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    <title><![CDATA[infoLibre - Fernando Valls]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/fernando-valls/]]></link>
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      <title><![CDATA[Cristina Fernández Cubas obtiene el Premio Albert Camus]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cristina-fernandez-cubas-obtiene-premio-albert-camus_1_2188109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9ebcb642-115e-4708-97c7-2d74c2e906e1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cristina Fernández Cubas obtiene el Premio Albert Camus"></p><p>Cada dos años se concede en Sant Lluís, <strong>Menorca</strong>, el <strong>premio Mediterráneo Albert Camus</strong>, dotado con <strong>8.000 euros</strong>, para homenajear a autores y artistas que comparten el espíritu de lo que representa el escritor francés. Con anterioridad lo habían obtenido la artista plástica libanesa, aunque de origen palestino, <a href="https://www.trobadescamus.com/2022/wp-content/uploads/2018/05/CA18_Ficha-ganadora_Mona_cas-2.pdf" target="_blank"><strong>Mona Hatoum</strong></a>, en el 2018; el sociólogo francés <a href="https://www.trobadescamus.com/premiado/edgar-morin/" target="_blank"><strong>Edgar Morin</strong></a><strong> </strong>(su último libro, publicado en España por Taurus, es <em>Lecciones de Historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado?</em>); el escritor galo, pero afincado en Barcelona, <a href="https://www.trobadescamus.com/premiado/mathias-enard/" target="_blank"><strong>Mathias Énard</strong></a>, y el artista multidisciplinar chileno <a href="https://www.trobadescamus.com/premiado/alfredo-jaar/" target="_blank"><strong>Alfredo Jaar</strong></a>, en el 2024. Me agrada que, si exceptuamos a Morin, el jurado se haya salido de lo obvio.  </p><p>El reconocimiento se entrega en el marco de unos encuentros que nacieron de una iniciativa del exministro <strong>Miguel Ángel Moratinos</strong>. El acta del jurado considera a <strong>Cristina Fernández Cubas</strong> “heredera del espíritu de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/ensenanzas-camus-periodista-comprender-mundo-llamas_1_1193337.html"  >Albert Camus</a>, con el que comparte la convicción de que solo desde la lucidez, incluso cuando duele, es posible ensanchar el espacio de lo humano”.  </p><p>Camus es uno de esos pocos escritores que seguimos sintiendo como nuestro contemporáneo, a pesar de que murió hace ya 65 años, en un desgraciado accidente de automóvil. Nacido en la Argelia francesa, tenía ascendencia española, menorquina. Su abuela nació en Sant Lluís. Obras como <em>El extranjero</em> (1942), <em>La peste</em> (1947) o <em>El hombre rebelde</em> (1951), se siguen leyendo y apreciando, por no recordar que en 1957 obtuvo el Premio <strong>Nobel </strong>de <strong>Literatura</strong>, o sus relaciones sentimentales con <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/susana-fortes-ahonda-865-cartas-albert-camus-maria-casares-grandes-historias-amor-siglo-xx_1_1955280.html"  >María Casares</a>, actriz española afincada en Francia. </p><p><strong>Cristina Fernández Cubas</strong> ha ganado premios tan prestigiosos como el de las Letras Españolas, el Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica. Ha cultivado, sobre todo, el cuento (<em>Todos los cuentos</em>, 2009; <em>La habitación de Nona</em>, 2015; <em>Lo que no se ve</em>, 2025), la novela corta (<em>El columpio</em>, 1995), la novela (<em>La puerta entreabierta</em>, 2013), el teatro (<em>Hermanas de sangre</em>, 1998) o las memorias (<em>Cosas que ya no existen</em>, 2001). La revista <em>Ínsula</em> le ha dedicado recientemente un número monográfico.  </p><p>¿Qué une a Cristina Fernández Cubas con Albert Camus? Aunque en épocas diferentes, creo que ambos han sabido plasmar en su obra, cada uno a su manera, las <strong>desazones propias de su tiempo</strong>, bien por medio de un realismo crítico o alegórico, bien a través de la estética de lo fantástico. Comparten, además, el diálogo con la <strong>tradición</strong>, la <strong>ambición literaria</strong>, la <strong>independencia de criterio</strong>, el deseo de ensanchar el espacio de lo humano, y la fe en una obra que se ha ido gestando al margen de modas y tendencias. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 May 2026 10:21:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Libros]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[En la costa este de Esther García Llovet]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/costa-esther-garcia-llovet_1_2184480.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a9396f95-82e5-440d-b826-0492d201a08a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En la costa este de Eshter García Llovet"></p><p><strong>Anagrama, Barcelona, 2025.</strong></p><p>Esta peculiar novela, si es que a estas alturas de la historia del género alguna interesante no lo es, ocupa 157 páginas, y se compone de 40 capítulos, todos breves y algunos muy breves. Así, por ejemplo, el capítulo 14 solo se compone de 6 líneas (p. 54), y el 22 ocupa media página (p. 80). Está narrada en tercera persona, por un narrador omnisciente que mantiene una distancia irónica con los hechos, pero al que le gusta valerse de lo sentencioso (“El amor es lo único que se cuenta mal”, p. 76).</p><p>Lo que se cuenta, en definitiva, es la relación que entablan cuatro personajes: el Primo, por un lado; las gemelas <strong>Navarro</strong> y <strong>Romana Romano</strong>, por otro. La trama, la acción y el mínimo diálogo, diría que tienen menos importancia que el espacio y la configuración de los personajes. La acción transcurre durante la temporada baja en un resort de lujo, llamado Zen Gardens, situado en Villajoyosa, con sus apartamentos, su piscina, un falso jardín salvaje y numerosos operarios marroquíes, rumanos y dominicanos, sin voz ni presencia. Cerca se encuentra una misteriosa villa privada, compuesta por bungalós, Villa Serra se llama, situada en “el corazón del corazón de la selva”, aunque nadie parece saber dónde está, hasta que en un momento dado los personajes acceden a ella y asisten al rodaje de un anuncio, con sus guapos modelos, ella y él. La disparatada historia que se cuenta en el anuncio funciona en el conjunto como un relato intercalado.</p><p>Los personajes transitan por polígonos industriales, museos vacíos, restaurantes de comida basura y otros no lugares, frecuentes en el desconcertante mundo actual. El caso es que se trata de una novela coral, aunque sea el <strong>Primo </strong>el protagonista, quien en realidad se llama <strong>Alex</strong>, chico para todo en el hotel. En cuanto a los personajes, apenas nada sabemos de su pasado y resultan tan peculiares que se mueven por otra lógica, como los que suelen aparecer en las novelas de la autora. </p><p>Con el <strong>Primo</strong>, conviven, por llamarlo de alguna manera, las gemelas <strong>Gran </strong>y <strong>Petit</strong>, las hermanas Navarro, esta última con problemas de peso; niñas bien, aunque de poca monta (su origen familiar se cuenta al final), sablistas y gorronas. Pero, además, con menos protagonismo, desfilan <strong>Romana Romano</strong>, italiana que habla español con acento andaluz; <strong>Oliver</strong>, el barman, un artista tallando el hielo; el viejo <strong>Mónico Molinari</strong>, comedor de aceitunas, que no de <em>olivas</em>, como él las llama, a la catalana; <strong>Cicely</strong>, <strong>Paquete</strong>, el repartidor del vídeo y, finalmente, Ripley, la azafata. Todos ellos, singulares en sí mismos y en el peculiar conjunto humano del que ocasionalmente forman parte.</p><p>En esta historia ocurre de todo, digamos y, en esencia, nada sucede, aunque de pronto un ciervo muy joven bebe agua en la piscina, “esa es la magia de la noche” (p. 65), nos dice el narrador, aparece un oso salido de quién sabe dónde o, en varias ocasiones, un caballo blanco, del que comenta el narrador: “Es un poco unicornio, el caballo este” (p. 132). El caso es que los personajes van y vienen: se meten en el cuerpo todo lo que les apetece, juegan a las cartas, al mus (suele ganar el <strong>Primo</strong>), a la <em>Play</em> o al minigolf, toman el sol, pretenden lucirse en bikini (puede ser “amarillo fosforescente”), se aburren, viajan a lugares cercanos y van de compras... El Primo, entre dimes y diretes, y cierta timidez, desea a <strong>Petit</strong>, sin demasiada fortuna, aunque ella le da falsas esperanzas. Quizá por ello, la autora, en una entrevista, ha definido su novela como “de pasiones inconclusas”, y diría también que ocasionales, pues Petit mantiene relaciones con el barman. El Primo, además, sufre el chantaje del viejo <strong>Mónico</strong>, lo que descubriremos cuando esté muy avanzada la acción. El caso es que, tras la huida del paraíso que se supone que es un resort de lujo, en el desenlace de la narración, las tres mujeres continúan sus andanzas en el aire, pero eso dejo que lo descubran ustedes por su cuenta.  </p><p>Están latentes las diferencias sociales; adquieren protagonismo las marcas de moda, el gusto hortera, el brilli brilli, signo de los tiempos; y el léxico inglés (¡sin que falte el empalagoso <em>Enjoy</em>!), que la catetería nacional y los complejos vienen asumiendo. A todo ello se suman las alusiones tanto a la alta cultura, como a la cultura popular, ya sea en el caso del cine, la literatura (el viejo lee las <em>Meditaciones</em>, de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/estoicismo-marco-aurelio-vuelto-liberarnos-hoy-seamos-esclavos_1_1664725.html"  >Marco Aurelio</a>), ya de la música (el Primo silba la primera de las <em>Variaciones Goldberg</em>), la pintura (el narrador alude a los bodegones de <strong>Sánchez Cotán</strong>) o la arquitectura, entre hortera y brutalista.  </p><p>Con esta novela, la autora cierra la llamada <em>Trilogía de los países del Este</em>, de la que también forman parte dos novelas anteriores, <em>Spanish Beauty</em> (2022) y <em>Los guapos</em> (2024). El título general me recuerda a los <em>Cuentos del lejano oeste </em>(2003), de <strong>Luciano G. Egido</strong>. Si el oeste era la Salamanca cercana a Portugal, el este bien puede ser el levante español. Por lo que respecta al resto, poco tienen que ver los microrrelatos y cuentos de Egido con las novelas de nuestra autora.  </p><p>Una de las virtudes de las narraciones de <strong>Esther García Llovet </strong>es que no se parecen a ningunas otras. Empezando por la utilización que hace del humor, de la ironía. Véase, al respecto, los comentarios que el narrador le dedica a la belleza. Así, comenta que la belleza estriba en poder decidir; véase las irónicas líneas que siguen sobre lo que te da la belleza, pero también lo que señala sobre los guapos y feos, o a lo que llama “el alpiste de la Generación Z” (pp. 118 y 124). </p><p>He dejado para el final una pregunta que me ha rondado durante toda la lectura de la novela: ¿quiénes son <em>las jefas </em>del título? Es probable que todos los personajes femeninos, pero diría que, sobre todo, las gemelas, <strong>Romana </strong>y la azafata <strong>Ripley</strong>, quien parece concederles el último capricho. Pero tengamos en cuenta que los títulos de la autora no son referenciales y, más que aclarar, añaden siempre cierta dosis de misterio al conjunto.  </p><p>Esther García Llovet es una escritora que tiene un mundo propio, diría que auténtico, si la palabra no estuviera tan manoseada, un estilo y un fraseo diferente. Le gusta jugar con el lenguaje (el narrador nos dice que <em>cuando el viejo se aburre, mata moscas con el rabo</em>), con el que nos muestra unas conductas extravagantes, aunque no por ello resulten menos reales, visto lo visto en el mundo actual. En fin, no hay más que salir a la calle y observar la realidad, los tipos humanos, su puesta en escena, para darse cuenta de en qué se ha detenido la mirada de la autora, pues ha querido contar historias que otros narradores no han sabido ver, ni son capaces de imaginarse como también hace ella.   </p><p>Mientras Esther García Llovet intenta rodar una película, o consigue que le encarguen un guion (¿por qué no para la serie <em>The White Lotus</em>, que algo tiene que ver con la novela que nos ocupa?), y que se ruede (“con los guiones sí se gana dinero”, le gusta repetir), el plan B —valga el topicazo por una vez— consiste en escribir y publicar singulares novelas. A la vista del panorama general, de los libros que encumbran los medios, con el dicharachero <a href="https://www.infolibre.es/cultura/libros/david-ucles-creo-arte-crear-esperanza-necesaria-tiempos-oscuros_1_2140594.html"  >David Uclés</a> a la cabeza, bienvenidas sean novelas como esta, en que ni la trama ni los personajes ni los escenarios son los habituales.</p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Apr 2026 04:01:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Escritores,Literatura]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Beatriz de Moura: la gran editora]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/beatriz-moura-gran-editora_129_2180252.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0c00f887-74dd-4757-9271-2500cc4e1426_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="beatriz"></p><p>Por qué extraños caminos transita el azar. <strong>Beatriz de Moura ha muerto a los 86 años</strong>, unas semanas después de Toni Marí, quien dirigió la excelente colección de poesía <em>Nuevos textos sagrados</em>, y pocos días antes de la celebración del Día del libro (quitémosle de una vez por todas a la celebración la compañía de Sant Jordi, como ha sugerido Eduardo Mendoza). </p><p>Esta brasileña nacida en Río, y afincada pronto en Barcelona, en 1962 (aunque ya había estado aquí en 1956, pues su padre era diplomático), ha sido uno de los editores más importantes de las últimas décadas del siglo XX, un regalo para quienes amamos la narrativa en castellano y universal, las buenas traducciones. No se conoce tanto su fascinación juvenil por el ballet, sus estudios en Ginebra de Traducción e Interpretación, ni tampoco que <strong>fue actriz ocasional</strong> (en el cortometraje <em>Imagen de la ciudad</em>, de Ricardo Bofill y Ó. Tusquets). Pero, además, publicó una novela, <em>Suma</em> (Lumen, 1974), y algunos cuentos, de los que no le gustaba hablar, nunca se reeditaron, y formó parte de una revista, La mosca, de vida efímera, pero que habría que rescatar, y además cultivó la traducción (M. Duras, Kundera...).</p><p>Tras pasar por Gustavo Gili y Salvat, llegó a la editorial Lumen, de Esther Tusquets, tras formar pareja con su hermano Óscar, donde <strong>conoció los principales rudimentos del mundo de la edición</strong>. Juntos, fundaron en 1969 Tusquets y, en una década, consiguieron convertir una pequeña editorial familiar en uno de los sellos literarios más relevantes del momento, junto a Anagrama, Alfaguara y Seix Barral. Eran los años de la gauche divine, de las noches de baile, en la que ella sobresalía, y de las copas en Boccaccio, de los encuentros en Cadaqués. La editorial empezó con los llamados Cuadernos marginales, donde aparecieron libros de <strong>Panofsky, Beckett</strong> o <strong>Borges</strong>, y con los <em>Cuadernos ínfimos</em>, la primera colección de <strong>Tusquets</strong>, en la que aparecieron los cuentos ya legendarios de <em>Mi hermana Elba</em> (1980) y <em>Los altillos de Brumal</em> (1983), de Cristina Fernández Cubas, entre otros libros de cine, arquitectura, teatro, psiquiatría, etc.  </p><p>Pero creo que el cambio fundamental se produjo en 1977, con la llegada de Toni López Lamadrid, su nueva pareja, quien se encargó de que las cuentas cuadraran y en añadir cordialidad, simpatía y generosidad (las cenas en La balsa y las comidas en el Igueldo, con <strong>interlocutores de la talla de Carlos Castilla del Pino o Terenci Moix</strong>, no las olvidaré nunca, o las conversaciones en la sede de la editorial en la torre de Cesare Cantù), a la que ya aportaba Beatriz. Y el fin de la primera parte de esta historia se produjo en el 2012, cuando Tusquets pasó a formar parte del Grupo Planeta.</p><p>Otro de los hitos de la historia de Tusquets fue la creación en 1977 de la colección y el premio La sonrisa vertical, de literatura erótica, a sugerencia de Luis G. Berlanga, experto en la materia. Premio que obtuvo pronto Almudena Grandes, con <em>Las edades de Lulú</em>, <strong>novela excelente con la que inició su trayectoria como narradora</strong>, convirtiéndose en uno de los pilares de la editorial, pues consiguió llegar a un público mayoritario, sin renunciar por ello a la calidad literaria. De la colección <em>Los cinco sentidos</em>, cuyo responsable era Xavier Domingo, desde París, mi preferido es La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro. Por su parte, el Premio Comillas ha contribuido, y no poco, al renacimiento de eso que ahora denominan literatura del yo, ya sean memorias, ya autobiografías, como las de Carlos Barral, Carlos Castilla del Pino y Juan Luis Panero, en el que algo tuve que ver. </p><p>Comentar aquí el catálogo resulta imposible, ni siquiera en sus hitos principales. Pero, no obstante, además de los nombres ya citados, a Tusquets le debemos, en la colección Andanzas, la <strong>lectura de libros de Cristina Fernández Cubas, Luis Landero</strong> (el hito que fue <em>Juegos de la edad tardía</em>, 1989), <strong>Ramiro</strong> <strong>Pinilla</strong> (su trilogía <em>Verdes valles, rojas colinas</em>, 2004-2005), <strong>Jorge Semprún</strong> (<em>La escritura o la vida</em>, 1995), <strong>Javier Cercas</strong> (<em>Soldados de Salamina</em>, 2001), <strong>Fernando Aramburu</strong> (<em>Patria</em>, 2016), y no quiero olvidarme del gran <strong>Cristóbal Serra</strong> (su <em>Viaje a Cotiledonia</em> fue uno de los libros menos vendido de la editorial, con solo cien copias, según la editora), de <strong>Luciano G. Egido</strong>, de <strong>Eduardo Mendicutti</strong> y su lúcida y divertidísima <em>Una mala noche la tiene cualquiera</em> (1982), y de <strong>Gonzalo Hidalgo Bayal</strong>. En el caso de la literatura hispanoamericana, nos proporcionó libros de <strong>García Márquez</strong> (<em>Relato de un náufrago</em>, 1970, uno de los superventas de la casa), <strong>Vargas Llosa, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Reinaldo Arenas</strong> (<em>Antes que anochezca</em>, 1992), <strong>Jorge Edwards</strong> (<em>Persona non grata</em>, 1991), <strong>Leonardo Padura, Abilio Estévez, Luis Sepúlveda</strong> (<em>Un viejo que leía novelas de amor</em>, 1992), <strong>Cristina Rivera Garza, o Gonzalo Celorio</strong>, el último Premio Cervantes. Y por lo que se refiere a la literatura traducida, recordemos a <strong>Beckett, Calvino, L. Sciascia, M. Duras</strong> (<em>El amante</em>, otro de los libros de más éxito), <strong>M. Kundera</strong> (<em>La insoportable levedad del ser</em>, 1985), <strong>F. Dürrenmatt, E. Jünger, A. Camus, C. Milosz, Cioran, Malcolm Lowry, A. Miller, J. Updike, G. Simenon</strong> y <strong>Woody Allen</strong>. Para ello contó con los mejores traductores: Carlos Pujol, Andrés Sánchez Pascual, Carlos Manzano, Pepe Escué o Javier Albiñana, por solo citar a unos pocos. Pero también editó libros de ensayo, entre ellos, los excelentes de Herbert Lottmann, Rüdiger Safranski y Claudio Guillén.</p><p>El pasado 29 de marzo, con motivo de la muerte de Toni Marí, hablaba aquí de la colección Nuevos textos sagrados, no quiero repetirme, pero sí recordar que en ella aparecieron libros, entre muchísimos otros, de <strong>Juan Ramón Jiménez, J.Á. Valente, Caballero Bonald, Juan Gelman, Manuel Padorno, Juan Luis Panero, Andrés Sánchez Robayna, Guillermo Carnero, Francisco Ferrer Lerín, Chantal Maillard, Eloy Sánchez Rosillo, Luis García Montero</strong> o <strong>José María Micó. </strong></p><p>Barcelona, España, está en duda con la editora, no solo por los buenos libros que ha publicado, sino también porque <strong>en 1998 donó a la Universidad Pompeu Fabra parte de su biblioteca particular</strong> y de la de su padre, el diplomático Altimir de Moura. Y se comprometió en donar el resto de sus libros, tras su muerte. Ese mismo año, el gobierno francés la nombró Caballero de la Orden de las Artes y las Letras; y, al año siguiente, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le concedió el Reconocimiento al Mérito Editorial. Entre nosotros, Maragall le concedió la Creu de Sant Jordi en el 2006. </p><p>Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid (falleció en el 2009), me resulta imposible separarlos, han sido, para mí, durante muchos años, los <strong>interlocutores más frecuentes</strong>, con los que me he entendido mejor, en un mundo literario, hoy desaparecido, en el que los editores, algunos editores, querían conocer las opiniones de los críticos, de los historiadores de la literatura, a los que respetaban. Ambos sabían escuchar y <strong>eran excelentes conversadores</strong>, sabían apreciarte, sin empalagos ni impostaciones; a todo ello, se unía la afabilidad de Toni, el peculiar acento de Beatriz, con sus flequillos, peinados y tintes (a menudo, diferentes; no hay dos fotos en las que aparezca igual), y sus inolvidables sonrisas; a veces, convertidas en carcajadas. </p><p>Para Beatriz, lo repitió en varias ocasiones, en privado y en público, el editor <strong>debe tener curiosidad, sentir fascinación</strong> por el objeto que es el libro, vocación y obstinación, “obstinarme en mi obstinación”, decía, perseverancia. Y, en suma, debe procurar la creación de un equipo de confianza, que sepa bien su oficio, y la apuesta por un catálogo de fondo, duradero. Todo ello lo comparten los buenos editores. Beatriz de Moura, además, solo trató de editar lo que realmente le gustaba: libros legibles, con calidad literaria, que le interesaran a los lectores.</p><p><strong>P.D</strong>. A quien quiera saber más, le recomiendo el libro de Juan Cruz, <em>Por el gusto de leer: Beatriz de Moura, editora por vocación</em> (Tusquets, 2014).</p><p>_________________</p><p><em><strong>Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2026 07:15:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[La invitación a la poesía de Andrés Amorós]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/invitacion-poesia-andres-amoros_1_2177986.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/24f297c2-13e3-48cc-b348-14e07a3062de_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La invitación a la poesía de Andrés Amorós"></p><p><strong>Fórcola, Madrid, 2026.</strong></p><p>¿Qué autores y poemas escoger cuando alguien se plantea hacer un libro como el que ahora nos ocupa? Parto de la convicción de que un trabajo así solo puede hacerse en la madurez, época en que los conocimientos pueden ser muchos, las lecturas están asentadas y el criterio, probado. En estas páginas, nos encontramos con el <strong>Andrés Amorós </strong>lector, con el filólogo e historiador de la literatura, con alguien que conoce a fondo la tradición y que tiene gusto (la capacidad crítica de discernir con buen criterio) para poder escoger lo mejor, entre lo mucho bueno.</p><p>La primera parte del título del libro proviene de las “Canciones a Guiomar”, de <a href="https://www.infolibre.es/temas/antonio-machado/"  >Antonio Machado</a>, que Amorós considera una de las mejores definiciones de la poesía (p. 361). El conjunto del título, sin embargo, no responde estrictamente al contenido, ya que, en vez de <em>españoles</em>, debía haber sido <em>en español</em> (o <em>en castellano</em>), y el desequilibrio en la selección es manifiesto, pues tanto la poesía de la postguerra como la hispanoamericana ocupan mucho menos espacio del que debería corresponderle, quizá para evitar el engorro que supone conseguir los derechos. Pero ello no le resta ni un ápice de valor al conjunto, muy bien enmarcado, entre <strong>Juan Ruiz, Arcipreste de Hita</strong>, y<strong> Antonio Carvajal</strong>, el poeta granadino que es ya, con más de 80 años, un clásico vivo. </p><p>El autor reconoce que han quedado fuera poetas que le hubiera gustado incluir, pero a los muchos excluidos que cita, casi todos indiscutibles, yo me permito añadirle otros tres: <strong>Ángel Crespo, José Ángel Valente </strong>y <strong>Tomás Segovia.</strong> Según confiesa, ha escogido a los autores y poemas más conocidos, pero añade otros cuya presencia sorprende, como <strong>fray Damián Cornejo, Pemán</strong> o <strong>Antonio Gala</strong>. Lo importante es que están todos los grandes: los versos del romancero (“Romance del prisionero”, “El conde Arnaldos”),<strong> Jorge Manrique </strong>(el final de las “Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique”), <strong>Garcilaso </strong>(el soneto V: “Escrito está en mi alma vuestro gesto”),<strong> Gutiérrez de Cetina</strong> (el madrigal que empieza “Ojos claros, serenos”), <strong>Fray Luis de León </strong>(“A la vida retirada”), <strong>San Juan de la Cruz </strong>(“Noche oscura”), el soneto anónimo que empieza “No me mueve, mi Dios, para quererte”, <strong>Cervantes </strong>(“Soneto al túmulo del rey Felipe en Sevilla”), <strong>Góngora </strong>(el soneto “Mientras por competir con tu cabello”), <strong>Lope de Vega </strong>(la rima 126: “Desmayarse, atreverse, estar furioso…”), <strong>Fernández de Andrada </strong>(“Epístola moral a Fabio”), <strong>Quevedo </strong>(“Amor constante más allá de la muerte”), <strong>Espronceda </strong>(“La canción del pirata”), <strong>Bécquer, Rosalía de Castro</strong> (“Dicen que no hablan las plantas…”), <strong>Unamuno </strong>(el comentario que le dedica es uno de los que más me gustan, aunque hubiera elegido otro poema), <strong>Rubén Darío</strong> (“Lo fatal”), los <strong>Machado </strong>(“Adelfos”, “Retrato”, “Yo voy soñando caminos…”), <strong>Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas </strong>(“Perdóname por ir así buscándote”), <strong>Oliverio Girondo </strong>(el maravilloso poema que empieza: “Se miran…”), <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ver-federico-zapatillas-familia-lorca-cartas_1_2174545.html"  ><strong>Lorca</strong></a><strong> </strong>(¿por qué no uno de los llamados "sonetos del amor oscuro"), <strong>Aleixandre, Borges</strong> (“Poema de los dones”), <strong>Cernuda </strong>(“Si el hombre pudiera decir lo que ama”), <strong>Alberti, Neruda</strong> (“Poema 20”), <strong>Miguel Hernández</strong>  (“Elegía a Ramón Sijé”), <strong>José Hierro</strong> (me hubiera decantado por “Lope. La noche. Marta”), <strong>Antonio Carvajal</strong> y más.   </p><p>No desdeño el humor de<strong> Baltasar del Alcázar </strong>(“Cena jocosa”), los versos satíricos de <strong>Quevedo</strong>, o la parodia de <strong>Muñoz Seca </strong>(<em>La venganza de don Mendo</em>), y menos aún los versos memorables de <em>Don Juan Tenorio</em>, pero creo que, como poesía, están en otra dimensión. Sea como fuere, Amorós ha hecho bien dándoles cabida aquí.  </p><p>Este libro es el último ejemplo de una larga tradición de antologías del conjunto de la poesía española desde sus orígenes hasta un presente que siempre resulta variable, como las de <strong>Vicente Gaos </strong>(<em>Díez siglos de poesía castellana</em>, Alianza, 1975; acaba con Miguel Hernández); y la de <strong>Francisco Rico</strong> (<em>Poesía de España. Los mejores versos</em>, Círculo de Lectores, 1996, que concluye con los poetas del <em>mediosiglo</em>), por solo citar dos volúmenes que tengo más a mano. Lo que distingue el libro de Amorós es que los poemas están comentados y que reproduce, total o parcialmente, muchos más de los poemas que anuncia. En esto se parece a la extraordinaria recopilación de<strong> José María Castrillón</strong>, <em>Subir al origen. Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941)</em> (Trea, 2018), un libro modélico en su especie.</p><p>Antes de llegar a la Universidad o en los primeros años, leí libros de Amorós. ¿Cuántos estudiantes universitarios podrían decir eso ahora? Así, su <em>Introducción a la novela contemporánea</em> (Anaya, Salamanca, 1966, aunque manejé la edición de Cátedra, 19743, revisada y aumentada), y la <em>Introducción a la novela hispanoamericana actual</em> (Anaya, Salamanca, 1972), donde se ocupaba de <strong>Carpentier, Onetti, Sábato, Lezama Lima, Cortázar, Rulfo, Fuentes, García Márquez</strong> y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/fascinante-oirle-explicar-argumentaba-novelas-trabajar-vargas-llosa_1_1978707.html"  >Vargas Llosa</a>. Cuatro autores del <em>boom</em> y otros tantos antecesores. Además de investigador universitario, Amorós ha cultivado con fortuna la alta divulgación, en libros como este que ahora me ocupa, cuyas partes había dado antes en la prensa. Siento no conocer otros libros suyos semejantes, aparecidos en esta misma editorial. </p><p>En el análisis de los poemas, Amorós se apoya en las aportaciones de grandes filólogos, como <strong>Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, M. Bataillon, Leo Spitzer, E.R. Curtius, Amado Alonso, Otis H. Green, Albert Béguin</strong> o <strong>Lázaro Carreter</strong>, y en otros que reconoce como sus maestros: <strong>Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Américo Castro, José F. Montesinos, José Manuel Blecua,</strong> padre, o<strong> Federico Sopeña</strong>; pero también cita a sus colegas contemporáneos, como <strong>Alberto Blecua</strong> y <strong>Francisco Rico</strong>, y a escritores que han cultivado el ensayo literario, e incluso a historiadores de la música, como el citado Sopeña. Si repasamos el índice de nombres, podemos advertir –ateniéndonos al número de veces que aparecen– que quizá sus autores preferidos, poetas o cultivadores de otros géneros, sean: <strong>Horacio, Virgilio, Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Calderón, Bécquer, Zorrilla, Rubén Darío, Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Antonio </strong>y <strong>Manuel Machado, Gómez de la Serna, Neruda, Guillén, Pedro Salinas, Lorca, Alberti, Cernuda, Miguel Hernández </strong>y <strong>José Hierro</strong>.  </p><p>El libro sigue un orden cronológico y el procedimiento que utiliza es semejante: escoge un autor y un poema, y lo comenta para que lo comprendamos en todos sus matices, y disfrutemos con la lectura. A dicho propósito. Para ello, nos proporciona los datos necesarios para que podamos entenderlo lo mejor posible: el libro en el que se recoge, el movimiento estético del que forma parte, su tradición, así como las peculiaridades que distinguen al poema, sus singularidades. Nos muestra sus temas y motivos, comenta la métrica e incluso se fija en palabras concretas (por ejemplo, aclara qué es un <em>envío</em>, o por qué aparece un <em>papagayo</em> en un célebre verso de <strong>A. Machado</strong>) cuyo significado debemos conocer para entender y apreciar los versos. Llama la atención lo bien que empieza los capítulos, de igual modo que resulta significativa la crítica a los pedagogos (a la “actual y bárbara pedagogía” que desprecia y proscribe la memoria, pp. 8 y 84), a las nuevas tecnologías (“afirman ahora algunos necios que la tecnología ha cambiado radicalmente la condición humana”, p. 321), a la enseñanza actual, pues considera que vivimos una crisis del estudio de las Humanidades. Son críticas que, en esencia, comparto, junto con el cuestionamiento del progresismo mal entendido, lo que ahora se llama <em>woke</em>, a pesar de que no siempre sepamos a qué se refieren quienes utilizan el concepto.    </p><p>Creo que preguntarse a estas alturas si puede comentarse la poesía es innecesario, aunque el autor nos hace unas consideraciones dignas de ser tenidas en cuenta, a propósito de la “Noche oscura”, de<strong> San Juan de la Cruz</strong> (p. 113). A mí me parece, modestamente, que la poesía puede y debe comentarse, y si quien lo hace –sea un buen poeta o un profesor (Amorós, en este caso)– lo lleva a cabo con brillantez, no tiene precio.  </p><p>La verdad es que mucho de lo que se cuenta en este libro ya lo conocía, pero he disfrutado recordándolo, volviendo a aprenderlo, que es para lo que sirve releer. Conocía casi todos los poemas y, sin embargo, he disfrutado mucho refrescando lecturas. Así, he aprendido muchas cosas que quizás estaban en mi memoria, pero que no siempre tenía presentes. Se trata, por tanto, de una lectura muy recomendable para los amantes de la poesía y para aquellos estudiantes —pienso en la Universidad, pero también en todos los lectores, y en especial en los alumnos de Filología— a los que tanto les cuesta entender cabalmente un poema, incluso cuando están a punto de graduarse. He oído decir a algunos poetas que llegaron al género tras la lectura de <em>Las mil mejores poesías de la lengua castellana</em>, de<strong> José Bergua,</strong> libro que cuando yo era joven solía estar en todas las casas, y ese ha debido ser el propósito de Amorós. ¡Ojalá se cumpla! El libro se cierra, rompiendo la cronología, con el comentario del poema de <strong>Rubén Darío</strong>, “Letanía de nuestro señor don Quijote”. No se me ocurre un final mejor.         </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.  </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 16 Apr 2026 04:00:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[Últimos artículos de Javier Marías]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ultimos-articulos-javier-marias_1_2174034.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/80445cd1-dd7e-4565-89d8-9489da5c32ce_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Últimos artículos de Javier Marías"></p><p><strong>Alfaguara, Madrid, 2025.</strong></p><p>Al cumplirse tres años de la muerte de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/libros/guia-basica-leer-javier-marias_1_1315379.html"  >Javier Marías</a>, ocurrida en el 2022, su editorial ha reunido en un volumen las 75 últimas columnas que publicó en <em>El País Semanal</em>, donde había empezado a escribir en el 2003. En todos estos años, casi veinte, publicó 939 artículos. En esta ocasión, el título, con ecos lorquianos, se lo debemos a <strong>Carme López Mercader</strong>, su viuda, siguiendo la tónica que había seguido Marías de darles a estas recopilaciones la denominación de uno de los artículos. Así las cosas, su significación se multiplica, puesto que el texto que le proporciona título al conjunto es un homenaje a <strong>Juan Benet,</strong> al cumplirse treinta años de su muerte, de quien Marías nos dice: “fue un amigo y un maestro. No tanto literario como vital”, que le “enseñó qué eran la rectitud y la decencia”, de quien aprendió no poco: “me enseñó a ver y oír mejor (pintura y música), y a leer mejor, a saber distinguir lo valioso de lo pretencioso y los recursos de buena ley de los de mala”, “me enseñó a discernir: quién tiene piedad (…), y quién no la tiene”. Además, para Marías, los artículos de Benet era “muy lúcidos y originales”, aunque no siempre estuviera de acuerdo con sus opiniones (p. 190). En ese artículo con que titula el conjunto se queja también de lo “irrespetuoso” que resulta que decidamos lo que un difunto hubiera hecho u opinado sobre un suceso actual de haber estado vivo (opiniones del tipo: hoy <strong>Shakespeare </strong>estaría escribiendo series), sin por ello dejar de preguntarse qué hubiera escrito Benet sobre la invasión de Ucrania, o Marías —añado yo— sobre el genocidio en Cisjordania y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libro-negro-gaza-da-voz-jovenes-palestinos-escribir-forma-resistencia_1_2170929.html"  >Gaza</a>.  </p><p>Tanto los temas de que se ocupa como la manera de abordarlos son los suyos habituales. La retórica es la propia del autor, como lo es también el tono crítico que adopta cuando trata de política nacional e internacional, sobre los peligros que sufre la democracia, según la entendíamos hasta hace muy poco, el habitual, en este “bobo siglo”, como lo denomina. Una época que será recordada, nos dice, “por su pintoresquismo y su extrema ridiculez”, por el “cretinismo imperante” y por los numerosos “oportunistas lunáticos”; y remacha su opinión: “vivimos en una época particularmente enloquecida e idiota, en la que abundan los disparates (…), los ataques a la libertad y las injusticias”. Y confiesa que se siente impelido a señalar esos males, “procurando razonar y argumentar por qué me lo parecen” (p. 121).</p><p>Tampoco faltan en estos artículos los asuntos que solían interesarle: la literatura, el cine, la música, el fútbol (en pequeñas dosis), el cuestionamiento de lugares comunes (“la mejor literatura actual se está escribiendo en los periódicos”, p. 230), o la denuncia del mal uso del español, como ocurre en el titulado “Desprecio de la propia lengua”, en el que crítica que los anglicismos hayan invadido tanto el castellano de América como el nuestro, de lo que hace responsables a los periodistas, con TVE a la cabeza, a los políticos y a los publicistas (“escuela de lelos y cursis”, los denomina). Considera espurios ciertos usos de la lengua, como una tendencia “pedante-cateta”, quizá debida al “deseo irrefrenable de ser americanos”, estadounidenses (p. 125).</p><p>Además, se muestra contrario a la publicación de autobiografías, memorias, biografías, diarios y cartas privadas, puesto que “la prensa canallesca” solo destaca de ellas los comentarios malignos, hirientes, aunque me resulta imposible estar de acuerdo con esta opinión. Y, sin embargo, no le falta razón, en parte. En este mismo sentido, no creo que le hubiera hecho gracia la biografía que, dos años después de su muerte, en el 2024, le ha dedicado <strong>Manuel Adolfo Martínez Pujalte</strong>, aun cuando, a pesar de sus carencias y torpezas, ponga las bases para una futura biografía más atinada, si es que alguien se atreve tras conocer las opiniones del autor al respecto. Tampoco ha dado permiso Marías para que se publique su correspondencia con <strong>Herralde</strong>, explicando las razones. Y concluye: “la <em>obra</em> es sólo lo que ese escritor da a conocer en vida” (p. 53). Así, afirma contundente: “sólo son biógrafos los rencorosos, los oportunistas y los chismosos” (p. 180), opinión que tendría que haber matizado.</p><p>Más crítico aún, si cabe, se muestra con los móviles, “las cretinas redes” sociales (“en estas, hay poco más que invectivas, burlas, comentarios malsanos, malignidad hacia cualquiera…”, p. 48), y con las feministas de la denominada cuarta ola. A este propósito, comenta el caso de Amanda Gorman, joven poeta de raza negra, y la polémica que suscitaron las versiones de sus versos a otras lenguas. Se ocupa también de la pandemia, del coronavirus, de los buenos propósitos que suscitó en nuestras conductas y cómo fueron olvidados en cuanto la enfermedad desapareció. </p><p>Pero la mayor novedad del conjunto son los cuentos que publicó en la misma sección, <em>La zona fantasma</em>, al margen de que no están a la altura de los que incluyó en <em>Mala índole</em> (2012). Todos aparecen concentrados en la segunda mitad del libro, intercalándolos con los artículos, hasta un total de dieciséis narraciones, aunque la historia del profesor <strong>Pírfano de Lerma</strong>, del señor <strong>Cotta</strong>, escritor fracasado y editor, y de <strong>Catherine del Biombo</strong>, la guapa americana ennoviada con el “no tan joven <strong>Brendán</strong>” <strong>Godínez</strong>, cuya acción transcurre en 1982, no pudo llegar a completarla, quedando inacabada. Lo que destacaría, además del humor, del tono zumbón, es que en ellos hace hablar, de manera creíble, verosímil, a Juan Benet y al <strong>rey Juan Carlos</strong> (que ya había aparecido en<em> Mañana en la batalla piensa en mí</em>)<em>.</em> Y como dato curioso, tengo la impresión de que el personaje de <strong>Pírfano </strong>está inspirado, al menos en parte, en <strong>Francisco Umbral</strong>. Aun cuando la mayoría de los artículos sean independientes, en cuatro ocasiones compone series de dos (por ejemplo, cito solo un ejemplo, “Aquí no cabe ningún <strong>Marx</strong>” y “Tampoco caben <strong>Chaplin </strong>ni <strong>Keaton</strong>”), pero en el caso de los cuentos, es ahora, en el libro, cuando podemos seguir mejor el relato de los sucesos, inacabado por el fallecimiento del autor.</p><p>Decía que se muestra muy crítico tanto con los políticos españoles, de todas las ideologías, como con los principales gobernantes del resto de mundo, con <strong>Trump </strong>y <strong>Putin </strong>a la cabeza. El que Marías se defina de izquierdas no le impide cuestionar a Podemos, ni tampoco al PSOE, sobre todo por sus pactos con los nacionalistas catalanes (los independentistas se llevan los mayores varapalos) y vascos (con <strong>Otegi </strong>a la cabeza), y por sus alianzas con Podemos. El caso es que cuando hace pronósticos, no siempre acierta, como cuando dice, sobre unas futuras elecciones, que “Illa no podría ganar nada”. Pero lo importante es que varios de los políticos que critica hayan dejado de tener protagonismo en la vida española y en la internacional. En “Arrepentimiento simultáneo”, publicado en mayo del 2021, quizás el artículo con una mayor carga política, se explaya contra el PP (“al PP no lo votaré jamás”, p. 54), Vox, Podemos (“Podemos, simétrica con Vox”, p. 55) y el PSOE. Sobre este último, afirma que “votar hoy al PSOE equivale a votar a gente sin crédito y a meter en la gobernación de Madrid a los señoritos podemitas, <strong>Marx </strong>no lo tolere” (p. 56). Los reproches que les hace, en diversos artículos del libro, son numerosos y están bien fundamentados. Denuncia, además, la incapacidad de los electores al “no ver, no descifrar, no reconocer con claridad al otro”; tema tratado también en sus novelas.</p><p>Si tuviera que escoger algunos de estos trabajos (ante las recopilaciones, creo que el crítico está obligado a decantarse por una selección de las piezas que las componen), optaría por “Críticas y premios”, centrado en el cine y la literatura; o “Cine para ver mejor”, en el que se pregunta por qué fascinaron a las masas políticos tan ridículos como <strong>Hitler</strong>, <strong>Putin </strong>y otros, sin que falten los nuestros; mientras que en “Perrerías póstumas” confiesa que no cree en la posteridad, para cuestionar, asimismo, el paso de las obras literarias al dominio público, asunto del que también se había ocupado ya, para que se aprovechen de los derechos los <em>versionadores</em> y <em>adaptadores</em> de turno; en ocasiones, destrozando las obras, como en el caso que comenta de una versión de <em>Otelo</em>; “Mala índole” es un alegato en favor de los exiliados republicanos, ante unas desafortunadas declaraciones de <strong>Pablo Iglesias</strong>, que los igualaba con <strong>Puigdemont</strong>, opinión que <strong>Muñoz Molina </strong>ha calificado –con razón– de “vileza”; en “Aún lejos de mil” traza un balance de sus artículos en la prensa, y nos recuerda que <em>Mano de sombra</em> (1997) fue la primera recopilación de sus artículos; y “Día y noche, noche y día” nos habla de la casa de su padre, el filósofo <strong>Julián Marías,</strong> en la que él también vivió. No menos significativo resulta –aunque no estuviera previsto por Marías– que el libro se cierre con un elogio de la traducción literaria, “El más verdadero amor al arte”, en la que tanto empeño había puesto y tan buenos resultados había obtenido. </p><p>Las opiniones poco complacientes que aparecen en el libro (se cura en salud: “a estas alturas creo haberme ganado cierto derecho a la arbitrariedad, a las manías y al enfurruñamiento que tanto ofende a algunos”, p. 121), adquieren relieve en lo que señala en el artículo titulado “Los versos de mírame y no me toques”, que concluye diciendo: “no le veo sentido a escribir en prensa para no decir la verdad, o sólo para lo que tantos y tantas escriben: justamente, quedar bien” (p. 44); “siempre he escrito lo que pensaba y no lo que `quedaba bien´” (p. 122). O, añado yo, para cumplir con el papel que se les ha asignado, como –digamos– portavoces de un grupo social o ideología, de una tendencia, moda o minoría.</p><p>Siempre me han gustado las cubiertas de los libros de Marías, aunque, en esta ocasión, no ha debido de elegirla él, se mantiene en la misma línea de acierto que las anteriores. Se dice que el cuadro del pintor danés <strong>C.W. Eckersberg</strong> (“Vistas, a través de una puerta, de figuras en relieve”) procede del Statens Museum for Kunst, pero no se dice que se trata de la Galería Nacional de Dinamarca, en Copenhague. Javier Marías, que tenía una veta tiquismiquis, seguro que lo hubiera precisado. La publicación de estos últimos artículos, son veintitrés los libros de este género, la posibilidad de seguir leyéndolo, es un consuelo para quienes tanto admiramos su obra narrativa y ensayística. </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura española y crítico literario. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Apr 2026 04:00:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[De los premios de la crítica al Premio AENA]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/premios-critica-premio-aena_129_2174036.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2b018ff1-e2a5-4394-9744-3db5add4d7f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De los premios de la crítica al Premio AENA"></p><p>Vuela el dinero a mansalva y los diarios de mayor tirada se van tras él, ya saben: <em>non olet</em>, dedicándole sus páginas a un premio literario que está echando a andar. La presencia de un par de periodistas culturales y la <strong>publicidad que han puesto en esos medios ayuda no poco</strong>. Pero mientras hablamos de dinero, no nos centramos en la literatura, que es lo que tocaría, ni en otros asuntos que afectan al conjunto de la población. ¿Ha habido, acaso, un solo medio de comunicación que <strong>haya comentado los méritos de las cinco obras finalistas</strong>? ¿Alguien ha pensado en las que se han quedado fuera y que quizá tenían los mismos o mayores méritos literarios? ¿Cuántas de las obras preseleccionadas y finalmente elegidas <strong>han leído los prejurados y los jurados</strong>? Las narraciones finalistas han sido: <em>Ahora y en la hora</em>, de <strong>Héctor Abad Faciolince</strong>; <em>Marciano</em>, de <strong>Nona Fernández</strong>; <em>Los ilusionistas</em>, de <strong>Marcos Giralt Torrente</strong>; <em>El buen mal</em>, de <strong>Samanta Schweblin</strong>; y <em>Canon de cámara oscura</em>, de <strong>Enrique Vila-Matas</strong>. </p><p>Flaco favor le ha hecho <em>El País</em> a <strong>Samanta Schweblin</strong> dedicándole tres páginas, la portada de <em>Babelia</em> entre ellas, cuatro días antes de que se fallara el premio. De estas obras, tres son de heterodoxa concepción genérica, aunque alguna de ellas podría leerse como novela; <strong>un libro de cuentos y una novela</strong>, propiamente dicha. Pero con semejantes méritos podrían también haber figurado los libros de <strong>Cristina Fernández Cubas</strong> (<em>Lo que no se ve</em>), <strong>Javier Cercas</strong> (<em>El loco de Dios en el fin del mundo</em>), <strong>Juan Gabriel Vásquez</strong> (<em>Los nombres de Feliza</em>), <strong>Julio Llamazares</strong> (<em>El viaje de mi padre</em>), <strong>Jorge Fernández Díaz</strong> (<em>El secreto de Marcial</em>), <strong>Andrés Neuman</strong> (<em>Hasta que empieza a brillar</em>) o <strong>Elvira Navarro</strong> (<em>La sangre está cayendo al patio</em>).  </p><p>En fin, para haberse puesto AENA en manos de tanta gente (La Tropa Produce, cuyos componentes tienen más que ver con la organización de <em>eventos</em>, que con el conocimiento del sistema literario; <em>scouts</em>; diez preseleccionadores, de los que solo conozco dos nombres: <strong>Jordi Amat</strong> y <strong>Karina Sainz Borgo</strong>, periodistas de <em>El País </em>y <em>Abc</em>; y el jurado), y haberles pagado por su trabajo, <strong>me temo que AENA ha cometido unos cuantos errores</strong>. El premio no es de <em>narrativa hispanoamericana</em>, sino de <em><strong>narrativa española e hispanoamericana</strong></em>, o, si quieren, de <em>narrativa hispánica</em>. Las decisiones que se han tomado parecen <strong>presididas por lo políticamente correcto</strong>: de los cinco finalistas, dos son españoles y tres hispanoamericanos (un colombiano, una chilena y una argentina, con lo que los mexicanos no estarán contentos); las editoriales de los libros seleccionados son: Alfaguara, Random House, Anagrama y Seix Barral, que ha logrado colocar dos libros (o sea libros de grandes grupos editoriales: dos de Random, dos de Planeta y uno de Feltrinelli). El jurado, por su parte (“caprichosamente elegidos”, señala con razón <strong>Ignacio Echevarría</strong>), está formado por <strong>Rosa Montero</strong>, <strong>Pilar Adón</strong>, <strong>Leila Guerriero</strong>, <strong>Luis Alberto de Cuenca</strong>, <strong>José Carlos Llop</strong>, <strong>Sergio Vila-Sanjuán</strong>, <strong>Jesús García Calero</strong> y <strong>Elmer Mendoza</strong>. Se trata de seis escritores y dos periodistas, aunque algunos de ellos compartan ambos oficios; de los cuales, tres son mujeres y cinco hombres; seis españoles, una argentina, y un mexicano. Si dejamos a parte a <strong>Luis Alberto de Cuenca</strong>, poeta, ensayista y traductor, el resto <strong>están vinculados a Seix Barral, Random, Anagrama, Destino y Tusquets</strong>, aunque <strong>Elmer Mendoza</strong> ha pasado por Tusquets, Alfaguara, Random, y <strong>Pilar Adón</strong> que es codueña de Impedimenta, que en este jolgorio no aparece. En suma, todo está <strong>forzadamente equilibrado</strong>, falta la espontaneidad que proporciona la libertad y la independencia de criterio, el conocimiento.</p><p>De los anuncios en la prensa (los he visto en <em>El País</em>, <em>La Vanguardia</em>, <em>ABC</em> y <em>El Periódico</em>), unos están en castellano y otros en catalán, según el lugar donde se edita el diario, aunque varios de ellos tengan versiones en las dos lenguas, se impone el catalán, a pesar de que se trate de la edición en castellano del diario. Puestos a quedar bien con los defensores de la lengua catalana, <strong>podrían haber tenido en cuenta su literatura</strong>, así como la gallega y la vasca. En <em>El País</em>, el diario que más atención le ha prestado, a pesar de <strong>no tener en el jurado a ninguno de sus periodistas</strong>, han aparecido tres artículos, entre ellos, uno de <strong>Mauricio Lucena</strong>, el inventor del premio, y un extenso reportaje de <strong>Andrea Aguilar</strong>. </p><p>Más de uno se preguntará cuánto va a costar la convocatoria del premio. Con el millón que se lleva el ganador, los 120.000 euros destinados a los otros cuatro finalistas, los gastos de la organización previa al fallo, los anuncios en la prensa a toda página y la fiesta en Barcelona con motivo de la concesión (viajes, hoteles y comidas), el gasto total no bajará del millón y medio de euros. Si tanto afán tiene AENA de ayudar a la cultura, de “<strong>devolver a la sociedad lo mucho que la sociedad ha dado</strong> a los trabajadores y accionistas de AENA”, en el lenguaje demagógico y populista del señor Lucena, podría haber destinado ese dinero, con mucho más provecho a las mal dotadas bibliotecas públicas, a <strong>concederles becas a escritores que no disponen</strong> de medios y que han iniciado una carrera literaria prometedora, a fomentar los talleres de lectura, a comprar ejemplares o poner publicidad en revistas literarias o culturales, que tienen problemas de supervivencia, como la excelente <em>El Ciervo</em>, que acaba de cumplir 75 años de vida y está tambaleante, o respaldar programas de radio como <em>El ojo crítico</em>.</p><p>Pero lo más sorprendente de todos los argumentos que se han barajado para justificar la existencia del premio es que no existe ningún otro que se conceda al mejor libro de narrativa publicado el año anterior. <strong>Se ha aludido, con un cierto desdén, al Nacional de Narrativa</strong>, aunque su trayectoria ha sido, en general, acertada. Este premio lo concede de <strong>hace muchas décadas en Ministerio de Cultura</strong>, y está dotado con 30.000 euros. La pregunta que nos hacemos es por qué el estado a través de la ASepi se pone a competir con el ministero de Cultura, despilfarrando un dinero que podría emplearse mucho mejor. Javier Marías en algunos de sus últimos artículos, recogidos en <em>Así que pasen treinta años</em> (2025), se refería a este “bobo siglo”, una época que será recordada, nos dice, “por su pintoresquismo y su extrema ridiculez”, por el “cretinismo imperante” y por los numerosos “oportunistas lunáticos”; y remacha así su opinión: “<strong>vivimos en una época particularmente enloquecida e idiota</strong>, en la que abundan los disparates (…), los ataques a la libertad y las injusticias”. Olvidemos lo que tiene de exageración, de arbitrariedad, olvidémonos del dedo y centrémonos en la visión de la luna, pero me atrevo a decir que <strong>a este premio le hubiera sacado todo su jugo</strong>. </p><p>Desde 1956 se falla en España el <strong>Premio de la Crítica</strong> y en estos setenta años lo han ganado desde <strong>C.J. Cela</strong>, <strong>Miguel Delibes</strong>, <strong>Gonzalo Torrente Ballester</strong>, <strong>Ana María Matute</strong>, <strong>Juan Marsé</strong> y <strong>Juan Eduardo Zúñiga</strong>, a <strong>Luis Mateo Díez</strong>, <strong>Javier Marías</strong>, <strong>Rafael Chirbes</strong> o <strong>Cristina Fernández Cubas</strong>, y entre los hispanoamericanos, <strong>Mario Vargas Llosa</strong>, <strong>Juan Carlos Onetti</strong>, <strong>Ricardo Piglia</strong> o <strong>Mariana Enríquez</strong>, por solo citar unos pocos nombres. Esther Tusquets comentó en más de una ocasión que el único premio que le hubiera gustado recibir era el de la Crítica, y Caballero Bonald, que lo obtuvo en tres ocasiones, dos en poesía y una en narrativa, solía repetir que de todos los premios que había ganado, era el que más alegría le había proporcionado, por <strong>su independencia</strong>, al no estar dotado económicamente. Claro que el hecho de <strong>carecer de dotación no lo hace incontestable y honesto, pero ayuda</strong> a ello. ¿No se trata de un premio consolidado? ¿Quién le ha quitado el prestigio? La experiencia me dice que los ganadores, sin excepción, reciben el premio con alegría, por su independencia, ya que pasan a formar parte de una gran historia, de la mejor tradición literaria en español.</p><p>Los premios se consolidan y <strong>adquieren prestigio con el tiempo</strong>, por el acierto de sus decisiones, destacando algún buen libro literario, de un pequeño editor, que haya pasado inadvertido, como ocurrió en el caso de Raúl Quinto con <em>Martinete del rey sombra</em>, algo que <strong>no ha ocurrido nunca con el Planeta</strong>, modelo que dicen haber seguido, “el galardón con más repercusión comercial en España”, según el señor Lucina, y con ningún otro premio comercial. </p><p>Por supuesto, en todo este <em>evento</em> urdido por AENA, por usar el léxico de trapo de los organizadores, una empresa pública, <strong>no aparece ningún crítico literario</strong>, que son quienes están construyendo, semana tras semana, y año tras año, con sus reseñas, artículos y libros, lo que está siendo la historia de la narrativa española e hispanoamericana, a uno y otro lado del océano. <strong>¿Acaso conocen mejor la narrativa actual los componentes del jurado?</strong> ¿Dónde han mostrado esos conocimientos? ¿O son, en algunos casos, nombres que les suenan a los lectores, o periodistas que acogerán en su medio los avatares del premio, con artículos, noticias, reportajes y entrevistas, a cambio de publicidad pagada? Como ha señalado <strong>Ethan Nosowsky</strong>, de <em>Graywolf Press</em>, en respuesta a <em>El País</em>: “un robusto ecosistema crítico es fundamental”. En España lo hay (<strong>Santos Sanz Villanueva</strong>, <strong>Juan Antonio Masoliver</strong>, <strong>José María Pozuelo</strong>, <strong>Ángel Basanta</strong>, <strong>Ascensión Rivas</strong>, <strong>Selena Millares</strong>, <strong>Domingo Ródenas de Moya</strong>, <strong>José Luis Martín Nogales</strong>, por solo citar unos pocos y limitarme a la narrativa), aunque sus nombres más relevantes no siempre escriben en los lugares que tienen más visibilidad. </p><p>¿Recuerdan ustedes el premio Heliodoro, fallado en 1979, del que parece ser que andaba detrás <strong>Manuel García Viñó</strong>, que tanto ruido causó, tanta cuerda se le dio en la prensa, y acabó quedándose en nada, tras su única convocatoria? ¿Recuerdan el premio de la Fundación José Manuel Lara, fallado entre el 2002 y el 2009, y que <strong>desapareció porque acabó resultando imposible</strong> mantener el reparto de los ganadores entre las doce editoriales que lo apoyaban, bajo el patrocinio de Planeta? Lo único sensato que recuerdo, de este último premio, es que en los dos últimos años que se falló se incorporaron al jurado dos personas independientes que sabían muy bien lo que juzgaban: <strong>José-Carlos Mainer</strong> y <strong>José María Pozuelo</strong>. Podríamos seguir con otros semejantes e igualmente fallidos, como el Juan Goytisolo…, pero no es necesario.</p><p>De esta extraña operación salen ganando no pocos: <strong>algunos escritores, no demasiados</strong>, porque pueden obtener un dinero suculento y fácil;  los grandes grupos porque sus libros obtienen una propaganda gratuita, y además, del libro ganador se comprarán ejemplares para ser distribuidos. Pero <strong>fastidia a los editores medianos y a los modestos</strong>; y a los lectores mínimamente atentos no les dice nada que no sepan. Al menos, un par de artículos, de Ignacio Echevarría y Carmen Domingo (“De lo que estoy en contra es del uso de dinero público de forma tan… obscena”)<em>,</em> en <em>El Cultural</em> y <em>El País</em>, han juzgado el premio con lucidez. </p><p>¿Quién será, en fin, el ganador? Sin cuestionar la independencia del jurado, los indicios apuntan a <strong>Abad Faciolince</strong>, con lo que al menos nos quedará el consuelo de que <strong>se ha premiado un buen libro</strong>, en medio de tanto salseo, en este despliegue del teatro de las vanidades.</p><p>______________________________</p><p><em><strong>Fernando Valls</strong></em><em> es es catedrático de Literatura Española y crítico literario</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Apr 2026 04:01:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De los premios de la crítica al Premio AENA]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Premios y galardones,AENA,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En la muerte de Toni Marí: el bailarín ibicenco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/muerte-toni-mari-bailarin-ibicenco_1_2169916.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cbe8a9d3-41cf-4ccd-bba6-22711b7f2494_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En la muerte de Toni Marí: el bailarín ibicenco"></p><p>Hacía un puñado de años que estaba <strong>recluido</strong>, que no solía contestar a los correos, quizá porque los dolores de espalda y las depresiones le habían quitado las ganas de relacionarse con el mundo. Tampoco se veía por La Central de la calle Mallorca, donde solía encontrarlo y charlábamos un rato. Pero nunca lo olvidamos y siempre, los amigos, nos preguntábamos qué había sido de él, aunque apenas nadie supiera darte noticias, ni siquiera los más cercanos, que solo nos contaban algunos detalles. Toni, así lo llamábamos, nació en Ibiza, en 1944, a la que estuvo siempre muy vinculado. La pérdida de la casa de Ibiza fue para él un duro golpe. Su madre, de apellido Muñoz, procedía de Salamanca, donde él había cursado la carrera; por eso <em>El vaso de plata</em> lo escribió en castellano, versión que —a petición del autor— leí mucho antes de que llegara a la imprenta, para luego reescribirlo en catalán, lengua en la que primero apareció (<em>El vas de plata</em>, 1991).</p><p>Como profesor, <strong>sus estudiantes lo recuerdan con entusiasmo</strong>, aunque algunos de ellos me parece que no lo llevaron por los mejores caminos; fue catedrático de Teoría de las Artes en la Universidad Pompeu Fabra tras pasar unos años en la Autónoma, de Bellaterra; cultivó la <strong>poesía</strong> (<em>El preludi</em>, 1979; <em>Un viatge d’hivern</em>, 1989; <em>Han vingut uns amics</em>, 2010), que ha sido calificada de meditativa, reflexiva y elegíaca; el <strong>ensayo</strong> (<em>L’home de geni</em>, 1984; <em>La voluntat expressiva</em>, 1987; y el excelente prólogo a <em>Matemática tiniebla. Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Eliot</em>, 2011); mientras que el pasado año apareció <strong>su último libro, </strong><em><strong>Quatre costats. Poema en quatre cants</strong></em>, una especie de testamento literario, dedicado al pintor Luis Marsans; también cultivó la <strong>narrativa</strong> (<em>El camí de Vincennes</em>, 1996, mi preferida, que narra la confrontación entre Rousseau y Diderot) y la <strong>crítica literaria</strong>, y <strong>dirigió una de las colecciones de poesía en castellano más importantes de las últimas décadas: </strong><em><strong>Nuevos textos sagrados</strong></em>, de la editorial Tusquets, fundada en la época en que los dueños de la casa eran Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid. En ella se publicaron libros de <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/65-anos-premio-nobel-juan-ramon-jimenez-no-habria-conseguido-zenobia-camprubi_1_1208763.html"  >Juan Ramón Jiménez</a>, Jorge Guillén, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Alfonso Costafreda, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Juan Luis Panero, Ida Vitale, Manuel Padorno, Andrés Sánchez Robayna, María Victoria Atencia, Guillermo Carnero, Pere Gimferrer, Francisco Ferrer Lerín, Antonio Gamoneda, José Corredor-Matheos o Eloy Sánchez Rosillo, por solo citar una parte de un catálogo impresionante.</p><p>Se ha escrito estos días que ha sido una de las voces más rigurosas de la cultura, de la literatura catalana contemporánea, olvidando el <strong>importante papel que también ha desempeñado en el conjunto de la cultura española</strong>, su función de puente entre una y otra, en ambas direcciones; su admiración por <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/maria-zambrano-poeta-interrogaciones-abiertas_1_1417009.html"  >María Zambrano</a> o Rosa Chacel. Su apuesta, en ambos ámbitos, fue por la modernidad, por el rigor, la exigencia y la renovación, por la relación entre las artes: la música, la ópera (sentía una fascinación especial por la soprano noruega Kristen Flagstad), la pintura, la filosofía y la literatura.</p><p>Si Barcelona e Ibiza fueron dos lugares para él fundamentales, habría que añadir también <strong>Calaceite</strong>, donde tenía una pequeña casa, muy cerca de las de Maria Girona y Albert Ràfols Casamada, Francesc Parcerisas, el diseñador suizo Zimmermann, la pianista Sira Hernández y el escritor Juan José Flores, y la de Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo. En la casa de estos últimos, solíamos pasar temporadas la escritora <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/gemma-pellicer-sociedad-erosionado-punto-trato-cordial-desconocidos-hemos-acabado-normalizando-falta_1_2063673.html"  >Gemma Pellicer</a> y yo. No lejos, en Calaceite nada está lejos, tenía una hermosa casa Natacha Seseña, a quien Toni apreciaba y en cuyo homenaje en Madrid participó. Y podría citar a más gentes, aunque me he limitado a recordar a aquellos que recuerdo más cercanos a Edith y Toni. Como ven, una pequeña Atenas, permítanme la hipérbole, aunque José Donoso y Didier Coste hacía tiempo que no vivían en el pueblo.</p><p>Toni Marí era <strong>un hombre simpático, cordial y cariñoso</strong>, de sonrisa fácil, muy amable cuando la compañía le resultaba cómoda, amigo de sus amigos. Calaceite era para él un lugar de reposo, donde escribir y leer. Recuerdo las cenas en su casa o en las de otros amigos, las conversaciones y risas, mientras Toni desplegaba su cultura e ingenio. Pero donde quizá lo he visto disfrutar más era en las reuniones que hacíamos al atardecer en la cercana ermita de San Hipólito, situada cerca del pueblo, mientras dábamos cuenta de una cena fría, durante la llegada del ocaso. Le gustaba bailar, sobre todo la vieja música italiana de los 60 y 70, como “Tu Vuo' Fa L'Americano”, de Renato Carasone, la de su juventud. Lo recuerdo en la casa de Sira y Juanjo, en Sardañola, durante las noches de fin de año, disfrutando de los manjares italianos de la anfitriona y bailando hasta la extenuación, hasta donde otros no podíamos seguirlo.     </p><p><strong>De Toni podría decirse que era varios </strong><em><strong>tonis</strong></em>, pero todos ellos confluían en el hombre culto y sensible, muy dado a la amistad, a la conversación y al aprecio. Se jubiló muy pronto, a los 60, en unas condiciones inmejorables, hoy impensables, pero en los penosos años del <em>procès</em> defendió —en privado, no en público, que yo sepa— a quienes no debía, mostrándose <strong>vehemente partidario de la independencia</strong>, con lo que debió de perder no pocos amigos y llevarse no pocos desengaños, a la vez que se amparaba en el círculo de Oriol Bohigas. Su época, más de una década, formando parte del comité asesor de <em>Cultura/s</em>, suplemento de cultura de <em>La Vanguardia</em>, durante los peores años del diario, cuando lo dirigió José Antich, tuvo un poco de todo, entre lo excelente y lo olvidable.</p><p>Toni Marí forma <strong>parte de una generación irrepetible</strong>, de aquí y de allá, cosmopolita (Argullol, Comadira, Marías, Azúa, Molina Foix, Giménez-Frontín, Gimferrer, Mendoza, Vallcorba…), fascinados por la cultura; de un mundo que se ha ido, y que visto lo visto, me temo que no volverá. Habría que añadir el gran poeta y traductor Francesc Parcerisas, con quien escribió su primer libro (<em>Variacions sobre un tema romàntic 'Ombra i llum'</em>, 1978), de quien me cuentan amigos comunes que se ha ocupado de él, en los momentos más duros de estos últimos años. Se les llamaba, con ironía, <em>los divinos</em>, aunque unos eran más divinos que otros.</p><p>La salida de EINA, que había dirigido, debió de echarle sal a la herida, dadas las malas formas que suelen utilizar algunas instituciones. Ha muerto a los 81 años, pero lo recordaré, junto a Edith siempre, que lo mejoraba, como al amigo inteligente y cariñoso, al gran escritor al que creo que <strong>no se le ha hecho la justicia que merecía dados sus méritos</strong>, ni en Cataluña ni en el resto de España.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 10:11:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En la muerte de Toni Marí: el bailarín ibicenco]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Autores,Libros,Obituario]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Landero destilado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/landero-destilado_1_2164037.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5fa64279-6ea2-4f83-8983-6a2b4d87b1c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Landero destilado"></p><p><strong>Tusquets, Barcelona, 2026.</strong></p><p>Creo que esta novela persigue dos propósitos y dos componentes principales: brindarnos una exaltación de los relatos orales (¡ojo!, que nada tiene que ver eso con la llamada <em>audiolectura</em>, que, tras el fracaso del <em>e-book</em>, ahora nos quieren meter por los oídos los mismos que la comercializan), del poder que tiene la palabra, propios de una época en que la gente se entretenía charlando; y compartir la visión del autor sobre el mundo actual. Se trata de opiniones críticas, en las que <strong>Landero</strong>, a través de sus personajes, parece sentirse al margen de esta época (“de cualquier menudencia hacen un ideal”, se queja Tomás, el periodista), y en esa deriva el escritor extremeño no creo que sea el único, ni mucho menos. Critica, además, el declinar de la enseñanza pública; las relaciones tóxicas entre mujeres y algunos hombres, a quienes Jimena tacha de falderos y aprovechados (p. 162); la innecesaria proliferación de fotos: “ahora hay tantas fotos que es como si no hubiera ninguna” (p. 218); el que nada quede en la memoria (p. 219); o la afición de las gentes a la habladuría vacua (p. 223). </p><p>Lo que, a su vez, cuestiona Landero es la pérdida de ciertos valores, de esos denominados ancestrales, que hacían la vida más grata, y la imposición de usos y costumbres cuya mala utilización nos lleva a pensar –me incluyo- que algunas gentes, no pocas, se han vuelto idiotas perdidas. Y a ese respecto, véase lo bien que muestra la estupidez humana en las páginas 129 y 130; o la opinión de Tomás sobre “las malditas pantallas” (p. 135). Quien haya leído las entrevistas que Landero ha concedido en los últimos años, o tenga la fortuna de tratarlo en privado, se dará cuenta de que no son opiniones improvisadas. No piensen, sin embargo, que Landero intenta imponernos su visión del mundo, pues en la novela no faltan las opiniones contrapuestas, las réplicas y contrarréplicas.</p><p>Nos encontramos ante una historia con marco, a la manera de <em>El</em> <em>Decamerón</em>, o —por citar un ejemplo mucho más reciente— los <em>Cuentos del barrio del Refugio</em>, de <strong>José María Merino</strong>. El caso es que una borrasca, probablemente la llamada Filomena, aunque no se nombre, deja a nueve personas incomunicadas, y –por fortuna— sin cobertura, en un pequeño hotel de montaña; entre ellos, la pareja de hosteleros, a donde han llegado para hacer montañismo o senderismo. Así, tras el obligado confinamiento por la pandemia, vuelven a encontrarse encerrados, a sentirse “juguetes del destino”. Se trata de dos mujeres y cinco hombres, de edades y profesiones diversas, como veremos, a quienes el azar va a mantener unidos contándose historias, cuyo contenido oscila entre el sainete y la tragedia, el absurdo y la lógica, sobre cómo, a menudo, no se cumplen los ideales de la juventud. De todas estas voces que van tomando la palabra, desentona a menudo la de Víctor Marín, un comandante con la mente algo estrecha y valores diría que caducos, un personaje que parece ser de una sola pieza; quien les pide a sus contertulios “que cada cual aclare desde el principio si lo que va a contar es cierto o inventado” (p. 19). </p><p>La narración se compone de 22 partes. Además de la “Introducción” y el epílogo, titulado “Impunidad y despedida”, las más significativas serían cinco (“Historia de un instante”, divida a su vez en cuatro capítulos, que cuenta Santos, el médico; “Licor de mente” y “Time´s Up”, con dos partes cada una, contadas por Ginés, el ferroviario, y por Martín, el profesor, respectivamente; “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro”, que tiene tres capítulos, relatados por Tomás; título que parece remedar el de <strong>Oliver Sacks</strong>, <em>El hombre que confundió a su mujer con un sombrero</em>, mi historia preferida, junto a la del bailarín<strong> Roberto Iglesias</strong>; y “Verano del 69”, compuesta de cuatro partes, rememoradas por la pareja formada por Adela, la librera, y Nuria, la profesora de Filosofía, quienes nos recuerdan que “no sabemos vivir sin contar lo vivido” (p. 15) y sin <em>filosofar</em>, con sus correspondientes cinco “Glosas”. En la quinta glosa aparece, en fin, un balance de lo contado. Como hemos dicho, esas diferentes partes aparecen fraccionadas para hacer más grata y verosímil la escucha de los personajes, y quizá, nuestra lectura. En alguna de ellas, es solo un personaje quien cuenta, aunque, en algún momento, sea interpelado por los demás, mientras que en las glosas intervienen varios de ellos.  </p><p>En este contexto, no podía faltar una reflexión sobre lo que significa contar. Así, se dice que las historias pueden <em>contarse hacia afuera</em> o <em>hacia adentro</em>, aunque lo difícil es <em>contar para afuera</em>, relatarles historias a los demás. Algunas de las que se refieren se dicen secretas, pero predominan las que transcurren en lo que, en la novela, se denomina “la entrecana zona media”. Dos de los personajes, <strong>Fausto Monroy</strong> y don <strong>Claudio Bermúdez</strong>, bien perfilados, aparecen y reaparecen en distintos momentos, pues entre ellos ocurrió algo en un momento dado: apareció la semilla de la discordia que torció el curso de sus vidas.</p><p>Son historias de personajes, bien retratados por los narradores; de importantes secundarios, como Servando, el tío cuatrero de Fausto; éste y don Claudio son pacientes de Santos, quien se hace cargo de la narración. O la historia de Eloy, el mendigo con oficio, que cuenta Tomás, el periodista, que podría leerse como una variante de <em>Mi adorado Juan</em>, de <strong>Mihura</strong>. En estos relatos aparecen expresiones que adquieren protagonismo: “darse a valer” (yo hubiera dicho, <em>hacerse valer</em>); “la vida es una jungla donde uno tiene que elegir entre ser lobo o ser cordero”; ser un artista del anonimato, como pretende Ginés, el solitario jubilado; o el consejo que le dio a Tomás su padre: “No intentes nunca convencer a nadie de nada” (p. 72). En otro orden de cosas, resulta significativo el papel que desempeña <em>el silencio</em>, <em>el tiempo</em> o <em>el suspense</em> (“a las historias les gustan los suspenses”, comenta Tomás, el periodista, p. 55), como sucede en toda narración bien contada; o la certeza de que <em>carácter es destino</em>, un motivo universal de Heráclito a Luis Cernuda.  </p><p>La acción empieza el 8 de enero del 2021, tras la cena, y acaba el lunes, día 11. O sea, que cumple con unas características ya clásicas en un determinado tipo de novelas: espacio y tiempo reducidos, y protagonista colectivo, según ocurre en <em>Manhattan Transfer</em> y en <em>La colmena</em>. Pero el desarrollo de las historias se remonta a muchas décadas antes, a la infancia de los personajes, o a comienzos de los 70. Y si hay unos temas predominantes, son la fragilidad de la vida y las relaciones sentimentales, bien sea como amor, bien el que alguno de ellos siente por Valeria, por Lola, Lolita, Yara, Raquel, Carmen, Nela, Tatiana, Conchita, Amparo… Algunas de estas mujeres son adultas y otras, jóvenes, sin que falte una princesa, con las que los protagonistas viven idilios ficticios, relaciones de seducción o sentimientos de celos (p. 130); o bien, amores ideales (“los amores ideales sirven para la fantasía, pero no para la realidad”, p. 168) y desdichados. Las conclusiones, al respecto, podrían ser dos: “el amor y el deseo (…) son espejos deformantes” (p. 170); y que “si a algo se parece el amor es al viento, que entra y sale de todas partes” (p. 242). Lo curioso, a todo esto, es que, de entre los nueve personajes, solo hay dos parejas: la que componen Adela y Nuria y, la de los hoteleros, lo que propicia que los hombres se confiesen sin pudor ni vergüenza, pero a veces con sentido de la culpa.</p><p>Así, algunas de las historias se nos presentan como <em>descargos de conciencia</em> (p. 156), como las referidas por Ginés y Tomás, y otras se definen como <em>singulares</em> o <em>tristes</em> (recuérdese que <strong>Monterroso </strong>y <strong>Bárbara Jacob</strong> publicaron en 1992 una <em>Antología del cuento triste</em>), pues, como afirma Tomás, “la tristeza tiene muy buenas vistas” (p. 134). Según acontece en todas las narraciones de Landero, no escasea el humor, aunque aparezca atenuado, sutil, sin estridencias, algo melancólico (véase, por ejemplo, las pp. 58, 89, 129-130 y 132, sin ánimo de ser exhaustivo). En las conversaciones se cita a escritores o filósofos:<strong> Boccaccio, Carlo Ginzburg</strong> (<em>El queso y los gusanos</em>), <strong>Schopenhauer</strong>, <em>La Odisea</em> (el episodio de Circe), <strong>Tolstoi </strong>(<em>La muerte de Ivan Ilich</em>), <strong>Shakespeare </strong>(<em>Otelo</em>), <strong>Max Scheler, Jünger, Ortega y Gasset, Proust, Spinoza </strong>(la irónica alusión a la abubilla que <em>persevera en su ser</em>), o la lista que cita Nuria, la profesora de Filosofía: <strong>Platón, Tomás de Aquino, Ortega, Nietzsche, Jaime Balmes</strong> y <strong>Camus</strong>.</p><p>La foto de la cubierta vale –me vale a mí— como atinada metáfora de lo que se nos narra. Pero déjenme que, antes de acabar, trace un breve recuento de temas y motivos: no falta en esta novela la alusión a <strong>Kafka</strong>, habitual a menudo en Landero; pues se nos dice que don Leandro, uno de los protagonistas de las historias relatadas “sufrió una metamorfosis no mucho menos monstruosa que la que cuenta Kafka en su libro famoso” (p. 51); ni la historia de un guitarrista flamenco (p. 231); ni tampoco el <em>afán</em> (p. 298). O por sintetizar lo narrado, se afirma que “las conversaciones son el principio de toda amistad y todo amor” (p. 255).</p><p>Lo único que le reprocho a Landero es el desenlace, que creo que desmerece del conjunto, se lo tendría que haber currado un poco más, pero estamos ante otra buena novela, como casi todas las suyas, en la que viene a decirnos que “no hay nada más imaginativo y de más invención que la propia realidad, por humilde que sea” (p. 215). Pues, al fin y a la postre, lo que me parece que aprecian los oyentes de una historia es que tenga interés y que esté bien contada, por expresarlo sin <em>musarañas teóricas</em>, como le gustaba quejarse a <strong>Caballero Bonald. </strong></p><p>No puedo concluir sin recordar que acaba de fallecer en Lima el gran<strong> Alfredo Bryce Echenique,</strong> quien –a pesar de todos los pesares postreros— tanto se hizo querer como gran escritor (<em>Un mundo para Julius</em>, <em>La vida exagerada de Martín Romaña</em>, por recordar mis preferidas) y maravilloso contador de historias, a quien tuve la fortuna de conocer y tratar.</p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Mar 2026 17:03:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Landero destilado]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Ana Merino entre los caminos del amor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ana-merino-caminos-amor_1_2155874.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/92463e2a-3752-4fe1-a32b-24c77e5b8d11_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ana Merino entre los caminos del amor"></p><p><strong>Destino, Barcelona, 2025.</strong></p><p>La acción de esta novela transcurre en Nueva Inglaterra, durante el 2016, en los meses anteriores y posteriores a la primera victoria electoral de <strong>Trump </strong>sobre <strong>Hillary Clinton</strong>, y se prolonga hasta el 2017 y 2018. Se compone de 35 capítulos, encabezados por títulos que resultan significativos, pues en dos de ellos reaparece la palabra <em>camino</em>, mientras que en otros se encuentran palabras como <em>culpa</em>, <em>deseo</em> (en otras dos ocasiones), <em>intimidad</em>, <em>secretos</em>, <em>desamor</em>, <em>rutinas</em>, <em>confesiones</em>, <em>cariño</em>, <em>mentiras piadosas</em>, <em>amor herido</em> (por fin, amor, aunque sea herido) y, alrededor de estos conceptos, podría decirse que transcurre la acción. </p><p>Se trata de una novela de personajes, coral, en la que se cuentan historias de parejas, cuya acción se desarrolla, en buena parte, en los Estados Unidos, aunque algunos episodios también transcurren en distintos lugares de España (Madrid, Gijón, Panticosa, la provincia de Almería y Zaragoza); e incluso en la República Dominicana y Hong Kong. Las parejas son las compuestas por Juana y Connor, y luego por Connor y Lieke; Cécile y Marco; Maica y Benjamín, con Gonzalo de por medio, aunque a este último no lo oigamos. Y en menor medida, se nos cuenta también la relación de Lieke y Stephan, su novio holandés; y la de Gerben, hermano de Lieke, y Ruxanda, joven moldava. Por último, Alina y su marido Pete, profesores jubilados, aparecen en calidad de amigos de Juana y Cécile. La singularidad de Marco y Pete estriba en que habían participado en alguna guerra, como soldados.</p><p>Se trata, en buena parte, de relaciones sentimentales, de desenamoramientos, apasionados amores, disimulos y secretos mal guardados, adulterios y celos, con poca cancha para la vida plácida, de una mayoría de parejas de cierta edad, como son casi todos estos personajes, quizá por aquello de que sin conflicto, no hay literatura. Pero me parece que lo realmente novedoso hubiera sido escribir sobre esa vida asentada, tranquila, la del cariño en compañía; la que comparte alegrías, tristezas y problemas con la pareja, los hijos y la familia. Tampoco falta la presencia del trabajo, que aquí, por una vez, no es precario, puesto que la mayoría son profesores, de Universidad o de Instituto, o investigadores en vías de serlo, aunque otros personajes sean policías o informáticos. </p><p>El caso es que Juana trabaja en la novela del XIX español, en el manuscrito de <em>Fortunata y Jacinta</em> que se conserva en Harvard, pues su tesis se centraba en los personajes femeninos de <strong>Galdós</strong>, y en la correspondencia amorosa que éste mantuvo con <strong>Emilia Pardo Bazán</strong>. Cécile, por su parte, ha centrado sus estudios en <strong>Stendhal </strong>y el realismo literario; no en vano, menudean las alusiones a su libro <em>Sobre el amor</em> (1822). Se nos dice, además, que está preparando un estudio sobre lo biográfico y la autoficción en la obra del narrador francés.</p><p>Definirla como <em>novela de campus</em> me parece que no le hace justicia, pues otros motivos prevalecen, según hemos indicado, sobre todo las a menudo problemáticas relaciones de pareja, que podría darse también en otros espacios, aunque sean estos los que quizá conozca mejor la autora. El caso es que gran parte de la acción transcurre en una pequeña ciudad universitaria de los Estados Unidos, situada entre Boston y Montreal, cuyo nombre no se dice, aunque creo que es el campus de Dartmouth College, donde fue profesora Ana Merino, y también su padre, el gran escritor <strong>José María Merino.</strong> Hay que agradecerle a la autora que no haga concesiones a la moda del día, a lo políticamente correcto, que no se sienta obligada a ocuparse de todas las relaciones amorosas posibles, como es hoy tan frecuente. No sé si es necesario aclarar que podría hacerlo, con libertad y naturalidad, siempre que no se trate de cumplir con una cuota forzada.</p><p>El título, en esencia, anticipa el tema de la novela, pero podría matizarse con <em>los caminos que elegimos</em>, aunque esta posibilidad se halle implícita. La cita inicial del poeta <strong>Robert Frost </strong>(había estudiado en Dartmouth College), a la que se alude en varios momentos de la narración, matiza el sentido, “Dos caminos divergían en un bosque amarillo, y siento no poder recorrer ambos”. El motivo de la vida como camino procede de la <em>Biblia</em>, pero, si nos atenemos a la narrativa contemporánea, recuérdese que <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/paisaje-inconfundible-camino_1_1181804.html"  >Miguel Delibes</a> escribió <em>El camino</em> (1950), una buena novela que se ocupa de este asunto, aunque en un contexto, personajes y situaciones muy distintas. Y muchísimos otros narradores se han valido de la metáfora del camino para titular sus libros. Entres los españoles, solo cito a unos pocos, si bien cada uno de ellos la trata a su manera: <strong>José Luis Castillo Puche </strong>(<em>Sin camino</em>, 1956), el superventas juvenil <strong>José Luis Martín Vigil</strong> (<em>La muerte está en el camino</em>, 1960), <strong>Carmen Kurtz</strong> (<em>El último camino</em>, 1976), <strong>Ramón Ayerra</strong> (<em>El largo camino</em>, 1988), <strong>Fernando Sánchez Dragó</strong> (<em>El camino del corazón</em>, 1990) o <strong>Antonio Soler </strong>(<em>El camino de los ingleses</em>, 2004). Pero el título, a la vista de lo que cuenta Ana Merino, también puede leerse como una variante de la idea de <em>la vida en un hilo</em>, que utilizó <strong>Edgar Neville</strong> para denominar una de sus obras. Si pensamos en la literatura en otras lenguas, o en el cine, la lista sería interminable y no viene a cuento. </p><p>Todas las vidas están condicionadas por las decisiones que tomamos; más o menos acertadas. Podríamos preguntarnos qué vida habría llevado Juana si no se hubiera ido a vivir a Estados Unidos, o si en vez de casarse con un norteamericano, se hubiera emparejado con un español. En la novela, quizá los únicos que recorren dos caminos distintos son Connor, Leike y Maica. A los dos primeros, parece llevarlos a la felicidad, aunque con remordimientos, mientras que a la tercera su situación la lleva al dolor, pero también a la esperanza.  </p><p>Las historias están contadas por un narrador omnisciente, que va cediendo la voz a los personajes, pero creo que los femeninos, en el conjunto de la narración, tienen un mayor protagonismo. No en vano, la novela se abre y se cierra con Juana. En cambio, no le vemos gracia alguna a Connor; Marco, sin embargo, afroamericano, resulta más atractivo y, sobre todo, bastante paciente. Las historias van alternándose: Juana, con 50 años, parte del abandono y se convierte en consejera y consuelo de Maica, su hermana; la vida amorosa de la veleidosa Cécile, tiene 45 años, pasa por diversas etapas, de la plenitud del amor, a la ruptura, la recuperación y la esperanza de poder seguir su camino junto con Marco, a pesar de todos los pesares; la de Maica transcurre entre la estabilidad, la plenitud y el dolor… Las relaciones que se entablan entre los personajes, más allá del amor y del sexo, tienen que ver con la amistad estrecha (Juana y Cécile), la relación entre maestro y discípula (Connor y Lieke), o los lazos familiares (Juana y Maica, o Juana y Benjamin). En medio de todo ello, sus padres, con otras ideas y valores, sufren, con paciencia y comprensión, los desastres de unas vidas que a veces se desmoronan. Lo que llama la atención es la inmadurez de la mayoría de los personajes, tanto en las ideas como en la existencia que llevan, impropia de su edad, aunque propia de la época en que vivimos.</p><p>Hay un momento, en el capítulo 17, en que parece cambiar el ritmo del relato, cuando se descubren los cadáveres de una mujer joven y de una niña de unos dos años, madre e hija, emigrantes ilegales con rasgos hispánicos, lo que conmociona a los personajes, aunque no lleguemos a saber qué les ha ocurrido, pero podamos imaginarlo sin mucho riesgo de equivocarnos (p. 196). En las historias estadounidenses, mucho más que en las españolas, adquiere importancia el espacio y el contexto histórico, sobre todo la campaña por la elección de Trump, político al que Cécile se opone con todas sus fuerzas, y que da pie al final, momentáneo, de su relación con Marco.     </p><p>Me parece que la novela ganaría con una mayor soltura y precisión lingüística. Además, en el relato de la fascinación de la pelirroja Cécile por Marco, debería haber evitado la innecesaria reiteración del calificativo de “poli guapo”. Con un par de veces hubiera bastado para que nos hiciéramos una idea, cosa por lo demás obvia, ya que lo que le atrae a Cécile del sargento Marco es su  físico, los deseos que despierta en ella (“El amor, la pasión y el deseo están por encima de la raza o la condición social”, comenta el narrador, p. 34), pues como se repite, tienen ideas, formaciones y experiencias vitales diferentes. </p><p>La fragmentación de la historia le permite a la autora abrir muchos frentes, por lo que hay otros elementos significativos, como las adicciones de Connor; o la convivencia armoniosa de identidades distintas. Pero lo esencial es que tanto Juana como Connor reordenan su vida, emprendiendo otro camino. Por ello, el desenlace resulta esperanzador, pues Ana Merino viene a decirnos que es posible superar los errores cometidos, las desgracias, y encontrar otro sendero. Cécile, por su parte, se da cuenta de que sus sentimientos por Marco iban más allá de la mera atracción física. </p><p>Conozco varios libros de poemas de Ana Merino y otra de sus novelas, la he visto intervenir con brillantez en congresos y cursos literarios, lo que me hace pensar que el ritmo que lleva su trayectoria literaria debería encaminarla hacia narraciones más ambiciosas y complejas.</p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.  </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Mar 2026 05:01:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ana Merino entre los caminos del amor]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Muñoz Molina: otra manera de hablarnos del Quijote]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/munoz-molina-manera-hablarnos-quijote_1_2147715.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9766389b-e686-4665-ab4c-c7b4c7ce9624_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Muñoz Molina: otra manera de hablarnos del Quijote"></p><p><strong>Seix Barral, Barcelona, 2025.</strong></p><p>Sabíamos que Muñoz Molina era un buen lector y un lúcido ensayista sobre arte y literatura, pero este libro nos confirma, además, que conoce al dedillo la obra de <strong>Cervantes</strong>, no solo el <em>Quijote</em>, un libro ligado estrechamente a su vida, a su lugar de nacimiento, a la Úbeda de los hortelanos que él compartió con su familia. De todo ello se desprende una defensa del mundo campesino, unas vivencias que cada vez aprecia más el autor, sin que falte la utilización del léxico propio de su pueblo (<em>poltrón</em>, <em>camastrón</em>, que ya aparecía en <em>Sefarad</em>, por solo recordar otra obra suya). Aquí están barajadas, junto a la vida y la obra de Cervantes, la del autor: su infancia y madurez, sus alegrías y depresiones, a las que él mismo se ha referido en público. Por tanto, al trufarlo con su autobiografía, va más allá del mero ensayo. Y a este respecto, me ha llamado la atención, aunque resulte anecdótica, la libertad con que intercala, en el capítulo 62, la historia sobre el hombre que en Úbeda creyó ser <strong>Curro Jiménez</strong>.</p><p>Además, en unos casos compara, mientras que, en otros, da cumplida cuenta de la lectura que han hecho del <em>Quijote</em> grandes autores a lo largo de la historia, de la resonancia que el libro de Cervantes ha tenido en su obra, o de las semejanzas que comparten: <strong>Montaigne </strong>(de quien Muñoz Molina considera que se siente más cerca), <strong>Balzac</strong>, <strong>Mark Twain, Tolstoi, Stendhal, Flaubert, Melville, Henry James, Conrad, T. Mann, Joyce, Faulkner, Nabokov, Max Aub</strong>... A los que podríamos sumar los discursos pronunciados por los ganadores de los Premios Cervantes, que ya alcanzan la cifra de 51. También se ocupa de la presencia que ha tenido el libro en el arte, confrontándolo con pintores (<strong>Velázquez, Caravaggio</strong> o <strong>Bruegel</strong>) y músicos (<strong>Wagner</strong>), por citar unos pocos ejemplos.  </p><p>El libro se compone de 156 breves capítulos, lo que para los lectores —no hablo de los cervantistas, ni siquiera de otros filólogos—, hace la lectura más grata y amena. El autor nos acompaña y guía en la lectura de la obra de Cervantes, con especial hincapié en el <em>Quijote</em>. Desmenuza la novela, compara las dos partes, la de 1605 y la de 1615, y analiza y valora su distinto significado, la vinculación de escenas, objetos y episodios con la vida del autor, y lleva a cabo una reflexión sobre la literatura, sobre la ficción y sobre el arte de la novela en particular. Así, nos dice: el arte de la novela es contar las cosas como son; o “La gran lección del arte de la novela es la diversidad: también es su sustancia” (pp. 134). Y señala que la gran originalidad de Cervantes estriba en el modo en que las historias se imbrican en la trama principal (pp. 282 y 143).</p><p>El libro puede leerse también como un alegato a favor de la claridad, del realismo. Además de comentar numerosos episodios del <em>Quijote</em>, aquellos que le resultan más significativos, pero también alguno que le parece menos logrado, trata de los géneros (p. 94), se pregunta quién cuenta la historia en el <em>Quijote</em> (pp. 219-221), nos habla del espacio (pp. 325-328), de los personajes, o del uso que hace de la parodia (“la parodia le sirve a Cervantes […] para resaltar el contraste entre la realidad y las formas siempre insuficientes de apresarla”, p. 192). Pero también nos recuerda algún libro que Cervantes debió de leer con atención, en los que aprendió lo que no tenía que hacer, como es el caso del <em>Guzmán de Alfarache</em>. </p><p>No falta el elogio de esa música particular que es “el rumor del estilo” (p. 136), pero también del silencio (p. 333); ni tampoco el recuerdo de <strong>Galdós </strong>(“Donde quiera que va el hombre lleva siempre consigo su novela”, p. 144, frase que ya había utilizado en <em>Sefarad</em>); y un cuestionamiento de una cierta erudición, extraviada en sus conclusiones (<strong>Alberto Blecua</strong> hablaba de la locura de los cervantistas, semejante a la de los lorquistas…). Tampoco falta un cuestionamiento de la vida presente, de las derivas del mundo actual (pp. 262 y 440), ni un cierto autorretrato crítico (p. 344). El “Yo no puedo más”, e inmediatamente antes: “todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas de otros” (pp. 262, 272 y 274), del Quijote de 1615, como declaración de hartazgo e impotencia, de su derrumbe, creo que lo acerca a su propia situación. En los capítulos finales, Muñoz Molina emprende un viaje que lo lleva a Esquivias, El Toboso, Puerto Lápice y la Cueva de Montesinos, situada en el ayuntamiento de Ossa de Montiel, intentando observar en qué se han convertido esas poblaciones, qué queda de cervantino en aquellos lugares que recorrió Don Quijote. </p><p>Se trata, en suma, de un libro utilísimo para aquellos que empiezan a escribir, pues Muñoz Molina recalca cómo deben tratarse los distintos aspectos de la construcción de una novela, ya sea la estructura, las voces narrativas, los personajes, el espacio, el tiempo, o el papel del humor, ya la construcción de los episodios. E incluso vale como ejemplo de cómo imbricar el ensayo y la autobiografía. </p><p>Al final del libro, nos da una bibliografía en la que figuran la mayoría de los grandes libros sobre Cervantes, sobre el <em>Quijote</em> (los de <strong>Américo Castro, Anthony Close, Francisco Rico, E.C. Riley</strong>…), las ediciones que ha manejado; , y aquellos otros que le dedicaron diversos escritores: <strong>Azaña, Thomas Mann, Unamuno</strong>, y <strong>Ortega y Gasset</strong>, por no salir de los clásicos; aunque no comparte la lectura que hacen de él los dos últimos. Echo de menos, sin embargo, las ediciones del <em>Quijote</em> de<strong> Martín de Riquer,</strong> la primera que yo leí; la de <strong>Francisco Rico</strong> y sus colaboradores; y la de <strong>Alberto Blecua,</strong> en la colección Austral, de la que él tan satisfecho se sentía, con razón, y eso es mucho decir, si tenemos en cuenta los excelentes trabajos que nos dejó. Muñoz Molina, en cambio, maneja otras, creo que menos valiosas. También podría haber consultado con provecho los libros de <strong>Francisco Ayala</strong> (<em>La invención del Quijote. Indagaciones e invenciones cervantinas</em>, 2020, con prólogo de <strong>Carolyn Richmond</strong>) y <strong>José-Carlos Mainer</strong>, sobre el cervantismo de los exiliados republicanos. A pesar de ello, me atrevo a decir que tanto Alberto Blecua como Rico, a quien —por cierto— le corrige una lectura, hubieran disfrutado con este ensayo (p. 438). Al hilo de la lectura, he recordado que algunas de las frases del <em>Quijote</em> que Muñoz Molina cita, solía recitarlas Blecua de memoria, en medio de una conversación, convertidas en sabias sentencias. Para empezar, la emocionante despedida del <em>Persiles</em>, que tanto apreciaba también <strong>Javier Marías</strong>: “las ansias crecen, el tiempo es breve, las esperanzas menguan, y, con todo eso, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”; o estas otras: “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”; “Pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”.   </p><p>Al final sabemos que no pocos veranos los dedicó Muñoz Molina a leer a Cervantes, pues de esos afanes ha surgido este libro, imprescindible para entender mejor no solo el <em>Quijote</em>, sino también al fino lector y gran narrador que es Muñoz Molina. Pues se trata, en suma, de un libro ameno, lleno de observaciones inteligentes; de otra manera de leer a Cervantes, desde la perspectiva y la experiencia del escritor, a la vez que va trazando fragmentos de su autobiografía (como ocurre, por ejemplo, en las páginas finales, en las que vuelve a su origen, a las labores de hortelano, aunque ahora no sea en Úbeda, sino en Ademuz), armonizando realidad y ficción, para mostrarnos también cómo un pasado remoto puede haber perdurado en un presente no tan lejano. Y cierra el libro con una confesión que vale como la poética actual de un narrador de dilatada trayectoria: “He tardado toda la vida en aprender a sumergirme en lo real y lo concreto de las cosas”. Quizá sea este su estilo tardío, del que hablaba Edward Said. </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Feb 2026 05:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[Los mundos despojados de Elvira Navarro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mundos-despojados-elvira-navarro_1_2139544.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a2ae38fc-8f9b-47d9-ba6a-601f105452f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_1021121.jpg" width="550" height="309" alt="Los mundos despojados de Elvira Navarro"></p><p><strong>Random House. Barcelona. 2025.</strong></p><p>La escritora que hoy me ocupa, una de las que más aprecio entre las nuevas voces surgidas en el siglo XXI, ha cultivado el cuento, la novela y el artículo (sin que falten los trabajos dedicados a autores que considera y valora; por ejemplo, el escrito recientemente sobre <strong>Ana María Matute</strong>).</p><p>Como autora de cuentos, género al que regresa con su nuevo libro, me parece una de las más destacadas, pues no solo tiene una voz singular, sino también un mundo propio, siendo cultivadora de lo que se ha dado en llamar la <em>literatura literaria</em>, valga la redundancia, y que hasta hace muy poco llamábamos simplemente <em>literatura</em>,  sin que nadie la confundiera con productos precocinados, complacientes con paladares perezosos.  </p><p>Las dos citas iniciales, una de los Salmos y la otra del grupo Los burros (para mí, desconocidos), anticipan, en cierta forma, lo que vamos a encontrarnos  en las narraciones: seres abandonados, dejados de la mano de Dios; sexualidades diversas.</p><p>Se compone el libro de nueve cuentos, de los cuales “El miedo a la ciudad” y “La ciudad del miedo”, con el que el libro acaba, están obviamente relacionados. Recuérdese, además, el protagonismo que desempeña la ciudad, el concepto, en el conjunto de su obra. Pero, además, destacaría cuentos tales como “El proyecto” o “El ramito de violetas”, aunque mi preferido sea “La ciudad del miedo”. </p><p>Respecto al resto, en “La lavadora”, que abre el libro, no llegamos a saber, a ciencia cierta, si la máquina misteriosa tiene vida propia y lava con sangre, o esa impresión es producto de la enajenación de su dueña (un motivo cercano lo encontramos en “El vigilante”). No menos significativa es la reacción de los vecinos, de la policía ante los hechos referidos. “El recogedor de animales” es la historia de una obsesión, del extraño proceso de animalización que sufre el barrendero protagonista. Al final, el círculo se completa y acaba matando a su galgo más fiel, cuando al comienzo de la narración se negaba a sacrificar a los animales. “El vigilante” transcurre en un piso que es, más bien, un no lugar inquietante. Allí, el protagonista, a quien ha dejado su mujer y lo invade la sensación de vacío, de la nada (en versal en el texto), acaba enloqueciendo. </p><p>Pero presten atención a la historia intercalada de Bacary, el albañil senegalés. “Tela de araña”, quizás el menos conseguido, es la historia de un pesado, Étienne, un emigrante africano que, con la pretensión de ligarse a Almudena, una estudiante de Erasmus en París, la acosa. Por su parte, una mujer narra “Los amores idiotas”, la más extensa y la única narración del libro dividida en diez partes numeradas, para contar su relación con Pep, sus visitas a un bar de travestis y otras andanzas, en las que viven relaciones que alguien podría tachar de <em>desquiciadas</em> y se muestran conscientes de las peculiaridades de sus cuerpos; de la obesidad mórbida, del peso de la enfermedad, y de la sexualidad en sus manifestaciones menos convencionales. </p><p>La utilización del calificativo <em>idiota</em> posee una cierta prosapia en nuestra cultura narrativa y filosófica (yendo de <strong>María Zambrano, Lidia Falcón, Raúl Ruiz, José Luis Giménez-Frontín </strong>a <strong>Félix de Azúa</strong>), por no recurrir a <strong>Dostoyevski</strong>, autor muy apreciado por <strong>Elvira Navarro</strong>, aunque ella siga otro camino. Se trata al cabo, de narrar una experiencia que se cierra con la muerte de uno de los protagonistas y deja abierta la trayectoria de la innominada narradora.     </p><p>En “El proyecto”, una casa a medio construir, que va adquiriendo protagonismo, y la conducta de Bruno, el hijo pequeño de un matrimonio que llena la pared de dibujos, quizá simbólicos, separa a la pareja, pues ella se queda sin trabajo y ambos sufren el confinamiento del coronavirus. Problemas propios, en suma, de una vida en construcción. Pero la narración concentra el sentido en los sucesos que se cuentan en el desenlace. De “El ramito de violetas”, en alusión a la canción de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/eduardo-bravo-cecilia-no-cantaba-espana-vox-apropiacion-falaz-perversa-canciones_1_1816211.html"  >Cecilia</a>, y a un ramo de flores que parece adquirir vida propia en el cementerio, en la tumba de su padre, donde lo ha depositado la protagonista, destacaría cómo desde el comienzo, se aceleran los sucesos. </p><p>Aquí se cuenta la historia de la degradación progresiva de una familia de carniceros y cocineros, desde la prosperidad inicial a una vida de graves carencias, formada por un matrimonio (el padre muere y a la madre, demente, tienen que internarla en un sanatorio); un hijo homosexual, Ángel, que quiere llevar su propia vida; una hija, Mari, la protagonista, que carga con el peso de la decadencia familiar, pues tampoco se entiende con el hermano; y una prima, Nuria, que le presta ayuda. Todo ello lo vive Mari, nos dice el narrador, como si transcurriera entre la irrealidad y el disparate. </p><p>“El miedo a la ciudad”, narrado por una mujer, transcurre en la <em>banlieu </em>de París; tiene un comienzo excelente, con una gran prosa, pero estando bien en conjunto, prefiero el desarrollo al desenlace. Llama la atención, en este, la inquietante aparición de los hombres, como ocurre también en los cuentos de <strong>Pilar Adón</strong>. </p><p>Por último, “La ciudad del miedo” también transcurre en un barrio marginal de la periferia parisina, formada por colonias de bloques, con el aspecto propio de un mundo cercano al apocalipsis. Narrado en tercera persona, la protagonista, Almudena, que se ha perdido, es guiada en este descenso a los infiernos por una trabajadora social, que visita algunas viviendas, llevándoles ayuda, mientras la acerca a una parada de autobús. Recorren espacios degradados, caóticos, sin servicios algunos, que componen –se nos dice- una “estampa de guerra”. Se trata de pisos destrozados por unos misteriosos <em>señores</em>, que no logramos saber quiénes son. </p><p>La acción transcurre durante el último cambio de siglo y los habitantes de esas viviendas son, en su mayoría, afrofranceses o de origen magrebí. En su recorrido, visitan a un anciano que delira, que dialoga con seres imaginarios; y a una anciana que parece loca y cuerda al mismo tiempo… Toda la visión tiene algo de espectral, nos dice el narrador, y “la negrura era idéntica a la de algunos sueños, llenos de presencias funestas”. En el desenlace del cuento, cuando llegan a la parada del autobús, nos surge la duda de qué ha observado realmente Almudena. El diálogo final que mantiene con la trabajadora social cuestiona lo que se nos ha contado, y podría desgajarse y componer un microrrelato independiente, en el mejor estilo de las <em>Historias mínimas</em>, de<strong> Javier Tomeo</strong>. </p><p>En suma, lo que la narración tiene a veces de inconcreta nos hace pensar en realidades consabidas, actuales, que conocemos, si no por la realidad, por los noticiarios y las películas. Es una versión actual de aquella España de los márgenes que contaron <strong>Baroja y Martín-Santos, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite</strong> y <strong>Alfonso Sastre</strong>. Podría decirse que este cuento complementa también, aunque desde otra perspectiva, “Tela de araña”. </p><p>Tendríamos que preguntarnos qué relación se establece entre estos dos cuentos, cuyos títulos aluden a la <em>ciudad</em> y al <em>miedo</em>, y por qué no empieza el libro con el primero. Quizá sea para paliar, de alguna manera, la obvia simetría; pero, creo, además, que del comentario de ambos podría desprenderse la respuesta.</p><p>El título del libro me parece demasiado efectista, aunque en “Los amores idiotas” hay referencias, aunque no del todo precisas, a la denominación (pp. 102 y 109). Son cuentos de protagonistas que padecen experiencias inquietantes, que incluso pueden desasosegar a los lectores. En cierta forma, resultan ser historias contrafácticas, que quizá algunas partan de la idea de <em>qué pasaría si…</em> Lo que se cuenta son procesos de degradación, ocasionados por el desamor, la falta de medios económicos, la precariedad, o los conflictos de carácter, si es que los segundos no conducen a lo primero; en los que el misterio, la extrañeza o lo inexplicable, desempeñan un papel importante. </p><p>La autora confiesa haberse situado en la estela del <em>tremendismo español</em>, puesto a la hora del día, cuyo libro principal de referencia tal vez sea <em>La familia de Pascual Duarte</em>, de <strong>Cela</strong>, aunque ella confiesa sentirse cerca —por citar solo a una autora española— de <strong>Carmen Martín Gaite</strong>, quizá por su versatilidad, por su evolución constante, por su ambición. </p><p>Con este nuevo libro de cuentos, Elvira Navarro consolida su posición en el terreno de la narrativa en lengua española, del cuento literario, como una de las voces más inquietantes y atractivas.</p><p>P.S. Una vez escrita la reseña, leo —como tengo por costumbre— alguna de las entrevistas y comentarios que ha generado el libro, las que tengo a mano. Las hay modélicas, como las de <strong>Santos Sanz Villanueva</strong>, en <em>El Cultural</em>, y la de <strong>José María Pozuelo Yvancos</strong>, en <em>ABC</em>, pero me ha sorprendido que, en otras reseñas, no se cite ni un solo cuento del libro, como si las piezas independientes no tuvieran su propia individualidad, sentido y valor. </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 05 Feb 2026 05:00:57 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los mundos despojados de Elvira Navarro]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Fui y volví: el viaje de Julio Llamazares]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/volvi-viaje-julio-llamazares_1_2131620.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/87491e9e-6aa0-4423-a8a6-3dc9650af795_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Fui y volví: el viaje de Julio Llamazares"></p><p><strong>Alfaguara, Madrid, 2025.</strong></p><p>Un episodio de la vida del padre de Llamazares: cuando contaba 18 años, durante la guerra civil, se enroló en el llamado ejército nacional; junto con el trayecto que repite el hijo ochenta y tantos años después, con las comparaciones consiguientes y las reflexiones sobre lo que pudo sentir su progenitor, más las sensaciones que experimenta el autor. En esencia, creo que de esto trata, con los matices que aduciremos, el libro que hoy analizamos. </p><p>Entre los diversos géneros que ha cultivado con fortuna <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/julio-llamazares-jovenes-dicen-ignorancia-guerra-dictadura-no_1_2076709.html"  >Julio Llamazares</a> (la poesía, la novela, el cuento, la crónica o el artículo de opinión), se encuentra la literatura de viajes, modalidad por la que ha mostrado mucho aprecio, desde el temprano <em>El río del olvido</em> (1990), hasta el que hoy nos ocupa. Figura Llamazares, además, entre los primeros que, tras la muerte de <strong>Franco</strong>, se ocupó en su literatura de la guerra y de sus consecuencias inmediatas, no solo en su poesía (“Canción de cuna para mi padre”, que volveremos a citar), sino también en su novela <em>Luna de lobos</em> (1985), el cual parece inaugurar un cierto subgénero de narrativa sobre los guerrilleros, como estos preferían llamarse, evitándonos el galicismo <em>maquis</em>, a quienes vuelve a referirse en estas páginas.  </p><p><strong>Nemesio Alonso Díez</strong>, su padre, que acabaría siendo maestro nacional, se enroló como voluntario para poder escoger el destino de telegrafista, evitando la infantería, cuerpo mucho más expuesto a la violencia propia de la guerra. Murió en 1996, con 76 años. Llamazares ha comentado en otra ocasión que cuando su padre  recordaba la contienda, echaba pestes de los suyos, como aquel personaje de<strong> Alberto Méndez</strong> que se pasó al bando republicano, cuando los nacionales estaban a punto de ganar la guerra. </p><p>El origen de este libro puede ser doble: la promesa que se había hecho el autor de volver a transitar el camino que siguió su padre en 1938, acompañado por su amigo <strong>Saturnino</strong>, luego también maestro, y el encargo que le hizo el profesor <strong>José Jurado Morales</strong> para que recordara la relación que mantuvo con un progenitor que había participado en la contienda, texto recogido en su libro <em>Soldados y padres. De guerra, memoria y poesía</em> (2021).          </p><p><em>El viaje de mi padre</em> se compone de dos partes, más un “Preámbulo”, un “Epílogo” y las “Postales de viaje”, recogidas al final. A ello hay que añadir la dedicatoria (a aquellos, de ambos bandos, que perdieron la guerra, a los que pierden las guerras, y a sus hermanos), unos versos de <strong>Chicho Sánchez Ferlosio</strong>, de la canción “Gallo rojo, gallo negro” (creo que con ecos de <em>Romance de lobos</em>, de Valle-Inclán, aunque dándole otro sentido), la citada “Canción de cuna para mi padre” y un útil mapa del recorrido del autor. </p><p>En el “Preámbulo”, Llamazares cuenta que su padre, que apenas viajó durante su vida, cruzó la península casi de punta a punta durante la guerra, viviendo dos de las batallas más cruentas: la de Teruel y las del frente de Levante. El resultado fue trágico, pues de su compañía solo sobrevivieron tres o cuatro docenas de soldados, su compañero <strong>Saturnino </strong>y él. </p><p>El viaje de Llamazares arranca en enero del 2024, en La Mata de la Bérbula, la aldea leonesa de su familia, y concluye, seis meses después y ochocientos kilómetros más allá, en la Sierra de Espadán (Castellón), y pasa por Carrión de los Condes (Palencia), donde el padre se incorporó al Regimiento de Transmisiones, además de por León, Venta de Baños (otrora principal nudo ferroviario del norte), Valladolid, Aranda de Duero, Calatayud, Teruel, Zaragoza, Alcañiz, Morella (con fama de ser uno de los pueblos más bellos de la zona) y el Grao de Castellón, entre otros lugares. <strong>Nemesio </strong>y <strong>Saturnino</strong>, siempre juntos, vivieron y viajaron en condiciones penosas, pasaron frío, hambre y miedo, pero también se echaron unas novias en Zaragoza y descubrieron el mar…</p><p>El caso es que su padre, a quien la guerra lo marcó para siempre, murió sin que su hijo le prestara demasiada atención cuando recordaba sus vivencias en la contienda, por lo que ahora intenta, arrepentido, reproducir el trayecto paterno, con los datos que le proporciona el anciano Saturnino, y la información que encuentra en diversos libros sobre la guerra, citados a lo largo del texto. Aunque, a veces, no le quede más remedio que imaginar, adivinar, por dónde pasaron, y qué sintieron o pensaron.  </p><p>Para Llamazares, el viaje pasa por la observación de la realidad: la conversación con las gentes, el paisaje (para el autor, un estado de ánimo, pero al que le sobran recuerdos y le falta presente), el conocimiento de la historia, de los vestigios que quedan del pasado. Si bien, en esta ocasión, a las características propias del viaje, se añade también el empeño por repetir el trayecto que hizo el padre durante la guerra civil, con el ejército vencedor, hasta donde ello le resulta posible, recorriendo ahora una España muy diferente y –por fortuna- en paz, frente a la carnicería que supuso la guerra. Así las cosas, Llamazares constata la polémica que sigue generando la pervivencia de los recuerdos de la contienda en varios lugares que recorre (pp. 108, 115, 122, 145 y 161).</p><p>En este caso, estamos ante un periplo por una determinada geografía, pero también frente a un recorrido a través de la memoria, tanto la personal como la colectiva, según precisa el autor en la entrevista que le hace <strong>Suso Mourelo</strong> (<em>L y más</em>, núm. 78, otoño del 2025, pp. 4 y 5). No se trata, sin embargo, del testimonio de un único tiempo, sino de dos: el reconstruido del padre y el del hijo, vivido, aunque más de ochenta años después. Y aunque el autor transita en coche, las estaciones, los apeaderos y los trenes son una referencia frecuente, ya que por ellas debieron de pasar los soldados del ejército de <strong>Franco</strong>; todo lo cual le vale para constatar la casi desaparición del ferrocarril convencional del país. Y ello le sirve, además, para denunciar un signo de estos tiempos, sobre el que de inmediato volveremos: “mientras unos trenes y territorios desaparecen, otros viajan a velocidad de vértigo” (p. 100). </p><p>No solo nos encontramos aquí de nuevo con los recuerdos del paso por el Duero, ya utilizados en otro libro del autor, sino también con algunos de los motivos que trata en sus artículos: la grandeza que tuvieron algunos de estos lugares y la decadencia actual; la idea de que España está llena de pueblos y ciudades despobladas, en la que el tiempo parece haberse detenido por falta de actividad, de vida; la convicción de que unas regiones viven y se desarrollan a costa de otras (es la tesis clásica, discutida, de Samir Amin, <em>Sobre el desarrollo desigual de las formaciones sociales</em>, 1976, que leímos con fervor en la Universidad), motivo por el que existen dos Españas cada vez más alejadas y más insolidarias: la de los ricos y la de los pobres. </p><p>A pesar de que no se trata de un libro sobre la guerra, no faltan las batallas, la referencia a altos cargos militares que comandan las tropas, incluso la mención a las estrategias bélicas. A este respecto, quiero llamar la atención sobre las páginas que le dedica a la batalla de Teruel, de la que se había ocupado<strong> Max Aub</strong> en la memorable novela <em>Campo de sangre</em> (1945), junto con la referencia a los pozos de Caudé, de ochenta y tres metros de profundidad, donde asesinaron a cientos de republicanos; a los muertos por congelación, a quienes –según un testimonio- se les quedaba en el rostro una sonrisa, a algunos habían tenido que amputarles las piernas; a las colectivizaciones anarquistas en Aragón, que en ciertos pueblos del Matarraña -me consta- recuerdan todavía con horror, a la vez que presumen de tener el mejor aceite, el mejor jamón y las mejores aceitunas negras arrugadas; y lo que nos aclara sobre “la escuela de guerrilleros” (pp. 242 y 243)...</p><p>A su vez recuerda la vinculación de personajes históricos o legendarios, de escritores clásicos y contemporáneos, con el territorio que recorre, tales como <strong>El Cid Campeador,</strong> el gran <strong>Miguel Torga, Antonio Gamoneda, Jorge Manrique</strong>, su tío <strong>Gómez Manrique</strong> (poeta y dramaturgo), el poeta latino <strong>Marcial, Adam Zagajewski, Jardiel Poncela </strong>(una de las justificaciones que dio para decantarse por Franco fue que los republicanos habían profanado la tumba de su madre en Quinto), el general carlista <strong>Cabrera</strong>; la canción, d<strong>e J.B. Clément,</strong> “El tiempo de las cerezas”, convertida en el himno de la Comuna de París de 1871; o el<strong> Max Aub </strong>del <em>Campo de los almendros</em>, en la provincia de Castellón. </p><p>El libro está escrito en el tono adecuado, ese que exige la historia que se cuenta, con un estilo sencillo y preciso, sin que falten comentarios irónicos, humorísticos. Se percata, cómo no, de que entre el Matarraña y el Maestrazgo, se habla una lengua híbrida a caballo entre el castellano, el catalán/valenciano y el aragonés. El <em>chapurriau</em>, lengua a la que se refiere el autor, es el peculiar catalán que hablan los aragoneses de la Franja (p. 247). Y un detalle que me ha llamado la atención: cómo Llamazares regala sus libros a aquellos paisanos que lo ayudan en sus pesquisas.  </p><p><em>El viaje de mi padre</em>, que es también el del autor, relata un recorrido histórico y sentimental, a medio camino entre la reflexión y la observación de las gentes y los paisajes con los que se cruza (“el paisaje nos sobrevive a todos”, recuerda, p. 102); junto con el recuerdo de la Historia, siempre presente; el cual concluye con una exaltación de la paz, pues “en la guerra no hay poesía”, guerra y paz son palabras omnipresentes en la narración, y la satisfacción de <strong>Julio Llamazares</strong> por el empeño cumplido.</p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 22 Jan 2026 05:01:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[La literatura española en el 2025: variedad de géneros y estéticas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/literatura-espanola-2025-variedad-generos-esteticas_129_2122979.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="LITERATURA"></p><p>El balance anual es un género, llamémosle así, que debe partir de todo tipo de prevenciones y que exige, cuando menos, una excusa: por lo mucho que uno no ha leído, por lo que no ha sabido valorar suficientemente y por los libros a los que no ha conseguido acceder. Sin embargo, cuando uno lleva unos cuantos años escribiendo críticas, entre el olfato que desarrolla y las recomendaciones de otros lectores, de críticos en cuyo criterio confía, no se le suele pasar por alto apenas nada realmente relevante. <strong>El paso del tiempo no ha hecho más que acentuarme este rasgo de vanidad</strong>. Quizá lo primero que debe hacer un crítico sea no atender los diversos cantos de sirena, los muchos reclamos que emiten los editores, los periodistas de las secciones de cultura, y también los críticos (incluidos los escritores que cultivan la crítica, a menudo con escaso talento, a diferencia de lo ocurrido en otras épocas), todos aquellos a los que les marcan el paso.  </p><p>Me centro en la narrativa española, pero hago alguna excepción, como debe ser. Creo que no es necesario que repita que <strong>solo he leído unos pocos libros, quizás unos 35</strong>, por lo que se me han podido pasar algunos importantes, y aun otros que he visto citados con elogios no los he podido leer todavía, pues no me han llegado o no he podido conseguirlos, como son los libros de <strong>Eloy Sánchez Rosillo</strong>, <strong>Enrique Vila-Matas, Angélica Lidell, Ana Merino, Lara Moreno, Lucía Solla Sobral</strong> y <strong>Antoine de Compagnon</strong>. </p><p>En los balances, es necesario jerarquizar los libros, destacar los más importantes. El tiempo dirá si hemos acertado. Del 2025 me han interesado, sobre todo, los cuentos de <strong>Cristina Fernández Cubas</strong> (<em>Lo que no se ve</em>, Tusquets), la novela teñida de memorialismo de <strong>Marcos Giralt Torrente</strong> (<em>Los ilusionistas</em>, Anagrama), los cuentos de <strong>Pilar Adón</strong> (<em>Las iras</em>), la crónica de <strong>Javier Cercas</strong> (<em>El loco de Dios en el fin del mundo</em>, Random House), la mixtura de ensayo y autobiografía de <strong>Antonio Muñoz Molina</strong> (<em>El verano de Cervantes</em>, Seix Barral) y el rescate imprescindible de <strong>Manuel Chaves Nogales</strong> (<em>Diarios de la Segunda Guerra Mundial. 1. Desde París.</em> Ed. de Yolanda Morató). </p><p>Entre los libros de cuentos que he podido leer, me han llamado la atención, en especial, los de <strong>Elvira Navarro</strong> (<em>La sangre está cayendo al patio</em>, Random House) y <strong>Cristina Peri Rossi</strong> (<em>Turbación</em>, Menoscuarto), se trata de dos cuentos y una novela corta; así como los de <strong>Álvaro Pombo</strong> (<em>Cuentos autobiográficos</em>, Anagrama) y <strong>Fernando Aramburu</strong> (<em>Hombre caído</em>, Tusquets). Quiero añadir a lo dicho unas cuantas novelas más: las de <strong>Ramiro Pinilla</strong> (<em>Quince años</em>, Tusquets), la del recientemente fallecido <strong>José María Guelbenzu</strong> (<em>Una gota de afecto</em>, Siruela), la de <strong>Luis Mateo Díez</strong> (<em>La vigía de las esquinas</em>, Galaxia Gutenberg), <strong>Eduardo Lago</strong> (<em>La estela de Selkirk</em>) y <strong>Raúl Quinto</strong> (<em>La ballena azul</em>, Jekyll&Jill), que espero poder leer pronto. </p><p>Siempre he sido lector de los artículos que escriben los escritores en la prensa. Del pasado año, no habría que perderse los de <strong>Julio Camba</strong> (<em>Mis mejores páginas</em>. Ed. de Francisco Fuster), un clásico, <strong>Javier Marías</strong> (<em>Así que pasen treinta años</em>, Alfaguara) y <strong>Almudena Grandes</strong> (<em>Escalera interior</em>, Tusquets).</p><p>También ha sido un buen año para las biografías, autobiografías y memorias. Son buena prueba de ello las de <strong>Carmen Martín Gaite</strong> (<em>José Teruel, Carmen Martín Gaite, una biografía</em>, Tusquets), <strong>Rosa Chacel</strong> (<em>Anna Caballé</em>, <em>Íntima Atlántida</em>. <em>Vida de Rosa Chacel. 1898-1994</em>, Taurus), <strong>Álvaro Cunqueiro</strong> (Antonio Rivero Taravillo, Álvaro Cunqueiro. <em>Sueño y leyenda</em>, Renacimiento), <strong>Rafael Sánchez Mazas</strong> (Maximiliano Fuentes, Sánchez Mazas. <em>El falangista que nació tres veces</em>, Taurus), <strong>Azorín</strong> (Francisco Fuster, Azorín. <em>Clásico y moderno</em>), <strong>Beatriz de Moura</strong> (Carlota Álvarez Maylín, <em>Una curiosidad sin barreras</em>, Tusquets), <strong>Ángel Guinda</strong> (J. Benito Fernández, <em>Las claves de los oscuro</em>), <strong>Andrés Trapiello</strong> (<em>Próspero viento</em>)… Y la biografía novelada de <strong>María Moliner</strong> (Andrés Neuman, <em>Hasta que empiece a brillar</em>, Alfaguara).</p><p>Por lo que se refiere a los epistolarios, que aprecio mucho, entre los últimas que he podido leer me gustaría destacar el mantenido por <strong>Carlos Edmundo de Ory y Rafael Pérez Estrada</strong> (<em>Entre el impacto y la electrocución. Correspondencia. 1987-1990</em>. Epílogo de Salvador García Fernández).</p><p>En otros géneros, quiero recordar los libros de <strong>Max Aub</strong> <em>(¿Dónde está la frontera del aire?,</em> Bonilla y Artigas. Selección y prólogo de Adolfo Castañón), <strong>Julio Llamazares</strong> (<em>El viaje de mi padre</em>, Alfaguara), <strong>Carme Riera</strong> (<em>Gracias. Cincuenta años después</em>, Alfaguara y Edicions 62), <strong>Jordi Canal</strong> (<em>Contar España</em>. <em>Una historia contemporánea en doce novelas</em>), <strong>Juan Cruz</strong> (<em>Secreto y pasión de la literatura. Los escritores en primera persona</em>, de Borges a Almudena Grandes, Tusquets), <strong>Enrique Murillo</strong> (<em>Personaje secundario</em>, Trama), <strong>María Bengoa</strong> (<em>Las damiselas y el escritor</em>, Tusquets; homenaje a Ramiro Pinilla, a través de unas damiselas inventadas, cuyas impresiones están basadas en conocimientos –digamos– reales) y <strong>Carlos León</strong> (<em>La belleza del pintar</em>, Eolas). En el terreno de la poesía, quiero llamar la atención sobre el libro de la argentina <strong>Susana Szwarc</strong>, <em>El Libro (no) de los Salmos</em>, publicado por Hiperión. </p><p>Por lo que se refiere a las revistas, a menudo me preguntan qué publicación literaria leer, que no sea estrictamente académica, suelo recomendar –¡cuántas han ido cayendo por el camino!– las que yo leo con más interés: <em>Turia</em>, <em>Guaraguao</em>, <strong>centrada en la cultura y literatura hispanoamericana</strong>; <em>Quimera</em>, veremos a ver qué supone el cambio de dirección; <em>Cuadernos hispanoamericanos</em>, dedicada sobre todo a la literatura que anuncia su nombre; <em>Piedra de molino</em>, revista poética dirigida por Jorge de Arco; <em>Anáfora</em>, publicación de Creación y crítica, como indica su subtítulo, hecha en Gijón, cuyo último número rinde homenaje al recientemente fallecido Xuan Bello; <em>Ínsula</em>, la más académica de todas ellas, siempre atractiva y exigente (cerró el año con un monográfico dedicado a Ángel González, al cuidado de Araceli Iravedra); y la elegante e imprescindible <em>Litoral</em>, cuyo último número está dedicado a El beso. Y si nos salimos de la literatura, aunque tampoco falte en ella, recomiendo <em><strong>TintaLibre</strong></em>, que edita esta misma casa.</p><p>FundéuRAE ha elegido como palabra del año <strong>arancel</strong>. Yo me habría decantado por <strong>genocidio, menos economicista y más humanitaria</strong>. Pero ni el diccionario de Oxford, que se ha decantado por <em>rage bait</em> (cebo de ira), ni el diccionario de inglés Mirriam-Webster ,que ha optado por <em>slop</em> (la basura que genera la IA), tampoco han hilado demasiado fino... ¿Qué palabra habrán elegido los italianos, los alemanes, los portugueses, los argentinos, mexicanos o estadounidenses? Si alguien lo sabe, que nos lo diga.</p><p>El 2025 ha sido también, una vez más, un <strong>año de festivales</strong>, de representación de la literatura española, barcelonesa, en otro país. El desacierto ha sido semejante al de ocasiones anteriores, quizá por las intromisiones políticas, el desconocimiento, la arbitrariedad y las cuotas: cánceres de las artes en general y de la literatura en particular.  </p><p>Espero que la <strong>celebración en el 2026 de los centenarios de José Manuel Caballero Bonald</strong> (la Universidad de Almería prepara un libro de homenaje, al cuidado de Antonio Lafarque, compuesto por una selección de poemas comentados por especialistas en su obra), <strong>Josefina Aldecoa</strong> y el crítico <strong>Josep Maria Castellet</strong> resulte tan fructífera como los conmemorados en el 2025 en memoria de sus compañeros de generación, que atienda más a los intereses literarios que a los comerciales, al conocimiento que al oportunismo político y al amiguismo. </p><p>Algunos de los textos citados, los he reseñado en estas páginas, en la revista digital <strong>Los Diablos Azules</strong>. A ellos les remito, para que puedan atender un comentario más detallado de los mismos. Otros aparecerán reseñados en las próximas semanas. <strong>Les deseo un mejor 2026.</strong></p><p><strong>_____________________</strong></p><p><em><strong>Fernando Valls </strong></em><em>es catedrático de Literatura española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 08 Jan 2026 05:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La literatura española en el 2025: variedad de géneros y estéticas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Carlos León o la extrañeza del mundo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/carlos-leon-extraneza-mundo_129_2122519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="CARLOS LEÓN O LA EXTRAÑEZA DEL MUNDO"></p><p>Me alegra que esta llamada <em>Colección de la belleza</em> aparezca en León, lejos de los centros habituales de la edición en España; dirigida, además, por el vallisoletano <strong>Gustavo Martín Garzo</strong>, lo que garantiza su calidad. Entre los títulos publicados, aparecen libros de <strong>Tomás Sánchez Santiago</strong> (<em>La belleza de lo pequeño</em>, que me ha servido para entender mejor el microrrelato); del diarista <strong>Avelino Fierro</strong>; del historiador de la ciencia <strong>José Manuel Sánchez Ron</strong>; de la poeta y profesora <strong>María Ángeles Pérez López</strong>; de <strong>José María Merino</strong> (<em>La belleza de los cuentos</em>, libro que siento no conocer); del poeta <strong>Miguel Casado</strong> o de <strong>Ramón Mayrata</strong>, rey de la magia, por solo citar unos pocos nombres entre los treinta y tres que componen la serie. El hecho de que no solo en Barcelona y Madrid se publiquen buenos libros, que en León, o en Palencia —donde nació la veterana Menoscuarto—, aparezcan editoriales de interés, es una buena prueba de una cierta descentralización del sistema editorial. Sería muy sano y provechoso seguir por ese camino.</p><p>El caso que hoy me ocupa se debe a los buenos oficios de mi hermana Lola, pintora, que es quien ha puesto en mis manos <em>La belleza del pintar</em> (Eolas, León, 2025), de <strong>Carlos León</strong>. El título no habla de pintar, sino del pintar; del arte de pintar, precisa. De este artista he visto un par de publicaciones: <em>Abrosyne</em> (2017), un libro de artista, y <em>The Wrong Garden</em> (2024), una recopilación de su obra. Este último le dio título a la exposición que el pasado año pude ver en la galería Albarrán Bourdais, de Madrid. El caso es que me he quedado con ganas de ver más y de poder ojear los catálogos con mayor detenimiento.  </p><p>Los buenos pintores no siempre saben explicarse, tampoco hay que exigirles tal cosa, pero —acaso— deberían poder esmerarse en la escritura si se deciden a coger la pluma. Pero, en fin, ni los comisarios ni los gestores de los museos y, si me apuran, ni los críticos de arte, con todas las excepciones que se quiera (dos de las mejores son <strong>J.F. Yvars</strong> en <em>La Vanguardia</em>, y <strong>Ángela Molina</strong> en <em>El País</em>), tampoco se valen siempre del lenguaje como debieran. El peor ejemplo es <strong>Borja-Villel</strong>, cuya prosa, además de farragosa, está tan plagada de anglicismos que produce vergüenza ajena. Aunque también los críticos literarios tenemos lo nuestro…</p><p><strong>Carlos León, por su parte, tiene muy buena prosa</strong> y, en este libro, ha sabido barajar a la perfección lo reflexivo, el pensamiento, con lo autobiográfico, siempre dentro de la suma discreción; así como lo ensayístico, lo lírico y lo narrativo; no en vano, intercala una historia (pp. 88-90); con la fascinación por la naturaleza, el impacto que le han causado los bosques, las plantas (los asfodelos, muy presentes, los cuales adquieren protagonismo en la obra de Lorca), y la creación de un —llamémosle— canon propio, valga por una vez el maleado concepto. No solo como pintor posee un mundo propio, sino también como escritor maneja un fraseo personal, con el que a veces se vale de la anáfora, según ocurre en la tercera parte.</p><p>En esa tradición pictórica en la que se inscribe, con muchos nombres y algunas obras concretas, <strong>aparecen los calígrafos y pintores clásicos chinos</strong>, los componentes de la llamada vía excéntrica; los expresionistas abstractos americanos (<strong>Jackson Pollock, Clifford Still, Barnett Newman o Mark Rothko</strong>), junto a <strong>Francis Bacon</strong> (le atribuye a Esquilo una frase — “el olor de la sangre no se me va de los ojos”— que reaparece en <em>Macbeth</em> y en la obra de <strong>Javier Marías</strong>), <strong>Basquiat</strong> (“tal vez, el pintor más extraordinario desde los tiempos de Picasso”, p. 34), los maestros del color negro, “mi color inicial es el negro”, confiesa (<strong>Pierre Soulages</strong>, <strong>Motherwell</strong> o <strong>Ad Reinhard</strong>), además de otros pintores como <strong>Bob Ryman, Soutine y Philip Guston</strong>; o los españoles <strong>Velázquez, Picasso, Miró, Millares y Gordillo</strong>. Por lo que se refiere a los clásicos, en varias ocasiones cita a <strong>Tiziano</strong>, su “Carlos V en Mühlberg”, y, sobre todo, “El desollamiento de Marsias”, de Tiziano, cuadro al que alude varias veces, aunque con distintos nombres (se reproduce en el citado catálogo del 2024). En suma, se trata de sus pintores preferidos. De algunos queda en estas páginas patente, pues no se refiere a ellos en una única ocasión, cuando confiesa cómo, en qué momento y por qué lo influyeron (valga lo impreciso del concepto).  </p><p>En ese mismo catálogo <strong>le rinde homenaje a Perséfone</strong>, hasta en cinco cuadros. La Proserpina en la mitología romana, robada por Hades, era la diosa del inframundo. En nuestro libro reaparece en diversas ocasiones (para nuestro pintor, es una de las cuatro iluminaciones, junto a Eleusis, Dionisios y la “escena pintada en lo más profundo de una cueva impregnada de lo sagrado”, p. 118), para representar el renacer de los frutos y las flores de los campos, pero también aparece como la amada con la que espera encontrarse; no en vano, cierra el texto con ella (p. 134). </p><p>Tampoco faltan alusiones a escritores (<strong>Hölderlin, Nietzsche, Trakl, Lautreamont, Bataille</strong>) o a músicos, como <strong>Gesualdo</strong>. Carlos León es un pintor tan vital como amante de la cultura, de las artes, en sus diversas dimensiones, así como de la naturaleza en sus distintas expresiones. No en vano, en la conversación con María Marco, que citamos al final, confiesa que sus temas son dos: la carne y el paisaje.  </p><p>El libro aparece dividido en cinco capítulos de una dimensión equivalente, cuyos títulos son suficientemente expresivos. Uno de ellos, el del segundo capítulo, se refiere al <strong>seudónimo que ha utilizado</strong> en alguna ocasión, “El monje Corazón abollado”, que en estas páginas reaparece a menudo.</p><p>Las reflexiones sobre la Historia del Arte, el oficio, sobre las palabras, a las que le gusta buscarles las vueltas, y los conceptos, suelen resultar muy atinadas. Al menos, para <strong>alguien como yo que disfruta con la pintura, las artes</strong>, y ha andado de acá para allá, por el mundo que le ha sido asequible, pero que nunca ha perdido la condición grata de considerase un mero aficionado, un entusiasta de las artes y, en especial, de la pintura.  </p><p>La belleza, en sus distintas vertientes, no solo marca toda esta colección de libros, sino que ocupa buena parte del título en el que nos hemos centrado, y aparece y reaparece con frecuencia a lo largo de sus páginas en diferentes contextos. Cuando nos habla de los colores, insiste en su especial querencia por el negro. A este propósito, a <strong>María Marco</strong> le comenta que tiene una decena de cuadros en negro puro.</p><p>Sea como fuere, el libro puede leerse también como una <em>meditatio mortis</em>. El caso es que para entender la obra de un pintor, y de un escritor, es conveniente conocer de dónde viene, cuál es su tradición, que diálogo ha mantenido con los artistas que lo han antecedido y qué papel han desempeñado en su trayectoria artística. <strong>Carlos León nació en 1948</strong> y, antes de instalarse definitivamente en España, vivió en París y Nueva York. Y en esas ciudades, viendo las obras de los grandes clásicos y de los mejores contemporáneos, fue forjándose su visión del mundo, comprendiendo la forma en que la mano debía recorrer el lienzo. </p><p>En un momento dado, su estado salud parece empujarlo a hacer un balance: “Hasta aquí hemos llegado (…) Y confieso que el precio ha sido alto. A menudo, muy alto. Y qué alto volé también, y<strong> fui dichoso, construyendo momentos que quedaron convertidos en pintura</strong>” (p. 85). Quizás haya logrado en sus obras la fosforescencia de las luciérnagas, valga la expresión que él mismo utiliza. Por lo demás, se declara librepensador, acaso lo único honesto que se puede ser hoy. </p><p><strong>P.S.</strong> <em>Para un mejor conocimiento de las ideas del pintor, les aconsejo que lean la entrevista que le hizo María Marco en El Cultural, 1/XI/2025, pp. 26-29, a la que nos hemos referido en un par de ocasiones.</em></p><p><em>________________</em></p><p><em><strong>Fernando Valls </strong></em><em>es catedrático de Literatura española y crítico literario. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 06 Jan 2026 05:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Carlos León o la extrañeza del mundo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Arte,Literatura,Libros,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ory / Pérez Estrada: Cabezas a pájaros…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/ory-perez-estrada-cabezas-pajaros_1_2114926.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/81a9699e-0785-419d-8d2f-f8234fbf7409_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ory / Pérez Estrada: Cabezas a pájaros…"></p><p><strong>Mixtura, Sant Boi de Llobregat (Barcelona), 2025. Epílogo de Salvador García Fernández. </strong></p><p>Dos poetas y prosistas andaluces, el uno gaditano y el otro malagueño, se escriben durante cuatro años. La primera pregunta que el lector se hará es por qué se interrumpe tan pronto la correspondencia, cuando a <strong>Pérez Estrada</strong> le quedan todavía diez años de vida. La respuesta está en las últimas cartas de <strong>Ory</strong>. </p><p>Ninguno de los dos, por razones diferentes, ocupa en la Historia de la Literatura el lugar que le correspondería. Ambos son periféricos, cada uno a su manera, porque viviendo en Amiens o en Málaga puede estarse fuera del cotarro literario, donde se intercambian reconocimientos, favores y prebendas. Para <strong>Ory</strong>, Madrid, donde había vivido, es “el garaje nacional y fosa común de la cultura masificada” (p. 42). </p><p>Los dos cultivaron una literatura difícil de clasificar, valiéndose de numerosos géneros: la poesía, la narrativa (la novela, el cuento y el microrrelato, en el que destacó, sobre todo, Pérez Estrada), el aforismo, o aerolito (el malagueño los define como “ángeles nerviosos”, y el gaditano señala “su índole relampagueante”), el diario, los sueños o el <em>collage</em>… <strong>Ory </strong>ha tenido más suerte con los críticos, y a la cabeza de ellos está <strong>Jaume Pont</strong>, pero tampoco a <strong>Pérez Estrada</strong> le han faltado estudiosos de mérito. Por lo demás, ambos tienen, en su ciudad natal, una Fundación dedicada a la conservación y difusión de su obra.</p><p>Antes de seguir con el libro que nos ocupa, quiero destacar la generosidad de la Fundación Ory, poco habitual, al dedicarle un curso, el pasado mes de noviembre, en homenaje a <strong>Ignacio Aldecoa </strong>y a otros cultivadores del cuento de su generación (<a href="https://www.infolibre.es/cultura/belleza-inocencia-necesidad-conocimiento-ana-maria-matute-vive-centenario_1_1924952.html"  ><strong>Ana María Matute</strong></a><strong>, </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/jose-teruel-no-hay-ejemplo-literatura-espanola-siglo-xx-cantidad-intereses-intelectuales_1_1967382.html"  ><strong>Carmen Martín Gaite</strong></a> o el mismo <strong>Ory</strong>, por destacar los nombres que más sonaron). El grupo de participantes fue de lujo, aunque solo puedo citar a unos pocos, aquellos cuyas intervenciones pude presenciar: <strong>Elvira Navarro, Eloy Tizón, Andrés Neuman, José Jurado Morales</strong> y <strong>José Luis Martín Nogales</strong>, por solo recordar a algunos de ellos. Estos actos funcionan si el público se muestra interesado y atento, como ocurrió en esta ocasión. Una buena parte del mérito se debe a la buena organización de <strong>Salvador García Fernández</strong>, responsable de la Fundación Ory, organismo que, por la labor que viene realizando, merecería un mayor apoyo de las instituciones.</p><p>Pero volvamos a la correspondencia. El libro se compone de las 26 cartas que se intercambiaron, se incluye la edición facsímil, con los dibujos y <em>collages </em>de <strong>Pérez Estrada</strong>, lo que multiplica el atractivo del volumen. <strong>Ory </strong>recibe las cartas de su interlocutor como si se tratara de “sobres-cajas de sorpresas visuales” (p. 38). Tampoco falta un útil índice de nombres final, siempre necesario en este tipo de recopilaciones. Echo de menos, en cambio, la única foto en la que ambos aparecen juntos, tomada en 1994 (p. 71). El concepto que aparece en el título, la <em>electrocución</em>, de ribetes –digamos— futuristas, se explica en la carta número 15. </p><p>Dicha correspondencia se inicia con la carta, en forma de poema, que el gaditano le dirige al malagueño en 1987, y que sirve de pórtico al conjunto. En las misivas se habla de la editorial Anthropos, en la que ambos publicaron, de revistas como <em>Signos</em> y <em>Silvestra</em>, dirigida esta última por <strong>Pérez Estrada</strong> junto a <strong>Javier La Beira</strong>, para las que le pide colaboración, a pesar de que <strong>Ory </strong>precisa: “detesto los escaparates antológicos de objetos artificiales” (pp. 15 y 16, e insiste en lo mismo, con más contundencia, en la p. 43), aunque siendo poeta resulte imposible, y contraproducente para el autor, esquivar ese tipo de difusión. </p><p><strong>Pérez Estrada</strong> se refiere a la “locura mística” de <strong>Ory</strong>, y apuesta por “la emoción” como su aliada. Lo tacha de “divino ácrata” (“tú representas el eterno exilio de la imaginación y la sobresaliente excitación de la mente única”) y confiesa odiar su oficio de abogado (“mi despacho es mi exilio, mi pajarera loca y torpe”; “Soy un abogado matrimonialista, esto es, ¡un proxeneta del amor”, pp. 19 y 20). Se queja el malagueño de sus enemigos, “los enanos antropófagos de esta provincia. También yo sé del destierro que empieza en uno mismo” (p. 27).</p><p>Cultivadores de la <em>angeleología</em>, en la estela de <strong>D´Ors,</strong> los ángeles aparecen una y otra vez en estas cartas; junto a otros motivos omnipresentes, como los sueños, o el exilio de <strong>Ory</strong>, aunque no lo fuera en sentido estricto, político. “Tu ausencia, le dice <strong>Pérez Estrada,</strong> es la negación de una perfecta y cúbica democracia”, a pesar de que nadie le impidiera volver a España, las razones de que no regresara fueron otras, personales, privadas.  </p><p>Aparecen alusiones intertextuales o explícitas a <strong>Bécquer, Antonio Machado, Gómez de la Serna, Bataille</strong>, el malagueño ha leído <em>La historia del ojo</em>, y <strong>Kafka</strong>, de quien no me resisto a copiar lo que le dice a <strong>Milena</strong>, a propósito de su correspondencia: “los besos escritos no llegan a su destino, los fantasmas se los beben en el camino” (p. 48. He corregido levemente la traducción). Se alude a <strong>Carlos Bousoño</strong>, a <strong>Fernando Arrabal</strong>, que en una cena que comparten decepciona al malagueño, y a <strong>Pere Gimferrer,</strong> con el que ambos mantienen amistad. <strong>Ory</strong>, que le habla de su “trabajo superalquímico”, se confiesa seguidor de los cabalistas y talmudistas. Y <strong>Pérez Estrada</strong>, por su parte, en las cartas 12 y 23 hace una defensa de la literatura de imaginación, enfrentada al “eructo poético ibérico”, o sea, el realismo social, a pesar de estar ya muerto y enterrado entonces. Sea como fuere, nunca falta el humor, la ironía, el despliegue del ingenio, como ocurre en los comentarios sobre el apellido <strong>Pérez</strong>.     </p><p>Estas cartas pueden leerse también como la historia de una amistad que se quebró. <strong>Ory</strong>, en la carta 21, le dice que “la amistad es el vino de la vida”. Algo después, se sincera: “Hazme saber tus sombras, sueños y soledades. Son las tres eses que llenan nuestras vidas” (p. 49). La correspondencia concluye debido al malestar de <strong>Ory</strong>, en la carta 25, por la manera demasiado hiperbólica con que lo trata <strong>Pérez Estrada</strong>, con la que no se siente cómodo (en el encabezamiento de algunas cartas, lo llama “Duque”, entre otras lindezas semejantes), a ello sigue el disgusto que se lleva <strong>Pérez Estrada</strong>, quien no le contesta nunca, al no sentirse comprendido en sus generosas —aunque empalagosas— intenciones.   </p><p>Ory recuerda, citando al cardenal Newman, que “la verdadera vida de un hombre está en sus cartas” (p. 22). De ambos, podría decirse que son –en la estirpe bergaminiana— dos cabezas a pájaros, brillantes, lúcidos e ingeniosos, incluso cultivadores del delirio (“tu delirio cristaliza del mismo modo que los diamantes”, le espeta a Ory), a veces excesivo, por lo que algo de sobriedad hubiera resultado beneficioso. Pero, en suma, se trata de dos escritores que se llevaban diez años; siendo el mayor Ory (1923-2010), quizá por ello <strong>Pérez Estrada</strong> (1934-2000) lo tacha de “divino maestro”; si bien el mayor de los dos sobrevivió diez años al más joven. </p><p>Dos escritores, decía, cuya literatura transcurre en los márgenes, aunque su obra y opiniones muestran, una vez más, si es que era necesario a estas alturas, la variedad de registros, de estéticas, que existieron, con más o menos visibilidad; la riqueza y ambición de la literatura española a finales del siglo XX, pero también en las décadas anteriores e incluso después. Creo que no es poco para un puñado de cartas que deslumbran. </p><p>    </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.  </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 Dec 2025 05:01:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[La revista 'El Ciervo' a sus 75 años]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/revista-ciervo-75-anos_1_2111653.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8d111ca1-ce09-48f1-bc9a-09821023a979_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La revista 'El Ciervo' a sus 75 años"></p><p>En el Palau Robert, de Barcelona, la <a href="https://www.infolibre.es/temas/generalitat-catalunya/"  >Generalitat de Cataluña</a> ha organizado una exposición sobre la revista <em>El Ciervo</em>, con el título de <em><strong>75 años de cultura y pensamiento libre</strong></em>. Se trata de una publicación escrita en castellano, como <em>Destino </em>y luego <em>Ajoblanco</em>, <em>Quimera</em> y <em>El Viejo Topo</em>, en la que los colaboradores nacionalistas han convivido en armonía con quienes no lo son. Se ha repetido, creo que con exageración, que estaba pensada en francés, quizá porque en las primeras décadas, si tuvieron un guía, este fue Mounier, el personalismo, la revista <em>Esprit</em>.</p><p>No sabría decir ahora, pero en 1993 <strong>tiraban 5.000 ejemplares y tenían 2.500 suscriptores</strong>. <em>Quimera</em>, otra revista escrita en castellano en Cataluña, en el año 2004 le dedicó un monográfico a las publicaciones literarias españolas del siglo XX. Entre las elegidas como mejores y más representativas estaba <em>El Ciervo</em>, aunque se trataba más bien de una revista cultural, o de "<strong>pensamiento y cultura</strong>", como la califica el subtítulo, en la que la literatura ha desempeñado siempre un papel importante. El comentario que <em>Quimera</em> le dedica a la trayectoria de la publicación se le encargó a quien mejor podía hacerlo, Lorenzo Gomis, su director, responsabilidad luego compartida con su mujer Roser Bofill. </p><p><em>El Ciervo</em> nació en 1951, en los duros años del <a href="https://www.infolibre.es/temas/franquismo/"  >franquismo</a>, el año de la huelga de tranvías en Barcelona y el de las primeras conversaciones católicas de Gredos. Un año después, se celebró el Congreso Eucarístico en Barcelona. Estaba escrita por un grupo de estudiantes vinculados a <a href="https://www.infolibre.es/politica/castidad-escuela-concertada-v-vendetta-insolita-deriva-antisistema-propagandistas-catolicos_1_1218987.html"  >la Asociación Católica Nacional de Propagandistas</a> (ACNP), cuyos referentes eran Francisco Condominas y Claudio Colomer Marqués, director de <em>El Correo Catalán</em>, que no tardó en desvincularse de la joven revista. De las ocho hojas de que se componía, pasaron después a dieciséis y posteriormente a más, con<strong> la obligación de superar una doble censura, la civil y la eclesiástica</strong>. Pronto atrajeron el interés de José Luis Aranguren, José María García Escudero o el jesuita José María Llanos, que la alabaron por <strong>su prosa y su cristianismo inquieto</strong>, inconformista e independiente, que contrastaba con el anquilosado catolicismo oficial, por lo que empezaron a conseguir suscriptores en toda España. </p><p>Además de su contenido, sus colaboradores solían ser los habituales, <strong>a menudo profesores, expertos en diferentes materias de tipo social o cultural</strong>, aunque evitando el tono académico, para decantarse por el periodístico o ensayístico más suelto y ameno, destacaría el atípico diseño, sus sugestivas cubiertas, el tipo de papel y el cuerpo de letra, la diagramación diferente, la convivencia armoniosa de fotos, dibujos y caricaturas. Recuerdo especialmente las de <strong>Sciammarella </strong>y que Mariscal publicó en <em>El Ciervo</em> sus primeros dibujos, como una portada sobre San Juan de la Cruz. </p><p>Confieso que he seguido la revista de manera intermitente, quizá porque cometí el error de no suscribirme, solía comprarla en La Central, a pesar de tener la fortuna de haber escrito en sus páginas en un par de ocasiones (en fechas tan distantes como 1989 y 2011), aunque siento no haberlo hecho más a menudo. Entre las secciones, me interesaron siempre la 'Biblioteca', la crítica de libros sobre diversos temas (<strong>Jordi Gracia</strong> fue uno de ellos), las de cine (recuerdo las de <strong>José Luis Guarner</strong> y <strong>Manuel Quinto</strong>) y teatro (a cargo de <strong>Josep Urdeix</strong>, cuya foto impresionaba, pues parecía un misionero llegado de <a href="https://www.infolibre.es/temas/mongolia/"  >Mongolia</a>), las de música, al cuidado de<strong> Luis Suñén</strong>, aunque las reseñas resultaban demasiado breves para mi gusto; y el 'Pliego de poesía' que creó y coordinó el poeta <strong>Alejandro Duque Amusco</strong> y luego <strong>José Ángel Cilleruelo</strong>, donde es difícil encontrar algún nombre relevante que no haya figurado en sus páginas. Y no quiero dejar de recordar los comentarios políticos del uruguayo exiliado <strong>Héctor Borrat</strong>, profesor mío en Bellaterra, en las clases de Periodismo. Y, por supuesto, su línea editorial.</p><p>La<strong> lista de colaboradores</strong>, la de aquellos que desempeñaron un papel importante en la revista o los que escribieron de manera ocasional, resulta impresionante: Alfonso Carlos Comín (partidario del diálogo entre cristianos y marxistas), Enrique Ferrán, el historiador Antoni Juglart, José María Valverde, Miguel Delibes, Eugenio Trías, <a href=""  >Federico Mayor Zaragoza</a>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/herencia-lega-francisco-rico-1942-2024_1_1778962.html"  >Francisco Rico</a>, <a href="https://www.infolibre.es/como-lo-ve/victoria-camps-corrupcion-politica-llevado-pensar-aparecera-redentor_1_1188302.html"  >Victoria Camps</a>, Laureano Bonet, José Ángel Valente, Enrique Miret Magdalena –quien hizo una labor paralela en <em>Triunfo</em>–, Reyes Mate, los poetas José Corredor-Matheos, Enrique Badosa y Pere Gimferrer, así como el socialista José Antonio González Casanova, coordinador de un libro colectivo: <em>La revista El Ciervo, historia y teoría de 40 años</em> (Península, 1992). Décadas antes, en 1959, <strong>Juan Gomis</strong>, otro protagonista principal de la publicación, hermano del director y futuro presidente de Justicia y Pau, preparó una antología, compuesta por una selección de artículos publicados en la revista, <em>Ocho años de El Ciervo.</em> <em>Generaciones nuevas, palabras nuevas</em> (Editorial Católica, Madrid, 1960). A él se le debe también <strong>su nombre y el logotipo</strong>, inspirados en el salmo 42 de la <em>Biblia</em>: “Como el ciervo busca el agua de las fuentes, así mi alma te desea, Señor”.</p><p>Guardo como oro en paño algunos de los libros que editaron, a los que me he referido en numerosas ocasiones. Los que más he frecuentado son <em><strong>La cocina literaria. 63 novelistas cuentan cómo escriben sus obras</strong></em> (2003. Ed. de Lorenzo Gomis y Jordi Pérez Colomé), entre cuyos colaboradores figuraban Robert Saladrigas, Carlos Pujol, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/masoliver-escribir-vida-poemas_1_2107866.html"  >Juan Antonio Masoliver Ródenas</a>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/jose-maria-merino-admiraciones-desencantos-terapias_1_1270513.html"  >José María Merino</a>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/carme-riera-lenguas-no-compiten-absurdo-son-politicos-organizan-tinglados_1_2092758.html"  >Carme Riera</a>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/libros/javier-cercas-creer-cree-cristiano-hay-loco_1_1970011.html"  >Javier Cercas</a>, José Jiménez Lozano, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/enrique-vila-matas-hablo-muerte-literatura-resucitarla_1_1169323.html"  >Enrique Vila-Matas</a>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/libros/fernando-aramburu_1_1762166.html"  >Fernando Aramburu</a> o <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/andres-neuman-primeras-palabras-hijo_1_1791155.html"  >Andrés Neuman</a>, por ejemplo. Y el titulado <em>Cómo se hace un poema. El testimonio de 52 poetas</em> (Pre-textos, 2002. Ed. de Alejandro Duque Amusco). En suma, se trata de libros imprescindibles para los amantes de la literatura, que demuestran <strong>la gran capacidad de convocatoria y el prestigio de que gozaba la revista</strong>.   </p><p>Desde 2015, está dirigida por el periodista <strong>Jaume Boix Angelats</strong>, y me alegra constatar que en la redacción y administración se repiten los apellidos de los fundadores, los Gomis y Montobbio, ahora representados por sus descendientes. Y para saber más, como se dice ahora, les recomiendo <em><strong>Una temporada en la tierra. 80 años de memoria (1924-2004)</strong></em>, de Lorenzo Gomis, publicado por la editorial El Ciervo en 2004, y del mismo autor: <em>Mediodía. Antología poética 1951-2005 </em>(Papers de Versàlia, 2024). </p><p><em>El Ciervo</em> contribuyó a socavar el régimen en uno de sus pilares principales,<strong> el catolicismo</strong>, mostrando otras posibilidades de entender <a href="https://www.infolibre.es/temas/religion/"  >la religión</a>, muy distinta de la que pregonaba el nacionalcatolicismo oficial, de una manera laica e independiente. Pero, aunque manteniendo su esencia, fue evolucionando con el paso del tiempo, <strong>incorporando nuevos temas y firmas,</strong> colaboradores que antes hemos citado en desorden. Sin embargo, nunca ha dejado de ser una revista de tono moderado, hecha por <strong>una burguesía culta y democrática</strong>, dialogante, con inquietudes religiosas, muy en la línea del <a href="https://www.infolibre.es/politica/70-anos-concordato-iglesia-sigue-disfrutando-historico-pacto-franco_1_1389100.html"  >concilio Vaticano II</a>, convocado en 1959 por Juan XXIII, otro de los principales referentes de la publicación, autor de la encíclica <em>Pacem in Terris</em> (1963), que se anticipa un año a los demagógicos <em>XX años de paz</em> que tanto celebró el franquismo. El otro momento que marcó su rumbo, según Lorenzo Gomis, fue la <a href="https://www.infolibre.es/temas/transicion-democratica/"  >Transición</a>. A pesar de ello sufrió <strong>la censura, un secuestro, multas</strong>, e incluso en 1973 un asalto a la redacción, por un comando de la ultraderecha. Quizá fuera esa discreción, su actitud siempre crítica, la mentalidad abierta y la pluralidad de opiniones la que le ha permitido disfrutar de tan larga y fértil existencia.  </p><p>Estamos, por tanto, ante <strong>una de esas exposiciones que deberían viajar por </strong>España y recorrer los Institutos Cervantes. Los que estén en Barcelona, no dejen de verla, y a los que no, les recomiendo la página web de <em>El Ciervo.</em></p><p>____________________________________</p><p><em><strong>*Fernando Valls </strong></em><em>es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 10 Dec 2025 05:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La revista 'El Ciervo' a sus 75 años]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Revistas,pensamiento,Cataluña,Religión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Masoliver o cómo 'Escribir (...) mi vida en poemas']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/masoliver-escribir-vida-poemas_1_2107866.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cc4c2023-6937-43ae-af24-81f5e8bd59cc_16-9-discover-aspect-ratio_default_1020650.jpg" width="1571" height="884" alt="Masoliver o cómo 'Ecribir (...) mi vida en poemas'"></p><p><strong>Acantilado, Barcelona, 2024.</strong></p><p>Ningún amante de la literatura puede no saber quién es <strong>Juan Antonio Masoliver Ródenas</strong>. Su vida ha transcurrido entre España, Italia, Irlanda e Inglaterra, además de en El Masnou, pero con una gran querencia también por la América hispánica, sobre todo por México, de cuyos escritores se ha ocupado en numerosas ocasiones.</p><p>Además de catedrático en la Universidad de Westminster, en Londres, su vida como crítico literario ha estado vinculada a <em>La Vanguardia</em>, como lo estuvo su tío <strong>Juan Ramón Masoliver </strong>y, en cierta medida, su hermano <strong>Bartolo</strong>, fallecido recientemente, notario del conde de <strong>Godó </strong>y de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pasiones-recobradas-gabo_1_1734333.html"  >García Márquez</a>. Los Masoliver son otra saga ilustre, como los <strong>Baroja</strong>, los <strong>Sánchez Mazas/Ferlosio,</strong> los <strong>Panero</strong>, los <strong>Torrente Malvido</strong>, los <strong>Millares</strong>, los <strong>Goytisolo </strong>o los <strong>Marías</strong>, aunque cada una lo haya sido a su manera.</p><p>Masoliver ha tocado con pericia todos los instrumentos del sistema literario: la poesía, la narrativa, sean novelas o cuentos, las memorias, el aforismo (uno de sus próximos libros está dedicado al género), cultivando, además, la traducción de autores de alto copete (<strong>Pavese, Carson McCullers, Djuna Barnes, Nabokov</strong> y <strong>Robert Coover</strong>). Su vida ha estado, por tanto, dedicada a la creación literaria, la crítica y a la enseñanza de la literatura, si bien considero que ha sentido mucha más pasión por las primeras que por la última.</p><p>Voy a ocuparme hoy de su último libro, formado por cuarenta y cinco poemas, que hace el número once en el conjunto de su obra poética. El título me resulta enigmático, aunque las vinculaciones de los jardines con la poesía vienen de muy lejos, e incluso su primer libro de versos se titulaba<em> El jardín aciago</em> (1985) (o sea, infeliz, desgraciado), pero palabras como maleza o bosque aparecen en los títulos de otros libros suyos de poemas. En este caso, en el jardín, de forma simbólica, transcurre buena parte de la existencia del poeta. En suma, el libro de poemas, el poema del título, se nos presenta como un jardín en el que el autor cultiva afanosamente sus recuerdos y obsesiones, sus amores y anhelos.</p><p>El libro está dedicado, remedando una oración infantil, a la escritora <strong>Sònia Hernández,</strong> su pareja. En realidad, es un homenaje a quien llama —con precisión matemática— “mi ángel de la guarda”. No en vano, hasta en ocho poemas se refiere a ella; y en otro, a su familia, los Hernández. En el poema que empieza “Cae en el cielo”, remeda la dedicatoria: “Y hoy busco las huellas del amor/(…) y te encuentro en el cielo/rodeada de ángeles”. Así, Sònia se convierte en la <em>donna angelicata</em> de nuestro autor, en la estela de <strong>Guido Guinizelli, Dante</strong> o <strong>Cervantes</strong>.</p><p>Además, los poemas están trufados de recuerdos y ensoñaciones, los propios del mundo del autor, que ya conocíamos por otros libros suyos. Me refiero a la rememoración de la infancia, al trato con sus padres (en especial, con su madre), y de la casa familiar en El Masnou; pero también un contrapunto algo canalla, a sus obsesiones como <em>voyeur</em>, pues la fascinación ante el cuerpo femenino, por el erotismo, es una presencia constante no solo en este libro, sino en el conjunto de su obra, aunque en un registro diferente al que encontramos en los versos de <strong>Gimferrer</strong>, más dado a lo escatológico.</p><p>Masoliver rompe con el tiempo, el espacio y la lógica discursiva. No falta, por fortuna, el humor (véase, por ejemplo, “Érase un rey”, una autobiografía), la ironía, los sueños, las autorreferencias a los poemas, las reflexiones sobre el paso del tiempo y las pasiones, o al <em>meditatio mortis</em> del poema final. Los poemas no están titulados, aunque algunos aparecen presididos por un lema, y puede observarse la intención de establecer una cierta simetría entre —por ejemplo— el primero y el último, ambos excelentes; pero también entre los seis muy breves (entre tres y ocho versos); una dimensión difícil en la que Masoliver se desenvuelve muy bien, dada su inclinación por la precisión del lenguaje y la concisión, producto del trabajo de depuración del idioma (pp. 18, 19, 49, 50, 53 y 55). Destacaría, además, los que empiezan con los siguientes versos, sin insistir en los dos ya destacados: “Cuando en casa había mar…”, “¿Cuántos años tardaré…?” y “Cuál es el último libro que leeré?” (pp. 21, 51 y 57).</p><p>El que se trate de un libro rememorativo y vital, sin perder nunca de vista el presente, así como de un libro de postrimerías, no impide que la referencia a grandes autores de la tradición, o a la cultura, sea frecuente. Por ejemplo, <strong>Keats</strong>, por partida doble; <strong>Rubén Darío</strong> (su cuento <em>El cuento del ciego</em>); <strong>Dante; Teresa de Jesús; Quevedo</strong>; o el recuerdo de una canción de <strong>Bobby Solo</strong>, o del pintor <strong>Miquel Villà</strong>, tan apreciado por Masoliver (pp. 21, 25, 33, 35, 45, 47 y 57). Pero, además, en ese poema que empieza “Abandonado su cetro en la ceniza”, se vale del motivo del rey mendigo, que había utilizado <strong>José Agustín Goytisolo</strong>, por solo recordar un ejemplo cercano. Este tipo de poemas pedía la silva, usada con la libertad propia de esa forma, que en este caso es lo que le brota al poeta con mayor naturalidad, dado que su resonancia inunda estos versos.</p><p>Entre 2008 y 2024, Masoliver ha publicado seis libros de versos: estamos ante una madurez fértil poética, solo comparable a la de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/memoria-desobediente_1_1132679.html"  >José Manuel Caballero Bonald</a>, con quien comparte obsesiones, motivos y temas, aunque su fraseo sea distinto. En el poema que cierra el libro, “Oigo el canto del gallo”, se repite hasta en cinco ocasiones “porque estoy muerto”, para declarar tajantemente en el último verso: “porque estoy vivo”, con lo que al fin y a la postre, la vida se impone a la muerte.</p><p>En este viejo país ineficiente, España, y en el —si cabe— más ineficiente aún, Cataluña, se aprecia poco y mal que alguien sea capaz de tocar bien el violín, el oboe y el piano; por eso, <strong>Tono Masoliver </strong>sigue siendo mucho más respetado, tenido en cuenta, como crítico literario que como escritor de ficción. Espero que el tiempo ponga las cosas en su sitio, y si ello ocurre pronto, mejor que mejor. Y a ese respecto, por lo que se refiere a los reconocimientos, cómo no ha obtenido nunca el Premio Nacional de Periodismo Cultural (¿la crítica literaria en la prensa no es periodismo cultural?), ni tampoco el Ciudad de Barcelona, cuando tantos misacantanos lo han obtenido ya. Sea como fuere, para este último premio, tendrían que nombrar un jurado que supiera lo que está juzgando, circunstancia que no se ha dado a menudo.</p><p><em>Para Sònia H, Cristina FC y Gemma P, tras una comida en El salero de Ocata, en El Masnou, el 22 de noviembre del año en curso.</em></p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Dec 2025 05:01:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[El papa Francisco, Javier Cercas y la vida perdurable]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/papa-francisco-javier-cercas-vida-perdurable_1_2100479.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/06e193dc-f37c-4318-b7b8-8e7bbef4b04d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El papa Francisco, Javier Cercas y la vida perdurable"></p><p><strong>Random House, Barcelona, 2025. </strong></p><p>Este nuevo libro de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/javier-cercas-reivindica-literatura-forma-rebeldia-ingreso-rae_1_1904430.html"  >Javier Cercas</a> parte de dos novedades significativas: el cambio de editor, abandona Tusquets por segunda vez, y vuelve a Random House, donde se inicia una <em>Biblioteca Javier Cercas</em>, aunque todavía no sepamos de qué libros se compondrá; y la sorprendente decisión de escribir un libro sobre el papa, aun cuando, como veremos, abarque, en realidad, mucho más. Esta segunda decisión, me parece un difícil reto, al margen de que Cercas lo solvente con pericia y lucidez, pues no suele arredrarse ante las dificultades que presentan las grandes cuestiones de nuestro tiempo. </p><p>La salida del libro, además, ha contado con tres circunstancias que le han resultado favorables: la <a href="https://www.infolibre.es/politica/francisco-papa-desfavorecidos-cambiar-iglesia_1_1981411.html"  >muerte del papa Francisco</a> en mayo, un mes después de la aparición del libro; y, en menor medida, la publicación en enero de su autobiografía, titulada <em>Esperanza</em>, y el estreno de la película <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/conclave-ficciones-cuentan-pasando-vaticano-muerte-francisco_1_1981702.html"  ><em>Cónclave</em></a> (excelente, aunque estropeada por el rebuscado final), que de darse en abierto, parece que con resultados modestos, pasó a ser de pago, tras el fallecimiento del pontífice, con la consiguiente multiplicación de la demanda. </p><p>Me ha llamado la atención la cantidad de tonterías que se han escrito en la prensa con motivo de la muerte del papa, aunque tampoco han faltado opiniones sensatas, de gentes que saben de lo que hablan, fueran o no católicos practicantes. Si aquellos opinadores se hubieran molestado en leer el libro de Cercas, quizá nos hubiéramos ahorrado muchas de ellas.     </p><p>El título resulta intrigante. Si el papa es <em>el loco de Dios</em>, Cercas se presenta como <em>el loco sin Dios</em>, aunque al fin y a la postre, los locos de Dios por excelencia sean las monjas y sacerdotes que han elegido ser misioneros, de los que en el libro tenemos varios ejemplos. Por cierto, el nuevo papa, León XIV, lo fue en el Perú. El fin del mundo, en esta ocasión, es Mongolia. Pasemos del título a la cubierta, en la que se reproduce “la estatua ciclópea de <strong>Gengis Kan</strong>”, situada junto al Parlamento de la capital, “de una negrura intimidante (…), y recuerda a <strong>Darth Vader</strong>”, como dice el autor, y como contraste (lo negro y lo blanco, lo gigantesco y lo pequeño), la figura minúscula del Papa, vestido de blanco, que sube de espaldas por la alfombra roja de una escalera en dirección al Kan, como si se prestara a rendirle pleitesía  (pp. 223 y 272). </p><p>La siguiente pregunta se refiere a cómo hemos leído el libro. De la respuesta podrá deducirse el género. Yo, al menos, lo he leído como la crónica del encuentro de un reconocido escritor español con el papa; como la historia de un viaje, primero a Roma, a los entresijos del Vaticano, y luego a la capital de Mongolia, adonde se desplaza Cercas en agosto del 2023 siguiendo al pontífice. No lo he leído, en cambio, como una novela, ni creo en ese oxímoron que ahora llaman <em>novela de no ficción</em>; un tipo de narración para el que habría que encontrar un término más adecuado, que genere menos confusión. </p><p>En la obra, Cercas nos dice que ha querido “escribir un libro distinto, tan extravagante como fuera posible, una mezcla de crónica y ensayo y biografía y autobiografía” (pp. 62 y 86). Pero lo que tiene de crónica creo que prevalece sobre el resto, aunque no carezca de sus buenas dosis de autobiografía, pues algo nos dice tanto de su madre, como de él mismo. Sin embargo, la segunda parte, titulada “Los soldados de <strong>Bergoglio</strong>”, podría leerse como un diario que aparece estructurado en siete entradas, con sus correspondientes fechas; división que podría haberse reflejado en el índice. </p><p>Pero, además, para Cercas, nos confiesa, “escribir este libro es hacer un peregrinaje” (p. 133). Opina, asimismo, que debe ser un “libro escandaloso”, pues “un libro sobre el papa que no sea un libro escandaloso no es un libro sobre el papa” (p. 224), trabalenguas muy del gusto del autor. Y a este respecto, aprendemos no poco sobre la Mongolia posterior al <strong>Gengis Kan</strong> de las películas o de una buena serie reciente; sobre las características del país, de su capital, con el escaso número de católicos, aunque Mongolia aparece también como un mirador sobre China, si bien contemplada de reojo, pero con la intención de ser correspondidos.</p><p>De <em>thriller</em>, como se lee en la contra, creo que tiene poco, a no ser que estemos ante un thriller metafísico. ¿Se plantea el libro la resolución de un enigma: si existe la vida eterna, si tras la muerte nos encontraremos con los seres queridos? Diría que no hay tal enigma, ni tampoco importa, más allá de lo que intrigaba a la madre de Cercas, o a otros católicos fervientes, como la mía. La preocupación por <em>la vida perdurable</em> (así titulaba <strong>Narcís Comadira </strong>una notable pieza de teatro, y también ha usado el concepto <strong>Almudena Grandes</strong>), prefiero esta expresión a <em>la vida eterna</em>, no parece haberse generalizado, ni siquiera entre los católicos practicantes. </p><p>El autor, que se declara una y otra vez ateo y anticlerical, con una vez habría sido suficiente, confiesa en el libro que, tras su muerte, espera encontrarse con sus padres en el más allá. En fin, seamos creyentes o no, estaría bien poder abrazar de nuevo a los seres queridos; volver a charlar con los buenos amigos y confiar en que las gentes dañinas, las tóxicas, se estén pudriendo por fin en las calderas de <strong>Pedro Botero</strong> o, al menos, en los círculos infernales que<strong> Woody Allen </strong>nos mostró en <em>Desmontando a Harry</em> (1997). Si hay algún secreto, aunque sea imposible de desentrañar, estriba en saber quién es realmente el papa y en cómo funciona el Vaticano, más allá del conocimiento que tienen, o presumen tener, los vaticanistas. </p><p>Otra de las características destacables es que se trata de un libro de encargo. Cercas ha contado los detalles, pero si yo fuera uno de los muchos periodistas que lo han entrevistado, me hubiera gustado saber quién financió los viajes y las estancias en Roma y Mongolia; ¿o, acaso, dieron por hecho que los gastos correrían por cuenta de quien fuera a publicarlo? No me parecen preguntas impertinentes, en estos tiempos en que la gente tiene la lengua tan suelta… </p><p>El libro, se trata de un encargo que en otras manos (por ejemplo, el novelista meapilas de <em>ABC</em>) hubiera resultado un disparate, se divide en tres partes, a las que se añade un “Epílogo” y una “Nota del autor”; de entre las cuales, la segunda parte, que incluye el viaje a Mongolia, es la más extensa, con diferencia. Además, las partes se organizan en breves capítulos, lo que hace más amena la lectura. La narración se estructura mediante numerosas conversaciones, a través de las que  vamos conociendo los entresijos del funcionamiento del Vaticano y las ideas que ha defendido el papa Francisco. </p><p>Así, toda una serie de personas, bien sea en Roma, bien en Ulán Bator, adquieren cierto protagonismo: son sus acompañantes o sus fuentes, o ambas cosas, tales como <strong>Lorenzo Fazzini, Paolo Ruffini, Andrea Tornielli, Antonio Spadaro</strong>, el cardenal <strong>Tolentino</strong>, poeta portugués, <strong>Salvatore Scolozzi</strong>, el padre <strong>Ernesto</strong>, el rebelde padre <strong>Giovanni</strong>, la hermana <strong>Ana</strong>, de Kenia, y la hermana <strong>Francesca</strong>, de Camerún… A cada uno de ellos, podríamos dedicarle un comentario, sobre el papel que desempeña en esta crónica. Pero Cercas no se limita a escuchar, sino que pregunta lo que no sabe o no entiende, pidiendo que le aclaren conceptos. Así, por ejemplo, nos enteramos de qué es un consistorio (p. 364), o por dónde anda el valor de la fe, uno de los principales motivos del libro.</p><p>Si Cercas confiesa que perdió la fe, que abandonó el catolicismo leyendo <em>San Manuel Bueno, mártir</em>, de <strong>Unamuno </strong>(a quien se refiere hasta en cuatro ocasiones, a él o a sus libros) y a <strong>Nietzsche</strong>, pero algo más adelante precisa que “debieron de influir en el abandono de la fe la emigración, el desarraigo, el descrédito de la Iglesia española por su asociación con el franquismo” (pp. 45, 102, 140 y 158). Quizás haya vuelto a recuperarla; o, al menos, a apreciarla, tras sus conversaciones en Mongolia con los misioneros. Permítanme una digresión personal. Cuando yo era un joven escolar, los misioneros visitaban con cierta frecuencia los colegios; unos nos contaban sus experiencias en lugares exóticos, su entrega a los demás, mientras que otros se limitaban a narrarnos truculencias. Ni que decir tiene que lo que relataban los primeros nos producía más impacto que lo que referían los segundos. </p><p>Pero leyendo este libro de Cercas, me he preguntado si podría escribirse algo así, vivir la experiencia con sinceridad, sin convertirse en otro individuo diferente, y no me refiero a solo recuperar la fe o volver a la Iglesia. Sea como fuere, para estar escrito por un ateo confeso, por un anticlerical, se trata de un libro ecuánime y valiente, en el que no falta el humor; aunque, a veces, repite demasiado las cosas, e insiste una y otra vez en lo mismo. En una crónica de <strong>María Paz López, </strong>la excelente corresponsal de <em>La Vanguardia</em> en Berlín, antes lo había sido en Italia, ésta relataba la reunión del papa en el Vaticano con un grupo de cómicos de todo el mundo. Toda una declaración de principios. </p><p>Si sobre <em>Soldados de Salamina</em> llegaron a soltarse todo tipo de juicios sesgados, de disparates; éste parece transitar por el mismo camino. El nuestro es un país en el que la gente se atreve a opinar no solo de lo que no sabe, sino también sobre libros que no ha leído, como es el caso de la periodista<strong> Marta Nebot</strong>. En opinión de esas gentes, hay temas que no pueden tocarse sin quedar uno manchado. A lo que cuenta Cercas se le pueden poner pegas, como a la obra de cualquier otro escritor, pero lo que ha demostrado es que, escriba sobre lo que escriba, siempre lo hace con libertad.    </p><p>El papa Francisco no ha llevado a cabo revolución alguna en la Iglesia, ni hubiera podido hacerla, pero creo que tampoco es la misma tras su papado. En este libro se cuenta, a veces con detalle, los estertores de la vida de un papa, con sus aciertos, muchos, y desaciertos, bastantes menos. No parece un mal balance, teniendo en cuenta la responsabilidad y trascendencia del cargo que ocupa. Tampoco faltan las críticas a la Iglesia católica como institución, sobre todo al clericalismo y al constantinismo. A los que no somos practicantes, aunque hayamos sido educados en el catolicismo y respetamos y apreciamos su cultura y arte,<strong> Juan Pablo II</strong>, en ocasiones, llegó a irritarnos; <strong>Benedicto XVI </strong>nos dejó indiferente; y <strong>Francisco </strong>nos ha parecido el mejor papa posible, logrando que nos interesáramos por lo que decía y hacía, y por cómo lo hacía. Es mucho.    </p><p>A veces, como ocurre en esta ocasión, de los encargos puede salir un buen  libro. Siempre he pensado que Javier Cercas es mejor cronista (<em>Anatomía de un instante</em>, <em>El impostor</em>), además de excelente articulista, que novelista, pues las artes de la novela, su pericia como narrador, funcionan mejor cuando cultiva la crónica. Y este juicio, que conste, no supone rebajarlo en absoluto, pues no creo en la jerarquía de los géneros, sino en sus aciertos. Así, quizá la mayor virtud del libro sea que nos haya permitido entender mejor no solo al papa, sino también los entresijos de la Iglesia, la sala de máquinas del Vaticano. Da vergüenza tener que aclararlo, dada lo tontería imperante, pero a algunos nos siguen interesando las cuestiones que aquí trata Javier Cercas.  </p><p><em><strong>*Fernando Valls</strong></em><em> es catedrático de Literatura Española y crítico literario. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 20 Nov 2025 05:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El papa Francisco, Javier Cercas y la vida perdurable]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Marcos Giralt Torrente: parte de una historia, o una novela de retratos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/marcos-giralt-torrente-parte-historia-novela-retratos_1_2092790.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/639c7157-e74a-485e-8fe3-caa82f4b0fb4_16-9-discover-aspect-ratio_default_1020455.jpg" width="1605" height="903" alt="Marcos Giralt Torrente: parte de una historia, o una novela de retratos"></p><p><strong>Anagrama, Barcelona, 2025.</strong></p><p>Algunos editores tienen la costumbre, casi siempre  innecesaria y poco habitual, de mandarte, con el libro, una carta en la que ponderan su calidad. Esas misivas tienen escaso crédito, con algunas contadas excepciones. Recuerdo la carta de <strong>Beatriz de Moura</strong> llamando la atención sobre el interés de <em>Juegos de la edad tardía</em>, novela de un desconocido <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/odio-amor-libros-luis-landero-cultura_1_1218380.html"  >Luis Landero</a>; a la que ahora podemos añadir la que <strong>Silvia Sesé</strong>, editora de Anagrama, nos envía. Se trata de un muy atinado análisis sobre las características y valores del libro de <strong>Marcos Giralt Torrente</strong>, que comparto de pe a pa... Nos anticipa que el libro tiene algo de novela, de biografía familiar, como así es, en el que el pasado no se reconstruye con certezas, sino con preguntas y reflexiones sobre los sucesos y la conducta de los personajes, que fueron antes personas. Es un tipo de paratexto que apenas se tiene en cuenta, pero que en casos contados puede ser muy significativo, como ocurre en el caso que nos ocupa. </p><p><em>Los ilusionistas</em> es un libro completamente independiente, pero creo que se entenderá mejor si uno ha leído<em>Tiempo de vida</em> (2010), sobre el padre del autor, el pintor <strong>Juan Giralt</strong>, y <em>Algún día seré recuerdo </em>(2023), título de la estirpe de los de <strong>Javier Marías</strong>, en el que empezamos a conocer a algunos de los personajes de este nuevo volumen, dada la buena mano que el autor tiene para el retrato, pues anticipa parte de sus historias, y en él apreciamos lo bien que lee la literatura y reflexiona sobre el arte. </p><p>Pero volvamos a <em>Los ilusionistas</em>, título que creo que se refiere a aquellos que viven de ilusiones, entre mitificaciones y leyendas, pero también a quienes nos ilusionan. A la oportuna cita inicial de <strong>Perec </strong>(“Escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble y porque su rastro es la escritura”) le sigue una breve “nota” y ocho capítulos, en los que Giralt Torrente se ocupa, en el primero, de sus abuelos maternos; en el segundo, en cambio, el protagonismo va pasando de los abuelos al autor; mientras que el tercero, titulado “Una vida literaria”, trata de su tío,<strong> Gonzalo Torrente Malvido</strong>, <em>Gonga</em>; por su parte, la abuela materna, <strong>Josefina Malvido</strong>, es el centro del cuarto capítulo; el quinto lo dedica a su tío Javier, el menor de los hermanos; la visión de <strong>Gonzalo Torrente Ballester,</strong> el abuelo, se completa en el sexto; en la tía <strong>M., Marisé</strong>, la mayor, y su marido el tío Z. (<strong>Julio Zachrisson</strong>), un pintor panameño, asoman en el sexto capítulo, aunque en un momento dado, el autor narrador pasa a hablar de Marisa, su madre (p. 198); y en el octavo se centra en ella, el único personaje que está vivo. Claro que en todos estos apartados se cuentan historias, detalles, y aparecen alusiones al resto de los protagonistas. Componen, pues, un retablo familiar bastante exhaustivo.</p><p>En el libro se nos cuenta la historia de su familia, los Torrente Malvido, los cuatro hijos que el escritor <strong>Gonzalo Torrente Ballester</strong> tuvo con<strong> Josefina Malvido</strong> (Marisé, Gonzalo, Marisa y Javier), su primera mujer. Dos de ellos alcanzaron cierta notoriedad: Gonzalo y su hermana Marisa, la madre del autor, por sus actividades como galerista y por la presencia social en los años que duró la llamada <em>movida madrileña</em>. </p><p>La otra voz protagonista, la interlocutora del narrador, es la de la madre (ella es quien aparece en la cubierta, de cara y de espaldas), e incluso podría decirse que el libro le rinde homenaje, como reconoce en las líneas finales. Quizá por ello apenas aparezca la mujer de <strong>Giralt Torrente,</strong> sí en cambio su hijo, al que ya vimos en la cubierta del libro del 2023, jugando con su padre. El libro utiliza un tono reivindicativo, respecto a la segunda familia que formó <strong>Torrente Ballester</strong>, con la que tuvo siete hijos más. Entre ambas, no faltaron pleitos y desavenencias, debido a la herencia del padre y a los derechos de sus obras, por fortuna finalmente zanjadas.</p><p>Una de las primeras preguntas que se formulará el lector es quién narra: si el autor, otra voz, o hasta qué punto se identifica la voz del autor con la del narrador. La respuesta es importante porque el peso de esa potente voz lo condiciona todo. Después quizá también se pregunte -yo, al menos, lo he hecho-, si está ante una novela o ante un libro de memorias; qué tiene de memorias y qué, de relato de ficción; y en qué momento lo que puede parecer un libro memorialístico se convierte en una novela. Desde luego, tal y como están construidas estas páginas podemos observar diferencias con la denominada <em>autoficción</em>, que con demasiada frecuencia peca de un narcisismo oportunista. </p><p>Así, podría decirse que hace de la necesidad virtud, pues, al no poder citar las cartas de sus abuelos, por una cuestión de derechos, noveliza el relato, proporcionándonos una versión en la que permanezca el significado; consciente de los engaños de la memoria (“No contaba con que la memoria que ha sido artificiosamente contenida, al estimularse, encabrita ecos que la escritura embrida de imprevistas maneras”, p. 180); tal y como se trata en su novela <em>París</em> (1999), reconoce que ha “mezclado sin querer recuerdos de años diferentes”, pero consciente de que “la ficción engaña”; si bien más adelante se da cuenta de que “este relato, aunque en primera persona y basado en mis recuerdos, no se diferencia de los que escuchaba de niño”, aunque es consciente de algunos olvidos; se reconoce “afecto al virus familiar de completar los huecos inacabados, de la realidad”, por lo que hace suyos algunos de los relatos que le cuentan; y, a este respecto, confiesa: “intento apartar la maleza para trazar a tientas mi propio camino en el relato”. Por último, tras un diálogo con su madre, el autor/narrador reconoce: “Mi madre no habla así. Mi madre es menos categórica, pero este diálogo lo estoy inventado” (pp. 16, 70, 74, 78, 118, 172 y 241). En suma, los mecanismos de funcionamiento de la memoria, los recuerdos y las necesidades narrativas lo encaminan a la ficción, a la novela, sin que por ello se pierda aquí el gran peso de la memoria.   </p><p>Lo primero que llama la atención es que se trata de un relato autocrítico, tono que le proporciona credibilidad a las visiones que nos proporciona de su familia. Pone en escena a un conjunto de personas con tintes novelescos, que no siguen las habituales convenciones sociales, por lo que casi todos ellos suelen pagar un precio. Si vale la pena o no, podrá decidirlo el lector. Como seres heterodoxos, se prestan al retrato, que aquí resulta siempre bien perfilado en sus diversos tonos.</p><p>Una de las singularidades del estilo —Giralt Torrente cuenta muy bien (hoy ya no es tan obvio constatarlo)— estriba en cómo construye ciertas frases mediante el ritmo reiterativo, y cadencioso, más propio de la ficción que de las memorias. Pueden verse ejemplos en las siguientes páginas: 38 y 39 (lo utiliza para clasificar las cartas de sus abuelos), 61 (para referirse a sus bisabuelos), 66-67 (para mostrarnos lo que ocurría en su mundo y en el de sus padres), 69 y 70 (para insistir en que recuerda), 75 (en lo que añora), 90 (para encabezar cinco brevísimos párrafos con la palabra <em>luego</em>, insuflándoles temporalidad), 97 y 98 (la repetición de la palabra <em>falta</em>, hasta en diez ocasiones), 104 (los reproches a la conducta de su tío, Gonzalo Torrente Malvido, valiéndose de diversas formas del verbo ser: <em>fuimos</em>, <em>fueron</em> o <em>fue</em>), 109 (<em>Yo nací…</em>, <em>yo conocí…</em>, <em>yo aprendí…</em>), 110 (cuatro párrafos que empiezan por <em>si…</em>, ejemplo de la utilización de la historia contrafáctica), 115 (cuatro párrafos seguidos que empiezan, en cursiva, por <em>Mamá era muy especial…</em>), 123 y 124 (diferencias entre <em>él…</em> y <em>ella…</em>, sus abuelos maternos, fórmula que se repite hasta en quince ocasiones), 155 y 156 (el sexto capítulo comienza con cinco significativos <em>Sé qué…</em>, que –en ocho ocasiones- se reducen a qués…, cinco de los cuales nos dice <em>que era…</em>), 182 y 183 (hasta en diez ocasiones nos dice que <em>comprende</em>…), 202 (las reacciones de su tía M., con la salud quebrada, <em>si oye…</em> los nombres de sus escritores preferidos), 227 y 228 (las maneras antagónicas de ser, <em>yo…</em> y <em>ella…</em>, el autor/narrador y su madre), 239 (diez párrafos seguidos que comienzan por <em>Mientras…</em>), 240-245 (cinco apartados del último capítulo empiezan con un enfático: <em>Mamá…</em>/ <em>¿Qué?</em>), 247-249 (quince párrafos seguidos arrancan con un <em>Seguramente…</em>), a los que siguen otros trece que se inician con un <em>O…</em> (249-250). Disculpen lo prolijo de la explicación, pero me parecía importante para mostrar esa faceta de su estilo, toda una concepción de la prosa, de sus posibles cadencias.</p><p>En diversas ocasiones alude a sus libros anteriores, sobre todo a <em>París </em>(1999), y en menor medida, a <em>Entiéndame</em> (1995), <em>Tiempo de vida</em> (2010) y <em>Algún día seré recuerdo</em> (2023). Tienen una cierta presencia <strong>Bergamín</strong>, su <em>falso abuelo</em>, como lo llama en el libro del 2023 (pp. 69, 74 y 204) y Unamuno (p. 17), como maestros tutelares. Y también desempeña cierto papel lo que el relato tiene de historia contrafáctica, hipótesis que el narrador anuncia en diversas ocasiones: <em>y si…</em>, <em>qué hubiera pasado si...</em>, <em>cómo seríamos si... </em>(pp. 110, 128, 232 y 252).</p><p>Nos quedamos con las ganas de saber quiénes eran determinados personajes, a los que no nombra, pero que mantienen algún tipo de relación con los protagonistas: ¿quién fue el escritor del descapotable, novio de su madre, cuyo matrimonio se frustró? (pp. 226, 229 y 232); quién era la agente literaria de su abuelo que impidió la publicación de las cartas con su primera mujer (p. 237); o qué grupo editorial patrocinaba un programa de radio en el que trabajó su madre (p. 228). Otros, creo que hemos conseguido saber quiénes son, como ocurre en el caso de C.O., amigo de su tío <strong>Gonzalo</strong>, que no es otro que el poeta colombiano<strong> Carlos Obregón</strong>, que se suicidó en Madrid con 33 años, la simbólica edad de Cristo, cuando muere en la cruz (pp. 60 y 98). Y más que fáciles, por conocidas, son las alusiones a <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/jose-teruel-no-hay-ejemplo-literatura-espanola-siglo-xx-cantidad-intereses-intelectuales_1_1967382.html"  >Carmen Martín Gaite</a>, pareja ocasional de su tío Gonga (p. 99).  </p><p>Creo que puede leerse también como la crónica de una época, y como una novela de formación, de iniciación, la del propio autor, sobre cómo vivían los hijos de una generación de artistas, de gentes implicadas en la vida cultural de la Transición. O acaso podría leerse como yo prefiero: como una <em>novela de retratos</em>. E incluso como la historia de una saga familiar, con semejanzas y diferencias con los <strong>Baroja</strong>, los <strong>Maeztu</strong>, los <strong>Sánchez Mazas Ferlosio</strong>, los <strong>Panero</strong>, los <strong>Goytisolo </strong>o los <strong>Marías</strong>. En cualquier caso, este libro obliga a rehacer la biografía de <strong>Torrente Ballester</strong>. Pero, además, si Gonzalo Torrente Malvido le dedicó un libro a su padre,<strong> Marcos Giralt,</strong> tras ocuparse de <strong>Juan Giralt</strong>, el suyo, nos presenta ahora a su abuelo y a su tío, completando así el círculo familiar. </p><p>En un momento dado, durante el capítulo octavo, confiesa que “este es solo en parte un libro que alguna vez quise escribir y no escribiré ya.// Durante un tiempo iba a ser la historia de una familia, lo que pudo ser y no fue y lo que se perdió. Pero también iba a ser una historia de redención, con vencedores y vencidos, donde restauraría el relato que los vencedores habían ocultado. Ocurría que yo pertenecía a la estirpe de los vencidos…” (p. 235). Sea como fuere, el empeño parece cumplido de la mejor manera posible.</p><p>Vuelvo a aspectos materiales, más prácticos. Me hubiera gustado ver reproducidas algunas fotos de los protagonistas o aquellas que se describen en el libro (pp. 14, 112, 119, 164, 247 y 248). ¿Tanto hubiera encarecido la edición? Estamos ante una narración difícil de armar, por lo espinoso del tema, y por las decisiones que ha debido de ir tomando el autor sobre el tono, el orden de los capítulos o el lenguaje más adecuado, cuestiones bien resueltas. </p><p>Se trata, en mi opinión, de uno de los mejores libros del año.</p><p><em><strong>*Fernando Valls </strong></em><em>es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 06 Nov 2025 05:01:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <title><![CDATA[Juan Mayorga: si una noche de insomnio un viajero…]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/juan-mayorga-si-noche-insomnio-viajero_1_2084976.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cbf379ac-6aae-4e8a-93fe-41621e3b3735_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juan Mayorga: si una noche de insomnio un viajero…"></p><p><strong>La uña rota (Segovia. 2025)</strong></p><p>La crítica suele ocuparse de la representación teatral, pero solo en raras ocasiones de las obras escritas. El teatro literario también debería ser tenido en cuenta por la crítica. En esta ocasión he partido del montaje de <em>La cacería humana</em>, de <strong>Juan Mayorga</strong>, y lo he completado con la lectura del texto, como suelo hacer siempre. Creo que no he visto nunca un montaje teatral sin haber leído a continuación el texto, si lo hubiere.</p><p>La singularidad principal de la puesta en escena que he visto este mes de octubre en el Instituto Cervantes de Berlín consistía en que el mismo autor interpretaba todos los papeles, con resultados notables, aunque confesó no considerarse actor, cuando lo habitual era que lo hicieran tres actores. Además, tuvimos la fortuna de que al acabar la representación hubiera un coloquio en el que participó el autor, su traductora alemana y los espectadores.  </p><p><em>La cacería humana</em> se estrenó en Madrid, el 17 de noviembre del 2023, en la Sala Cuarta Pared, dirigida por el autor. En el 2024 se hizo un nuevo montaje en La Fábrica de Armas de Oviedo, dirigido en esta ocasión por <strong>Luz Arcas</strong>, e interpretado por <strong>Mayorga</strong>. Como hemos indicado la obra apareció publicada en La uña rota, editorial que, tras casi treinta años editando libros de teatro, acaba de ganar con todo merecimiento el Premio Nacional a la mejor labor editorial que concede el Ministerio de Cultura. Aunque se le anticipó una versión reducida que publicó el diario El Mundo. </p><p>Como decía, en el montaje que yo he presenciado el autor representaba todos los papeles, convirtiendo los diálogos originales en una especie de soliloquio: el viajero insomne, el oso y el tigre (en una primera versión se trataba de un mono)... Voy a empezar comentando el texto y, al final, dedicaré algunas breves consideraciones al montaje.</p><p>La pieza, en su versión escrita, se compone de nueve partes breves, sobre todo las dos últimas, y una mucho más extensa en la que se recoge el interrogatorio que el oso y el tigre le hacen a algunos de los viajeros del barco. Ambos animales, en una inversión de los papeles tradicionales, se hacen con el poder; no en vano, el tigre pregunta amenazante si sabemos qué cantidad de carne diaria necesita comer... (pp. 28, 34). </p><p>Quien narra los hechos es, pues, un viajero que durante la travesía que lo lleva de Sicilia a Nápoles padece insomnio, que aprovecha para reflexionar sobre lo que ha visto y contarnos los sucesos que están ocurriendo en el barco. Sobre todo, el simulacro, que se anuncia mientras se celebra un baile de carnaval, el cual propicia el motín de los animales. En fin, a un simulacro le sucede otro. El caso es que el punto de partida es semejante al que vivió el autor en un viaje real, pero, además, era también el de <em>Famélica</em> (2015), otra obra del autor, aunque no la única de sus piezas, como veremos, de las que aparecen resonancias en <em>La gran cacería</em>. </p><p>La acción transcurre en el Mediterráneo, un espacio legendario, mítico, muy presente en la realidad actual, entre el ayer y el hoy, sin que falte el misterio, el humor o la tragedia que padecen miles de personas que buscan una existencia mejor, lejos del hambre y de las guerras, arriesgando su vida al viajar en unas frágiles embarcaciones. Por todo ello, Mayorga nos recuerda la pregunta -actúa como un motivo conductor en la obra- que Walter Benjamin se hacía en los años 30 y que hoy sigue siendo pertinente: “¿De verdad hay alguien que pueda dormir?”, o sus variantes en la obra de Mayorga: `qué os quita el sueño´, `qué os impide dormir´, nos interpela (pp. 9, 10, 19, 23, 32 y 38). Creo que no es necesario aludir, no lo hace el autor, a Ucrania y Gaza, a <strong>Putin </strong>y <strong>Trump</strong>. Preguntas que se hacía también el comandante nazi en <em>Himmelweg</em> (2002), dirigiéndose al público: “¿Quién puede dormir hoy en día? ¿Quién puede dormir con tantos trenes viajando en la noche?”. De cuestiones como esas -ha confesado el autor- parte el proceso de escritura de la pieza.</p><p>Pero no es la única pregunta que surge en la obra. Y que formula el personaje, quien nos invita a que la respondamos. La otra sería la pregunta que se planteó <strong>Goethe</strong>: “cómo se relaciona uno con las cosas sin ninguna intención”, o sea, de manera desinteresada, sin pretender, más que esperar, nada a cambio; ¿y `con las palabras´, puede relacionarse uno sin intención? En la carta que una mujer angustiada le da al narrador para que se la entregue a su padre, en el caso de no sobrevivir, reconoce que “no es hora de esconderse detrás de las palabras” (pp. 9, 10, 20 y 37). </p><p>El viajero interpela en diversos momentos a los espectadores/lectores, a quienes trata como si también padecieran de insomnio (pp. 10, 12, 15 y 17). Lo cierto es que recuerda imágenes que ha visto en Sicilia, sin que haya podido borrarlas de su memoria. Sobre todo, unos mosaicos en los que aparecían dos barcos que transportaban animales. En el que encontró en la catedral de Monreale, se cuenta la historia del arca de <strong>Noé</strong>; en el otro, que vio en una villa romana de Casale, titulado “La gran cacería”, se representan fieras capturadas en África y Asia, destinadas a los espectáculos que se ofrecían en los anfiteatros del Imperio romano, en el Coliseo. Son escenas bellas, documentos de cultura, pero también documentos de barbarie, según los calificó <strong>Walter Benjamin,</strong> de violencia y colonialismo. Como puede observarse en la escena en que un hombre va a golpear al otro, quizá con un látigo. </p><p>Las frecuentes alusiones culturales, en suma, matizan y ensanchan lo que se nos dice en la obra. Pueden ser las ideas de <strong>Platón </strong>(pp. 17 y 19); el “Duelo a garrotazos”, de <strong>Goya </strong>(p. 16); el <em>Viaje a Italia</em>, de <strong>Goethe</strong>, que el personaje va leyendo antes de llegar a un lugar, y las <em>Conversaciones con Eckerman</em>, y más en concreto, su teoría de los colores (pp. 9, 11, 13, 14, 20, 22, 26 y 31-33); y al recordar que en el mosaico titulado “La gran cacería” aparecía un grifo, “ese ser compuesto de águila y león”, le viene a la mente el personaje de Segismundo, de <em>La vida es sueño</em>, de <strong>Calderón</strong>, “`compuesto de hombre y fiera´ se llama a sí mismo aquel a quien su padre engañó con un simulacro hasta que no supo distinguir la vida y el sueño” (p. 19); e ideas que popularizó <strong>Borges</strong>, por las que el tigre, con cierta ironía, comenta que para los hombres “todos los osos son más o menos el mismo oso y todos los tigres el mismo tigre”, o cuando el llamado <strong>Philip Mölle</strong>r, nombre con el que <strong>Goethe </strong>viajó a Italia, le espeta al tigre que “en el fondo, todos los seres somos el mismo” (pp. 30 y 33).  </p><p>Al insomnio del viajero se une, en un momento dado, el simulacro de evacuación de la nave, un intervalo de tiempo de confusión y duda que el mono y el tigre aprovechan para hacerse con el control del barco y -en un capítulo oxigenante, en el que no falta el humor- para interrogar a algunos pasajeros, en busca del capitán que conduzca la nave a buen puerto.</p><p>La pieza se cierra con la bella y mítica imagen de “Il Tuffatore” que aparece hacia la mitad y al final de la obra, en los capítulos 5 y 9. Así, en la frase final nos dice <strong>Mayorga </strong>que “quizá el esclavo y el hombre del látigo se encontraron en medio de la catástrofe. Pero el esclavo tuvo tiempo de desnudarse y, desnudo, se lanzó al agua” (pp. 18 y 42). En las ruinas de Paestum se halla “La tumba del nadador”, una imagen en la que un hombre desnudo se lanza de cabeza al agua. </p><p>Con la interpretación que Mayorga hace de esa imagen, se suma a una tradición que pasa por el poema que le dedicó <strong>Eugenio Montale</strong> (“Il tufattore”), traducido al castellano por<strong> José Ángel Valente</strong> (“Salto e inmersión [Il tufattore]”), o por otros dos poemas en nuestra lengua, obras de <strong>Ricardo Defarges</strong> (“Paestum”) y <strong>Alejandro Duque Amusco</strong> (“Exvoto”, del libro <em>A la ilusión final</em>). </p><p>Destaca en la pieza la sobriedad del estilo de la prosa, el más adecuado para la historia que se cuenta, pero a veces, mediante repeticiones, le impone un ritmo marcado que le sirve, además, para proporcionarle un énfasis especial a lo que nos quiere decir (pp. 15, 16, 19, 22 y 23). A este respecto, debe verse el capítulo final, en el que tras cuatro “pienso” (a dos <em>pienso que</em>, le siguen otros dos <em>pienso en</em>), con los que empieza la frase, concluye con otros cuatro “quizá” que dejan abierto el desenlace.</p><p>Mayorga dedica la obra a sus tres hijos, quizá porque “Hablar con un hijo es lo más difícil del mundo” (p. 38); no en vano el viajero intenta hablar con su hijo por teléfono sin conseguirlo. En el colofón se nos recuerda que <em>La cacería humana</em> se imprimió doscientos cuarenta años después de que <strong>Mozart </strong>compusiera en Viena “La violeta”, canción para voz y piano, utilizando un poema de <strong>Goethe</strong>, al que le añadió dos frases para formar sobre ellas una coda.  </p><p>Respecto a la puesta en escena, el vestuario, la iluminación y el espacio sonoro resultaron sencillos y austeros, adecuados para la historia que se escenificaba. El actor recorría el escenario, andaba de acá para allá, con gestos medidos, discretos, incluso a veces hieráticos (en un momento dado era Yahvé, p. 18, y en otros, es un tigre o un oso) y mirada cómplice, para que los distintos elementos de la representación estuvieran al servicio, nutriendo, lo que decía el texto. </p><p>El autor ha contado que la historia tuvo su origen en una experiencia real, en un viaje con su familia: en las visitas que hicieron y en el impacto que le causó la visión de los mosaicos. Es necesario destacar también la versatilidad de una pieza que se ha concebido -ha confesado Mayorga- a partir de una investigación artística que debía estar en constante evolución, y así ha sido hasta ahora; no en balde, puede dirigirla e intepretarla el autor, u otros directores o actores (como hizo el británico <strong>Will Keen, Ana Lischinsky</strong> y <strong>Francisco Reyes</strong> en el estreno; o <strong>Alberto San Juan</strong> en otra versión); dadas sus características (muy pocos papeles y una escenografía que puede simplificarse, e incluso ser un mero espacio vacío), no es difícil encontrar un espacio donde pueda ser representada; y, por último, como consecuencia de todo ello, el público suele estar muy cerca del actor, con las ventajas e inconvenientes que ello supone para ambos, aunque cuando la representación funciona (cuando el actor está bien y los espectadores no parecen pintados) se convierte en un rito inolvidable. Más allá del asunto concreto del que se ocupa la obra, <strong>Juan Mayorga</strong> nos mostró cómo puede tratarse con sutil complejidad un tema de actualidad candente, recordando su pasado remoto e insinuando un presente trágico.</p><p><strong>Mayorga </strong>considera que la cultura debe ser una herramienta transformadora que se ocupe de todo aquello que atañe al ser humano; que es necesario actuar para embellecer y concienciar al espectador; y que el teatro nos ayuda a resistir, pues tiene una extraordinaria capacidad para fijarse en cosas a las que no solemos prestarle atención, nos da que pensar y nos incita a hacernos menos dóciles (véase, al respecto, la entrevista de <strong>Juan Beltrán</strong>, <em>La razón</em>, 16/XI/2023). </p><p>P.S. Que <strong>Juan Mayorga</strong> le haya dedicado la pieza también a <strong>Guillermo Heras</strong>, muerto en el 2023 (“fue una persona absolutamente decisiva para que yo continuase en el teatro”, confiesa en la entrevista citada), con quien conversé por última vez en el Radial System, de Berlín (un espacio polivalente, dirigido entonces por <strong>Sasha Waltz</strong>, en el que se representa teatro, danza, música clásica, contemporánea o jazz, incluso en donde se baila tango), no es lo menos emocionante de todo lo que tiene que ver con esta afortunada obra.</p><p><em><strong>*Fernando Valls </strong></em><em>es catedrático de Literatura Española y crítico literario.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Oct 2025 04:00:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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