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La izquierda y el complejo de Ching Ling Foo

José Manuel Rambla

Mucho se ha escrito estos días sobre la crisis de la izquierda transformadora en España. Hemos leído concienzudos análisis sobre tendencias electorales, agudas reflexiones sobre la crisis de los hiperliderazgos y planteamientos inspirados en la mecánica del automóvil empeñados en comparar cilindradas para determinar cuál es el mejor motor del parque móvil izquierdista de tartanas averiadas. Sin embargo, en el caudaloso río de tinta sobre el tema que fluye desbordado por los medios y las redes sociales, existe un aspecto que ha pasado desapercibido pese a ser, a mi juicio, clave en la comprensión del problema: el complejo de Ching Ling Foo.

Ching Ling Foo, cuyo verdadero nombre era Zhu Liankui, nació en Beijing en 1854. Desde niño se sintió atraído por la tradición de la magia china, enrolándose muy pronto en una troupe de artistas callejeros. Así, poco a poco, fue conquistando una reputación que le convertiría en el primer mago chino con fama mundial tras viajar a Estados Unidos con su espectáculo en 1898. Uno de sus trucos más aclamados era aquel en el que hacía surgir de la nada un enorme balde de agua del que hacía salir peces, patos vivos e incluso un niño. Aunque no menos espectacular resultaba el número en que con una espada decapitaba a su pequeño ayudante y el niño abandonaba el escenario sin cabeza ante un público maravillado por el prodigio.

El éxito de Ching Ling Foo fue tal que muy pronto proliferaron sus imitadores; un fenómeno que llega hasta nuestro días a la vista del comportamiento de la izquierda española. Porque nada de lo que está sucediendo en la izquierda de este país se entiende sin el complejo de Ching Ling Foo que parece marcar su estrategia. Desde el ámbito de Sumar, porque se pensó que, como el mago chino hacía aparecer baldes y niños, bastaba un acto de ilusionismo para hacer aparecer una nueva organización desde la nada. Por su parte, en el entorno de Podemos aspiraron a conquistar el favor del público con la decapitación del niño de su contrincante, sustituyendo, eso sí, la espada de Ching Ling Foo por afilados tuits en las redes sociales.

El resultado es bien conocido y ha sido un desastre. Porque el secreto de todo buen mago no reside en tener el truco perfecto sino en ejecutarlo con maestría. Y sobre todo en lograr maravillar al espectador. Sin embargo, la triste realidad de la izquierda transformadora española es que al caer el telón del 9J la mayor parte del público se había ido y los pocos que quedaban aplaudían desganados con la decepcionante sensación de haberle pillado el truco al artista. Mientras tanto, en el teatro de al lado, mediocres prestidigitadores de ultraderecha desataban ovaciones, no por la calidad de su función sino por su capacidad para imbuir al público de pensamiento mágico.

Llegados a este punto, el futuro de la izquierda pasa irremediablemente por afrontar la terapia necesaria para superar, de una vez por todas, su complejo Ching Ling Foo. Y para ello bien haría en olvidarse de los efectismos de la magia

Llegados a este punto, el futuro de la izquierda pasa irremediablemente por afrontar la terapia necesaria para superar, de una vez por todas, su complejo Ching Ling Foo. Y para ello bien haría en olvidarse de los efectismos de la magia y en centrar su atención en otras disciplinas circenses, con no menos tradición ni raigambre, procedentes de China. Me refiero, claro está, a las acrobacias y los malabarismos. Porque a diferencia del mago, que basa su habilidad en el engaño y el simulacro, el acróbata y el malabarista provocan la admiración del público con la realidad desnuda de la contorsión de su cuerpo, con la agilidad vertiginosa de unas manos sin nada que esconder. Frente a la seducción posfascista del pensamiento mágico embaucador, la izquierda debe partir de la difícil y dura realidad; pero no para resignarse a ella, sino para construir ilusiones de realismo mágico. Y si la ilusión es difícil en estos tiempos de retirada, al menos un realismo mágico que nos proteja de la humillante desbandada. O si se prefiere, un pragmatismo mágico que aspire a conquistar más tiempo de vida, renta básica, vivienda digna; o, simplemente, democracia.

Pero para ello el reto es dominar el complicado arte de los platillos chinos. Mantener su giro frenético sobre endebles palitos, mientras vamos sumando nuevas porcelanas a un inestable baile de equilibrios infinitos. Los platillos no pueden dejar de rotar: el platillo clase trabajadora, el platillo organizaciones políticas, el platillo sindical, el platillo feminista, el platillo federal, el platillo de los nacionalismos, el platillo ecologista, el platillo antirracista, el platillo LGTBIQ+ y los insospechados platillos que vayan surgiendo mientras se ejecuta el espectáculo. El esfuerzo es, sin duda, titánico. Porque cada platillo no tendrá que mantener tan solo su propio equilibrio rotatorio, sino que deberá convertirse en garantía y apoyo del platillo que rueda a su lado, a menudo a contrasentido.

Por eso, para tener éxito la izquierda no puede contentarse con tener un artista estrella, un virtuoso de los malabares. Ni aspirar a un núcleo irradiador que asegure el movimiento perpetuo necesario. El primero carecería de la fuerza imprescindible para sostener esa acumulación de vajilla retando la revolución de sus órbitas. El segundo está demasiado contaminado de pensamiento mágico y mesiánico como para romper con el complejo de Ching Ling Foo; menos aún para evitar la colisiones entre aspirantes irradiadores con dinámicas propias que amenazan con hacer añicos el vuelo inestable de las porcelanas. Como antaño conseguimos compañeros de viaje, hoy necesitamos compañeros de vuelo de platos, cómplices en contorsiones imposibles, aliados en saltos inimaginables. Necesitamos, en fin, que artistas y público se impliquen en el espectáculo para hacer posible la proeza en estos tiempos descreídos de proezas.

Sí, como todo tratamiento, también la terapia para afrontar el complejo Ching Ling Foo carece de garantías y sus resultados siempre serán inciertos. Pero si no asumimos sus riesgos, posiblemente corramos la misma suerte que William Ellsworth Robinson, aquel prestidigitador norteamericano que acomplejado por el éxito del mago chino decidió robarle algunos trucos y adoptar el nombre artístico de Chung Ling Soo. El burdo imitador del maestro oriental gozó durante años de buena acogida en los teatros. Hasta su actuación el 24 de marzo de 1918 en el Wood Green Empire Theater de Londres. Ese día William, ataviado con su disfraz de chino, se propuso ejecutar uno de sus números más espectaculares: atrapar la bala. El truco era sencillo y seguro, pero algo salió mal. Tras el estruendo del disparo, un proyectil perforó su pecho y el mago agonizó en el escenario mientras caía su último telón. Que la izquierda saque conclusiones.

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José Manuel Rambla es periodista.

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