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El rincón de los lectores

El árbol de la memoria

  • El pasado regresa a través de lo que recordamos, de lo que hemos leído, de lo que nos han contado. Nada existe si alguien no lo cuenta
  • En Dicen, de Susana Sánchez Arins, existen los verdugos. Y sus víctimas. Y nombra a unos y a las otras. Cosa rara esa de nombrar a los verdugos

Publicada el 03/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 02/05/2019 a las 12:52
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Texto leído con motivo de la presentación de Dicen (Editorial Deconatus), de Susana Sánchez Arins, en la librería Sin Tarima, en Madrid, el pasado marzo
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El silencio, el silencio siempre…
Alejandra Pizarnik

El perro se llamaba Durruti cuando la Segunda República. Después de la victoria fascista en 1939 a ese mismo perro lo llamaron Valiente. Yo conozco esa historia porque me la contaron. Y también porque en aquel tiempo había historias como esa en todas partes. Una prueba de lo que digo la acabo de leer en un libro que se titula Dicen. Lo ha escrito Susana Sánchez Arins y está editado en De Conatus. Y habla del pasado, de ese pasado que nunca acaba de pasar —como decía Faulkner—, sino que siempre está aquí, en la forma de un presente que a ratos —demasiados ratos— nos llena de vergüenza.

Yo vengo de una tradición sin libros, de esa tradición en que los libros tenían la forma de un cuento familiar a la lumbre del invierno. Mi tío Antonio contaba historias como nadie, se extendía en los detalles como si fuera un escritor ruso o francés del siglo XIX. Sólo le faltaba poner la música para que sus relatos fueran auténticas joyas del cinematógrafo. Y el abuelo Claudio narraba —para acunarnos a mi hermano y a mí en la casa junto al río— historias de muertos y desaparecidos que luego —muchos años después— descubriría en las páginas de Lovecraft o en El castillo de Otranto. Todo esto que ahora escribo también lo acabo de leer en el libro que hoy les cuento. Porque Dicen es muchas cosas —como suele pasar con los libros que apuestan por la brevedad— y todas ellas dispuestas —como pasa con la escritura imprescindible— a dejarnos la cabeza llena de agujeros.

El pasado regresa a través de lo que recordamos, de lo que hemos leído, de lo que nos han contado. Nada existe si alguien no lo cuenta. Las historias familiares serían un hueco a oscuras si uno de sus protagonistas no abriera un día la puerta a los monstruos que habitan en la casa. Hoy está lamentablemente de moda usar el nombre de Hannah Arendt en vano. La banalidad del mal —entendida interesadamente por los tahúres de las novelas y la historia— sirve para ocultar la catadura moral de los verdugos, incluso para convertir a esos verdugos en víctimas. En el libro de Susana Sánchez Arins existen esos verdugos. Y sus víctimas. Y nombra a unos y a las otras. Cosa rara esa de nombrar a los verdugos. El nombre del victimario suele callarse para que sus descendientes no cursen denuncias en los juzgados. Una manera eficaz de que los vencedores de la guerra —hablo de la nuestra, de la que empieza con un golpe de Estado contra la legalidad republicana— la sigan ganando es esa: no hablar, no escribir, no nombrar los apellidos de la bestia.

El nombre del victimario es manuel [sin mayúsculas en el original] y es tío de la autora. Un personaje que era como uno de aquellos terratenientes del Far West, dueño de personas y de haciendas. Por eso aparecen en el libro muchas películas, entre ellas muchas del Oeste. Y la serie Curro Jiménez, donde salía mi inolvidable amigo Álvaro de Luna haciendo de El Algarrobo. Todo el poder para el tío manuel. Toda la palabra para él, y para los demás sólo la callada voz de los vencidos. “las vidas son vidas cuando son nombradas y habladas y dichas… hay personas que nacen muertas. nadie habla de ellas”. La estrategia de la derrota para sobrevivir: callar, aceptar aunque se muera de asco los dictados de la victoria, cambiarle el nombre al perro de la casa. Aquí se llama Trotsky. No recuerdo si se lo cambian por otro. El consejo de la abuela gloria: “tssss… mejor no quieras saber”. Es eso lo primero que hacen las tiranías: quitarnos las ganas de preguntar. Lo decía Victor Klemperer en medio del horror nazi y lo repetirá en su pueblo gallego la abuela gloria toda su vida. O como dice otro de los personajes: “Hablo de lo que recuerdo… muchas de estas cosas es mejor olvidarlas para siempre”. Y aún más: “el mutismo se instaló en la casa… como forma de vida”. La derrota tiene eso: no tiene voz, ha sido expulsada de la historia. Pero ha de haber un antídoto que alivie ese miedo: “no decir las cosas era la mejor manera de borrarlas, de hacer desaparecer unos hechos que, de sólo pensarlos, la horrorizaban”. La abuela gloria no quiere contar. Pero tía ubaldina sí que decidió abrir una puerta al dolor de la familia, a las palabras que dijeran ese dolor, al aborrecimiento del monstruo. No hay banalidad posible en el sufrimiento provocado por su hermano, el dueño del pueblo y de todo. “Debe ser sembrado como grano de maíz, el terror”, se dice nombrando al general golpista Emilio Mola, uno de los maestros que inspiran el cumplimiento del deber fascista en los pequeños pueblos, en el mío, en el de Susana Sánchez Arins, seguramente también en el de ustedes.

Y más adelante, casi hacia el final de estas páginas de lectura absolutamente recomendable: “la madre de ramón tampoco delató al hijo. primero la raparon al cero. la dejaron sin cabellos morenos y trenzados. soportó el golpe. después, o con anterioridad o durante, la violaron, no sin antes llamarla puta. soportó la herida. después, o durante, o antes, o antes, durante y después, la cegaron con ácido. soportó la embestida. supongo que el grito fue su única defensa. o también pudo serlo el atroz silencio. no delató al hijo, pero pagó con la vida”. Tiene Dicen esa posibilidad de entender el título como algo que se presenta como una habladuría, como dejando a la decisión de quien lee el libro si las palabras se clavan en la realidad (o en la verdad, por más poliédrica que ésta sea) o echan a volar sin afirmarse en la rama del árbol de la memoria. O lo contrario en otra posibilidad a la hora de entender el título: afirmándose en la rama inhóspita de ese árbol, dejando bien claro que lo que se cuenta pasó así, digan lo que digan los más tarde emboscados artificieros del horror. Porque las ramas del árbol y su tronco lleno de orgullo, al no tener voz, tampoco se callan nunca. Está ahí, ese tronco, con las huellas del horror que tuvo lugar a sus pies, en el espacio de sombra que se dibuja en el cambio de luz: las palizas, los cadáveres “hoy innominados”, las ataduras que provocaban hilos de sangre en la carne de “padres aquejados de sindicalismo y eran fustigadas madres empulgadas de anarquismo”. La savia que sigue circulando tanto tiempo después por los círculos concéntricos de su insobornable nervadura.

Es este libro, en su inmensa y noble brevedad, como una también inmensa tragedia clásica. Las voces solistas acompañadas por las del coro. La necesidad de contar por medio, esta vez, de la escritura. No dejar que las historias se conviertan en nada. No tener que cambiar nunca más el nombre de los perros. Para eso hacen falta libros como Dicen, escrituras como la de Susana Sánchez Arins. Todo en el mismo tronco del árbol de la memoria. Todo.
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro publicado es La noche en que los Beatles llegaron a Barcelona (Piel de Zapa, 2018).

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1 Comentarios
  • baja chico baja chico 05/05/19 07:02

    Millones de historias saldrían que claman al cielo.

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