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Democracia en serio

Publicada 02/06/2016 a las 06:00 Actualizada 01/06/2016 a las 22:26    
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Tantos comités electorales, direcciones ejecutivas y asesores políticos no pueden equivocarse, así que probablemente el error es mío. Uno pensaba que lo ocurrido tras el 20-D podía servir de aviso a navegantes osados, a candidatos sin escrúpulos y a vendedores de humo. Pero no. Todo indica que en algo están de acuerdo los más rancios representantes de la llamada vieja política y los más audaces ideólogos de la nueva: la 'recampaña' electoral se juega a base de pantallazos y de clics. Debatir a fondo sobre los problemas de la gente y las posibles soluciones interesa nada a unos y bastante poco a otros. Pese a la evidencia sociológica de que asistimos a un tiempo nuevo en los modos de participación democrática y en los niveles de exigencia a la política, parece que lo que nos espera este mes de junio es una campaña para besugos, dirigida fundamentalmente a que los más afines muevan el trasero o el ratón, no tanto a convencer a quienes dudan o a quienes reclaman más respuestas y menos eslóganes.

Hemos asistido durante meses al machacón mensaje de que volver a las urnas sería "un fracaso"; España no podía "permitirse unas nuevas elecciones", con "un gasto insoportable", etcétera, etcétera, hasta el punto de que se extendió de nuevo la demagogia antipolítica que tasa como derroche todo lo que comporta el ejercicio democrático, mientras considera riguroso y austero el aprovechamiento de recursos públicos en beneficio de negocios privados. Hasta se convocaron reuniones entre los principales partidos con el objetivo de diseñar una campaña electoral que diera prioridad al ahorro, sin acuerdo destacable alguno.

Habría sido lógico pensar que esta vez nadie discutiría la necesidad de recortar el gasto en correo, mítines, cartelería, vallas, anuncios, luces y sonido para emocionar a militantes o simpatizantes ya convencidos y emocionados. Y que la fórmula más democrática, transparente y barata de contar a los electores los argumentos de cada candidatura es la de los debates en directo. A dos, a tres, a cuatro, a cinco... Cara a cara o polifónicos. Monográficos o multitemáticos. En una cadena de televisión, en dos o en tres; desde una universidad pública o desde la asociación de vecinos de un barrio de cualquier ciudad. Aunque muchos expertos sostengan que los debates apenas mueven votos, convendría que ganáramos la suficiente experiencia para confirmarlo.

Pero no quieren. Los partidos mayoritarios, viejos o nuevos, buscan excusas para culpar al otro, aunque sea especialmente evidente y hasta ofensivo el desprecio de Mariano Rajoy por los debates. Y su hipocresía argumental a la hora de negarlos. En diciembre, sólo se prestó a sentarse frente a Pedro Sánchez, como representante de la segunda fuerza parlamentaria, y envió a Soraya Sáenz de Santamaría a debatir con aspirantes (Pablo Iglesias y Albert Rivera) que para él sólo figuraban en las encuestas. Ahora se niega a debatir con Sánchez porque “habría que comprobar si aún es segunda fuerza, a juzgar por lo que dicen las encuestas”. Y sólo acepta el debate a cuatro pactado para el 13 de junio.

Rajoy no es excusa

Tienen razón Sánchez, Iglesias y Rivera cuando acusan a Rajoy, pero no es excusa para esquivar otros debates. Al contrario. Si los tres candidatos accedieran a discutir a fondo cuanto haga falta y en distintos foros (sin aceptar emisarios de la segunda fila del PP), a mitad de campaña seguramente Rajoy parecería un loco caminando rápido y solo por la acera. Demostrarían tomarse en serio al electorado si estuvieran dispuestos a debatir de forma monográfica, por ejemplo, sobre el modelo fiscal que plantean para España, o las alternativas que presentarán ante la Comisión Europea sobre el déficit público y los ajustes que exige, o las propuestas concretas sobre Cataluña y el modelo de Estado, o sobre el mercado de trabajo y las fórmulas que frenen la precariedad y reduzcan la desigualdad…

Sería más que interesante un cara a cara, o varios, entre Sánchez e Iglesias para concretar las diferencias, las semejanzas y las posibilidades de acordar un modelo de país desde unos principios socialdemócratas de los que ambos presumen. ¿Comparten PSOE y Podemos los ejes de ese "nuevo progresismo" que el profesor Antón Costas defiende como "fuerza benigna" que evitará que Europa vuelva a arder? Sería muy oportuno que explicaran (cara a cara) a sus electorados potenciales qué les separa exactamente de un acuerdo de gobierno y adquirieran compromisos básicos de pacto para salir del bucle de la gestión de la culpa por la repetición de elecciones. Como tendría toda la lógica política (que no el interés táctico) un cara a cara entre Rajoy y Rivera si de verdad quisieran disputarse con argumentos el electorado conservador. Y si nos jugamos tanto ante la hoja de ruta soberanista, ¿por qué no un debate monográfico entre constitucionalistas, federalistas y nacionalistas sobre las opciones de futuro?

Es obvio que todos prefieren acudir en solitario, uno por uno, con protagonismo absoluto, a la cocina de un famoso (con cuentas en paraísos fiscales), o responder a un simpático y artificial cuestionario formulado por niños, o convivir a ratos durante uno o dos días con el equipo de un magazine. Todo muy entretenido y hasta útil para conocer mejor a cada personaje. Pero para nada sustitutivo de debates en los que se aborden con detalle y repreguntas las múltiples dudas de la ciudadanía sobre el presente y el futuro. Lo de Iglesias y Rivera con Jordi Évole es una excepción que se explica por el mérito del periodista y por el interés común de los protagonistas: ejercer como "fuerzas del cambio" frente a PP y PSOE. 

El PP ha elegido como lema principal de su campaña un leve retoque del anterior: 'Ahora más que nunca, España en serio'. ¿En serio? Sería extenso el listado de motivos por los que uno considera que tomarse un país en serio desde la política significa no mentir; no prometer rebajas de impuestos mientras se anuncia por escrito al presidente de la Comisión Europea que habrá nuevos ajustes después del 26-J; y asumir responsabilidades cuando la corrupción te llega al cuello.

Tomarse en serio la democracia se demuestra debatiendo sin trampas ni cortapisas. Todos los días, más aún en campaña electoral, y no únicamente el día que juega al fútbol la selección española. Con argumentos y datos, no sólo con eslóganes, clics, vídeos y pantallazos. Si Rajoy se niega a debatir, háganlo los demás en lugar de limitarse a la queja. O pensaremos que prefieren la política-espectáculo antes que tomarse en serio la democracia.

P.D. Este viernes se estrena 'Política, manual de instrucciones', el documental en el que han trabajado durante meses el cineasta Fernando León de Aranoa y el periodista Jacobo Rivero. No es sólo una historia sobre los orígenes y la evolución de Podemos, en la que se reflejan las crisis que ha atravesado, las tensiones internas, el peso estratégico de Íñigo Errejón o la obsesión de Iglesias por lo que "funciona" en términos de comunicación política. Es sobre todo una reivindicación del debate de ideas como motor imprescindible para la vitalidad democrática. Ojalá surjan trabajos similares sobre la 'cocina' de otros partidos políticos. 

EL AUTOR Correo Electrónico


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