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El mundo avanza y retrocede

Cuando era niña soñaba con el año 2000 e imaginaba, como muchos de mis coetáneos, que el futuro sería de color papel de plata, nos transportaríamos en naves voladoras como en El quinto elemento y ya no comeríamos macarrones ni lentejas, porque una pastilla –esto me amargaba la vida– contendría todo lo necesario para alimentarnos.

Cuando era niña imaginaba que las miserias del mundo que conocíamos se borrarían al llegar el futuro. Y ya no habría personas que en la boca, en vez de comida, tuvieran moscas haciéndoles cosquillas, porque esos “negritos hambrientos” a los que aludían las abuelas para que nos comiéramos las acelgas hervidas al grito de “¡No enfades a Dios!,” también tendrían en la despensa sus aburridas pastillas de colores con sabor a patatas fritas, como nosotros, como todo el mundo.

Cuando era niña imaginaba, en definitiva, un futuro muy distinto a aquel presente que conocía, un porvenir súper tecnológico y aséptico, incluso aburrido, porque en mi proyección de lo que estaba por venir, la Humanidad le habría arrebatado todo el espacio a la pobreza y al miedo.

Un día llegó el futuro y descubrí que casi nada era como yo lo había imaginado. En realidad, lo más parecido a esas naves voladoras de mis sueños son los drones, pero para transportarnos seguimos cogiendo el metro, el autobús o la bici y conducimos por autopistas terrestres… rescatadas.

En cuanto a los macarrones y las lentejas, ambos han sobrevivido, pero las moscas continúan enredando sus patas en las pestañas de miles de bebés hambrientos en todo el mundo.

El futuro no cumplió mis fantasiosas expectativas infantiles, aunque es cierto que con él también llegaron otras novedades que mi imaginación recién estrenada, sin filtros y libre de prejuicios, como la de todo niño, no había acertado a visualizar.

Por ejemplo, jamás imaginé Internet, esa red de redes no entraba en mis planes soñadores, ni de lejos. Ni siquiera en una tarde de siesta fingida y obligada, en esas veladas de calor pegajoso, persianas bajadas y aburrimiento soporífero, me dio por acariciar la idea de que algún día podríamos acceder a casi todo en un 'click', relacionarnos con personas de cualquier lugar o ver los partidos de un Mundial en la pequeña pantalla de un móvil.

Tampoco entonces habría podido imaginar que en 2018 veríamos a niños de verdad, encerrados en jaulas reales, salvo que se tratara de una película de terror… Niños separados de sus padres, culpables estos del delito fatal de viajar de un lugar a otro, intentando encontrar una vida digna. Si entonces me hubieran dicho que el futuro era esto, me habría puesto a llorar.

Esta imagen de la vergüenza, una más, nos hace bajar de la nave voladora de los sueños para estamparnos de bruces con la realidad: el mundo nunca acaba de evolucionar, avanza y retrocede continuamente, el hombre da un paso hacia delante y otro hacia atrás, y todo vuelve al mismo lugar.

Esta semana han coincidido, paradójicamente, las imágenes de niños enjaulados con las de esa manada de individuos condenados por “abuso”–en fin– que salen a la calle en libertad provisional. Y Salvini se suma al festival llamando “carne humana” a los nuevos 224 migrantes a los que impide llegar a la costa italiana.

Al ver juntos estos hechos, podría parecer que hemos viajado al pasado pero no, todos ellos son símbolos de nuestro tiempo, de todos los tiempos, porque la maldad camina junto al hombre desde siempre y nunca desaparece en naves voladoras de papel de plata.

Qué gran resumen para un mundo tan falto de empatía se puso Melania en la espalda: “A mí no me importa. ¿Y a ti?”.¿Y a ti?

Yo voy con el equipo de Tailandia

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