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Cuando un perdedor coge un camino…

La campaña comenzó con carteles gigantescos tirando a la basura la bandera LGTBI mientras en los municipios donde habían comenzado a gobernar PP y Vox la policía de la moral prohibía películas y obras de teatro subversivas. La campaña continuó entre gritos de “¡que te vote Txapote!” y menciones a Bildu mientras se prometía que se iba a “derogar el sanchismo”, fuese lo que fuese eso. Y, finalmente, la campaña terminó con Feijóo dando por hecho que las empresas demoscópicas que le susurraban promesas preciosas al oído tenían razón y sintiéndose con un pie ya dentro de Moncloa. El 23J fue demoledor. Todas las expectativas fueron derrumbadas y las urnas hablaron más fuerte que las encuestas. Los españoles no queríamos un gobierno que incluyese a la extrema derecha. 

Toda la campaña basada en corear el nombre de un terrorista, hablar del Bildu y prometer la derogación de algo inconcreto hizo agua en apenas 24 horas. ¿Y qué aprendió la derecha tras este estrepitoso fracaso? Absolutamente nada. Siguieron coreando el nombre del mismo terrorista, siguieron hablando de Bildu (y ahora también de Puigdemont) y comenzaron una manifestación constante en las calles motivada por un supuesto “fraude electoral” de Sánchez consistente en sacar más votos en la investidura que Feijóo. Es decir, siguieron en sus trece. Creyendo que si hacían lo mismo conseguirían algo distinto. Pero no.

Con cada subida de tono de Ayuso llamando “hijo de puta” al presidente y con cada discurso de Almeida defendiendo que “el gobierno de España es amigo de Hamás”, se hunden más en un camino que terminó y que cada vez los aleja más del sentido común español

Es bien sabido que el mejor recurso del pirómano es ofrecerse como bombero. Por eso Feijóo aterrizó en Madrid prometiendo a los cuatro vientos que con él todo sería distinto. Moderación, pactos de Estado, entendimiento y mucha economía. Pero acabó siendo lo mismo de siempre. Cogió el camino de la crispación, del insulto y de los pactos con la extrema derecha. Lo primero que ocurrió bajo el mandato de Feijóo fue la entrada de Vox en el primer gobierno autonómico de la historia de España. Y tras ese vinieron centenares más en municipios y otras autonomías. Al mismo tiempo los tan prometidos pactos de Estado parecían repelerle y así vimos de nuevo cómo la renovación del Consejo General del Poder Judicial volvía a impedirse. Mientras tanto, Ayuso tenía vía libre para explotar su carrera de verso libre y de futura lideresa en potencia frente a un Feijóo demasiado débil al que con cada polémica nueva de Ayuso se le pone un poco más cara de Pablo Casado. La inercia es muy poderosa, y Feijóo no ha querido o no ha sabido bajarse del espíritu de una campaña hiperventilada que le llevó a fracasar en las urnas y que le llevará a fracasar de nuevo en el complicado liderazgo de su propio partido que le espera en los próximos años.

Con el nombramiento de Miguel Tellado como portavoz del PP en el Congreso y su poco agradable historial, deseando que el presidente del Gobierno “abandone España en el maletero de un coche” o comentando que Pedro Sánchez “prostituye la democracia”, no ayuda, tan solo ahonda en la trinchera de la que no han conseguido salir desde que comenzó la campaña. Y con cada subida de tono de Ayuso llamando “hijo de puta” al presidente, con cada discurso de Almeida defendiendo que “el gobierno de España es amigo de Hamás”, y con cada declaración de Aznar llamando a “hacer lo que haga falta” para combatir al Gobierno de coalición, se hunden más en un camino que terminó y que cada vez los aleja más del sentido común español. Pero cuando un perdedor coge un camino, el camino se acaba pero el perdedor sigue.

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