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El rincón de los lectores

Supongamos que hablo de Chirbes (P.M.)

Portada de 'En la orilla', de Rafael Chirbes.

Carmen Peire

Supongamos que hablo de un Rafael Chirbes niño, con solo una hermana mayor y a quien su madre decide enviar a un internado para huérfanos ferroviarios, con apenas ocho años, al morir su padre. Aprendió a leer antes, a los tres, por empeño de ese padre peón ferroviario, para que su hijo tuviera más oportunidades. El libro con el que aprendió lo ha conservado toda su vida. Me lo imagino pequeño, delgado y asustadizo, con la mirada gacha, como les pasa a los que vivieron en internados. Supongamos también por añadidura que mamó la derrota sobre una victoria impuesta, lo que no contaba casi nunca por pudor, punto común en todos los de la cáscara amarga.

Supongamos que ahora hablo de un Rafael Chirbes joven, que llega a Madrid para estudiar, comparte piso y entusiasmo con otros estudiantes, se matricula en la facultad de Filosofía, en su caso, Historia. Y como no podía ser menos en aquella época de dictadura, con los grises en el campus y la esperanza en cada paso, militó mientras estudiaba. Fue detenido. Me lo imagino en aquellas sesiones de interrogatorios, digamos que duros, en los sótanos de la DGS (Dirección General de Seguridad, para los jóvenes que no lo sepan) temblando como haría también en el internado. De todo ello casi nunca hablaba y cuando lo rememoraba era con humor, como un episodio pasajero. Si lo mencionaba alguien, miraba por un instante a los ojos para bajarlos después, soltar una medio sonrisa y algo así como “bueno”, dándole más o menos la misma importancia que si hubiera ido a comprar el pan al pueblo de al lado. Porque para él fue más importante la etapa de alfabetización que hizo por barrios, fuente de aprendizaje en aquellos años, inspiración de personajes, acaso necesidad de devolver algo de lo que un hijo de peón ferroviario tuvo la fortuna de aprender y estudiar.

Supongamos que Rafael Chirbes es ya un licenciado que empieza a buscarse la vida, consigue trabajar en la librería de la Autónoma. La felicidad entre libros que devora y apunta mientras atiende de vez en vez a un cliente. Me lo imagino rodeado de Galdós, devorando a Dickens, estableciendo complicidades con Max Aub, León Felipe, César Vallejo, Miguel Hernández, leyendo a Braudel o lo que se publicaba en América Latina y lo que llegaba de Ruedo Ibérico, todos aquellos libros prohibidos que te acercaban a la realidad, que no la del régimen, y que solía encontrarse en las trastiendas de las librerías de entonces, no en todas, solo en unas cuantas, pero las suficientes para abrir los ojos y encontrar explicaciones a lo que aquí no se estudiaba. Siempre ha sido un devorador de libros.

Supongamos ahora que a ese recién licenciado trabajador en una librería le corroe algo por dentro, algo que le da vueltas y le inquieta. A ese niño huérfano de ferroviario de la cáscara amarga, de familia pobre, que escoge una carrera sin apenas salidas, que trabaja entre libros, le da por escribir. Porque no tiene nada que perder, y sin padre que le reprenda o que le haya dejado un oficio que pueda continuar, se pone a ello. Se va dos años de profesor de español a Marruecos y vuelve con su primera novela bajo el brazo, Mimoun. Con ella queda finalista del premio Herralde. Sigue escribiendo. De lo que sea. Durante una temporada, bastante, ya estamos en la Transición, en los años ochenta, en la cultura del pelotazo, de la gastronomía y del vino como señales de distinción de una nueva clase o sectores de profesionales a los que les va bien, parece incluso que el dinero cambia algo de bando, Rafael Chirbes consigue trabajo en una revista de gastronomía y vinos: Sobremesa. Escribe sobre eso, que le da de comer, para luego escribir lo que le interesa. Y qué curioso, ese ambiente sí lo refleja en sus novelas. La enología como religión, amigos que cambian de bando, traiciones entre sus filas, poso de amargura cuando lo que esperaba no sucede, cuando los ideales se van por la alcantarilla, cuando la amnesia lo invade todo y nadie quiere hablar de la dictadura, de los desaparecidos, de los derrotados y de una transición que así no, compañeros, así no.

Y entonces da una vuelta de tuerca más. Abandona la revista y decide que tiene que vivir solo de la literatura y sin presiones para que nada le condicione. Se retira a un pueblo, primero de Extremadura, después a otro en el interior de Alicante, allí no se tienen muchos gastos y Chirbes es austero. Pero se retira tras viajar y vivir mucho, un año en Marruecos, estancias en París, Barcelona, A Coruña; tras recorrer México de norte a sur en autobús introducido de la mano de Carlos Blanco Aguinaga, su gran maestro, la persona que, acaso, más ha influido en Chirbes, tras haber sido un gran comedor, un gran bebedor, un gran fumador.

Supongamos ahora un Rafael Chirbes que llega a Anagrama de la mano de Carmen Martín Gaite, una gran admiradora de su literatura, una admiración mutua y un agradecimiento perpetuo. Y tras Mimoun, todas las demás. Novelas que hablan de lo que siente y le preocupa. Las primeras tienen que ver con la posguerra: En la lucha final, La buena letra, Los disparos del cazador. Ay, La buena letra, esa voz femenina, materna, que desgrana en un lenguaje depurado y sencillo como las mujeres de campo, todos sus pesares, sus sentimientos, su vida. Después, la trilogía de la Transición: La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos. En ellas cuenta lo que por aquel entonces casi nadie quiere oír, de lo que tenía que haber sido y no fue. Novelas no reconocidas en España pero con gran prestigio en Europa, sobre todo en Alemania. Plasma lo que está pasando en el país, sabiendo que así no, que la cultura del pelotazo no traería nada bueno, que de aquellas lluvias estos lodos.

Y llegó Crematorio. Y el Premio de la Crítica. Y la realidad acercándose a la literatura de Chirbes. Y los lectores empiezan a descubrirle. Hasta entonces había sido minoritario. Me imagino que comprábamos sus novelas una pléyade de admiradores y amigos que pensábamos lo que él, pero que Chirbes era capaz de plasmar, lo que nos confortaba, nos hacía ver que no estábamos solos, que todavía había escritores que eran honrados en su oficio, que no se vendían a las exigencias del mercado o lo que marcaban los grandes grupos editoriales. Y es capaz de presentarse en el Hay Festival en Xalapa, capital del estado de Veracruz, México, con sandalias y calcetines, una camisa a cuadros y unos vaqueros, y aprovechar el pequeño hueco de sus actividades para ir al Museo Antropológico y admirar la obra de los tloltecas, sus enormes esculturas de cabezas humanas, las diferencias con las pirámides y el arte de los mixtecas, la admiración profunda a los pueblos indígenas, para terminar en un restaurante comiendo uno de sus platos favoritos: los chiles en nogada.

Sobre Crematorio hicieron una serie y aquello le dio un poco más de fama y reconocimiento. Porque Crematorio, novela que habla del pelotazo urbanístico, salió al inicio de la crisis y del fin de la burbuja inmobiliaria. Y tras Crematorio, En la orilla. A punto estuvo de no publicarla, de decirle a Herralde que se la devolviera, inmerso en esa duda escéptica que produce siempre lo nuevo, lo arriesgado, lo que rompe moldes. Y en su caso, por la constante duda que le ha producido su honradez profesional y el conocimiento de sus limitaciones. Él dijo que para escribir esta novela leyó de nuevo a Galdós, el de Las tormentas del 48, el Galdós mayor y pesimista que pensaba que este país no tiene remedio, ese mismo sentir que se entrevera en las páginas de En la orilla.

Supongamos a un Rafael Chirbes profundamente tímido e hipocondríaco, con esa peculiar misantropía como un escudo a su vulnerabilidad, pensando que el reconocimiento le pasa a una persona que no es él, que no es el Rafa Chirbes que vive solo, con sus perros y su huerto, en contacto con la tierra, con su oficio de escritor impregnado de honestidad, sin pertenecer a ninguna sociedad literaria, sin ser un personaje mediático, sin aparecer en los medios de comunicación. Incluso si le llamaba algún amigo para darle le enhorabuena contestaba: “Bueno, bien, pero, ¿me habré equivocado en algo? ¿Qué he hecho mal para que me reconozcan hasta en el ABC?”. Sus concesiones tecnológicas se reducían al móvil y al e-mail. En las manifestaciones se confundía entre la gente y era difícil descubrir, en esa persona tímida y huidiza de ojos desvalidos, un lúcido analista político y literario, que ha seguido, hasta el final, poniendo todo patas arriba, con su humor ácido y benevolente, su misantropía cariñosa, que siempre ha pensado en su última novela como su testamento, hasta que ha sido verdad.

*Carmen Peire es escritora.

Carmen Peire

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