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La cáscara vacía del partido de Wilders: la ultraderecha se topa con la realidad para formar gobierno en Holanda

Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad.

El ultraderechista Geert Wilders y su PVV se acercan al poder después de que los liberal-conservadores del VVD, el partido que lideró durante casi tres lustros el primer ministro Mark Rutte, aceptaran sostener un Gobierno con Wilders sin entrar ellos en la coalición. El vencedor de las elecciones necesita todavía el visto bueno del nuevo partido democristiano NSC y de los populistas agrarios del BBB. Wilders lo tiene difícil pero menos difícil que la noche electoral.

Su problema puede ser otro. El PVV es un partido prácticamente unipersonal, donde Wilders hace y deshace, donde apenas destacan otros nombres y con muy pocos cargos electos y cuadros que puedan ocupar puestos de gobierno con solvencia. A pesar de ser un partido creado en 2006, el PVV es minúsculo y su discurso xenófobo, islamófobo y eurófobo aleja a quienes querrían una vida en el sector privado después de la política. 

Wilders tiene 37 diputados en el Parlamento nacional (20 más que en la anterior legislatura), menos de 60 concejales y unos 100 asistentes parlamentarios, entre los cuales hay de todo, desde muy jóvenes sin apenas experiencia laboral hasta algunos técnicos más formados y con más experiencia. En total puede contar con menos de 200 personas, a todas luces insuficiente para surtir de personal los altos cargos de la jefatura del Gobierno y de algunos ministerios. 

El PVV es un cascarón vacío que no se parece a otros partidos de extrema derecha en Europa que han ido desarrollando estructuras más complejas, que reúnen a centenares o miles de cargos electos y que tienen hasta sus propios centros de estudios. El RN de Marine Le Pen en Francia, el Vlaams Belang flamenco y hasta los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni cuentan con asociaciones juveniles, con think tanks, con cientos o miles de concejales, diputados nacionales y regionales, y funcionarios de los que echar mano para formar equipos. 

Wilders no tiene apenas nada de eso. Entre sus 37 diputados se cuentan con los dedos de una mano los que tienen alguna experiencia de gestión pública, ni aún en niveles inferiores de la Administración como alcaldes. Esos diputados, la mayoría nuevos en esta legislatura, son desconocidos para el gran público y muchos no tienen tampoco siquiera formación académica de cierto nivel. Destacan dos. Los medios holandeses señalan a la diputada Fleur Hagema, experta en políticas de salud pública, y al diputado Martin Bosman, fiel a Wilders desde hace dos décadas, como ministrables. Y nada más.

Así, el ultraderechista no necesita a otros partidos (liberal-conservadores, democristianos o agraristas) para su investidura sino también para gobernar, para surtir de altos cargos toda la estructura gubernamental. Pero esos mismos liberal-conservadores ya anuncian que no tienen intención de compartir las tareas de gobierno. A Wilders además se le empiezan a caer algunas de las pocas piezas disponibles. 

La política holandesa tiene la tradición de nombrar a un alto cargo de la primera fuerza política para negociar con las demás fuerzas la coalición de gobierno. Wilders nombró a su senador Gom van Strien, que apenas duró una semana en el puesto por sospechas de fraudes en una empresa de la que fue propietario. Con las manos vacías, el ultra tuvo que encargar esa tarea a un veterano ya retirado de la vida política, el ex ministro de Educación y de Interior socialdemócrata Ronald Plasterk.

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Con los liberales fuera del Gobierno, Wilders perdería a la formación que más cuadros formados y con experiencia de gobierno tiene en la política holandesa. El nuevo NSC nació en verano y los populistas agraristas hace dos años, por lo que tampoco serán grandes caladeros de recursos humanos. 

Si además de los votos necesarios para la investidura consigue sortear todos esos problemas, Wilders tendrá otro por delante. Nunca tuvo que ceder, nunca tuvo que negociar y nunca tuvo que callarse. Siempre soltó los discursos xenófobos que quiso porque siempre estuvo en la oposición y nadie en su partido tiene poder para llevar al PVV y a su líder por otra vía. ¿Se controlará un Wilders primer ministro o seguirá igual? ¿Y, en ese caso, sobrevivirá la coalición? 

Los holandeses verán el nacimiento de un nuevo Wilders, ya con 60 años aunque aparente menos, o verán cómo su coalición de gobierno se va por el sumidero. Lo único claro es que si quiere gobernar, más allá de sus discursos, tendrá que olvidar buena parte de su programa, empezando por un referéndum de salida de la Unión Europea que todos los demás partidos rechazan.

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