El blog del Foro Milicia y Democracia quiere ser un blog colectivo donde se planteen los temas de seguridad y defensa desde distintas perspectivas y abrirlos así a la participación y debate de los lectores. Está coordinado por Miguel López.
Una Pascua Militar coja
No quisiera caer en el habitual —y facilón— recurso de hacer una glosa histórica de la Pascua Militar; algo que otros muchos, y todos ellos obviamente con mejor prosa que yo, han realizado en innumerables ocasiones cuando llega esta fecha. Por tanto, han de perdonarme que no me centre ni en Carlos III, ni en la “Toma de Menorca”, ni tampoco en el número de navíos de la flota ni en los efectivos de nuestra ilustre Infantería de Marina desplegados para ello. Mi intención es centrarme en lo que a la mayoría de los componentes de las actuales Fuerzas Armadas interesa —o al menos eso es lo que trasladan a las asociaciones profesionales de militares— y también en lo que expresan en las distintas redes sociales que este personal utiliza para “alzar” su voz.
Muchos militares esperamos con interés conocer los discursos que en este solemne acto realizan tanto la persona titular del Ministerio de Defensa —en este caso, la ministra Robles— como el que pronuncia Su Majestad. Lo habitual es escuchar sobre la grandísima profesionalidad de los militares, el magnífico trabajo que realizan, cómo se ponen en peligro constantemente para garantizar el bienestar de nuestros conciudadanos dentro y fuera de nuestras fronteras; y, por tanto, cómo contribuyen a garantizar la paz y la seguridad, haciendo valer la Carta de Naciones Unidas, los valores democráticos y la defensa de los derechos y libertades en el marco del Derecho Internacional.
También se suele hacer balance con datos numéricos: efectivos desplegados en misiones internacionales —cada vez más— y apoyos a las desgraciadas catástrofes que afectan a nuestro país, y que en los últimos tiempos han servido para acercar cada vez más a nuestras Fuerzas Armadas a la sociedad a la que representan. La Filomena, la pandemia del Covid, el volcán de La Palma, repatriaciones en Afganistán, la DANA o los innumerables incendios han llevado —y siguen llevando— la participación de gran parte de nuestras Fuerzas Armadas para ayudar a “combatir” estos hechos, y de este modo apoyar a nuestra sociedad en su resolución o, al menos, en paliar sus consecuencias.
Como bien decía, este tipo de actuaciones ayuda a que la sociedad valore nuestro trabajo; un trabajo que implica el constante riesgo al que los militares nos enfrentamos en el ejercicio de nuestra profesión, a pesar de que ese riesgo se nos niega en el reconocimiento profesional, algo con lo que muchos otros colectivos sí cuentan.
La Pascua Militar debería ser también un punto de honestidad institucional: no solo para elogiar la entrega, sino para explicar qué se necesita para mantenerla sin quebrar a quienes la sostienen
Pero en muchas ocasiones también se acude a la llamada generalizada de nuestros profesionales como si fueran el bálsamo de Fierabrás. Y así nos encontramos con responsables políticos que reclaman militares como si se tratara de un recurso disponible de forma inmediata: “Señora ministra: mándeme 1.000 militares”. Una petición que se asume normalizada, sin tener en cuenta la especialización de cada uno de los hombres y mujeres a los que reclama; de modo que podríamos pensar que lo mismo le sirven 1.000 paracaidistas, 1.000 infantes de marina o 1.000 artilleros para solucionar un incendio que se ha desbocado. En muchas ocasiones, además, ese incendio es el resultado de una falta de políticas adecuadas para proteger el medio ambiente. Del mismo modo, ante una gran nevada —avisada reiteradamente por los servicios meteorológicos— colapsan infraestructuras críticas (por ejemplo, autopistas, incluso de peaje) y se recurre al “comodín” del Ejército para su solución. Estas situaciones, a veces, hacen sentir a los militares como usurpadores de funciones que competen a otros profesionales más especializados, ejerciendo una competencia desleal; pero ya lo sabemos: para estas misiones, lo más barato es acudir al “Ejército”.
Y aquí empieza el problema de fondo: cuando se nos invoca como recurso inmediato —siempre disponibles, siempre discretos, siempre eficaces—, se corre el riesgo de asumir que esa disponibilidad es inagotable y que no tiene coste. Lo tiene. Lo tiene en horas, en conciliación, en salud, en desgaste, en rotaciones, en familias que sostienen la ausencia, en destinos que obligan a rehacer una vida cada pocos años. Lo tiene en miles de servicios que no se ven y que, precisamente por su invisibilidad, parecen no existir hasta que llega una emergencia. Por eso, la Pascua Militar debería ser también un punto de honestidad institucional: no solo para elogiar la entrega, sino para explicar qué se necesita para mantenerla sin quebrar a quienes la sostienen.
Tengo muy claro que todos los componentes de nuestras Fuerzas Armadas están dispuestos a trabajar de manera incansable para proteger a sus conciudadanos. Pero ello no debe ser óbice para poner de manifiesto el abuso desmedido que se hace, en ocasiones, de esa disponibilidad; ni para reivindicar las mejoras profesionales y sociales que todos y cada uno de los componentes de nuestra milicia merecen: retribuciones dignas, reconocimiento de profesión de riesgo, carrera militar integral, fin de la temporalidad, apoyos reales a la movilidad y un largo etcétera.
Esas reivindicaciones no son caprichos ni eslóganes. Son la traducción práctica de un principio muy simple: si se exige mucho —y se exige—, debe cuidarse mucho. Cuando hablamos de retribuciones, hablamos de proporcionalidad y de justicia comparada dentro del propio sector público; cuando hablamos de profesión de riesgo, hablamos de coherencia con la realidad del servicio y de protección efectiva; cuando hablamos de carrera militar integral, hablamos de transparencia, formación, reconocimiento del mérito y previsibilidad; cuando hablamos de temporalidad, hablamos de no convertir un compromiso vital con España en una incertidumbre permanente; cuando hablamos de movilidad, hablamos de vivienda, de escolarización, de empleo de cónyuges, de apoyo real a familias que cargan con la mochila más pesada sin uniforme. Y si estas cuestiones quedan fuera, el relato queda bonito… pero incompleto.
Su Alteza Real (...) tras la finalización de su formación militar por los tres ejércitos, ¡qué difícil lo tendría para subsistir con el sueldo de teniente!
Toda la sociedad debería tener muy presentes estas reivindicaciones. A mi entender, deberían ser protagonistas —o al menos figurar de manera clara— en los discursos de la Pascua Militar, junto al reconocimiento a los compañeros fallecidos en el ejercicio de sus funciones y, por tanto, a sus familiares y seres queridos. Pero también ha de existir un reconocimiento explícito a las familias de los que “están”: el único soporte de miles de hombres y mujeres que, disciplinadamente, dan lo mejor de sí mismos por garantizar esta democracia y el Estado de bienestar del que goza nuestra sociedad.
Previsiblemente (y lamentablemente) escucharemos los consabidos discursos: datos de participación en misiones internacionales, los nuevos frentes abiertos en la defensa global del mundo occidental, loas a nuestros militares — el reconocimiento institucional, por sí solo, no garantiza unas condiciones profesionales adecuadas—, aniversarios que algunas de nuestras unidades celebrarán en 2026, el egreso de Su Alteza Real de la Academia General del Aire y del Espacio tras la finalización de su formación militar por los tres ejércitos (¡qué difícil lo tendría para subsistir con el sueldo de teniente!). Seguramente oiremos hablar también del consabido Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y Defensa, presentado por el Gobierno el pasado mes de abril, que riega de miles de millones a nuestra industria de defensa, pero que vuelve a olvidar el principal activo de la misma: el personal. Otra oportunidad perdida de un Gobierno que se hace llamar progresista para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores. Sí, trabajadores: porque los militares somos trabajadores, con una connotación especial, pero trabajadores al fin y al cabo.
Como tales contamos con una representación legítima, que nos otorga la Ley Orgánica de derechos y deberes de los miembros de las Fuerzas Armadas, y que establece criterios de representatividad. Esa representatividad —que se materializa en órganos de interlocución y en propuestas concretas— no debería tratarse como una nota a pie de página. No estamos pidiendo un protagonismo indebido, ni convertir un acto institucional en una asamblea. Se trata de algo mucho más sencillo: que se reconozca, con normalidad y sin complejos, que existe una voz profesional organizada del personal militar; que esa voz no es un estorbo; y que escucharla y visibilizarla fortalece la institución porque la conecta con la realidad. Cuando esa representación se ignora, se transmite un mensaje equivocado: que la dimensión humana del servicio es secundaria y que lo profesional se resuelve solo con aplausos, compromisos genéricos y cifras de despliegue.
Sin embargo, en el caso de la Pascua Militar, esa voz vuelve a ser obviada por completo: las asociaciones profesionales de militares siguen ausentes al no ser invitadas. En una conversación habida ya hace unos años —en la época en que la ministra se reunía con las asociaciones—, la titular del Ministerio alegaba que esa invitación era responsabilidad de la Casa Real...
Si bien la Constitución Española establece en su artículo 62 que el Mando Supremo de las Fuerzas Armadas corresponde al Rey, no es menos cierto que el artículo 97 atribuye al Gobierno la dirección de la política interior y exterior, así como de la administración militar y la defensa del Estado. Dicho de otro modo: más allá del protocolo y de las competencias formales, existe un margen evidente para que las instituciones implicadas actúen con normalidad democrática y con sentido de oportunidad.
Por eso, cada cual podrá extraer sus conclusiones sobre quién debe ejercer de anfitrión y quién ha de cursar las invitaciones. Pero lo relevante no es tanto el “quién”, sino el “qué”: que la ausencia de las asociaciones profesionales —la representación legítima del personal militar— deja fuera del acto a una parte esencial de la realidad de nuestras Fuerzas Armadas. Cuando falta esa voz, la celebración queda incompleta; queda, en el sentido más literal, coja.
Esta cojera es, además, evitable. Bastaría con incorporar la presencia institucional de las asociaciones y, sobre todo, con asumir en el relato público lo que el personal reclama desde hace años en los cauces establecidos: condiciones profesionales acordes a la exigencia del servicio, reconocimiento efectivo del riesgo, estabilidad y previsibilidad en la carrera, apoyo real a la movilidad y medidas serias de conciliación. Hablar de ello no desluce la Pascua Militar; la completa. Porque una institución fuerte no es la que evita sus necesidades, sino la que las afronta con respeto, con realismo y con voluntad de solución.
Si la Pascua Militar pretende ser el espejo anual de nuestras Fuerzas Armadas, ese espejo debe reflejar también a quienes sostienen el servicio día a día y a quienes canalizan, de forma leal e institucional, sus demandas. Solo así dejará de ser una celebración “coja” y podrá ser, de verdad, una cita de unidad, reconocimiento y compromiso con el futuro del personal militar.