De 2019 a 2022: cómo ha cambiado el clima político a un año del próximo superdomingo electoral

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe al nuevo líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, este jueves en el Palacio de la Moncloa en Madrid.

La cita con las urnas es exactamente dentro de un año. El 28 de mayo de 2023 habrá elecciones municipales en toda España y autonómicas en 12 de las 17 comunidades, tal y como indica la ley electoral. Es un superdomingo electoral para el que ya se preparan los partidos. La larga precampaña arrancará una vez se conozcan los resultados de las elecciones al Parlamento de Andalucía, el próximo 19 de junio. Se tratará, además, de una fecha que irremediablemente marcará el camino a las próximas elecciones generales, previstas para finales del año que viene.

Han pasado tres años desde la última cita múltiple con las urnas y el clima político ha cambiado sustancialmente. Entonces, en la primavera de 2019, el partido de ultraderecha Vox obtuvo por primera vez representación en el Congreso y en multitud de parlamentos autonómicos. La llegada de la ultraderecha a la vida pública aprovechó y promovió una fuerte polarización de distintos partidos que configuran el mismo bloque ideológico –tal y como ocurrió con Podemos en sus inicios—, según un estudio reciente del politólogo Lluís Orriols en ESADE.

En cambio, las tensiones internas entre los partidos que comparten espacio ideológico se diluyen cuando estos tienen que entenderse para la formación de un gobierno central o autonómico. Así, “durante los primeros meses de 2020 se reduce de manera importante la polarización interna de cada bloque ideológico”, apunta Orriols en el artículo. Eso sí, “la polarización en general se mantiene estable o incluso aumenta”, según la citada investigación.

Hay multitud de variables que apuntan en esta dirección, aunque la última encuesta de actualidad del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) señala una disminución de la crispación política en los últimos años. A finales de 2018, en plena crisis del procés independentista, casi 2 de cada 3 ciudadanos coincidían en reconocer que había mucha crispación. Ahora, se expresan en los mismos términos menos de la mitad (44%). Si bien es un cambio considerable si se asume la literalidad de los términos, es un cambio sutil si se considera que la existencia de “mucha o bastante” crispación se ha mantenido por encima del 80% en los últimos años.

De todas formas, lo que sí es nítido es que las preocupaciones ciudadanas han cambiado desde el último superdomingo electoral. 

En estos instantes, el Gobierno, los partidos y la clase política son el principal problema de España, según la encuesta pública. Casi la mitad de la población los coloca entre los tres asuntos más preocupantes, incluso por encima del desempleo (40%), la sanidad (20%) o la pandemia (10%). La percepción se materializa, sobre todo, entre los votantes de PP y Vox.

Esto, a su vez, ha traído consigo una desconfianza en las instituciones públicas y organizaciones políticas. Si bien esta percepción no es homogénea a lo largo y ancho del Estado, la pérdida de confianza de los votantes del Partido Popular hacia el Gobierno de España es palpable: de finales de 2018 hasta ahora, la nula confianza en el Gobierno ha pasado del 21% al 55% entre los populares, cifra que alcanzaría casi el 80% entro los electores de la formación de ultraderecha.

Esto, por supuesto, influye en la confianza que tiene la ciudadanía en torno a la figura presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Desde junio de 2019, tomando esa fecha como referencia del inicio del ciclo político que concluirá el año que viene, los votantes de las distintas formaciones políticas se han distanciado en la forma que perciben la confianza del actual presidente del Gobierno. Los votantes que no tienen ninguna confianza en Pedro Sánchez se han ido posicionando en torno a los partidos que conforman el núcleo grueso del bloque de la derecha, mientras que los partidos que configuran la coalición de Gobierno, y Ciudadanos –pieza importante de la geometría variable del Congreso—, han ido perdiendo ese espacio.

Si echamos la vista atrás, en los meses previos a la investidura del presidente Sánchez, se observa la desconfianza que generaba el presidente entre los simpatizantes de Unidas Podemos, actor clave en la moción de censura que facilitó la llegada de Sánchez a la Moncloa y actual socio de Gobierno. Con el tiempo, esa desconfianza ha caído dentro del bloque de izquierdas, pero también entre aquellos que puedan darle un apoyo intermitente en la cámara baja.

En este momento de crispación y de cierto clima de cansancio hacia la política que se manifiesta desde los distintos espacios de la vida pública, la derecha vive su mejor momento político desde el inicio de la legislatura.

De hecho, el bloque de la derecha (PP, Vox y Cs) lidera el promedio de encuestas con el 48% de los votos, 8 puntos más que el bloque de la izquierda (PSOE, UP y Más País). Aunque eso no signifique, necesariamente, un cambio de ciclo político, al menos, con la evidencia que poseemos actualmente.

Primero, porque, aunque la derecha goza de un buen estado de salud electoral, la polarización del escenario político –con consecuencias determinantes en los potenciales apoyos parlamentarios- hace que estén más movilizados de cara a la próxima participación electoral. Es decir, la primera prioridad de la derecha es un cambio de Gobierno, lo que se traduce en entusiasmo a participar en la vida política y acudir a las urnas.

Segundo, porque si bien el liderazgo de Alberto Núñez Feijóo ha sido bien recibido por muchos estratos de la sociedad, desde votantes de centro –los más despolitizados normalmente— hasta los votantes de extrema derecha, habrá que ver cómo evoluciona la popularidad del líder de la oposición en el medio plazo, una vez pasan los primeros meses de su mandato, y, por tanto, su efecto “luna de miel”. No obstante, es previsible que la popularidad de Feijóo sea sustancialmente superior a la de su predecesor.

Por último, está el eje de las políticas públicas y agenda legislativa. El Gobierno se enfrenta a una inflación disparada y una crisis energética sin precedentes. En este sentido, las previsiones del Banco de España para la inflación en los meses previos al superdomingo electoral (2% frente al 8,4% de este mes de abril) pueden servir de impulso para la izquierda. También la aprobación de una batería de leyes progresistas, aunque las dinámicas de la coalición de gobierno y satisfacer las reformas que exige Bruselas para la concesión del próximo paquete de los fondos europeos podrían tensionar a los socios.

Esto no significa que la izquierda vaya a revalidar su posición actual en municipios y autonomías, ni del gobierno central más adelante, pero sí hay motivos para pensar que, a pesar del momentum de la derecha, la coyuntura económica y política será más liviana y las elecciones más competidas.

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