Quieren robarnos la Luna

Habré visto la escena multitud de veces. Se ha puesto el sol y unos chicos están jugando en el salón de un chalet; han pedido pizzas para cenar, así que uno de ellos sale a la entrada a encontrarse con el repartidor. Cuando se dispone a regresar, escucha un sonido extraño en el cobertizo iluminado. Esta maravillosa escena de ET, delicadamente compuesta, con los grillos cantando mientras Elliot se acerca al peligro bajo una espléndida luna menguante asomando entre la niebla, ha hecho estremecer de emoción a generaciones de niños... de ciudad. A muchos de quienes nacieron en el campo les habrá hecho sonreír de incredulidad, porque bien saben que la luna menguante jamás aparece a la hora de la cena. Tal vez se nos diga que el responsable fue un técnico originario de Australia, donde ven la creciente invertida, pero lo verdaderamente asombroso es que ni Steven Spielberg ni las decenas de camarógrafos, fotógrafos, responsables de efectos especiales o directores de producción que revisaron el montaje cayeran en este error, que solo tiene una explicación: no han mirado nunca a la Luna. Ninguno de ellos se ha parado a verla nacer, crecer mientras se aleja del sol de poniente y decrecer mientras se acerca al sol del levante.

Los americanos no suelen miran a la Luna. Se fijaron en ella en los años sesenta, cuando la creyeron al alcance de los soviéticos, que antes del inicio de aquella década habían salido ya al espacio exterior y amenazaban con poner su bandera en la superficie. Los americanos ganaron la batalla, la pisaron y dejaron de hacerlo cuando comprobaron que la URSS desistía de su aventura. Fue, literalmente, una carrera, una de esas pruebas de fondo en las que, cuando se terminan, los corredores no desean otra cosa que regresar al punto de salida, al hogar. La meta quedó desierta, el objetivo abandonado y todos volvieron a sus casas sin saber muy bien por qué habían ido tan lejos. Hasta que otros comunistas, en este caso chinos, se plantean volver.  

El lema trumpista conocido como MAGA (Make America Great Again) tiene una sencilla impugnación: ninguno de sus aventados defensores puede señalar cuándo América fue más grande que hoy. Reconocer que lo fue en el pasado supone asumir que se ha empobrecido desde entonces; jamás reconocerán esta decadencia, así que la tosca e impresionante propaganda americana nos venderá la moto de que, en realidad, Estados Unidos nunca fue grande. Es curiosa la forma en la que la publicidad americana, en su afán por enaltecer el presente, no tiene empacho en borrar el glorioso pasado de su país con tal de conceder dicha gloria a los demiurgos genocidas que hoy lo dirigen, destructores de civilizaciones. En toda la historia de los Estados Unidos, que suma ya un cuarto de milenio, no ha existido ninguna victoria, ninguna ley, ningún discurso, ningún presidente tan fabulosos y ‘amazing’ como estos que hemos sufrido en los últimos meses.  

Los chinos nunca podrán ser los primeros en pisar la Luna porque el primero fue Neil Armstrong, pero su disposición a llevar ahora humanos a la superficie parece haber puesto en modo pánico a los americanos, que quieren llegar antes porque, en palabras del bufón, ellos nunca van a ser los segundos; quieren volver a ser los primeros pero no pueden, porque ya lo fueron. El enorme despliegue propagandístico americano, rastreable en el seguimiento que se está dando a la misión Artemis-2, muestra esta cruel paradoja: los americanos actúan como si nunca hubieran ido a la Luna. De hecho, han llegado a renunciar al nombre histórico de sus misiones Apolo, cambiándolo por el de su hermana gemela, Artemisa. Quieren empezar de cero.

Y la propaganda tiene éxito, claro, aunque con daños colaterales difíciles de evaluar. Porque según crecen las referencias al descomunal esfuerzo tecnológico de la misión, al titánico reto de ingeniería que ha supuesto poner en órbita lunar a cuatro astronautas o a la angustia agónica de su reentrada a la atmósfera, cada vez más gente se pregunta atónita cómo se las pudo apañar Armstrong para poner pie en el satélite hace casi sesenta años. Los medios de comunicación nos hablan de la misión como si la NASA hubiese traspapelado los planes de vuelo de los Apolo, como si una vez fallecidos los ingenieros heroicos de la época dorada, se hubieran olvidado de cómo ir a la Luna y hubieran necesitado volver a aprender los rudimentos del cálculo orbital. ¿Realmente hemos pisado la Luna? Ya ven ustedes cómo la propaganda excita la conspiración, algo previsible: para hacer extraordinaria esta misión han tenido que ningunear las anteriores.

Todo este oropel de maquillaje y brillo oculta una realidad mucho más siniestra. De lo que se trata ahora no es de llegar sino de quedarse; una carrera por saber quién será el primero en explotar y apropiarse de la Luna

Estos juegos de mercadotecnia llegan a extremos un tanto excesivos. Habrán leído que los astronautas de la Artemis-2 iban a sobrevolar la cara oculta de la Luna y ver cosas que ninguna persona habría visto jamás; ¿exactamente cuáles? La primera vez que pudimos ver la cara oculta fue con las fotografías que la sonda soviética Luna-3, en un impresionante logro para la época, envió en 1959 tras orbitar nuestro satélite. Escuché a alguien menospreciar estas fotos históricas diciendo que estaban borrosas; será cierto, pero tengan en cuenta que quienes nacieron aquel año están ya jubilados. Nueve años después, tres astronautas americanos (Borman, Anders y Lovell) fueron los primeros seres humanos en ver con sus propios ojos la otra cara de la Luna a bordo del Apolo-8. Y tuvieron tiempo para mirarla con detenimiento; la sobrevolaron diez veces.

También leí que los astronautas de la Artemis-2 se disponían a hacer la primera fotografía de la Tierra desde la cara oculta. Era, lógicamente, un anuncio en hipérbole porque, como se imaginarán, desde la cara oculta no se ve la Tierra; se referían más bien a que fotografiarían el planeta surgiendo o apareciendo en el horizonte lunar. Pueden mirar todas las que acaban de hacer; ninguna es comparable a la extraordinaria fotografía que Anders consiguió en la nochebuena de 1968. Ni de lejos: el Apolo-8 orbitaba nuestro satélite a unos cien kilómetros de altitud mientras que la Artemis-2 se ha quedado a una distancia superior a los seis mil kilómetros; no se me enfaden, pero la primera sonda soviética, el Luna-1, se había acercado más en 1959.

¡No hay problema! Para esta armada mediática, la mayor distancia de la Artemis-2 sobre la superficie no es una contrariedad sino un logro, porque permite verlo todo desde una elevación que ofrece una visión en conjunto y una mejor perspectiva. Tampoco resultará ningún escollo la curiosa imprevisión que les ha llevado a organizar el viaje cuando la cara oculta estaba en su mayor parte a oscuras (recuerden que días antes tuvimos luna llena), con lo que el breve paseo para contemplar lo nunca visto ha sido, en efecto, un visto y no visto. En fin, nos dirán que, con la luz entrando de canto, la línea del terminador permite apreciar mejor los detalles del relieve; pues quédense con eso.

Todo este oropel de maquillaje y brillo oculta una realidad mucho más siniestra, oscura pero no oculta. Porque de lo que se trata ahora no es de llegar sino de quedarse; una carrera por saber quién será el primero en explotar y apropiarse del satélite. Con nuestras noticias de banderín y confeti estamos jaleando una estampida de depredación y pillaje.

En 1967 se firmó el Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la explotación y utilización del espacio ultraterrestre, incluidos la Luna y otros cuerpos celestes, que fue ratificado por España en 1969; en su artículo segundo ya se aclara que la Luna “no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”. Años después, en 1979, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en la Resolución 34.68 el llamado Acuerdo de la Luna; yendo más allá del Tratado original, en su artículo undécimo proclama que la Luna y sus recursos naturales son patrimonio común de la humanidad; ni su superficie ni su subsuelo podrán ser nunca propiedad de nadie: país, empresa u organización. Su artículo tercero prohíbe en la Luna instalaciones, bases, ensayos o maniobras militares. Pero en 1979 las cosas ya habían cambiado; ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética firmaron nunca este Acuerdo. De todas formas, aunque lo hubieran firmado, ya me dirán ustedes lo que tardaría Trump en tirarlo a la basura: quiere ir a la rapiña.

De hecho, en una desoladora Orden Ejecutiva firmada el 6 de abril de 2020, Trump ya dejó bien claro que ni habían firmado dicho Acuerdo ni estaban conformes con su contenido, sentenciando con crudeza que Estados Unidos no contempla el espacio exterior como propiedad común de la humanidad (“United States does not view it as a global commons”).

De ahí la diferencia fundamental de esta carrera espacial con aquella otra de hace sesenta años: aquella era una lucha por la medalla; esta es una pelea por el territorio. Estamos asistiendo a un “land rush”, semejante a aquellas carreras por la tierra de Oklahoma que nos asombraran en Cimarron. Solo que en este caso quienes corren no son miserables campesinos en carromato buscando un hogar donde establecerse, sino potencias militares armadas hasta los dientes disputando un territorio cuatro veces la extensión de los Estados Unidos. La nueva frontera.

A estos desalmados la Tierra se les ha quedado pequeña como campo de batalla

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Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro.

Habré visto la escena multitud de veces. Se ha puesto el sol y unos chicos están jugando en el salón de un chalet; han pedido pizzas para cenar, así que uno de ellos sale a la entrada a encontrarse con el repartidor. Cuando se dispone a regresar, escucha un sonido extraño en el cobertizo iluminado. Esta maravillosa escena de ET, delicadamente compuesta, con los grillos cantando mientras Elliot se acerca al peligro bajo una espléndida luna menguante asomando entre la niebla, ha hecho estremecer de emoción a generaciones de niños... de ciudad. A muchos de quienes nacieron en el campo les habrá hecho sonreír de incredulidad, porque bien saben que la luna menguante jamás aparece a la hora de la cena. Tal vez se nos diga que el responsable fue un técnico originario de Australia, donde ven la creciente invertida, pero lo verdaderamente asombroso es que ni Steven Spielberg ni las decenas de camarógrafos, fotógrafos, responsables de efectos especiales o directores de producción que revisaron el montaje cayeran en este error, que solo tiene una explicación: no han mirado nunca a la Luna. Ninguno de ellos se ha parado a verla nacer, crecer mientras se aleja del sol de poniente y decrecer mientras se acerca al sol del levante.

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