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Los libros

Los refugios y la intemperie

  • El libro más reciente de la escritora Clara Obligado es un ensayo lúcido y cautivador sobre una peculiar y compleja forma de "extranjería" de la escritura
  • Una casa lejos de casa reflexiona en un tono íntimo sobre cuestiones de enorme calado: ¿qué significa tener una casa?, ¿cómo influye el exilio en la escritura?

Publicada el 23/04/2021 a las 06:00

Una casa lejos de casa. La escritura extranjera
Clara Obligado
Contrabando
Valencia
2020

El libro más reciente de la prestigiosa escritora Clara Obligado se titula Una casa lejos de casa. La escritura extranjera (Contrabando) y es un ensayo lúcido y cautivador sobre una peculiar y compleja forma de "extranjería" de la escritura: la que se produce cuando se escribe en la misma lengua, pero en otro país (la autora tuvo que exiliarse en 1976 de Argentina, donde empezaba la dictadura militar de Videla, y desde entonces vive en Madrid).

Una casa lejos de casa reflexiona en un tono íntimo y desde el relato de la propia vida sobre cuestiones de enorme calado a nivel vital y literario: ¿qué significa tener una casa?, ¿cómo influye el exilio en la construcción de la casa que es la escritura?, ¿cómo podemos resistir la tentación de mitificar nuestra infancia, territorio de la idealización por excelencia?, ¿cómo nos manejamos entre las fronteras? o ¿qué pasa con el tiempo de las mujeres a la hora de escribir?

El libro comienza con la evocación de Missis Tanasescu, la institutriz que en la infancia de Clara les hablaba a ella y a su hermana en un idioma desconocido para las niñas. Más tarde comprenden que la elegante mujer "no era ni por asomo lo que parecía": no era inglesa, sino rumana y el número grabado en su brazo no procedía de un campo nazi, sino de uno comunista. La mujer entrañable se describe como "partidaria de los nazis" y filóloga que ejercía de institutriz porque no le quedaba más remedio: "Yo quise a esta mujer severa, con ella aprendí que la literatura es, siempre, traducción de palabras y de mundos, que las contradicciones existen y que es muy duro vivir lejos de casa". Esta magnífica frase sintetiza perfectamente la idea nuclear del libro, que rehúye siempre los clichés y se adentra con inteligencia, lucidez y emoción en verdades a menudo incómodas.

Hay varios núcleos de significación que atraviesan Una casa lejos de casa. La memoria, por ejemplo, su carácter de invención y, en el caso de una escritora, de reinvención: todos modificamos nuestro pasado al revisitarlo ("Todos los días reformulo el pasado") y los escritores además lo reelaboramos partiendo de esta construcción. Hay un "primer mandamiento" que consiste en "no mitificar" la infancia y un segundo que estriba en no llevarla "a una perfección inhumana". Las lecturas de la infancia son determinantes y enseñan la peculiar simetría de los exilios: Elena Fortún, autora de las historias de Celia que la pequeña Clara devora, tuvo que exiliarse de Madrid a Buenos Aires de la misma manera que la joven Clara no tiene más remedio que salir huyendo de Buenos Aires a Madrid en 1976. Las lecturas de la infancia enseñan también que somos lo que leemos: "Somos lo que comemos, pienso. Somos lo que leemos". Las fronteras no existen en la asimilación corporal que hacemos de los libros. Es sintomática la perplejidad que experimenta la autora en Madrid al ser preguntada qué sentía frente a libros como el Quijote: "respondí que el Quijote era mío […] Nunca pensé que alguien pudiera tener un idioma en propiedad. Nunca pensé que podía ser extranjera en mi propio idioma".

Hay una bellísima reflexión sobre el imaginario afectivo de las lenguas y la literatura, cuando se evocan los poemas aprendidos "con el corazón" (par cœur, es decir, de memoria), poemas que se cobijan en nuestro interior y desde allí reverberan con sus modulaciones. Poemas proféticos como El viajero de Machado, que habla del hermano "que vimos partir hacia un país lejano".

La primera parte del libro, que hace referencia a la infancia y la juventud en Argentina acaba con unas líneas magníficas y sobrecogedoras: "Escribir es atenerse a una doble lógica, la de los recuerdos y la de la ficción. Reconducir el pasado, organizarlo, mirarlo desde lejos, darle forma, intentar comprender. También para eso escribimos. Hubo treinta mil desaparecidos. Sobreviví". En la segunda parte, que se inicia con el exilio madrileño, se reflexiona con mucha hondura sobre qué significa el destierro, qué implica sobrevivir a una tragedia, cómo somos recibidos en tanto que "extranjeros", qué es de hecho la extranjería y sobre todo esta peculiar forma de extranjería que consiste en escribir en la misma lengua en otro país. También se reflexiona sobre la tematización literaria de temas especialmente dolorosos: "¿Cuánta distancia tiene que haber con respecto a los hechos para que narrarlos sea legítimo?". Otra pegunta enorme es qué significa ser un extranjero, cómo se puede definir a alguien por estar "fuera de", por su "no pertenencia": "No se nace extranjero, es una condición que se nos va pegando, como una segunda piel, como una costra, extranjero es siempre el otro, en sí mismo el sustantivo implica negación. Forastero, meteco, ajeno, extraño, etimologías excluyentes, ninguna de estas palabras suena bien. Ser definido por no pertenecer". Se subraya también con lucidez la incomodidad que en algún momento hemos sentido todos los que vivimos en otro país en diálogos con personas que pretenden ser cariñosas pero insisten en nuestra condición de extranjeros. Sin embargo la extranjería se reivindica también como una posición de fortaleza desde la conciencia de la fragilidad que nos define (los refugios protegen pero sabemos que en cualquier refugio puede colarse la intemperie) y en este sentido la autora cita una palabras que también aparecen en varios de los ensayos del autor rumano Norman Manea: "El hombre que piensa que su patria es dulce, todavía es un tierno principiante. El que piensa que toda tierra es como la suya, ya es fuerte. Pero verdaderamente libre es aquél para quien todo el mundo es una tierra extraña".

Clara Obligado reflexiona igualmente sobre cuestiones sutiles y específicas de la escritura, una escritura híbrida, más consciente y atenta a sus propios mecanismos, con varias capas de resonancias, una escritura que experimenta un proceso en cierto modo de "traducción" o "autotraducción", que modula sus resortes más íntimos, la estructura de las frases, la elección de las palabras: "Proust decía que deberíamos escribir como si nos tradujéramos. Escribo traduciéndome a mí misma, de un castellano a otro, y esa distancia me permite una mayor conciencia del idioma".

No quisiera terminar esta reseña sin aludir a un tema que se menciona en el libro y que me parece importantísimo: el tiempo de las mujeres creadoras. Virginia Woolf defendía en 1929 que las mujeres escritoras necesitan dinero y una habitación propia. Me permito añadir que también necesitan tiempo, un tiempo dilatado que permita construir sin prisa el espacio interior de sosiego que reclama la escritura y no el tiempo a menudo cronometrado, apresurado del que disponen las mujeres. La anécdota que la autora refiere sobre su abuelo escritor es muy sintomática en este sentido: cuando el abuelo escribía su tiempo era sagrado, merecedor de un respeto reverencial, "no volaba una mosca". "Pienso en la lucha de las mujeres para lograr esa rebanada de silencio", leemos. ¿Para cuándo el tiempo rigurosamente respetado en el horario diario de las mujeres que escriben (o pintan, fotografían, etc…), sin que vuele una mosca?

Una casa lejos de casa. La escritura extranjera, primorosamente editado por Contrabando (el libro es precioso por dentro y por fuera) es sin duda un magnífico texto, que une inteligencia, lucidez y emoción.

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Ioana Gruia es escritora y profesora de Literatura. Su último libro es El expediente Albertina (Edhasa, 2016).

 

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