociedad. El resultado de unas elecciones ha llegado a ser últimamente, más que la certeza inmediata, el índice de la posibilidad de inicio de un ciclo o de la hegemonía de un bloque. Por supuesto, esta inestabilidad electoral y parlamentaria es a su vez síntoma y refuerzo de inestabilidades epocales más amplias, que apuntan a puntos de fractura y de crisis en el registro de la década o del siglo, no del mes o del año.

Esto significa que las apuestas políticas no se declinan nunca sólo en el registro temporal inmediato del año; las que aparentemente lo hacen es sólo porque tienen tácitamente garantizado, al menos hasta el momento, el registro de la década, y piensan que para conservar esa aprobación basta con no hacer nada o reforzarlo con alguna imagen simbólicamente fuerte. Es esto lo que le ocurre al PP. En esta campaña, Ayuso sólo ha hablado por encima de la pandemia y se ha dedicado a remachar la identificación de Madrid con el modelo del PP estos últimos 26 años —especulación, turismo barato, bajos impuestos, gasto público limitado, privatización, conciertos, redes clientelares, desregulación—. Piensa que este modelo es lo suficientemente sólido, y si acaso lo ha coloreado con referencias sentimentales al Madrid de las cañitas y las terrazas.

Ahora bien, Ayuso se equivoca. Este modelo no va a sostenerse por sí solo eternamente. Tiene grietas demasiado profundas. Crisis climática, tendencia expansiva en el gasto público desde Europa y ahora EEUU, mercado laboral y vivienda estructuralmente inaccesibles para los jóvenes, índices sobrecogedores de depresión y ansiedad; sumado a factores más inmediatos como revalorización de la sanidad pública o la investigación y la ciencia debido a la crisis de la pandemia. Las fuerzas progresistas están acertando al poner estos temas sobre la mesa. Si la propuesta quiere asentarse con éxitos electorales que no duren una convocatoria sino que permitan iniciar un ciclo de renovación en la Comunidad de Madrid, la izquierda debe continuar señalando las fallas a la vez del último año y de la última década: denunciando tanto los errores clamorosos de gestión de la pandemia como proponiendo un modelo de desarrollo económico a medio plazo e incluso un modelo, podríamos decir, civilizatorio, de modelo de comunidad. Un modelo de región para los próximos 20 años.

Desde aquí, creo que hay algunas cuestiones evidentes que un proyecto progresista deberá contemplar, tanto si gobierna ahora como si gobierna en 2023: porque no van a cambiar.

En primer lugar, la lección inmediata de la pandemia: hacen falta servicios públicos fuertes, esto es, bien financiados, con personal suficiente, con condiciones de contratación e infraestructura adecuadas.

En segundo lugar, en lo económico, tres pilares. Uno, el modelo fiscal madrileño: hay que acabar con la bonificación de los impuestos de sucesiones y patrimonio que cada año perdonan 5.000 millones al 0,8% de población madrileña, muchos de los cuales ni siquiera son residentes en la región y acuden únicamente por las ventajas para las rentas más altas. Ello produce que Madrid tenga el gasto más bajo de España en Sanidad o que sólo Turquía le supere en segregación escolar. Dos, la necesidad de una transición ecológica como modelo de reconstrucción y vertebración de la región: uso de energías renovales, descarbonización, limitación de contaminación, cambios en transporte y urbanismo, inversión en ciencia e I+D+i. Tres, políticas públicas de apoyo a los cuidados que permitan el reparto equitativo, la corresponsabilidad y la conciliación entre vida laboral y personal.

"A mí no me gusta" (acerca del miedo a la palabra)

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En tercer lugar, en lo comunitario-civilizatorio. La pandemia ha hecho que se precipiten tendencias que se forjaban desde el último ciclo iniciado con la crisis de 2008. La precariedad, la inestabilidad y la inseguridad se han vuelto marca de este turboneoliberalismo acelerado. La angustia es su tono vital permanente. La ansiedad, la depresión, la carga mental y la fatiga pandémica sus manifestaciones. Es nuestro modo de vida en sí mismo lo que no se sostiene más. Un gobierno progresista de futuro ha de conectar con este malestar cotidiano, con esa ansiedad que no desaparece. Debe facilitar a los ciudadanos sentir que pueden construirse una biografía, un relato vital coherente que conecte el recuerdo de lo que les precedió en el pasado o la pertenencia a algo más grande y más viejo que ellos mismos, el afán por labrarse un presente digno y el proyecto de un futuro donde quepa lo que anhelan ser. Ello pasa, en las políticas concretas, por inversión en salud mental, jornadas laborales reducidas, ayudas a la conciliación. Todo ello, en realidad, se puede resumir en una sola cosa, a saber, blindar el espacio donde la libertad arraiga y es posible: el uso del tiempo. Tiempo libre para vivir, para cuidar, para criar, para descansar, para amar, para aprender, para crear, para pensar. Porque no hay civilización sin tiempo.

Si miramos a los dolores no del año, sino también de la década o del siglo, podemos construir alternativa no solo para 2021, sino para 2023 y el umbral que venga después.

Clara Ramas es doctora Europea en Filosofía (UCM) y profesora de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha sido investigadora en Albert-Ludwigs-Universität Freiburg y HTW Berlin y profesora invitada en universidades europeas y latinoamericanas. Fue Diputada en la XI Legislatura en la Asamblea de Madrid. Ha colaborado con La 2 y diversos medios escritos. Ha publicado 'Fetiche y mistificación capitalistas. La crítica de la economía política de Marx', con prólogo de Michael Heinrich (2018).

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