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    <title><![CDATA[infoLibre - Marta Sanz]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/marta-sanz/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Marta Sanz]]></description>
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      <title><![CDATA[Para la libertad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/libertad_1_1208707.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c77ad79-8745-43b1-ac81-35dee6d34adc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Para la libertad"></p><p>  </p><p>  <span id="dts"></span>  </p><p>  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Chernóbil,TintaLibre,Marta Sanz,Eduardo Galeano]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La ventana indiscreta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ventana-indiscreta_1_1206991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/784eab23-3699-4ee5-9a5e-5be357ccdcc8_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="La ventana indiscreta"></p><p><strong>1. </strong>La enfermedad nos obligó a relajar nuestras costumbres, a suavizar nuestras críticas y reticencias frente a un mundo de conexiones y vigilancias fundamentales en la construcción del algoritmo. Antes de la peste, yo decía —en realidad, parafraseaba a Byung-Chul Han—: “La máxima libertad en las redes implica un máximo control”. Yo decía: “Cada vez que expresas tu opinión sobre un asunto o producto —¿serán lo mismo?— aportas información personal que sirve para anticipar la publicidad que recibes, las noticias que recibes —¿serán lo mismo?— y das datos para la manipulación de un voto que tú crees tuyo y ¿es tan tuyo de verdad?”. Siempre llevo dentro de una caja mental —no de Amazon: mi caja no lleva sonrisita, pero sí la suficiente retranca— la imagen de la oruga fumadora de Alicia en el país de las maravillas: entre aros de humo el anélido hedonista pregunta “¿Quién eres tú?”.</p><p><strong>2.</strong>Tú eres tú y las voces que te resuenan dentro. Ángeles, demonios, relatos de abuelas, anuncios de familias felices que habitan viviendas unifamiliares: cada miembro se aísla con su máquina dentro de una habitación que se exhibe a las presencias virtuales, pero nunca a las personas convivientes; en la puerta de un dormitorio leemos “No pasar. Peligro”. La intimidad se deforma. La madre sube a la azotea para comunicarse con el fantasma de su papá —no puede hablar con nadie de casa— y la hija proclama su lesbianismo grabándose en directo. El futuro ya está aquí y, joder, qué susto. Estamos colonizadas por lo ideal publicitario en la época posterior a la fractura de las utopías y la razón ilustrada. Nos hurtan las ruinas sobre las que podríamos reconstruirnos. Nos ofrecen, a cambio, un robot de cocina con micrófono y una licuefacción.</p><p><strong>3. </strong>Antes de la pandemia yo había escrito una novela llamada pequeñas mujeres rojas. Un coro de niños perdidos y mujeres muertas invita a la lentitud de la lectura, a fijarse en el significado de cierta rejería lingüística y en lo que se esconde bajo los mantos de flores literarios y literales. El coro de ausencias, que se niega a ser tan liviano como el amor en Tinder, pide un like. Los niños perdidos y las mujeres muertas, con sus voces queer de lombriz y raíz, con su humor vitriólico, solicitan que sus calaveras salgan a la luz entre las solemnes flores literarias de nuestra memoria sentimental y entre las amapolas literales de cunetas y vallas de cementerio. Lo piden, con sello y firma, en un tiempo en el que ya no hay tiempo ni dinero para estas cosas, la historia parece transcurrir a la velocidad de la luz —mentira, es solo una impresión comercial— y el franquismo se blanquea en boca de nuevos cachorros del Cid. Yo estaba en esa lógica de resurrección y resucitación de palabras que no deberían morirse para denunciar a una ultraderecha amamantada en el nacionalcatolicismo, la posverdad y las nuevas formas de comunicación y conformación del pensamiento como café soluble instantáneo. Entonces llegó la peste y empecé a tejer una crisálida para proteger mi libro, mi pensamiento, mi humanidad, mis amapolas.</p><p><strong>4. </strong>Para proteger todo eso olvidé precauciones y abrí ventanas indiscretas —no era la primera vez, que nadie se escandalice—: desoí los cautos consejos de mi amigo Isaac Rosa y quité la tirita que cubría el ojo de la cámara de mi portátil; me hice de una plataforma digital para acortar la longitud de las horas de nidificación; di permiso a casi todo en el móvil —¡geolocalizada!— y me abrí una cuenta en una red social: un poeta asturiano, pausado y analógico, me dijo que así mi libro quizá no moriría.</p><p><strong>5. </strong>Comenzó para mí un periodo de actividad frenética, contradicción vital y contractura. Gimnásticamente y con mala conciencia, empecé a usar zoom, ziim y zaam, jutsi y mitsu, gori, gori, directos y reels para participar en clubes de lectura, presentaciones, entrevistas virtuales… Por favor, por favor, que mis amapolas no se mueran. Recé al algoritmo para cagarme en sus épicos inventores masculinos de garaje. Fui una escritora, comida por la incertidumbre, que no supo aprovechar la morbosa congelación del tiempo para relajarse y escribir una gran obra. De-fi-ni-ti-va. Perdí la calma y la dicción —¡eso nunca!—. Fui un colibrí con tantas pulsaciones por segundo que ningún pulsómetro podría computarlas. Fui, otra vez, la trabajadora autónoma de Clavícula —por cierto, cuánto se indignan los próceres del fuego amigo cuando una mujer confiesa sus vulnerabilidades, se siente parte, visibiliza su miedo y sus antítesis, sus enfermedades sistémicas, quiere paliarlas—, pero ahora había caído en una red de afectos que satisfacía una parte volátil de mi naturaleza adictiva. Los afectos fantasmagóricos se metamorfosearon en algo tangible cuando las amapolas llegaron a las cuatro ediciones y una lágrima corrió, incrédula y agradecidamente, por mis mejillas. Sentí el agridulce tecnológico en el cielo del paladar.</p><p><strong>6. </strong><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/parte-de-mi/9788433999245/NH_672" target="_blank">Parte de mí</a> es la cápsula protectora de pequeñas mujeres rojas. Los directos de Instagram fueron adquiriendo la textura de un diario de pandemia. Constataban un estado de ánimo cambiante. La mujer que escribe deja abiertas las ventanas, reales y virtuales, para que por ellas entren: el horror de una realidad sanitaria y económicamente enferma —ya lo estaba antes del advenimiento del virus—, las pistas de hielo reconvertidas en morgues, los ancianos agonizantes en las residencias que no son transferidos a las UCI, el cansancio del personal sanitario, los respiradores y la gente que muere sola mientras una lagarta de gila presidencial vocifera, como reina de corazones, “Yo hago lo que me da la gana” y es jaleada, vitoreada, elevada al altar por aquellas y aquellos a quienes más tarde o más temprano cortará la cabeza… Tendemos a través de los balcones el hilo de los aplausos y yo tiendo otro hilo: el de una bobina blanca guardada en el costurero de mi abuela Juanita, que es parte de mí y parte de mí hacia vosotras para recuperar la necesidad de la alegría y constatar que la alegría no es ñoña ni rosa ni un tentáculo de ese pensamiento positivo, tan instagramero, en el que yo soy timonel de mi propia vida reducida a fotogenia, así como responsable única de mis triunfos y fracasos. “¿Y el sistema qué?”, como canta la canción. Y el espejismo —espejuelo baratija— de la igualdad de oportunidades qué. Usé <a href="https://www.instagram.com/msanzpastor7/?hl=es" target="_blank">Instagram</a> a lo largo de estos meses como vehículo de promoción y diario de pandemia con el convencimiento de que yo soy nosotras o muchas de nosotras, y de que es necesario organizar comunidades para resistir y resistirse. Que la autobiografía puede ser un género político. Perdón por la soberbia y por este sentido del humor tan poco femenino. Por esta desnudez con las chichas colgando.</p><p><strong>7. </strong>Me cosifico en las redes con la conciencia de que no soy libre. No soy gilipollas. Ni siquiera tan cínica. Me cosifico en las redes porque quiero hablar a través de los libros y quizá, más tarde, en lugares sin wifi. Incurro en la pequeña ambición experimental de canibalizar un medio en el que lo personal es muy político. Para mal y para bien. Las cosas pequeñas del encierro, observadas tras la lente del microscopio, se convierten en madrigueras de Alicia, alephs de chiscón, casas agrandadas en el reflejo especular, magníficos macarrones con tomate pasados por un filtro Lo-Hi que hace de ellos alimentarias flores radioactivas.</p><p><strong>8. </strong>No usé Instagram para hermosear lo sórdido ni abrí mi casa como muestra de ejemplaridad: usé la escritura, combinada con la imagen, y el pentimento de las presencias de la red, para sobrevivir y representar una vida que eran muchas. En la literatura —incluso en la autobiográfica— no importa el natural del que se copie, sino el modo de representación que se use para conformar ese natural. El estilo es ideológico y esa parodia de la red, temible e imprescindible en el encierro, me pareció el modo más radical de búsqueda: que la memoria no se redujese a nostalgia, sino a fuerza para superar y entender el presente. Un hombre lee ataviado con una camiseta que dice <em>I am a hipster</em> mientras una gata salvaje posa desde el filo de un sillón. Podéis poner el ojo en la mirilla de esta casa que yo escribo —la casa escrita no es exactamente la casa— y os podéis compadecer de mi alocado proyecto caníbal de la red de redes y las coliflores de Instagram. Por el camino, alguien se habrá comido mis riñones al Jerez y mi lengua de vaca.</p><p><strong>9. </strong><em>Parte de mí</em> es un canto a la cordialidad, a la necesidad de las personas que están al otro lado. En<em> Parte de mí</em>, en su retorcimiento del concepto comunicativo y la perversión publicitaria de las redes, en la conciencia instantánea —peligrosísima en su visión deformante y en sus precipitaciones— del espacio de recepción, he hecho mi primer intento serio de literatura popular. Una mujer dentro de su casa y de su tripa busca el fuera para iniciar una conversación que exceda los límites del cenáculo literario. Puede que me castiguen por ello.</p><p><strong>10. </strong>Lo intangible, líquido y digital se han concretado en un objeto, se han solidificado y hecho materia analógica: lo que importa es la carne —en la que habita el espíritu, faltaría más— y no utilizar el estilo para transformar en fotogénicos ni el estupor ni la precarización de lo público ni las colas del hambre. Me rebelo contra el colorín del pobre —y de la pobra—. Volveré a colocar cada tirita donde haga falta en la recuperación de la salud y las buenas costumbres. En cuanto estemos vacunadas, renuncio a la geolocalización.</p><p><em>*Marta Sanz (Madrid, 1967) es escritora y autora de libros como ‘Clavícula’, ‘Farándula’ y ‘Lección de anatomía’. ‘Parte de mí’ es su último experimento literario y, al igual que el resto de su obra, está publicado en Anagrama.</em></p><p><em>*Este artículo está publicado en el número de verano de</em> tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <title><![CDATA[¿Cómo aborda la cultura la violencia contra las mujeres? Una charla con Marta Sanz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/aborda-cultura-violencia-mujeres-charla-marta-sanz_1_1190391.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1182b53c-ec32-459e-8322-884cde0140e8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Cómo aborda la cultura la violencia contra las mujeres? Una charla con Marta Sanz"></p><p>En <em>pequeñas mujeres rojas</em>, su última novela,<strong> la escritora Marta Sanz</strong> se plantea dos retos: el primero, el de introducir la <strong>memoria histórica</strong> no como un asunto del pasado, sino como presente; el segundo, cómo reflejar la <strong>violencia contra la mujer</strong> sin contribuir a normalizarla. De ambos asuntos se ocupará en un acto de presentación el próximo 25 de noviembre, día internacional contra la violencia de género. La charla tendrá lugar a las 17h en la sede de CCOO en Madrid, pero debido a las restricciones por el covid-19 podrá seguirse también <strong>en directo a través del canal de Youtube del sindicato</strong>. </p><p>El encuentro contará también con la presencia de <strong>Unai Sordo</strong>, secretario general de Comisiones Obreras, y Sanz debatirá con <strong>Elena Blasco</strong>, secretaria de Mujeres e Igualdad de la organización. El acto estará moderado por Clara Morales, redactora de Cultura de infoLibre. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <title><![CDATA[Carta a Simón: una modulación sentimental]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/carta-simon-modulacion-sentimental_1_1184820.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7d6fbf81-0e24-488b-a676-e720e669532f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Carta a Simón: una modulación sentimental"></p><p>Querido Fernando:</p><p>Es para mí una gran responsabilidad escribir esta carta, porque me gustaría preguntarte muchísimas cosas y, a la vez, lo único que me apetece de verdad es darte las gracias. No sé si te dan las gracias continuamente —deberían—, pero sí sé que te han insultado, han dicho mentiras sobre tu persona, no han valorado tu trabajo y te han querido desprestigiar. A mí me va a suponer un gran esfuerzo encontrar el tono para dirigirme a ti, porque la pandemia me ha dejado un poco desafinada. Lo digo y lo repito y lo vuelvo a repetir cada vez que me preguntan sobre mis emociones y mis experiencias a lo largo de estos días. También <strong>me he quedado un poco encogidita</strong>. Y a la zapatilla por detrás tris tras. Todas las prevenciones me han llevado a una nostalgia de la que abomino porque no creo que nos conduzca a ninguna parte y porque temo que se ancle más en mi propio proceso de maduración —envejecimiento sin eufemismos literarios ajenos a las crudezas científicas de las primíparas añosas y otras denominaciones de la misma naturaleza— que en la necesidad real de comerme la vida a bocados con mucho más ímpetu del que tenía antes de que llegara el encierro: la verdad es que contemplo con cierto estupor a esas personas que hacen colas de tres horas por sentarse en una terraza o corren desaforadamente por las avenidas como si nunca hubiesen corrido y la vida entera les fuese en su vertiginoso impulso. </p><p>También te digo, <a href="https://www.infolibre.es/tags/personajes/fernando_simon.html" target="_blank">Fernando</a>, que han nacido en mí miedos que nunca creí que fuese a experimentar y, a la vez, me ha brotado una coraza de escama dura que me ha recubierto la piel y me ha dotado de una fortaleza —repugnante— para soportar ciertas cosas. No te creas que esa coraza me gusta ni un pelo. No me siento orgullosa de esta resiliencia triste, inevitable, bélica, que nos va inmunizando ante la desgracia, aunque, sin que nosotros los sepamos —tú que eres doctor conocerás bien las enfermedades silentes—, la desgracia nos vaya comiendo la columna vertebral, castigando el hígado, produciéndonos distintos grados de desafinación y también de afonía. De afasia. No sé si tendré espacio para hablar de la afonía, así que como yo creo que debemos ser todas buenas y cuidadoras de la casa —eso le digo a mi gata cada noche antes de acostarme, “<em>Cala, Calita, Calimera, Kalin Kakayá</em>, sé buena y cuidadora de la casa”, ¿por qué bautizaremos laicamente a nuestras gatas si luego las llamamos de cualquier manera?, ¿tú podrías responderme a esta pregunta, Fernando?—, pues insisto, como creo que nos debemos cuidar y hacer el bien sin mirar a quién —¿me creo eso de verdad?—, te recomiendo que no comas más <a href="https://www.youtube.com/watch?v=BYp9y4Zu0yA" target="_blank">almendritas</a>. Es mejor que mastiques raíces de jengibre. Yo, que por mi oficio también hablo mucho y por la boca muere el pez y quien mucho habla mucho yerra, pero, en todo caso, no hablo tanto ni con tanto riesgo como tú, le doy bocados a la raíz cada vez que intuyo una pérdida de voz. Me lo enseñaron unos estudiantes chinos con los que pasé un verano. Aprendí mucho de los chinos. Les respeto. No sé si a ti te sucederá lo mismo. Ignoro si será pertinente sacar este tema a colación. Podemos comentarlo más tarde.</p><p>Te contaba, Fernando, que en estos tiempos me he culpabilizado a mí misma por llevar armadura. Me he castigado por la generación espontánea sobre mi anatomía pequeña y mis receptores emocionales, sobre mi sistema completo de percepción y análisis, de una cota de malla eléctrica destinada a que no se me abriesen las carnes al pensar en la saturación de las UCI; en <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/residencias_covid_19/residencias.html" target="_blank">las personas que no se podían despedir de sus familiares </a>agónicos; en las enfermeras y cajeras de supermercado acosadas en sus comunidades de vecinos; en esas pistas de hielo que no se me van de la puta cabeza porque, ¿sabes?, cuando yo era una niña mi tío Nacho me llevaba a patinar y yo, deslizándome, me sentía como una campeona del mundo o como una princesa Disney o como la reina Frigia, que se peinaba con unas rubias trenzas-casquetes, a lo fallera valenciana, que a mí me parecían el sumun de la hermosura en los dibujos de Alex Raymond —magnífico peluquero, estilista y diseñador de moda, además de insigne dibujante—. En fin, Fernando, que, con una fortaleza que no me gustaba pero que era imprescindible para que la angustia no se me tragase como arena movediza, yo pensaba en ti, <strong>me ponía en tu piel y admiraba el temple</strong>, la credibilidad, el talante sereno, la modulación sentimental y el conocimiento científico por debajo de la vibración —muy lastimosa— de tus cuerdas vocales… </p><p>Porque supongo que tú también has sentido la pena inmensa que debe de experimentarse en la primera línea y que te has recompuesto con un gesto de decoro que no está al alcance de cualquier ser humano. Supongo que algunos días habrán sido terribles y que otros habrás estado a punto, a puntito, de dejarte vencer por una cólera que con inteligencia habrás reprimido para que no se volviera contra ti y beneficiase a tus enemigos. Porque en los tiempos más terribles <strong>hemos descubierto que hay enemigos y personas malas</strong>: mi declaración no es una hebra del discurso del odio, pero tampoco un ejercicio de estúpida equidistancia. Tú has sido muy sensato y sospecho que habrás contenido las ganas de echarte a la yugular —y hablo en sentido figurado, pero sin las represiones propias de un estilo institucional propio de un técnico del Gobierno o de un vicepresidente que de vez en cuando se desmelena y yo lo entiendo bien— de los antiguos gobernantes que dejaron la casa sin barrer y, ahora, te pasan el libro de reclamaciones y la demanda judicial. Hay que joderse, Fernando, hay que joderse. Tú permanece impasible, pero deja que los demás nos cabreemos con el cinismo de los otros —y de las otras—, con la falta de empatía, con la capacidad de mentir, con el afán de lucro a costa del mal ajeno. Urracas. Déjanos a los demás que reflexionemos sobre los dolores impostados, las presidentas de la comunidad que posan como si fuesen la virgen de la Macarena, los protocolos para bloquear el acceso a los hospitales de ancianos enfermos, sin oxígeno en los pulmones, deslavazados y solos, internos en las residencias. A quién le duele qué, nos preguntamos quienes no salimos en la tele cada día para hablar de fallecimientos y contagios, y no tenemos que mantener el tipo un día tras otro día y aguantar burlas sobre nuestro aspecto, nuestra incapacidad laboral o nuestra maldad congénita. Cuánto he echado de menos un país de personas leales y de todos a una como Fuenteovejuna, aunque no sea la ideología lopiana mi breviario, moral y político, preferido. Dramas municipales son los que ahora protagonizan los cacerolistas de <em>apps</em> y los que no se ponen máscara por los santos higadillos de la cabra de la Legión. Ay, Fernando, qué tiempos de renacido franquismo mohoso y supercherías de hidrogeles inyectables. O de novenas a la Virgen. Cada día a las siete de la tarde, mi vecina del segundo, saca su virgencita al alféizar de la ventana que da a nuestro patio interior y le enciende una vela y pone, a todo volumen, los rezos de una radio ultracatólica que pide por las madres que asesinan a sus hijos antes de nacer. Menos mal que, para contrarrestar el horror y la caspa, nos queda la ciencia y la estadística y algunas poetas excelentes. </p><p>Menos mal que, mientras mi pobre vecina —le tengo una compasión que no creo que ella me tuviese a mí con todos sus rosarios y jaculatorias— saca a la ventana a su virgen de plástico, yo te imagino repasando cuentas que no siempre salen bien y no siempre traen buenas noticias. Te imagino buscando las palabras que salen con dificultad entre el gañote y la almendrita. Te imagino poniendo barreras con las piezas coloreadas de una construcción de aserrín, aserrán, maderitas de San Juan. Ay, Fernando, como sé que eres de Zaragoza y mi marido también lo es, por un compatriotismo que no es igual que el compatrioterismo de esta España llena de españoles que subrayan su españolidad de tercio de Flandes colgando banderas en el balcón, por admiración y con gratitud infinita, <strong>queremos un día invitarte a cenar</strong>. En la fase que tú quieras. En la tercera fase de los extraterrestres o el desfase absoluto de la nueva normalidad. No te obligaremos a quitarte los zapatos a la entrada, pero tendrás a tu disposición hidrogeles y rollos de papel desechable para lavarte las manos. Y mascarillas que podrás retirarte de la boca cuando sirvamos en la mesa la bandeja con el ternasquico y la frasca de vino de Cariñena. De postre, peli de Buñuel y, después, si se tercia, nos vamos a una <a href="https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2020/06/06/contrainforme_del_atizando_feminismo_para_ocultar_horror_las_residencias_107484_1023.html" target="_blank">mani feminista </a>para que, después de haber hecho todo el trabajo limpio y tener la conciencia impoluta, nadie pueda decir que renunciamos a nuestros principios.</p><p><em>*Marta Sanz es escritora, su último libro publicado es 'pequeñas mujeres rojas' (Anagrama).</em></p><p><em>*Esta carta está publicada en el número de verano de </em>tintaLibre<em>, ya a la venta. Si eres socio de </em>infoLibre<em>, puedes consultar todos los contenidos de la revista y los números anteriores haciendo clic aquí</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Jul 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Marta Sanz,Crisis del coronavirus,Fernando Simón]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Cartas para el día después]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cartas-dia-despues_1_1186999.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/db842343-a549-42ab-a451-678a803c5cfd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cartas para el día después"></p><p>   <span id="dts"></span>  <span id="txt"></span> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jul 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cartas para el día después]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Luis García Montero,TintaLibre,Marta Sanz,Jesús Maraña]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cartas para el día después, en 'tintaLibre' de verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cartas-dia-despues-tintalibre-verano_1_1184705.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/db842343-a549-42ab-a451-678a803c5cfd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cartas para el día después, en 'tintaLibre' de verano"></p><p><strong>Estimado lector de </strong>tintaLibre<strong>:</strong></p><p>Esperamos que cuando leas estas líneas te encuentres bien de salud y, a ser posible, disfrutando del verano. Nosotros, después de tres largos meses tratando de entender <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico_tintalibre/2020.html" target="_blank">qué nos pasa</a>, de conocer mejor a nuestro enemigo vírico, de preguntarnos si hay remedio para los males del mundo, queremos ahora detenernos un momento, sentarnos a la sombra, recuperar el aliento y escribir algunas cartas a algunos seres queridos o a esos ineludibles acompañantes de este tiempo y de este país. Así que, en estas páginas estivales conviven <strong>biografías y memorias</strong>, acentos y geografías, que solo tienen en común esa reposada caligrafía de las cartas que también han caído en desuso o, mejor dicho, han sobrevivido a duras penas a la vertiginosa red social de este presente continuo. No esperamos respuestas, sobre todo de los muertos, pero formulamos muchas preguntas. Lo que supone, al fin y al cabo, el modo de seguir vivos. </p><p>Durante este pasado confinamiento quizás, estimado lector, has podido meditar de una forma más reposada en la necesidad de quienes interpelan la realidad para arrojar un poco de luz en situaciones tan complejas como las que vivimos, y que no siempre son entendidos. Habrás recurrido entonces a los médicos de cabecera —<a href="https://www.infolibre.es/tags/personajes/fernando_simon.html" target="_blank">Fernando Simón</a> y <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2017/05/02/intelectuales_activistas_reivindican_brujula_moral_camus_para_afrontar_realidad_tragica_del_mediterraneo_64520_1026.html" target="_blank">Albert Camus</a>, la OMS y Franz Kafka— y seguramente te habrás guardado de despeñarte por los barrancos de las <em>fake news</em>, la gestión de las residencias de ancianos, la frontera del <a href="https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2020/06/06/contrainforme_del_atizando_feminismo_para_ocultar_horror_las_residencias_107484_1023.html" target="_blank">8M</a>, las caceroladas o la inmunidad de rebaño. No han faltado intrigantes ni villanos en la función, no. Aquí, en España, el ruido no ha cesado incluso cuando más necesitábamos el mínimo consenso en algo tan básico como salvar vidas. Ahora mismo la situación pide calma y desescalada, aplausos para los turistas en vez del aplauso a los sanitarios. Y la distancia social sigue siendo<strong> el mejor contrato</strong>.</p><p>¿Quién te iba a decir que los libertarios de corazón llevarían mascarilla mientras que <strong>los fascistas escupirían saliva</strong> en sus mítines? ¿Quién te iba a decir que la directora del FMI recomendaría más gasto social a los países? ¿Quién iba a pensar que veríamos de nuevo un preocupante resurgir del Norte-Sur en Europa y que las estatuas de Churchill, de Colón y del general Lee amanecerían pintarrajeadas? </p><p>El mundo ya no va a ser el mismo de antes pero el verano nos devolverá, como decía Esther Tusquets, el mismo mar de todos los veranos. La ciencia sigue (si los laboratorios lo permiten) buscando una vacuna y nosotros imprimimos (no todo es virtual) unas cuantas cartas que hablan de Cervantes, de un anciano residente, de una aldea global, de un exmilitante del FRAP, de un viajero espacial, de un presidente gallego o de una marquesa española… También tenemos en el reparto a viejos conocidos como <strong>Berlanga</strong>, <strong>Vázquez Montalbán</strong> o <strong>Benedetti</strong>, cada vez más jóvenes… Y a toda una ministra de Transición Ecológica que afirma que <strong>España es más biodiversa que renovable</strong>. Da que pensar.</p><p>Salud y ánimo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jul 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infolibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cartas para el día después, en 'tintaLibre' de verano]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Luis García Montero,TintaLibre,Marta Sanz,Cayetana Álvarez de Toledo,Fernando Simón]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Convalecientes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/convalecientes_1_1182617.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0c99feb3-ed0f-4094-a5e5-e23c550efaf4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Convalecientes"></p><p>Cuando esto acabe pienso que no habrá acabado del todo. Quedarán las células durmientes y el temor a que, con el viento del otoño, regrese lo mismo. Tampoco sé si habremos aprendido algo —no tengo tendencia al <em>mindfulness</em>— o solo perdurará lo peor de lo que nos parecía normal. Nos quedará por dentro el gusano preventivo de la enfermedad del miedo y volveremos a enfrentarnos a una pobreza que lacerará con filos más cortantes. Espero que la resignación no sea nuestra única brújula. Serán tiempos de posguerra, de contabilizar el verdadero número de muertos, los golpes, las secuelas que han quedado en cada casa. El organismo de la comunidad estará tan convaleciente como cada uno de sus miembros y necesitaremos del apoyo mutuo —gente apoyada en el brazo de otra gente— y cuidados estatales. Puede que Europa sea un horizonte distópico, una estrella, una luna habitada por humanos moradores de ventiladas burbujas que comen salchichas y patatas de bolsa. Puede que por aquí nos hayamos quedado a la intemperie y estemos aprendiendo a contar otra vez con los dedos. Compraremos estufas catalíticas, sacrificaremos a los animales domésticos y dispondremos de magníficas conexiones a Internet. <strong>Todo será más higiénico y nos sentiremos irremediablemente héroes y heroínas.</strong> Los ladrones habrán aprendido a aplaudir a las fuerzas de seguridad del Estado y solo en los cenáculos intelectuales y abiertamente frikis se le concederá cierta importancia al asunto del <strong>delgado límite que separa la delación de la denuncia cívica</strong>. La libertad de la seguridad. El individualismo de la conciencia colectiva. Habrá que reajustar las brújulas para no hacernos cómplices de la represión y la explotación. Intuyo que encontraremos gente mucho más buena que antes y también gente mucho más mala y, en la elección de los términos buena y mala, echo las cartas del tarot encima del tapete y barrunto un renacimiento del sentido moral. Serán imprescindibles esas palabras para <strong>defendernos de los acaparadores de mascarillas y de los especuladores</strong>: hoy, en un momento en el que la distopía aún no ha eclosionado en su esplendor como una flor de cactus, a mi marido le han cobrado el doble de lo habitual por un paquete de folios. Lo tenemos merecido por depredar las selvas amazónicas y por persistir en una naturaleza obtusa, cavernaria y analógica, que se merece la extinción. En la lucha adaptativa, vamos a morirnos como los apedreados murciélagos, los roedores, los dromedarios y las vacas responsables del ensanchamiento de un agujero de ozono que se ha quedado niquelado después de estos meses de inactividad y difuntos sobre las pistas de los palacios de hielo. Después de esta experiencia, que vuelve a corroborar la mortalidad de la carne y de todos sus peligros, después de este retorno al éter, la espiritualidad y el holograma, plastificaremos las estanterías, leeremos virtualmente, viajaremos a través de vídeos de realidad virtual que incorporarán el olor del mercado de especias de Estambul o el tacto de la lluvia tropical que empapa hasta la ropa interior en una calle de Santo Domingo. Definitivamente el papel dejará de producir alergia.</p><p>El ojo de mis brujas de Macbeth me vaticina este mal viento. Me siento apesadumbrada, pero tengo la tendencia a ser la cucaracha, patas arriba, que se empeña en recuperar su posición original. Me rebelaré —no resistiré, estoy harta de resistirme— para que no me pisen mientras sé que las cuatro paredes de mi casa no son la habitación amarilla de Gastón Leroux: no son el espacio donde hacer volar la imaginación para salir de una realidad que pocas veces se parece al enigma, el hilo en el laberinto, la llave secreta, la cuerda tensa, la chistera del prestidigitador. Esto es lo que es. Las habas contadas. Entre mis cuatro paredes, b<strong>raceo para crear el espejismo de una rutina laboral</strong>. Soy la enferma modelo de <em>workaholismo</em> profundo. No tengo perdón de Dios y de Diosa. Respondo a todos los síntomas. Espero ingenuamente que mis ilusiones y proyectos me ayuden a vivir cuando llegue una auténtica primavera que revierta el proceso de criogenización de las amapolas rojas —metáforas florales de <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/03/07/pequenas_mujeres_rojas_marta_sanz_104720_1026.html" target="_blank">pequeñas mujeres rojas</a>— que adornan la portada de mi última novela. Siento que habitamos el aletargado reino de la bella durmiente, pero que las hadas benéficas no nos podrán despertar del hechizo como si nada hubiera pasado. Siento que no sé salir de esta maraña literaria de hadas, amapolas, cucarachas e intuyo que esos conocimientos no me van a servir para vivir en este nuevo mundo de canción de señor que maneja mi barca que se avecina y a mí me pone los pelos de punta. Dicen que será la ciencia quien tendrá la última palabra, pero <strong>me da miedo que la última palabra la griten los bulos legendarios</strong> y las bolas de cristal. </p><p><strong>Salir del búnker</strong></p><p>Hemos manifestado una docilidad que me asusta casi tanto como la estulticia de los que se han pretendido indómitos ocupando sus segundas residencias en el periodo vacacional u organizando procesiones clandestinas. Todo sea por la fe y por las piscinas de agua azul y clorada. Quienes no hemos escapado por una carretera o un desfiladero saldremos del búnker con la vitamina D ausente del riego sanguíneo, seremos marineros que surcan los océanos padeciendo los estragos del escorbuto, morderemos tomates a bocados, saldremos con lesiones de menisco por las brutalidades gimnásticas y los retos virales contra las paredes, cuando pongamos un pie en la calle estaremos arrugaditos y arrugaditas, más mayores, con el pelo sin teñir, más pálidos que de costumbre, con las manos abrasadas —satinadas y tirantes— por el poder aniquilador de la lejía y los aplausos al celador desconocido, a la enfermera desconocida, a la neumóloga desconocida, el médico de cabecera desconocido, a la limpiadora desconocida, al conductor del SAMUR muerto, a los amigos y amigas, a los familiares del gremio sanitario y todos sus alrededores. Saldremos mareados, reajustando los sensores que nos permiten captar tiempo y espacio. </p><p>Espero en este silencio raro, en esta sustitución de sonidos, en la invasión de los asalvajados animales ornamento de los parques públicos que toman la calle porque ya nadie les arroja una miguita de pan, entonces miro a mi gata y me juro que la protegeré de todos los males. <strong>Pienso en las matanzas del día de después.</strong> La Sibila de Cumas, reducida a ácaro libre bajo mi cama, me sopla al oído: “El trabajo, en su sentido clásico, desaparecerá sustituido por la robótica y los subsidios para garantizar el consumo mínimo de la inmensísima mayoría, mientras una pequeñísima minoría disfrutará de un nivel de compra garantizador del ritmo de acumulación”. Hostias con la Sibila. Espero con el lúgubre repeluco inmediatamente anterior a la devastación del tsunami. No puedo escamotear mi sucio ojo literario e imagino otra vez un mar contaminado y muerto, habitado además por una nueva especie de sirenas caníbales. Y miro a mi marido que baja a la calle con su escafandra, siempre imperfecta: la mascarilla mal encajada, los guantes holgados, las gafas rotas. Todos sufrimos por la impotencia, a ratos hilarante, que nos produce ignorar si estaremos haciendo bien las cosas. Somos Hulot, Mr. Bean mientras desratizamos la vida, la desparasitamos, nos aseguramos de la muerte de los microorganismos malos y arramblamos de paso con los microrganismos buenos en un entorno de recoveco inalcanzable y polvo escondido debajo de la alfombra. <strong>Nos hemos convertido en espeleólogas y desratizadoras y cazafantasmas y desconcertadas empleadas del hogar.</strong> No sé lo que hago con este trapo en la mano y me siento tan, tan confundida, que se me escapa una carcajada por la que muy probablemente iré al infierno, porque aunque me pese cada muerto y cada muerta, aunque me pese el temor de que mis padres puedan ser víctimas del contagio —pequeños, vivos, delicados seres— y cada día rece a los dioses del ateísmo, a las tijeras abiertas de las supersticiones y a las brujas de Macbeth, para que no le pase nada a mi marido y hacemos planes, no sé si prácticos o siniestros respecto a la amenaza de enfermar juntos o separados, respecto a la gloriosa hipótesis de estar inmunizados que todos queremos creernos, constato que de la Segunda Guerra Mundial nos quedó un aprendizaje muy pobre. Nos dijeron: no se puede hacer poesía después de Auschwitz y, sin embargo, <strong>podemos pasarnos por el forro el concepto de solidaridad forzada que aglutina la Unión Europea</strong>, la brecha norte-sur, todas las desigualdades, la desecación del planeta como efecto de la voracidad capitalista. El día después vamos a necesitar mucha poesía, humor vitriólico, renovados planes de pensiones para trabajadoras y trabajadores mayores de 35 años. Saldremos con la respiración agitada —no asistida, no artificial—, con las cabezas protegidas por botellas de plástico, pero con el corazón latiendo a 100 por hora para volver a tomar posesión de la vida y la realidad, con los músculos en tensión para no recular ni un paso y que nadie pueda aprovecharse de nuestra convalecencia ni de nuestro miedo.</p><p><em>* Marta Sanz (Madrid, 1967) es autora de obras como ‘Un buen detective no se casa jamás’, ‘Farándula’ o ‘La lección de anatomía’. Su último libro, ‘pequeñas mujeres rojas’, acaba de publicarse en Anagrama.</em><a href="https://www.infolibre.es/tags/personajes/marta_sanz.html" target="_blank">Marta Sanz </a></p><p><em>* Este artículo está publicado en el número de mayo de </em>tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes acceder a todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí o suscribirte aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/index.php/mod.usuarios/mem.detallesuscripcion" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Crónicas de la pandemia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cronicas-pandemia_1_1183489.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/93cfb409-04c2-4e5e-ac21-a44bc6bf8300_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Crónicas de la pandemia"></p><p> </p><p>  </p><p><span id="txt"></span> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 May 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Almudena Grandes,Escritores,TintaLibre,Marta Sanz,Coronavirus,Crisis del coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Crónicas de la pandemia, en 'tintaLibre' mayo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cronicas-pandemia-tintalibre-mayo_1_1182506.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/93cfb409-04c2-4e5e-ac21-a44bc6bf8300_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Crónicas de la pandemia, en 'tintaLibre' mayo"></p><p>Cuando este número de mayo<strong> </strong>de tintaLibre llegue a sus manos, querido lector, habremos superado ya los dos meses del estado de alarma y del respectivo (y polémico) <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/coronavirus/40b50_coronavirus.html" target="_blank">confinamiento</a> que sigue la mayor parte del planeta. Dos meses que, como habrá podido comprobar, han cambiado muchas cosas tanto en su familia como en la política, la economía o en la tan demandada ciencia. Dos meses en los que el muro de la información ha sufrido fugas, bulos e intereses, e incluso una verdad inamovible, la cifra de muertos, ha sido cuestionada por los diversos contables. </p><p>tintaLibre mayo está a la venta a partir del lunes día 4 y disponible a través de su App para descargar en dispositivos Apple y Android. Si eres socio de infoLibre + tintaLibre, puedes leer el número de mayo <a href="http://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a> y hemos habilitado una modalidad de suscripción exclusiva para recibir en tu domicilio la revista en papel que puedes consultar <a href="https://www.infolibre.es/index.php/mod.usuarios/mem.detallesuscripcion" target="_blank">aquí</a>.</p><p>El virus tendrá remedio, pero no tiene precedentes. Pero si hay una cosa que en esta España no cesa nunca es el cainismo, el maldecir, la falta de civismo incluso en el más extremo de los estados de emergencia que ha vivido el país desde la Guerra Civil. La odiosa comparación de España con otros países de nuestro entorno (los interesados se cuidan de no citar a Brasil ni a los <a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/03/30/el_virus_desarma_coraza_estados_unidos_desvela_golpe_todos_sus_puntos_debiles_105379_1012.html" target="_blank">Estados Unido</a>s) pretende cada día abuchear la descoordinación de un Gobierno central la mayoría de cuyas competencias en materia sanitaria pertenece a las autonomías. Incluso los más acérrimos liberales y espadachines de la privatización sanitaria en la Comunidad de Madrid piden ahora la intervención del Gobierno central. Si levantamos la vista al Norte (la pandemia ha resituado de nuevo a España como país meridional en Europa hermanado en la desgracia con Italia) nos encontramos otra vez con una Europa que se agrieta en las grandes crisis como viene sucediendo y que, a la hora de mutualizar la catástrofe y lanzar un potente <a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/04/23/los_veintisiete_intentan_acercar_posturas_una_nueva_cumbre_clave_para_puesta_marcha_plan_marshall_europeo_106131_1012.html" target="_blank">Plan Marshall</a>, sigue haciendo distingos entre la ahorradora y eficiente Alemania y la indolencia crónica del paciente mediterráneo. </p><p>Una vez más estos días han resucitado fantasmas como la <em>troika</em>, la prima de riesgo o los fondos de rescate, pronosticando un cadáver bonito para el próximo otoño. Incluso cuando desde lo alto del FMI se recomiendan políticas de gasto e inversión sin paliativos en la sanidad pública parece que estamos destinados a combatir contra los acreedores y los fondos. Al menos la mitad del plan de choque español (estimada por lo pronto en unos 200.000 millones de euros) tendrá que pagar unos intereses leoninos en los próximos mercados. Ni el covid-19 ha podido evitar que el turbocapitalismo siga su curso sin que nadie le ponga la mascarilla.</p><p>En medio de la tormenta, hay indicios de que la vida intelectual, cultural e informativa sigue su curso e incluso mejora sus prestaciones. Más de una docena de destacados autores ha respondido a nuestra llamada y elabora un mapa de confinamiento, un estado de excepción que, como afirman <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2019/11/09/el_dolor_javier_cercas_alegria_manuel_vilas_100773_1026.html" target="_blank">Javier Cercas</a> o <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/02/06/almudena_grandes_entrevista_madre_frankenstein_103641_1026.html" target="_blank">Almudena Grandes</a>, es bastante connatural a la actividad creativa. Así que estas <em>Crónicas de la pandemia</em> son el territorio cultural de un mundo en transformación que hereda las parábolas y ficciones de algunos visionarios que nos han precedido como <strong>Kafka</strong>, <strong>Boccaccio</strong>, <strong>Camus</strong>, <strong>Manzoni</strong> o <strong>Jack London</strong>. La peste es una mala noticia para la humanidad, pero, por paradójico que parezca, un muy buen argumento para las letras. La distopía, si alguna vez creímos que era cosa de series y de visionarios autores de ciencia ficción, ya campa entre nosotros. </p><p>Salud, buena lectura y gracias por seguirnos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 29 Apr 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Crónicas de la pandemia, en 'tintaLibre' mayo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Almudena Grandes,Escritores,Literatura,Literatura española,TintaLibre,Marta Sanz,Coronavirus,Crisis del coronavirus]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Marta Sanz sigue a María de Zayas en la denuncia de la violencia machista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/marta-sanz-sigue-maria-zayas-denuncia-violencia-machista_1_1160910.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d7c2166b-c706-486c-9255-a2e570d65a12_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Marta Sanz sigue a María de Zayas en la denuncia de la violencia machista"></p><p>"Como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan, sino los que les dan; y si bien lo miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión pensando que aciertan; que lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres". ¿Una cita de una feminista radical de los sesenta? No: su autora es <strong>María de Zayas</strong>, creadora del siglo XVII, considerada la primera mujer novelista de la literatura española y, ya se lee, pionera en la defensa de los derechos de la mujer. Estas líneas salen de sus <a href="https://www.catedra.com/libro.php?codigo_comercial=141179" target="_blank">Desengaños amorosos</a>, editados en 1649, y quien los recomienda casi 370 años después es la también escritora Marta Sanz (Madrid, 1967). "En ellos", apunta la autora de novelas como <em>Clavícula </em>o <em>Farándula</em>, "cuenta  cómo hay hombres que seducen a mujeres, se casan con ellas y <strong>una vez están en el seno del matrimonio, las matan</strong>". Esto, lamentablemente, trasciende el Siglo de Oro. </p><p>Si Sanz selecciona esta obra dentro de <a href="https://www.infolibre.es/tags/secciones/lecturas_infalibles.html" target="_blank">la sección</a> en la que infoLibre pide a escritores y periodistas que recomienden un clásico que visitar en verano, es precisamente por su actualidad. En los <em>Desengaños amorosos</em>, Lisis pide que, durante las celebraciones de su boda, las que amenicen la fiesta con cuentos para los invitados sean las mujeres, y pide también que las asistentes relaten "casos verdaderos y que tuviesen nombre de <em>desengaños</em>", tal y como recoge Zayas en la introducción. En las tres noches que dura la juerga, diez mujeres relatan la violencia sufrida por sí mismas o por otras a manos de sus maridos o pretendientes. Y no faltan detalles en la descripción de los crímenes.</p><p>  </p><p>"Esa mezcla de María de Zayas", dice Sanz, "entre <strong>el gore, el proto género negro </strong><em>gore</em>y <strong>la denuncia de la violencia</strong> que los hombres ejercen sobre las mujeres en el seno de la institución matrimonial no me puede parecer más oportuna". Es en estos puntos donde los intereses de la novelista se cruzan con los de aquella <em>abuela </em>literaria. Marta Sanz se define a sí misma como feminista y ha abordado en libros como el <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2018/07/18/marta_sanz_entrevista_amour_fou_85192_1026.html" target="_blank">recientemente reeditado Amour fou</a> o <em>El frío</em> los males del amor romántico que describe Zayas. A su vez, la ganadora del Herralde por <em>Farándula en 2015 </em>ha visitado también el género negro en <em>Black, black, black</em> o <em>Un buen detective no se casa jamás</em>.</p><p>En los <em>Desengaños </em>hay de todo un poco, y la novelista los compara con <em>Los hombres que no amaban a las mujeres</em>, el volumen de Stieg Larsson que en 2008 iniciaba la trilogía superventas <em>Millennium. </em>"Aquí las matan o por aburrimiento o por ambición económica, por mezquindad, por ira, porque se enamoran de otras mujeres…", cuenta, y añade, con la fascinación de los amantes de la novela negra: "Y las matan de maneras terribles: las emparedan, las degüellan… Lo cuenta con <strong>un colorismo y una plasticidad </strong>que es que lo ves. Es tremenda. A mí me encanta". </p><p>María de Zayas llegó a ser, en vida, una <strong>autora verdaderamente popular</strong>: la elogiaron en sus textos Lope de Vega o la dramaturga Ana Caro de Mallén. Sus obras se siguieron reimprimiendo hasta bien entrado el XVIII, aunque luego acabó cayendo en el olvido pese a las reivindicaciones de escritores como Emilia Pardo Bazán. Las tornas parecen haber cambiado: sus obras se han recuperado gracias a <strong>editoriales como Cátedra </strong>y una versión teatral de sus <em>Desengaños </em>—con versión de Nando López y dirección de Ainhoa Amestoy— <a href="http://teatroclasico.mcu.es/evento/desenganos-amorosos-madrid/" target="_blank">recalará en abril</a> en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico después de pasar por plazas como la del<strong> festival de Almagro</strong>. </p><p>Pero Marta Sanz se interesa también en la propia De Zayas, una mujer a la que describe como "bastante clasista y ahormada a los códigos de la época, pero que sin embargo tenía la conciencia de <strong>la necesidad de educación de las mujeres</strong>". De hecho, la escritora barroca no deja de repetirlo, tampoco a través de sus personajes. En los <em>Desengaños </em>se dice, después de hablar de varias intelectuales —entre ellas, Ana Caro—: "Puédese creer que si como a estas que estudiaron les concedió el Cielo tan divinos entendimientos, si todas hicieran lo mismo, unas más y otras menos, todas supieran y fueran famosas. De manera que no voy fuera de camino en que los hombres, de temor y envidia,<strong> las privan de las letras y las armas</strong>". La recomendación de Sanz llega para que las lectoras no se vean privadas ni de unas ni de otras. </p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Jul 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Marta Sanz sigue a María de Zayas en la denuncia de la violencia machista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Libros,Marta Sanz,Violencia machista,Lecturas infalibles]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Marta Sanz: "Escribí 'Amour fou' como una novela distópica y se convirtió en una novela realista"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/marta-sanz-escribi-amour-fou-novela-distopica-convirtio-novela-realista_1_1160779.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c7367dbc-b831-4270-b000-67d5775bcf4c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Marta Sanz: "Escribí 'Amour fou' como una novela distópica y se convirtió en una novela realista""></p><p><strong>Marta Sanz</strong> (Madrid, 1967) acaba de llegar de la Semana Negra de Gijón. Quizás por eso se arranca a hablar (cuando se le pide una recomendación de lectura para una futura sección de infoLibre) de los <em>Desengaños amorosos</em> de María de Zayas. Esta escritora del siglo XVII describía en aquellos relatos una serie de feminicidios a manos de maridos crueles que deciden acabar con sus esposas. No por casualidad la última novela de la escritora se titula <em>Amour fou</em>. ¿Última? Más o menos, pero más menos que más. Sanz la escribió en 2004 y fue<strong> rechazada entonces por los sellos RBA y Destino</strong>, incluso después de haber acordado su publicación. En 2014 la entregó a la editorial La pereza, un humilde proyecto de Miami de precaria distribución. Más de una década después, <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/amor-fou/9788433998538/NH_604" target="_blank">Amour fou</a> llega a las librerías españolas de la mano de Anagrama. Una pequeña victoria. </p><p>"De alguna manera, lo que te he dicho de De Zayas engarza con esa parte de <em>Amour fou</em> que tiene que ver con la novela sentimental y con <strong>dos formas diferentes de concebir el amor</strong>", cuenta. En el libro se conjugan varios triángulos sentimentales con una ácida visión de la realidad española, no ya de su época, sino de un futuro cercano a ese 2004 en que fue escrita. "Dándole vueltas siempre", dice, "a la idea de que lo personal es político y <strong>en las alcobas se refleja el dolor y la injusticia </strong>de fuera". Por eso, frente al "amor como relación de poder sadomasoquista", defiende "un amor sereno, tranquilo, no espectacular, no histérico, no comercial, quizás no muy fotogénico desde el punto de vista de las narraciones, pero que es el que te permite al final ser solidario con la comunidad en la que vives".</p><p><strong>Pregunta. ¿Qué ha pasado para que consideremos el amor verdadero aquel amor arrebatador, incluso violento, o vampírico, como señala?</strong><em>amor verdadero</em></p><p><strong>Respuesta</strong>. Es una de las demostraciones de que cuando se dice que la cultura es algo frívolo o algo inocente, o para rellenar los huecos de ocio, estamos profundamente equivocados. Es un ejemplo de cómo la cultura nos empapa. Cómo nos impregna y metabolizamos los relatos a los que estamos expuestos. Y cómo esa concepción del amor romántico construida desde el amor cortés pasando por el <em>petrarquismo bubónico</em>, como dice [el escritor] Rafa Reig, forma parte de nuestros esquemas de conocimiento. Sería muy ingenuo pensar que podemos pasar de eso a un concepto generoso y dulce de las relaciones amorosas. Pero por lo menos tenemos que tomar conciencia de que está ahí, de que lo tenemos todos y todas larvado, y de que hay que hacerlo consciente para construir otros modelos de amor, otros modelos de vida y otras historias que no repercutan siempre en la destrucción de las más débiles, que somos nosotras.</p><p>  </p><p><strong>P. Ahora que se habla más de la importancia de la representación, y la lucha feminista en este aspecto, hay voces que señalan que este discurso finalmente no cambia las condiciones materiales de la existencia. ¿Qué opina de esto?</strong></p><p><strong>R</strong>. Creo que es una especie de excusa. Yo no concibo la representación al margen de las condiciones materiales y no concibo tampoco mis inquietudes como mujer feminista al margen de las diferencias de clase. Cuando digo que soy feminista, lo digo en la medida que intento, a través del feminismo, paliar el resto de diferencias que nos convierten en una sociedad abominable: las diferencias de clase, las diferencias en razón de la salud o la enfermedad, las diferencias en función de la raza… Es un <em>pack</em>. Y querer neutralizar las luchas feministas utilizando argumentos supuestamente de izquierdas que se centren solamente en la cuestión de la clase me parece un procedimiento bastante torticero. Tenemos que ir todos a una, como en Fuenteovejuna. Sabiendo que dentro de los lenguajes del feminismo hay también malversaciones: hay gente que se ha convertido en feminista de un día para otro, y el mayor peligro de que este inicio de transformación no cuaje es que todo esto se quede en lo superficial. En la moda. Por eso hay que ser muy conscientes de que en las luchas feministas la crítica al patriarcado está íntimamente ligada a la crítica al capital. Y si no lo vemos así, creo que estamos desaprovechando una oportunidad de oro todos y todas.</p><p><strong>P. Al volver a Amour fou, 14 años después de haberla escrito, ¿qué se ha encontrado en ella? ¿Cómo encaja en este nuevo contexto político, con, por ejemplo, esta renovada presencia del feminismo?R</strong><em>Amour fou</em></p><p>. Cuando yo escribí <em>Amour fou</em> en el año 2004, para mí era una novela de ciencia ficción. Lo que hacía era aplicar un ojo distópico, ver todas las puntas del iceberg de la sociedad en la que estaba viviendo que a mí me parecían preocupantes (censura, desalojos de okupaciones, presencia de las banderas nacionales…) y a partir de ahí intentar hacer una prospección de qué pasaría unos años más tarde. Mi sorpresa fue ver que lo que yo escribí como una novela distópica se convirtió en una novela realista. Y mis vaticinios se habían cumplido, no porque yo fuera la bruja Lola, si no porque creo que una de las cualidades que tenemos que tener los que nos dedicamos al oficio de escribir es la capacidad de observación con una mirada crítica. Eso fue lo que yo hice.</p><p>¿Por qué creo que <em>Amour fou</em> no se publicó en su momento y se publica ahora? Porque el discurso político que subyace a esta novela ahora se ha normalizado. Ahora forma parte del discurso público hablar del óxido franquista que corroe aún nuestra sociedad, aunque hayan pasado 40 años, que <a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2018/07/15/mas_mitad_los_espanoles_apoya_exhumar_cadaver_franco_del_valle_los_caidos_85126_1012.html" target="_blank">el Valle de los Caídos sigue ahí</a>, y que están<a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2018/06/29/billy_nino_tiene_una_segunda_medalla_merito_policial_pensionada_84046_1012.html" target="_blank"> las medallas de Billy el Niño</a>, y hablamos de ese patrioterismo que puede resultar tan terrible. Esto es algo que ahora es normal y forma parte del discurso de la izquierda. En el año 2004 era normal para muchísima menos gente. Cuando entonces hablabas de la posibilidad de que en las comisarías españolas se estuvieran produciendo actos de tortura, te decían que eras un saboteador de la nueva democracia, que te estabas cargando la conciliación y que lo que eras era una mala persona. Se producía una paradoja de que aquellos ciudadanos que de verdad tenían un sentido crítico y querían que su país fuera bien se convertían poco más que en delincuentes. Yo fui ingenua al pensar que aquello se podía convertir en un discurso literario, y resultó que no.</p><p>También porque en el año 2004 yo tampoco tenía las 12 o 13 novelas que están ahora a mis espaldas [en 2015 gana el Premio Herralde con <em>Farándula</em>]. Y <em>Amour fou</em> tiene que luchar contra un prejuicio interno de la literatura, que durante un tiempo fue juguetona y bufonesca, y en la que se preocupaba de los aspectos más duros de la realidad, tenías que hacer un esfuerzo literario extra. Porque si mirabas a la realidad desde un punto de vista de izquierdas, eras panfletario. Y tenías que estar justificándote todo el tiempo, estilísticamente. Eso también jugó en contra de <em>Amour fou</em>.</p><p><strong>P. ¿Cree que un discurso similar podría haber sido aceptado de haberlo mantenido un autor, hombre, reconocido? ¿O tampoco?</strong></p><p><strong>R</strong>. En este caso, no lo sé. Probablemente no. Porque se estaban poniendo el dedo en muchas llagas que para la gente podían ser inaceptables. El hecho de que la Constitución fuera un texto de ciencia ficción porque se conculcaba los derechos fundamentales como a la vivienda, a la educación o al trabajo; el hecho de que no se hubieran depurado unas fuerzas de seguridad del Estado donde estaba el huevo de la serpiente; el hecho de que se naturalizaran símbolos que para mucha gente eran aterradores; el hecho de que no se hablara de las fosas… Tampoco un escritor hombre lo hubiera tenido fácil. Y, de hecho, una de las personas que más me apoyó cuando quise publicar esta novela fue Isaac Rosa.</p><p><strong>P. ¿Qué se le pasó por la cabeza cuando vio que ese libro que tenía que salir no salía?</strong></p><p><strong>R</strong>. Es como si perdiera toda la ingenuidad de golpe. Yo no me ganaba la vida como escritora, sino como profesora (en el momento actual tampoco me puedo ganas la vida con la literatura, pero en aquel momento menos todavía). Entonces yo tenía la sensación de que la literatura era para mí un espacio donde, como no tenía que hacer ninguna concesión al mercado, como no me tenía que ganar las lentejas complaciendo a un lector-cliente, podía decir verdaderamente lo que quisiera. Y que verdaderamente estaba tomando la palabra con responsabilidad para iniciar una conversación con mi comunidad en la que pudiera decir algo relevante. Y me di cuenta de que no. Lo que yo viví fue un proceso encubierto de censura en el que se te pasa por la cabeza que hay razones políticas, o razones literarias, que es donde tú te puedes sentir vulnerable, pero al final la limitación es el mercado, la posibilidad o no de vender la novela. Y, por el nivel de dureza que tiene el texto, los editores que la compraron no le vieron ninguna salida en el mercado. Al final, la censura es el mercado.</p><p><strong>P. La contraportada asegura que casi deja de escribir tras la experiencia con esta novela. ¿Es exageración?</strong></p><p><strong>R</strong>. No es exageración, porque que si las cosas eran así, ¿qué iba a poder escribir yo? Si yo no iba a poder escribir de lo que me interesaba, de lo que me parecía importante, pero no porque me pareciera importante a mí y a mi ombligo, sino porque me parecían significativo de mi contemporaneidad, ¿para qué iba a escribir yo? A mí los libros que me han interesado como lectora son los que arriesgan en el contexto de su contemporaneidad, desvelando las zonas de oscuridad, las áreas de peligro, esas cosas que no queremos ver. Para mí, ese es el sentido de la escritura literaria, la posibilidad de que a través de un código, de unas representaciones, de unas combinaciones y una inventiva del lenguaje y de la palabra, puedas perfilar los monstruos de la sociedad en la que vives. ¿Para qué iba a escribir, para hacer caligrafía?</p><p><strong>P. ¿Y cómo salvó el estado de desengaño?</strong></p><p><strong>R</strong>. Los amigos. Como siempre, el apoyo de los amigos, la familia y mi compañero. Y la pulsión que, cuando eres escritora, no puedes evitar. “Bueno, pues aunque tenga los textos en el cajón, yo los voy a escribir”. Llevo escribiendo desde que me salieron los dientes y no puedo dejar de hacerlo, porque me siento muy rara y además me pongo de muy mala leche.</p><p><strong>P. ¿Y qué pasó para que en 2014 Amour fou tampoco se editara con Anagrama, sino con una editorial de Miami?</strong><em>Amour fou</em></p><p><strong>R</strong>. Lo que pasó es que yo tenía esa novela enquistada en el corazón. Entonces llegaron los editores de La Pereza y me dijeron que querían iniciar un proyecto cultural en Miami, como ciudad que no se asociara solo a la figura de Gloria Estefan y los musiqueros, que querían reivindicar su lado cultural, la feria del libro, los clubes de lectura… Y que si yo tenía un texto antiguo, un cuento, algo que les pudiera regalar (porque no tenían dinero para pagar). Entonces yo les regalé la novela. Lo que ocurre es que las condiciones de la publicación no fueron las mejores, primero porque no tenían medios, y segundo porque quisieron publicitar la novela solo a través del elemento amoroso. Pero no era el espacio para que estuviera este libro ni muchísimo menos.</p><p><strong>P. ¿En ningún momento ha sentido extrañeza o lejanía con respecto a aquella Marta Sanz de 2004?</strong></p><p><strong>R</strong>. Ninguna extrañeza. Como, además, lo que estaba contando ha tenido lugar… Creo que mi punto de vista político —y no es obcecación, no es empecinamiento— no ha cambiado a lo largo de los últimos diez años.</p><p><strong>P. Amour fou es una novela y nadie dudaría de calificarla como tal. Sin embargo, con Clavícula hubo que pensarlo dos veces: que si era autobiografía, autoficción… ¿Qué ha pasado entre uno y otro?R</strong><em>Amour fou</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/04/07/marta_sanz_entrevista_clavicula_63522_1821.html" target="_blank">hubo que pensarlo dos veces</a></p><p>. Yo siempre he tenido la sospecha (y ahora casi tengo la certeza) de que todos los libros que iba a escribir a lo largo de mi vida serían autobiográficos en la medida en que siempre iba a hablar de asuntos que me concernían, de preguntas que me acosaban o de tesis que quería compartir con los demás. En ese sentido siempre está ahí la mirada de Marta Sanz, que es una mujer de clase media, que tiene estudios superiores, que está casada, que es heterosexual y que tiene buenas relaciones familiares… Esa persona siempre está ahí detrás. Pero a veces esa persona intenta que sus novelas sean un reflejo de su propia voz, con un tono autobiográfico, aproximándose al lenguaje de una manera no escéptica. Y otras veces esa misma persona, legítimamente, utiliza la máscara de la ficción, y se vale de tramas y personajes, pero para contar lo que le está preocupando. La conclusión a la que yo llego es que lo autobiográfico no es tan verdadero porque siempre está el filtro del lenguaje, y el lenguaje se empapa con los discursos del poder, y en el lado opuesto también podríamos decir que las ficciones son verdad, porque surgen de un pensamiento que es verdadero para quien lo experimenta y al mismo tiempo repercute en una metabolización por parte de los lectores. No hay contradicción, son distintas versiones de la misma idea de la literatura.</p><p><strong>P. Amour fou le condenaba a un papel de agorera, de alguna forma, y en Clavícula hablaba de temas tabú, como la precariedad o la enfermedad y el dolor físico. ¿Cómo se escribe y se vive desde ese rol de voz discordante?</strong><em>Amour fou </em><em>Clavícula</em></p><p><strong>R</strong>. Creo que hay dos características que a mí me salvan de la fatiga terrible que eso podría provocar. Una es que en todas mis novelas está el sentido del humor, la capacidad para sacar el chiste aunque sea de mueca de limón. Eso es higiénico para mí y para una lectora o un lector que si no se sentiría fatal. Y hay otro asunto: yo soy muy pesimista en el pensamiento pero muy positiva en la voluntad. Sigo teniendo confianza en la literatura y en la palabra como acción que puede intervenir en el ámbito de lo social. Y eso es tener un optimismo enorme. </p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 18 Jul 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <title><![CDATA[El viaje de doña Susana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/viaje-dona-susana_1_1146050.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/252db3a8-037d-4ebd-877f-bb83efc93522_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El viaje de doña Susana"></p><p><em>(Comienza Sergio Ramírez.)</em><strong>Sergio Ramírez</strong></p><p>La trágica noticia que recibió doña Susana Armijo temprano del lunes  en su domicilio del barrio El Erial de Somoto, un pueblo de las montañas en la frontera con Honduras, se iba componiendo por pedazos en su cabeza según entraban acongojados los vecinos, teléfono en mano. Traían mensajes de familiares que habían emigrado a España y vivían en el País Vasco, y todo lo puso más en claro un Whatsapp con la grabación de un breve segmento del informativo de EITB Radio Euskadi.</p><p>Su hijo Misael había perdido la vida la noche del viernes anterior hacia las 21.10 horas al ser arrollado por un tren de cercanías a la altura del Puente de Hierro, en el barrio de Amara de San Sebastián, cuando según testigos presenciales caminaba en medio de la vía.</p><p>La Ertzaintza logró identificarlo gracias a los datos de su teléfono móvil, y también determinó que trabajaba como pinche de cocina en el hospital San Juan de Dios aunque se trataba de un inmigrante sin papeles. El levantamiento del cadáver se produjo a las 22.43 horas y fue conducido a la morgue de Medicina Legal. El accidente obligó a suspender el tráfico ferroviario durante hora y media.</p><p>Por qué Misael iba caminando a esas horas de la noche en una carrilera y hacia donde se dirigía eran asuntos que doña Susana no lograba entender, y si un día llegaba a saberlo no le serviría de nada. Su hijo estaba muerto, lo había matado un tren. Y ella tenía que estar allá con él, en aquel lugar del mundo, y traerlo de regreso para que fuera enterrado en Somoto.</p><p>Sentada en una vieja silla trenzada de filamentos de plástico en la cocina de paredes ahumadas donde horneaba el pan que salía a vender cada madrugada de puerta en puerta, se cubría el rostro con una pequeña toalla listada de colores, pero nadie piense que su espíritu se había derrumbado, o que las lágrimas la ahogaban. Solo tenía cabeza para el viaje.</p><p>La cocina seguía llena de gente pero las noticias se iban haciendo más escasas, y cada vez más repetitivas. Ahora el asunto era otro. Cada quien buscaba disuadirla después que la oyeron decir, atribuyéndolo a un extravío causado por su dolor, que se iba a España: nunca había viajado al extranjero, nunca se había subido a un avión, nunca había atravesado el mar. ¿Y de dónde sacaría el dineral que costaba el pasaje?  ¿Y encima el costo de repatriar el cadáver? Según uno de aquellos mensajes traerlo a Nicaragua no bajaría de cinco mil euros, según se había averiguado. Trasladarlo a una funeraria, la preparación, el ataúd, el embalaje del ataúd, el valor del flete aéreo.</p><p>No tenía ni un real doña Susana. Lo que el hijo había alcanzado a enviarle desde que consiguió trabajo en el hospital, haría de eso seis meses, ella lo había invertido en agregar un cuarto a la casa para cuando él volviera, y aún faltaba ponerle el techo. Pero seguía en su terquedad y las razones en contrario se fueron apagando. La primera que cedió en apoyarla fue su hermana Clarisa. ¿Quién va a negarle a una madre el derecho de ir a buscar a su hijo muerto al fin del mundo si es preciso? Después ya se vería lo de traer el cadáver.</p><p>Y entonces fue como una llamarada la que prendió en Somoto. Salieron los escolares con alcancías a las calles, barrio por barrio, y esas alcancías uno las encontraba también en los mini súperes, en la pizzerías, y al cabo de dos días, al vaciarlas, el total de la recaudación sumaba 17 mil córdobas. El domingo siguiente se organizó una kermesse en el atrio del templo parroquial de Santiago Apóstol que rindió 19.000 córdobas más.</p><p>Con lo cual tenemos ahora a doña Susana entre la multitud de pasajeros que salen de la manga del avión de Iberia que la ha traído a Madrid después de trasbordar en Panamá. Va vestida de negro riguroso, y por todo equipaje lleva un valijín de vinilo obsequio de la agencia de viajes Aeromundo donde su boleto fue comprado en Managua.</p><p><em>(Sigue Almudena Grandes.)</em><strong>Almudena Grandes</strong></p><p>Al filo de la medianoche, doña Susana Armijo ocupó una silla en una hilera de asientos vacíos, frente a uno de los restaurantes de la T4.</p><p>Llevaba siete horas en Madrid y aún no había salido del aeropuerto. En ese plazo, su ánimo había subido y bajado tantas veces como las piernas de un niño pequeño que nunca se cansa de un tobogán. La sensación de triunfo que experimentó al aterrizar había encogido al mismo ritmo que sus pasos mientras avanzaba por aquella terminal inmensa, su altísimo techo de madera sostenido por vigas pintadas de colores vivos, como una catedral profana, hasta burlona. Siguió a los pasajeros de su vuelo sin hacer preguntas hasta el puesto de policía donde tuvo que enseñar el pasaporte. Allí sí preguntó, se enteró de que tenía que coger un tren hasta otro edificio, luego un metro, un autobús o un taxi hasta la dirección de Madrid a la que se dirigiera. Pero yo no vengo a Madrid, señorita, dijo ella, yo tengo que ir a San Sebastián. No se preocupe, la policía sonrió, está muy cerca. Pregunte a cualquiera, yo creo que le conviene coger el metro hasta la Plaza de Castilla y desde allí, en autobús, no tardará ni media hora.</p><p>Doña Susana tenía mucho miedo a la policía española. En Somoto le habían contado que no era fácil entrar en el país, que quizás la harían esperar, que tal vez sospecharían que era una inmigrante ilegal, igual que su hijo. La sonrisa de la agente que miró y selló su pasaporte sin ponerle pegas la desconcertó tanto como su optimismo. Ella no era culta, no había estudiado, pero sabía que la ciudad donde había muerto Misael no estaba a media hora de Madrid. Sin embargo, cuando volvió a tener el pasaporte en la mano, pensó que se había librado con bien y no se atrevió a hacer más preguntas.</p><p>En el tren se acercó a una señora española, más o menos de su edad, que fue mucho menos simpática que la policía, lo justo para deshacer el malentendido. El San Sebastián que estaba a media hora de la plaza de Castilla no era el del País Vasco, sino otro que se apellidaba de los Reyes. Cuando doña Susana le preguntó cómo podría llegar al primero, la señora se encogió de hombros. En autobús, en tren, usted verá…</p><p>Sin equipaje que recoger, la señora Armijo vagó durante horas por los pasillos de la T4. Tenía que pedir ayuda, pero no sabía por dónde empezar. A ratos se sentía animada, confiada en sus fuerzas, porque había llegado a Madrid desde Managua, sin haber montado nunca en avión y sin un céntimo, pero enseguida se venía abajo, porque todo le parecía muy grande y ella demasiado pequeña, una figura de escala diminuta en una realidad nueva, gigantesca. Entonces se sentaba un rato, se animaba de nuevo, volvía a ponerse en pie y buscaba a alguien con pinta de buena persona. Los mejores que encontró eran quienes menos lo parecían.</p><p>Cuando un hombre bien vestido no sólo le dijo que no podía ayudarla, sino que se alejó mascullando que a quién se le ocurría viajar en esas condiciones, escuchó a su espalda una voz joven, de mujer. Gilipollas…, dijo la voz que un instante después se dirigió a ella. ¿Qué le pasa, señora? Doña Susana giró la cabeza muy despacio y se encontró con lo que en Nicaragua habría definido como una pareja de mendigos.</p><p>Él era tirando a rubio y llevaba el pelo muy largo, unos mechones raros, como retorcidos, recogidos en una coleta, y una extraña barba del siglo XIX. Ella llevaba el pelo teñido de verde, los brazos repletos de tatuajes bajo las mangas de una camiseta ceñida. En Managua les habría dado limosna, en Barajas les contó la verdad y descubrió con asombro que los dos estaban muy bien educados. ¿Tiene usted dinero?, le preguntó él, y negó con la cabeza. ¿Y tarjeta de crédito?, la chica obtuvo el mismo resultado. Entonces hablaron entre ellos y decidieron que lo mejor sería que fuera a su embajada. Sacaron sus teléfonos, empezaron a teclear y apuntaron en un papel una dirección y una estación de metro. Pero ahora estará cerrada, claro, dijo ella, ¿y dónde va a dormir? ¿Conoce usted a alguien en Madrid?</p><p>Doña Susana no conocía a nadie en Madrid, pero no dijo que no. Tampoco que sí. Sólo preguntó a sus benefactores si iban a la universidad. Los dos afirmaron con la cabeza y no comprendieron por qué los ojos de aquella señora nicaragüense, tan mayor, tan bajita, se llenaban de lágrimas. A mí me habría gustado que mi Misael fuera a la universidad, les dijo al rato, después de que le trajeran una botella de agua y un donut. Por si tiene hambre, le dijeron antes de despedirse. Cada uno de ellos le dio dos besos, ella además un billete de cinco euros, él un bonometro en el que quedaban tres viajes. No tenemos más, se disculparon, y ella les bendijo antes de dejarles marchar.</p><p>Se bebió el agua, se comió el donut y siguió vagando por el aeropuerto, pensando que el siguiente sería otro día. Hasta que, al filo de las 12, se sentó en aquella silla y se quedó dormida. Cuando despertó, a las tres de la mañana, otra extraña pareja la miraba. Estos eran mayores e iban aparentemente bien vestidos. Estaban limpios, no olían mal, pero los zapatos de la mujer parecían tan deformados por el uso como el cuello roído de la camisa del hombre, y ambos tenían bolsas bajo los ojos, como si hiciera mucho tiempo que no dormían en una cama.</p><p>Doña Susana Armijo tuvo la intuición de que ellos sí eran mendigos, y acertó.</p><p>Acababa de contactar, sin pretenderlo, con la comunidad de indigentes que vive en la T4 del aeropuerto de Barajas.</p><p><em>(Continúa Jorge Franco.)</em><strong>Jorge Franco</strong></p><p>Epifanio era colombiano y ella, María Rosa, salvadoreña, cosa que alegró inmensamente a doña Susana. Gracias a Dios encuentro gente como yo, les dijo, que no habla tan rápido y con esas eses tan raras. En un par de minutos los puso al tanto de su situación y, mientras hablaba, Epifanio y María Rosa se miraban, como si ya conocieran la historia que ella les estaba contando. Volvieron a mirarse, ya con otro gesto, cuando doña Susana recalcó que apenas tenía cinco euros que le habían regalado dos almas caritativas. Epifanio fue claro: una cosa es no saber adónde ir si se tiene dinero y otra muy distinta si no se tiene. Como todo en la vida, complementó María Rosa. También les mostró la dirección de la embajada que le habían anotado los mismos que le dieron la plata. Epifanio miró el papel y dijo, esa es una posibilidad que podría funcionar si mañana, es decir hoy, no fuera sábado. ¿Ya es sábado?, preguntó desconcertada doña Susana. La pareja asintió y doña Susana dijo, Dios bendito, pero si yo salí un jueves, ¿qué pasó entonces con el viernes?</p><p>María Rosa le susurró algo a Epifanio junto a la oreja y él miró el reloj en su muñeca. Ajá, masculló y le preguntó a Susana, ¿ha comido algo? Lo que me dieron en el avión, respondió la señora y añadió, la verdad es que tengo más angustia que hambre. Venga con nosotros, le dijo Epifanio, justo ahora estamos recogiendo lo del desayuno y además el comité podría ayudarla a resolver su lío. Eso sí, aclaró María Rosa, nada de esto a las autoridades, ¿eh? Doña Susana enarcó las cejas y sacudió la cabeza como un pajarito asustado. ¿De qué le estaban hablando? ¿Comité? ¿Autoridades? Epifanio le extendió la mano y le insistió, venga, apúrese, vamos retrasados. Doña Susana los siguió no tanto por gusto sino porque no tenía otra opción.</p><p>Caminaron por pasillos en los que se cruzaron con algún pasajero adormilado o con jóvenes que dormían recostados en los morrales mientras les llegaba el momento de tomar su vuelo. En el trayecto, Epifanio le explicó a doña Susana que a esa hora las tiendas de comida del aeropuerto comenzaban a recibir los alimentos frescos y tiraban los del día anterior, por eso tenían que darse prisa para recuperar la comida antes de que la echaran en las canecas de basura. Pero, ¿ustedes trabajan aquí?, preguntó doña Susana, que no había entendido muy bien la explicación de Epifanio. Vivimos aquí, le dijo María Rosa. Ella y yo somos de la comisión de alimentos, dijo Epifanio y doña Susana entendió menos. ¿Comisión? Cada cosa que decían le parecía más extraña. Sin embargo, silenciosa y resignada, los siguió hasta cada restaurante, cafetería o puesto de comidas donde ya los conocían y les iban llenando las bolsas con los alimentos sobrantes.</p><p>Cargados de quesos, panes, tortas, jamones, verduras y hasta con filetes de pescados y carnes, ingresaron a las desconocidas entrañas de la T4. Doña Susana los siguió aferrada a la camisa de María Rosa, con miedo de quedarse atrás, de perderse, de que se la tragase ese monstruo de pasillos, escaleras y puertas. ¿Para dónde vamos?, les preguntó varias veces, las mismas que le hicieron una señal con el dedo en la boca para que hablara bajito. En un par de ocasiones se cruzaron con otras personas que vestían uniformes de alguna cosa. Doña Susana se quedaba sin aliento, creía que eran autoridades españolas que venían a detenerlos, o tal vez era el permanente miedo a los uniformes que le quedó desde niña, allá en su Nicaragua natal. Sin embargo, con la gente que se cruzaron no intercambiaron saludos ni palabras, y María Rosa y Epifanio avanzaron muy orondos como si fueran funcionarios del aeropuerto.</p><p>En algún punto se detuvieron frente a una puerta grande y sólida. Epifanio dejó las bolsas en el suelo y golpeó con los nudillos como siguiendo el ritmo de una canción. Les abrió una mujer oriental con el pelo canoso y revuelto. Room service, le dijo Epifanio y soltó una carcajada que estalló en el interior de la bodega a la que entraron con los alimentos. La mujer oriental miró a doña Susana con curiosidad y le preguntó a María Rosa, ¿otra más?, pero María Rosa no le respondió.</p><p>La bodega estaba en penumbra aunque tal vez por el olor a comida, o porque seguían una rutina y ya era hora de levantarse, las luces blancas del techo comenzaron a encenderse, una a una, hasta que doña Susana pudo ver las camas improvisadas, los bultos que se removían bajo las mantas, las caras adormiladas de los que todavía no se acostumbraban a la luz. Ella intentó calcular cuántos eran, si quince, si más de veinte, tal vez una treintena. La mujer oriental se alejó con las bolsas, acompañada de otras dos, más jóvenes que ella pero también orientales. Liang es la encargada de la cocina, le dijo María Rosa a doña Susana. ¿Cocina?, ¿ahí?, se preguntó doña Susana mientras más gente, de distintas edades y razas, iba saliendo desde otros rincones.</p><p>Perpleja y con ganas de devolverse a la sala de pasajeros, poco a poco doña Susana fue comprendiendo que los que estaban ahí no habían logrado llegar a su destino. La invadió el terror. Temió que ella no pudiera regresar a Somoto con el cuerpo de su hijo o que ni siquiera lograra salir de esa bodega. Y temió más cuando Epifanio le dijo, espere aquí, póngase cómoda, voy a avisarle a Roca.</p><p><em>(Cierra Marta Sanz.)</em><strong>Marta Sanz</strong></p><p>En el barrio de El Erial de Somoto todo el mundo se preguntaba que habría sido de doña Susana. Se lo preguntaba su hermana Clarisa y se lo preguntaban todos los vecinos que, en su día, haciendo un gran esfuerzo, con mucha compasión y buena voluntad, habían depositado sus billetitos de córdoba por la rendija de las alcancías. Lo cierto es que se sentían un poco estafados e incluso habían llegado a pensar, sin querer decirlo en alto, que la esperanza no merecía la pena. Qué pájaros les volarían por la cabeza cuando entregaron sus migajas y sus ahorros para financiar el loco periplo de doña Susana. Bien en el fondo de sus corazones, en la parte que tira hacia el color negruzco, los vecinos creían que no era conveniente invertir en historias sin finales felices. Por eso, los amantes del fútbol, pese a estar en Somoto y ser más nicaragüenses que <strong>Carlos Mejía Godoy</strong> y los de Palacagüina, se hacían hinchas del Real Madrid o del Barcelona. Del River o del Manchester United como poco. Nadie quiere malgastar la ilusión ni pertenecer eternamente al bando de los perdedores. Algunos vecinos, los más indignados, los que habían pasado del negruzco al negro ébano en las entretelas de su corazón, ya hasta le daban la espalda a Clarisa cuando se la encontraban por la calle.</p><p>—¿Bernardo?</p><p>Bernardo, como muchos otros, se hacía el despistado y rumiaba, entre dientes y cargado de razón, que se dan unas monedas para que un niñito se cure o para que alguien arregle el techo de su casa, pero si el niñito se muere, el techo se derrumba o doña Susana desaparece sin dejar huella, a uno se le queda una sensación de fracaso que le hace peor persona. Para qué se va uno a esforzar si todo acaba en drama, si los córdobas se esfumaron por la rendijita de la alcancía. Y eso sin pensar mal. A Bernardo a veces se le venían a la mente imágenes de la doña Susana esfumada y de la sosa de Clarisa montando una sociedad financiera; sin embargo, la imagen se le borraba pronto porque ni la recaudación había sido para tanto ni las hermanas Armijo tenían cabeza para infraestructuras empresariales.</p><p>No es que los vecinos aspirasen a que, por arte de magia, sus córdobas volvieran a meterse dentro de sus bolsillos, pero al menos querían rentabilizar un poco sus acciones bondadosas para seguir creyendo en el cielo, san Pancracio y la santa Madre de Dios. Ahora se veían a sí mismos como a unos tiernos infantes, con sus dientecitos de leche aún prendidos a la encía, que habían estudiado mucho para un examen que, no se sabe por qué misteriosos designios del infierno, por qué asquerosos y maléficos azares, después suspenden. En esas condiciones y con esas pesadillas, a cualquiera se le quitan las ganas de ayudar. Así que a muchos y a muchas, cuando se cruzaban con Clarisa Armijo por el barrio y ésta seguía sin darles buenas nuevas, les ardía la cara como si la mujer les hubiera dado un bofetón. La miraban mal porque estaban hastiados de pena y necesitaban recompensas y premios para sus impulsos de buenos samaritanos. Motivos para dejar de fumar. Inmediatos efectos benéficos en la salud. No toser por las mañanas. “Refuerzos positivos”, que decía la maestra del Erial a los papás de sus alumnos cuando iban a las reuniones escolares. La maestra era una docente modernísima que ratificaba la idea de que, si no había premio, costaba mucho que los nenes aprendiesen que la eme con la a es <em>ma</em> o el modo de resolver los logaritmos neperianos “o naturales”, añadía la maestra que era muy versada en letras, pero también en ciencias. Los papás y las mamás iban un poco más lejos y se preguntaban “Para qué ser buenos si a los buenos todo les sale malo”.</p><p>Al volver a casa, después de hacer la compra, Clarisa tenía que desclavarse de la espalda cientos de cuchillos metafóricos. Las miradas aviesas como aguijones y las preguntas con segundas, deslenguadas y biliosas:</p><p>—¿Y a la doña Susanita qué? ¿También la pilló un tren?</p><p>Por un tiempo, nadie le dio noticias de doña Susana, y Clarisa, una mujercita con pocos recursos y poca imaginación, como su hermana antes de emprender su vuelo a España, porque la pobreza aviva el ingenio, pero también desorienta y es una carga demasiado pesada para algunos hombros, por todas estas cosas, Clarisa no sabía a quién dirigirse para que le diera razón del paradero de Susana. A veces se le oía un murmullo que en realidad era un rezo:</p><p>—Ojalá mi hermanita haya tropezado con gente buena. Dios lo quiera. </p><p>A través del párroco de la comunidad, que se ofreció a hacer algunas llamadas telefónicas, Clarisa supo con certeza que Susana Armijo Ramírez, de nacionalidad nicaragüense, había entrado en territorio español el día y la hora fijados. Ahí se perdía la huella del pie pequeño y regordete de Susana que no había llegado a inscribirse en ninguna pensión de San Sebastián ni se había puesto en contacto con las autoridades para reclamar el cadáver de su hijo Misael. Para Clarisa, a Susana se la había tragado la tierra, aunque en realidad se la hubiera tragado una ranura de ventilación del aeropuerto. Clarisa penaba:</p><p>—A mi Susana me la han secuestrado.</p><p>Las vecinas más caritativas intentaban poner algo de sensatez en la pesarosa imaginación televisiva de Clarisa Armijo. Nadie podía suponer que la imaginación televisiva de la pequeña Armijo se había quedado tan corta. Clemen, a quien el nombre le cuadraba regular, tenía ascendencia gallega, exhibía un gran sentido práctico y se jactaba de conocer bien el valor de las cosas.</p><p>—¿Y para qué iban a querer a tu hermana, Clarisa? ¿Para relleno de empanadas? ¿Para hacer jabones? Mira que se te ocurren a ti unas boberías…</p><p>—Ay, Clemen, no me digas esas cosas.</p><p>—¿A ver qué quieres tú que yo te diga? ¿Pero cuánto iban a pedir por tu hermana? ¿Se han puesto en contacto contigo los secuestradores? No, ¿verdad? ¡Entonces ni secuestro ni Cristo que lo fundó!</p><p>Clarisa no entendió a Clemen que últimamente también estaba más irascible con ella que de costumbre. Como si la debiera y no le pagara. Las palabras de Clemen a Clarisa le sonaron blasfemas, pero decidió fingir que no las había oído.</p><p>—A lo mejor la tienen de esclava en alguna parte…</p><p>—Mira, Clarisa, tú mejor que nadie tendrías que saber que las malas noticias vuelan. Si no, acuérdate de lo que tardó Susana en enterarse de que a Misael lo había atropellado un tren en San Sebastián.</p><p>—Ese es otro gran misterio.</p><p>Clarisa miró hacia el cielo que no la respondió; sin embargo, Clemen no cerró la boca:</p><p>—Las buenas, las buenas noticias son las que no llegan nunca. Seguro que Susana está viviendo como una reina. Y ahora, échale un galgo… —barruntaba Clemen, contagiada por el perverso ambiente vecinal—.</p><p>—Ay, Clemen, que no, que mi hermana es una santa, una pobre mujer y a nosotras nos miró un tuerto.</p><p>—Ni tuerto ni nada. Y, por cierto, nunca quise decírtelo a las claras, pero hoy te lo digo: lo que debía de llevar el Misael, cuando el tren se lo llevó por delante, era una tajada como un piano.</p><p>Pero hasta las conversaciones con Clemen se acabaron y no porque la gallega decidiese darse un puntito en la boca, sino porque de manera imprevista Clarisa había dejado de hablar. Había dejado de pronunciar el nombre de Susana Armijo. La mudez llegó después de recibir una carta procedente de Madrid. El remitente era Avelino Roca. Y acababa con una frase lapidaria: “El hombre es un lobo para el hombre. Y para la mujer, también”.</p><p>Antes de leer aquellas últimas palabras, Clarisa casi no podía dar crédito a lo que se aparecía delante de sus ojos en forma de letras, sílabas y frases muy floridas. Aun así, hizo de tripas corazón y acabó la lectura de la carta que no era demasiado extensa y venía a decir que Avelino Roca, intendente de la comunidad subterránea de la Terminal 4 del Aeropuerto de Madrid, se ponía al aparato bajo nombre supuesto —por supuesto— para comunicar a doña Clarisa Armijo el fallecimiento de su hermana Susana que no había sabido digerir la bondad de sus nuevos anfitriones, los solícitos habitantes de los intersticios secretos de la T4. Al verse allí metida, se había puesto como una histérica y le había arreado un soponcio que la condujo a un desmayo comatoso del que no pudo rescatarla ni el buen de Epifanio que, además de ser el responsable de la comisión de alimentos, una vez fue doctor allá en Colombia. Pero ya se sabe los tiempos que corren, comentaba Avelino Roca, los ingenieros son reponedores de supermercado y pocas almas culminan su destino porque los tiempos vienen muy mal dados en lo económico y social, y no quedan muchos lugares donde caerse muerto, si Clarisa le permite la expresión dadas las circunstancias. Afortunadamente ellos habían podido fundar una comunidad que se preciaba de ser sobre todo humanitaria, hospitalaria y filantrópica en este mundo de lobos y lobatos. Ahí encontró Clarisa la conexión con la misteriosa frase lapidaria que remataba la epístola. Avelino aseguraba que hicieron por Susana todo lo que pudieron: le dieron tecitos del Starbucks —no posos, no restos: tés sin estrenar, pagados de su propio bolsillo—; comida macrobiótica y nutriente, expurgada y seleccionada por la mismísima Liang, virtuosa y asiática encargada de cocina; y tartar de salmón —ese sí un poquito pasado— de la tienda de delicatesen… Pero Susana, cada vez que abría los ojos, los volvía a cerrar entre ayes y lamentos, e imprecaciones a Dios y a la Virgen Santísima que, al principio, no le entendían bien porque, después del primer arrechucho, a Susana se le había quedado la lengua de trapo. Hasta que en uno de esos que me muero o que no me muero se había quedado efectivamente en el sitio, no sin antes darles la dirección de su hermana Clarisa para que pusieran en su conocimiento su destino aciago. El señor Roca resaltaba que la verdad es que doña Susana le pareció un poquito desagradecida, que él nunca se había comido a nadie, aunque ganas le entraban a veces, y que confiaba en la discreción de Clarisa de quien esperaba que no delatase a un grupo de buenísimas personas que habían sido el consuelo y el sostén de su hermana en sus últimos momentos. También informaba a la pariente de Susana Armijo de que no debía preocuparse por el cadáver. La propia Susana, que no había sido muy lenguaraz al principio por la sorpresa, después por la timidez, luego por el espanto y la enfermedad, había tenido tiempo suficiente para dar cuenta de las razones que le habían llevado a acabar metida en una tubería de la T4. Por todo ello, Avelino se hacía cargo de que las repatriaciones eran carísimas y la comunidad subterránea se había desecho del cadáver de doña Susanita —después de tres meses de estar desmayándose y despertándose le habían cogido mucho cariño a la vieja— tan higiénica como cristianamente. En este sentido, Avelino Roca no proporcionaba más detalles y, sin otro particular, se despedía de la señorita Armijo atentamente, bla, bla, bla… En una posdata detallaba el número de un apartado de correos por si Clarisa quería hacer una donación para corresponder a los cuidados de su amada hermana y colaborar con la supervivencia de la filantrópica comunidad subterránea de la T4 que tanto y tan acreditado bien llevaba haciendo, desde tiempos no tan inmemoriales, a las almas perdidas y desorientadas en los pasillos de la terminal y en este mundo de fieras.</p><p>Clarisa volvió a meter dentro del abultado sobre el papel con el relato de las vicisitudes subterráneas de Susana Armijo en las tripas de dinosaurio de la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Posiblemente le prendería fuego. “A ver cómo se lo cuento a los vecinos”, era el pensamiento que le martilleaba en las sienes y le secaba la boca. En un instante tomó una decisión: les diría a sus vecinos de El Erial que Susana le había escrito. Que todo le había ido muy bien. Que se había quedado a vivir en San Sebastián porque allí había dado santa sepultura a Misael y allí había conseguido un trabajo, bien cómodo, para cuidar a unos niños encantadores en una familia estupenda. Sí, tenía que subrayar “encantadores” y “estupenda”. Ahora doña Susana no quería apartarse del lado de su hijo, cuya muerte seguía siendo un gran misterio, y se quedaba con su penita en San Sebastián, comiendo buen pescado y llevando flores al cementerio los fines de semana. Susana pedía encarecidamente a Clarisa que les transmitiera su inmensa gratitud a todos, que sin ellos nunca lo habría logrado y que era muy feliz. Así por lo menos una comunidad filantrópica se quedaría medio contenta, porque a Avelino Roca y a sus huestes internacionales no les iba a mandar ni un centavo. Y que los huesos de Susana la perdonaran. Seguro que ya habían sido reciclados para un buen caldo o para un coctel de recepción.</p><p><em>*Sergio Ramírez es escritor. Su último libro es </em><strong>Sergio Ramírez</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/sara/ES0139613" target="_blank">Sara</a><em> (Alfaguara, 2015).</em></p><p><em>*Almudena Grandes es escritora. Su última novela es </em><strong>Almudena Grandes</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-pacientes-del-doctor-garcia/252790" target="_blank">Los pacientes del doctor García</a><em> (Tusquets, 2017).</em></p><p><em>*Jorge Franco es escritor. Su último libro, </em><strong>Jorge Franco</strong><a href="https://www.megustaleer.com/libro/el-mundo-de-afuera-premio-alfaguara-de-novela-2014/ES0138849" target="_blank">El mundo de afuera</a><em> (Alfaguara, 2014).*Marta Sanz es escritora. Su último libro es </em></p><p><strong>Marta Sanz</strong><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/clavicula/9788433998293/NH_581" target="_blank">Clavícula </a><em>(Anagrama, 2017). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Ramírez | Almudena Grandes | Jorge Franco | Marta Sanz]]></author>
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      <title><![CDATA[Cindy Sherman: el disfraz es el desnudo]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f9a976da-96cb-45de-b03e-8d10d6b92de0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cindy Sherman: el disfraz es el desnudo"></p><p><em>Publicamos un texto que Marta Sanz sobre la fotógrafa y directora de cine Cindy Sherman leído en el ciclo Retratos y ficciones literarias celebrado en el CaixaForum de Sevilla el pasado abril. La escritora reflexiona sobre sus propias inquietudes artísticas._______________________________</em><strong>Cindy Sherman l</strong><a href="http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/en/-/cl-retratos-y-ficciones-literarias" target="_blank">Retratos y ficciones literarias</a><strong>. </strong></p><p><strong>1</strong>. Voy a analizar fugazmente la propuesta de Cindy Sherman en conversación con lo que, en este momento, son mis propias inquietudes como escritora. Creo que es lo más honesto que puedo hacer, porque no soy una académica ni una profesional especializada. Soy una mujer que escribe y que lee y que disfruta reflexionando sobre la cultura en el sentido más amplio del término. Así que comenzaré con una declaración de principios y seguiré con un fragmento de mi historia familiar, porque a medida que pasan los años y acumulo lecturas –también escrituras no precisamente de propiedad—, desconfío más de los rutinarios artificios de algunas ficciones –no de todas—, de su mecánica celeste y sus oquedades, y soy más partidaria del impudor del <em>selfie. </em>Algunos <em>selfies</em>, algunos libros manifiestamente autobiográficos, también las fotos de Sherman, escapan de la pornografía o de la inanidad de las vidas compartidas en Facebook —quizá altamente literaria y preñada de matices semánticos—, por el efecto depurador de la conciencia del lenguaje.</p><p><strong>2.</strong> Reflexiono sobre las representaciones de la pipa de <strong>Magritte;</strong> sé que una pipa pintada no es una pipa, pero también es una pipa se ponga como se ponga René Magritte; opto por una de ellas, pero mi elección está diciendo que lo que hoy más me interesa es la pipa en sí. Su realidad. Sus contornos y posición en el mundo. La mala voluntad de quienes pretenden desdibujarla con las brumas y nebulosas de lenguajes artísticos que, en lugar de ayudarnos a ver, emborronan los nítidos perfiles. “Andamos faltos de realidades”, escriben <strong>Alice Munro</strong> y <strong>Marguerite Yourcenar</strong>. Sí, andamos. Andamos faltos de ágoras públicas, de vínculos fuertes, de amores vividos sin cristales interpuestos. Estamos hartos de Tisbe y Píramo, del amor a través del muro. De <em>Matrix</em>. De <em>Meetic</em>. De la celosía.</p><p><strong>3</strong>. Sin embargo, no conviene confundir la necesidad de realidad con la selección del realismo como única alternativa estética: la contractura de los códigos artísticos, sus contorsiones, los excesos barrocos y las superposiciones a veces apuntan hacia ese territorio que está fuera del lenguaje y de sus círculos viciosos; a veces el regodeo en la imagen y los jugueteos semánticos nos expulsan del texto para que el receptor se fije en lo externo a la palabra como enrejado, como jaula; para que se fije en ese magma del que surgen y al que regresan los discursos: en el fragor volcánico de las realidades. En ese gesto artístico hay algo profundamente moral. Sherman, pese a todas sus contorsiones y metamorfosis paródicas, se coloca a pie de calle y su gusto infantil por el disfraz la ha convertido, inevitablemente, en una artista política que hace del reciclaje y de la reinterpretación un procedimiento original y subversivo.</p><p><strong>4</strong>. Mi búsqueda de la desnudez hoy no se relaciona tanto con la elección de un estilo anoréxico, con el desiderátum juanramoniano de “intelijencia dame el nombre exacto de las cosas”, como con el hecho de no superponer personajes fingidos o situaciones imaginadas al relato de una cruda realidad donde el <em>yo</em>, más allá de mitificaciones artísticas, bohemias o literarias, somos todos. También las escritoras somos mujeres de una infinita vulgaridad. Las fotógrafas. No estamos iluminadas por un halo luminiscente o por el aura de un polvillo de pan de oro. En este momento yo necesito decir en carne viva, y activo el material autobiográfico como expresión de lo común. A través del material autobiográfico pretendo establecer un vínculo con la comunidad: las oposiciones entre los individuos y sus comunidades son casi siempre una falacia de la mercadotecnia, una falacia que hace del artista fetiche y personaje abusando de lo selecto y lo exclusivo. Esta imposibilidad de escapar de nuestro contexto también es palpable cuando los individuos se sienten únicos y experimentan los límites de su libertad en entornos hostiles; entonces se rebelan —o no— contra los parámetros que constriñen su libertad a través de la acción política o artística. Por eso, porque no somos únicas ni tan especiales, ni estamos tocadas por el dedo de los dioses o las diosas, porque tenemos cosas en común, creo que mi imaginaria conversación con las fotografías de Cindy Sherman puede ser fértil. Somos mujeres que tomamos la palabra e iniciamos una acción que tiene mucho que ver con el hecho de contradecir.</p><p><strong>5</strong>. Sherman y yo operamos narrativa y descriptivamente en una misma dirección, pero en dos sentidos opuestos: para ambas el disfraz es el desnudo, pero ella se empeña en subrayar la máscara –la civilización, lo aprendido, lo impostado— y yo me empeño en mirar en primer plano la piel como texto permeable a las vivencias. Sobre el cuerpo se dibuja el rastro de todos los disfraces que nos hemos ido poniendo sobre el cuerpo para amoldarnos a las convenciones: a la idea de lo que debe ser una mujer. También nos vestimos para protegernos del frío. De la soledad o la intemperie. Porque no somos la mujer, somos mujeres. En plural. Perseguimos <em>desencializarnos</em> para liberarnos. La <em>desencialización</em> pasa por la deconstrucción de todos los tópicos femeninos habitualmente emanados de miradas patriarcales: ése es el lado político que creo compartir con Cindy Sherman. Ese lado político y el sentido del humor que tal vez nos lleva a reconocer en clave auto-paródica que, como dice <strong>Adrianne Rich</strong>, aún necesitamos para hablarnos el lenguaje del opresor. Lo tenemos instalado en la cadena de ADN y en el oscuro occipucio. En la carne, la materia y la biología. Lo más sensato es que mientras buscamos nuestras propias palabras, nos aprovechemos de todo lo aprendido y le demos la vuelta como a los calcetines con tomates y nos fotografiemos disfrazadas de Judith <em>decapitadoras</em> con la cabeza de Holofernes en la mano. Con colores vivos y los pliegues de la vestimenta tan marcados como en las esculturas grecorromanas.</p><p><strong>6</strong>. Como necesito decir en carne viva –igual que una desgarrada cantante de boleros— puedo seguir esta charla comentando que mi madre estudió en un colegio de monjas de Madrid. Era la hija de un empleado del banco de España que contaba con agilidad los billetes, procedía de un pueblo de Segovia y había sido cocinero en la retaguardia del frente Nacional en la batalla del Ebro. Mi abuelo se casó con una mujer, espigada y de nariz aguileña, que se ponía mantilla para celebrar en la iglesia las fiestas de guardar. Se parecía a las mujeres de <strong>Julio Romero de Torres</strong>. De pequeña le encantaba el cuento de <em>Blancanieves y los siete enanitos</em> con ilustraciones de <strong>Disney</strong>. También leyó vidas de santos ilustradas, <em>Corazón, Mujercitas</em> y <em>La cabaña del Tío Tom</em><em><strong> </strong></em>de<strong> Harriet Beecher Stowe</strong>. Su padre leía en voz alta poemas de <strong>Gabriel y Galán</strong>. Cuando creció un poco, a mi madre empezaron a gustarle <em>Parrish</em>, la <strong>Gene Tierney</strong> de <em>Que el cielo la juzgue</em>, el rock and roll y el <strong>Dúo Dinámico</strong>. Los guateques. Estudió para ser ATS y fisioterapeuta, y sus estudios le despertaron ciertas admiraciones por el gremio sanitario. Quizá un lejano recuerdo de <strong>Florence Nightingale </strong>y mucha alegría de vivir tras el visionado de<strong> </strong><em>Las chicas de la cruz roja</em>. Leyó <em>La montaña mágica</em> y <em>Cuerpos y almas</em><em><strong> </strong></em>de <strong>Maxence van der Meersch</strong> y novelas rosas de la colección La novela Ideal que costaban tres pesetas: <em>La extraña boda de Glori Dunn</em><em><strong> </strong></em>firmada por <strong>Sylvia Visconti, </strong>y otras obras de <strong>Carola Soler, Laura de Cominges </strong>o<strong> Esperanza Neyra.</strong> Mi madre tuvo dos hermanas y un hermano menores que ella. Una de sus hermanas, a quien a última hora de su vida le gustaba mucho <strong>Juan Luis Guerra</strong>, se murió de un linfoma. Antes de que eso sucediese, mi madre había conocido a mi padre en el autobús 37 que hacía la ruta Vallecas-Cuatro Caminos en Madrid. Ahora hace una ruta mucho más larga y el otro día mis padres celebraron sus bodas de oro. Cuando se ennovió con mi padre, mi madre conoció un mundo muy distinto al que frecuentaba: mi abuela paterna había pertenecido al Socorro Rojo, mi abuelo había luchado en el bando republicano hasta que le hirieron, su casa estaba llena de novelas y de zarzuelas, y mi madre empezó a emocionarse con <em>El puñao de Rosas</em>, <em>La corte del Faraón</em> o <em>Las golondrinas</em>, y también con las historias de <em>Fortunata y Jacinta, La Regenta</em>, las novelas de adulterio. Iba con mi padre a los cine-clubs y veían películas de arte y ensayo, que a veces la emocionaban y otras la sacaban de sus casillas, porque le parecían obtusas o pedantes. Durante su embarazo mi madre seguía yendo a misa y se mareaba con el olor del incienso. La militancia de mi padre y el 68 fueron transformando su mundo que se llenó de gentes con vocaciones artísticas y muchas ganas de liberarse de la oscuridad de cuarenta años de represiones sexuales, económicas, de violencias que se sentían en la carne y dentro de la médula. Muchas de esas violencias se relacionaban con el hecho de ser mujer. Por eso mi madre leyó <em>Miedo a volar</em> de <strong>Erica Jong</strong> , profundizó en <strong>Virginia Woolf</strong>, vivió el destape del cine español con una pizca de escándalo en el que confluían la educación nacional-católica y ciertos moralismos que quizá, hoy más que nunca, vuelven a tener sentido.</p><p><strong>7</strong>. Hoy mi madre tiene más de 70 años –no muchos más— y, si tuviera que hacer una indagación sobre quién es ella; si tuviera que aglutinar los fragmentos que la convierten en una mujer armónica y a la vez llena de contradicciones, <em>ensimismada y pródiga</em>, que son los dos adjetivos con los que le dedico mi novela <em>La lección de anatomía</em>, diría que se cuerpo está hecho de su madre que se parecía a las mujeres de Julio Romero de Torres, de las heroínas del tebeo <em>Florita</em>, de <strong>Romy Schneider</strong> y su interpretación de <em>Sissi Emperatriz</em>, de Romy Schneider y su interpretación de<strong> </strong><em>Boccaccio 70</em><strong>,</strong> de <em>Las Meninas</em> de <strong>Velázquez</strong> y la Inmaculadas concepciones de <strong>Murillo</strong>, de las actuaciones de la <strong>Mangano</strong> en las películas de <strong>Pasolini</strong>, de <strong>Anita Eckberg</strong> en la fontana de Trevi y de los andares de pantera de <strong>Ava Gardner</strong> en <em>Mogambo</em>, de lo mona que era <strong>Elena María Tejeiro</strong> y de los papeles desgarrados de <strong>Charo Soriano</strong>, de <strong>Geraldine Chaplin</strong> en las películas de <strong>Saura</strong>, de las azafatas del <em>Un, dos, tres</em> y de aquellas otras chicas que empezaron a estudiar Filosofía y Letras, del pelito corto de <strong>Jean Seberg</strong> y de la inconmensurable belleza de <strong>Virna Lisi</strong>, de los Estudios 1 protagonizados por <strong>Marisa Paredes, Lola Herrera</strong> y <strong>Maite Blasco</strong>, de los seriales radiofónicos, de las monjas que regentaban los estudios de enfermería en la beata Mariana de Jesús, de las milicianas de la guerra civil y de las mujeres excéntricas –mis tías paternas— que fumaban, pintaban y usaban pantalones, de las feministas, las abortistas y las mujeres de rompe y rasga, de <strong>Charo López</strong> en <em>Los gozos y las sombras</em>, de los tersos desnudos mitológicos expuestos en los museos florentinos, de la Colometa de <em>La plaza del diamant</em> y de las Pepi, Luci, Bom, de las fatales, las musas, las madres, las putas, las sumisas, las santas.</p><p><strong>8</strong>. De todo esos esos fragmentos y de algunos otros que quizá yo he ido depositando en la hucha de su carácter. Mis monedas, mis aportaciones: otras lecturas como <strong>Margaret Atwood</strong>, o <strong>Alice Munro</strong>, como <strong>Sara Mesa</strong>, <strong>Alicia Kopf</strong>, <strong>Elena Medel</strong>, <strong>Pilar Adón</strong>, compañeras de viaje más jóvenes… Dentro de mi madre se queda también mi vivencia de las fotos de Cindy Sherman y afloran dudas sobre la igualdad, la libertad y la fraternidad de las mujeres; otros modelos. En mi vientre está mi madre y, en el vientre de mi madre hay un cordón umbilical que la liga con Blancanieves y  las santas que mueren oliendo a alelíes, y otro que la vincula con las mujeres viperinas en cuyo vientre habitan las brujas, las hadas y las lúbricas ninfas que fornicaban con los centauros. Así que mi madre es un ser constituido por mil estereotipos que a su vez están configurados por psicologías complejas, cosidas las unas a las otras, heredadas de la Historia cultural y de las genealogías familiares, una red tupida que hace de nosotras lo que somos. Una red que a veces es tan hermosa como los hilos traslucidos de una tela de araña y a veces tan pegajosa con la secreción de baba donde fenecen las moscas. Somos lo común y lo que nos hace únicas. Creo que de todos es asuntos habla la fotografía de Cindy Sherman: del estereotipo que nos ahoga y del que nos libera, del disfraz y del autorretrato, de la máscara que se queda pegada al rostro. De las personas que son lo que parecen según quien las mire y de las personas que son lo que parecen y algunas otras cosas más. Una red dinámica que va cambiando a medida que los años pasan y mutan las relaciones de poder.</p><p><strong>9.</strong> Hablo de mi historia familiar y sintetizo en una persona, mi madre, el puzle. Actúo centrípetamente. Cindy Sherman con sus retratos mete nuestras identidades –también la suya— dentro de una centrifugadora y nos ofrece por separado versiones estridentes y distintas de los estereotipos culturales y de otras mujeres comunes, que nos configuran. Sherman analiza lo complejo, lo separa en sus partes, lo reinterpreta paródicamente gracias al subrayado lisérgico del color. Y, aunque diga, que sus retratos no son autorretratos no creo que ella sea la única que pueda inhibirse de esa base cultural que a veces nos castra y a veces nos divierte. Porque ella somos también todas nosotras y la cultura, que Cindy refleja en sus fotografías y de la que a su vez forma parte, siempre deja huella. La historia se filtra en la biología, en el cuerpo y en ese cuarto oscuro que algunos llaman vida interior y que, desde mi humilde parecer, deberíamos ventilar lo antes posible.</p><p><strong>10</strong>. Hay en otro punto en el que creo encontrarme con Cindy Sherman: ella hace de los relatos –escritos, filmados, pintados— imágenes; transforma los discursos literarios, religiosos, cotidianos en torno a las mujeres en retratos o performances, en objetos en los que el espectador puede demorarse hasta trepanar las capas más profundas de lo grotesco. En mis libros, otra vez en la misma dirección pero en sentido contrario, utilizo el recurso de la écfrasis: la descripción demorada de imágenes –retratos al óleo, polaroids, fotogramas cinematográficos, álbumes familiares—, de imágenes habitualmente femeninas, del desnudo femenino como fetiche, se movilizan a través del relieve de la escritura –también de su extensión— para indagar en ellas y en mí y en Cindy Sherman y en todas ustedes desde una perspectiva estilística y política. Al fin y al cabo, fotógrafas y escritoras utilizamos técnicas que tienen que ver con la fijación, la acumulación y la repetición que permiten indagar sobre la apariencia y su envés, sobre los delicados hilos de titanio que vinculan el dentro y el fuera, la víscera con la historia, el género con la civilización.</p><p><strong>11</strong>. Sherman, en sus retratos, en la elección y el análisis de sus máscaras, indaga sobre su desnudo y sobre lo que su desnudo comparte con el desnudo de todas nosotras. Lo hace sin dramatismo. Sherman con su risa contraviene otra de las normas morales del arte femenino, interpretado desde una perspectiva masculina: la norma de que las mujeres no tenemos sentido del humor y hemos nacido para sufrir desde el día del parto de nuestra madre hasta el de nuestros propios y obligados partos, desde la preocupación por nuestros cachorros y por nuestros enfermos, desde nuestra atención primorosa al ahorro y a la vida familiar y al cuidado del cuerpo, la dieta, las grasas polisaturadas, la ingesta de verduras, los termómetros, las pomadas hemorroidales, la salud. Algunos creen que la risa de las mujeres es una burla, pero Sherman se ríe con risa estruendosa que se clava en los tímpanos. Es fenomenal: sus poses exageradas, su capacidad actoral, sus narices de pega, sus artificiosas composiciones que probablemente sacan a la luz la antigua y no por ello menos vigente idea <em>beauvoiriana</em> de que el género es una construcción cultural. Los retratos de Cindy Sherman son pura autobiografía colectiva. La expresión no es ni mucho menos un oxímoron.</p><p><strong>12</strong>. Lo que no hace Sherman son auto-ficciones, porque jamás utiliza su propio nombre y sus propios apellidos para dar verosimilitud a composiciones que puedan suspender la credulidad del espectador. No actúa como esos escritores que se inventan un viaje a un país imaginario, pergeñan una rocambolesca aventura y para darle entidad a un desbordamiento imaginativo, a menudo difícil de creer, se erigen en protagonistas de sus narraciones. El documento nacional de identidad y las huellas dactilares de un ser humano de carne y hueso, convertido en personaje, funcionan como aval de la verosimilitud. En las fotografías de Sherman se anula la dramática oposición entre musa y artista, entre el que mira y es mirado: la capacidad de Sherman para cosificarse paródicamente no es castrante, sino profundamente liberadora. En ella se funden sujeto y objeto, ella es una extraña musa travesti y a la vez artista, contempla y es contemplada por debajo de sus capas de tul y de sus brochazos de rímel, reconocible entre lo irreconocible, ella… Un sofisticado impulso autobiográfico impregna un proyecto artístico coherente y sólido. Pese a su resistencia, porque ella dice de su propia obra:</p><p>  </p><p>A partir de esta cita Óscar Colorado Nates en su blog Oscar en fotos comenta atinadamente:</p><p>  </p><p>Por mucho que se empeñe, Sherman no se escapa de la categoría del ser, de los seres, de los seres femeninos a los que lleva retratando desde hace más de cuatro décadas desde la óptica de la crítica cultural. Bajo los ropajes renacentistas, los pelucones, el maquillaje, los postizos, las miradas lánguidas o llenas de determinación, las siliconas para emular otros rostros; bajo el dramático blanco y negro de esas primeras fotografías donde los espectadores reconocemos fragmentos cinematográficos a la vez imprecisos y muy precisos, o bajo los colores intensos y la rigidez de la pose de una pierna demasiado estirada, de los cuerpos descompuestos y violentados de las mujeres; bajo los maniquíes, las muñecas rotas, los torsos desmembrados que dejan ver entre las piernas el hilillo de un tampón que sale de la vagina; bajo las chicas de pósteres desplegables, los clásicos de la pintura, los payasos y las mujeres excesivamente bronceadas o las chicas de aspecto desvalido, la multiplicación de personajes reconocibles y de personas anónimas también reconocibles, bajo la dispersión y el artificio, está la mujer que ha decidido retratarse así: es rubia, guapa y tiene los ojos azules. Cindy Sherman, matrioska, guarda a todas esas mujeres dentro de su tripa, y por debajo de sus mórbidas cáscaras y sus siniestras duplicaciones. Porque el yo somos todas y el disfraz es el desnudo. Y Cindy Sherman se disfraza y se desnuda inmejorablemente bien.</p><p><strong>13. </strong>Yo también me desnudo bastante bien y me parece que el desnudo siempre es barroco, abigarrado, cárnico, fisiológico, cultural, elegíaco, enumerativo… Como las fotografías de Cindy Sherman; sin embargo, hay en un detalle en el que no me parezco nada a la fotógrafa estadounidense: nunca he cobrado cuatro millones de dólares por un libro. No sé fetichizarme con tanta competencia y soy tan moralista en lo que se refiere a las cuestiones de dinero que me cuesta imaginar qué pensaría de mí misma si, como a Cindy Sherman, se me abriese la cueva de Ali Baba y sus tesoros. Sin embargo, estoy aquí con ustedes, hablando de sus obras, feliz y bien remunerada. Ha sido todo un orgullo y un inmenso placer.</p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Su último libro, </em><strong>Marta Sanz</strong><a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/clavicula/9788433998293/NH_581" target="_blank">Clavícula </a><em>(Anagrama, 2017). </em>    <span id="ftn1"></span>1. (Cita traducida) Vogel, Carol. "ARTS & LEISURE; Cindy Sherman Unmasked", <em>The New York Times</em>. 19 de febrero de 2012. Disponible <a href="http://http://query.nytimes.com/gst/fullpage.html?res=9803E2D8153FF93AA25751C0A9649D8B63&ref=cindysherman" target="_blank">aquí</a>. </p><p><span id="ftn2"></span>2.  La cita es de <a href="https://oscarenfotos.com/2012/08/18/cindy-sherman-la-nina-de-los-disfraces/" target="_blank">esta página</a>.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 May 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cindy Sherman: el disfraz es el desnudo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Fotografía,Marta Sanz,Los diablos azules número 66]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Escribir después de Trump]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/escribir-despues-trump_1_1133060.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/676cf7f9-a43b-44b9-9883-56505cd7cd16_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escribir después de Trump"></p><p>Son más de 400, y la variedad de sus nombres da una idea de la variedad de sus orígenes, <strong>autores e ilustradores estadounidenses de literatura infantil </strong>impulsores de <a href="https://thebrownbookshelf.com/2016/11/14/a-declaration-in-support-of-children/" target="_blank">un manifiesto </a>en el que se comprometen a utilizar su trabajo para "ayudar a eliminar el miedo que arraiga en el ser humano en medio de la falta de familiaridad y comprensión de los demás".</p><p>El momento en el que este proceso se pone en marcha no es casual. Los abajofirmates consideran que la elección de Donald Trump "es una<strong> clara indicación del fanatismo que está arraigado</strong>" en su país. Es hora, dicen, de "pensar en los niños" y publicar libros que eliminen "el tipo de miedo que alimenta<strong> los estereotipos, la amargura, el racismo y el odio</strong>; el tipo de miedo que a menudo conduce a la violencia trágica y la muerte sin sentido".</p><p><strong>El Trumpazo</strong></p><p>El triunfo del candidato naranja ha provocado un terremoto al que los escritores no son inmunes. "Nunca he apoyado a ningún partido pero sí soy activa en causas humanitarias. Donald Trump <strong>ha dado voz al racismo, la xenofobia y la misoginia</strong> en este país. Nadie puede llamarse a engaño", dice <a href="http://www.elviralindo.com/" target="_blank">Elvira Lindo</a>, gaditana a caballo entre Madrid y Nueva York. En su opinión, los que le votaron eran racistas, xenófobos o misóginos, "y si afirman que no lo eran, demuestran que, al menos, son <strong>asuntos que no les parecen graves</strong>. Y lo mismo digo de los que le apoyan desde España".</p><p>Porque no se trata sólo de lo que Trump diga o haga, la proliferación de neonacionalistas es también (¿sobre todo?) un <strong>fenómeno europeo</strong>.</p><p>"El escritor debe ser activo y no tolerar el abuso". ¿Cómo? A Elvira el manifiesto no le parece mal, al contrario, aunque "la resistencia al mal del racismo o la misoginia ha de<strong> ejercerse todos los días</strong>". En ese punto, parece coincidir con <a href="http://mariusserra.cat/es/inicio" target="_blank">Màrius Serra </a>(escritor, periodista, traductor, enigmista): "Pueden dejar de firmar manifiestos, escribir con total libertad sobre lo que les plazca y comportarse en la vida civil como seres humanos que no transmiten ni racismo ni machismo ni homofobia ni xenofobia».</p><p>Lindo considera que "el escritor ha de <strong>convertirse en ciudadano y salir a la calle </strong>para que las personas en situación de desamparo ante la autoridad o las personas a las que la autoridad desprecia no se sientan solas. El escritor debe<strong> aprovechar su tribuna para dar voz a otros</strong>, pero también salir a la calle para estar junto a otros".</p><p>Sin embargo, hay quien sostiene que en esta lucha no todas las compañías son recomendables. "Estoy en Miami y ayer durante la entrega de los Grammy latinos, que vi en la tele, todo fueron <strong>discursos humanistas, menciones a Dios y condenas al racismo</strong> —me dice <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Marta_Sanz" target="_blank">Marta Sanz</a>—. No sé si aprovechaban la gala para reivindicar o la reivindicación para darle <strong>un toque "Hillary"/comercial</strong> a la gala. Yo solo sé que lo escritores tenemos que escribir y que, para ciertas luchas, no se puede uno colocar al lado de ciertas personas. Es contraproducente. Me temo. Yo estoy con Susan Sarandon." <a href="http://elpais.com/elpais/2016/03/30/estilo/1459329584_788247.html" target="_blank">Sarandon, recordémoslo, apoyó a Berni Sanders y descartó votar a Hillary Clinton</a>. "Por supuesto insisto mucho en que los escritores debemos escribir, hablar de lo que sabemos, no convertirnos en todólogos light y no renunciar a nuestros impulsos cívicos por miedo a la lapidación o la pérdida de clientes".</p><p>Que es un riesgo cierto. Como apunta con humor <a href="https://twitter.com/vallvey?lang=es" target="_blank">Ángela Vallvey</a>, "está comprobado que los escritores que mejor sobreviven —y viven— son los que, al igual que Franco y Lola Flores,<strong> 'no se meten en política'</strong>". Y luego enserio: "La crítica política, y mucho más si es al poder, siempre<strong> se paga carísima</strong>. Pero lo moral, lo decente, es <strong>pronunciarse contra los abusos</strong>, sean estos en forma de racismo, machismo, xenofobia... o cualquier otra injusticia. Y hacerlo en voz bien alta."</p><p>La tibieza no es una opción, al menos no para <a href="http://mariangelescabre.blogspot.com.es/" target="_blank">Mª Ángeles Cabré</a>, escritora, crítica y directora del Observatorio Cultural de Género, que <a href="http://elpais.com/elpais/2016/11/10/mujeres/1478777636_057838.html" target="_blank">ha escrito contra Trump </a>y no ceja en su empeño: "Una huelga de brazos caídos estaría bien, pero dada la incultura reinante serviría de bien poco —me dice—. Mejor darle caña a Trump y a sus secuaces boicoteándolos desde artículos y libros".</p><p>La batalla</p><p>El aragonés <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Ismael_Grasa" target="_blank">Ismael Grasa</a>, escritor y profesor de filosofía, cree sin embargo que "hay que evitar las <strong>manifestaciones convulsas</strong> o destempladas, y, frente a los populismos de todas las tendencias, ser firmes en lo que se debe defender, que para mí expresó muy bien Angela Merkel en su discurso de felicitación dirigido a Trump". Un<a href="http://www.lavanguardia.com/internacional/20161116/411897947004/merkel-trump-alemania-defensa-valores-europa.html" target="_blank"> discurso</a> en el que la canciller dijo: "Alemania y Estados Unidos están vinculados por valores como la democracia, la libertad, el respeto del Derecho, y la dignidad de las personas, independientemente del color de su piel, su religión, su sexo, su orientación sexual o sus convicciones políticas".</p><p>Precisamente en Alemania vive <a href="http://www.rosa-ribas.com/es/" target="_blank">Rosa Ribas</a>, que llama a la resistencia. "No hay que dejarse aplastar por la sensación de <strong>impotencia</strong> que, reconozco, me produce la victoria de Trump y la deleznable ideología que representa. Ahora más que nunca tenemos que <strong>seguir escribiendo</strong> y aprovechar nuestra dimensión pública (por más pequeña o insignificante que nos parezca, el caso es que la tenemos) para remar en contra".</p><p>Porque, incluso si ya no son un ineludible referente cultural y social, los escritores tienen algo de lo que otros muchos no disponen:<strong> lectores</strong>. "La obligación del escritor —apunta <a href="https://twitter.com/benitoolmo?lang=es" target="_blank">Benito Olmo</a>— es corresponder a ese privilegio utilizando los canales a su disposición, ya sean novelas, relatos, manifiestos o columnas de opinión, para <strong>denunciar todo aquello que está mal</strong> y hacer un llamamiento a nuestros lectores para que se rebelen contra las injusticias". </p><p>La palabra "privilegio" aparece también en el razonamiento de <a href="https://jorgeeduardobenavides.com/" target="_blank">Jorge Eduardo Benavides</a>, escritor peruano que vivió un tiempo en España. "Los escritores solemos tener tribunas donde expresar nuestras opiniones y que se nos escuche. Y ejercer con responsabilidad ese privilegio es un deber que nos obliga a <strong>actuar con responsabilidad</strong>, denunciando y alertando donde podamos, sobre el auge de esas actitudes por parte de unos líderes cada vez más autoritarios, populistas y francamente peligrosos".</p><p>En definitiva, y como apunta Luisgé Martín, han de hacer lo que supuestamente saben hacer: "escribir, desvelar con palabras algunas de las<strong> mentiras, perplejidades y contradicciones del mundo</strong>. Hacer pedagogía y continuar el camino de la Ilustración". Martín, cuya última novela, <em>El amor del revés</em>, es la autobiografía sentimental de quien descubre que su corazón está podrido por una enfermedad maligna: la homosexualidad. Algo sabe de discriminaciones… "A lo mejor las novelas y los poemarios preferimos dedicarlos a la eternidad, pero los artículos de prensa, los blogs y las intervenciones públicas de cualquier tipo podrían y deberían dedicarse —aunque le pese a Ignacio Sánchez Cuenca— a la política, en su sentido más amplio: a <strong>desentrañar el paisaje incomprensible de las sociedades</strong> en las que vivimos. A explicar por qué se mintió en el Brexit, mintió Trump y miente Le Pen".</p><p>Muchos frentes</p><p>En pie de guerra, pues, contra el racismo, la xenofobia, el machismo, la homofobia…</p><p>"Y el <strong>antisemitismo</strong>, que casi nunca se menciona, pero cobra, por desgracia, nuevos y dramáticos bríos", añade <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Juana_Salabert" target="_blank">Juana Salabert</a>, española nacida en París porque, como otros periodistas de su generación, su padre Miguel (creador, por cierto, del concepto "exilio interior", que da título a su única novela), se vio forzado a la expatriación.</p><p>"Y otras fobias o menosprecios, como el que sufre <strong>la enseñanza de las humanidades</strong>", suma <a href="http://www.rae.es/academicos/jose-maria-merino" target="_blank">José María Merino</a>, escritor y académico. Leonés nacido en Galicia porque su padre, republicano, tuvo que refugiarse allí.</p><p>"Hay que manifestarse y expresarse siempre, por justicia y porque nos va en ello nuestra condición de<strong> ciudadanos libres</strong>", dice Salabert. "Tenemos que estar, seamos o no escritores: como simples ciudadanos del mundo", señala Merino. "Además de firmar manifiestos, tal vez podríamos<strong> trabajar con ejemplos concretos</strong>, acudir a escuelas o a clubes de lectura, hacer buenas campañas visuales conjuntas por la red —sugiere Salabert—. Serviría de poco, pero se empieza siempre por 'alguien' a la vez que por 'algo' y supongo que 'los granitos de arena' también contamos». «Los escritores tienen que seguir haciendo lo que han debido de hacer siempre: ayudarnos a descifrar en lo profundo lo que es la inverosímil realidad, para que podamos comprender mejor cómo somos y cómo nos comportamos los seres humanos —propone Merino—. Desgraciadamente, la ficción literaria no está su mejor momento ni desde la escritura ni desde la lectura, por culpa de una sociedad cada vez más <strong>alienada y estupidizada</strong>".</p><p>En definitiva, se proponen para librar el combate con su mejor herramienta, en una batalla en la que cada uno deberá utilizar el arma que más le convenga. "Como ciudadan@s combatiendo y actuando; como escritores huyendo de los estereotipos que son los mayores enemigos de toda clase de literatura, incluida la infantil", afirma <a href="http://www.mariasunlanda.net/" target="_blank">Mariasun Landa</a>, quien por lo demás se muestra escéptica: "No tengo una lista de propuestas sino una sola convicción. Una ideología ultraconservadora, sexista, racista, homófoba, etc. <strong>exige una vigilancia y una lucha constantes</strong>".</p><p>Cada uno desde su trinchera. "Yo tengo mis artículos en prensa donde expreso mis opiniones como ciudadano —se suma <a href="http://www.ignaciodelvalle.es/" target="_blank">Ignacio del Valle</a>—, y desde esa tribuna creo que debo combatir todo lo que represente una desviación manifiesta de los derechos humanos y la verdad verificable".</p><p>¿Entonces?</p><p><a href="https://dantelianoblog.wordpress.com/" target="_blank">Dante Liano</a>, guatemalteco exiliado en Italia desde principios de los 80, cree que los escritores solo pueden crear "con toda su inteligencia, con toda su luz, con toda su potencia imaginadora, con su corazón al aire, porque siempre van a sobrevivir por encima de ideologías y discriminaciones". Y cita a Montale: "<em>Non chiederci la parola che squadri da ogni lato /l'animo nostro informe […]/Codesto solo oggi possiamo dirti/ ciò che non siamo, ciò che non vogliamo</em>", no nos pidan la palabra que encuadre, por todos lados, nuestra alma sin forma (…) Solo esto podemos decirte hoy: <strong>lo que no somos, lo que no queremos.</strong></p><p>Por fin, <a href="https://twitter.com/patricio_pron?lang=es" target="_blank">Patricio Pron</a>, argentino, doctor en Filología Románica por la Georgia Augusta de Göttingen (Alemania), instalado en España: "Sólo tengo una respuesta: lo que los escritores pueden hacer es<strong> escribir más, escribir mejor</strong>".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Nov 2016 18:17:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eva Orúe]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Escribir después de Trump]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Elvira Lindo,Homofobia,Marta Sanz,Racismo,Machismo,Donald Trump]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El bolso de Diana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/bolso-diana_1_1132977.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/252db3a8-037d-4ebd-877f-bb83efc93522_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El bolso de Diana"></p><p><em>(Inicia Carlos Zanón)</em><strong>Carlos Zanón</strong></p><p>Diana volvió del lavabo antes de lo previsto y me vio rebuscando en su bolso. Fingió que no se había dado cuenta o incluso llegué a suponer que no le importaba. Dejó caer la toalla, se puso de rodillas sobre la cama y se mostró desnuda ante mí. Sus rodillas estaban en contacto con mis pies. Pensé en retirarlos pero los mantuve. No tenía el cabello húmedo. Tampoco el cuerpo. Parecía como si, simplemente, hubiera cambiado de idea respecto de la ducha. Diana era bonita. Sus pechos pequeños y erguidos me señalaban. Evitaba mirarme. Fue evidente que se había dado cuenta y que le importaba. Era la mujer a la que había mirado más detenidamente a la cara en toda mi vida pero me resultaba imposible describirla apenas unos minutos después de verla. Gesticulaba todo el rato desfigurando sus facciones de un segundo a otro. Podría aventurarme y decir que cuando estaba serena, sus ojos eran pequeños y negros, fijos y duros como los de un insecto. Su boca y su nariz eran grandes y el pelo siempre despeinado, cayendo sobre los ojos una y otra vez. Podría hacerlo pero es probable que al volver a verla, fuera totalmente distinta. Siempre era la misma debajo de personas distintas.</p><p>—Dame un cigarro.</p><p>Yo estaba sentado en una silla bastante incómoda con los pies levantados y apoyados en la cama. Había empezado a vestirme. Llevaba puesta sin abrochar la camisa y los calzoncillos. Le alcancé el paquete de la mesilla. Las cerillas de la cocina también. Servicio completo.</p><p>—Así que quieres saber.</p><p>—No quiero saber nada.</p><p>—¿Quieres ver si lo guardo ahí?</p><p>—Me da igual que lo tengas ahí.</p><p>—Es tremendo cuando no tienes sitio donde ir, ¿verdad…? Cuando te pillan rebuscando en un bolso, buscando lo que creo que no deberías saber.</p><p>—Soy curioso. Nada más.</p><p>De un modo brusco, cogió el bolso y me lo lanzó al regazo.</p><p>—¿Es el móvil o es lo otro? Porque si fuera el móvil sería más bien patético, ¿no…? Quiero pensar que es lo otro. Sinceramente, creo que no debes ver lo que guardo ahí.</p><p>—¿Por qué?</p><p>—Porque hablarías.</p><p>—No hablaré. Además, ¿a quién podría decir qué?</p><p>—Mira dentro entonces. Te doy permiso. Pero delante de mí, no a escondidas.</p><p>—Me importa una mierda lo que guardes.</p><p>Ahora fui yo quien se permitió lanzar el bolso contra la cama. Le mantuve la mirada. Ella, Diana ya no estaba. A veces, se iba y te dejaba fuera, a la intemperie. Éste era uno de esos momentos. En los que ya te había expulsado, que ya no te quería, que podía no quererte nunca más.</p><p>—¿Por qué no te has duchado?</p><p>—Porque quería fumar antes. He llegado a fumar duchándome. Era todo un hombre antes. Un hombre de verdad.</p><p>—De los que no quedan.</p><p>—¿Por qué no te atreves?</p><p>—Porque si lo encuentro me iré.</p><p>—Y no quieres irte.</p><p>—No.</p><p>—Ya has elegido irte. A mis espaldas, rebuscando. Qué triste, ¿no?</p><p>—Eres un montón de basura. Yo amo ese montón de basura. Eso sí que es triste.</p><p>No contestó. Dio una calada. Otra más. Me miraba y sonreía con esa sonrisa distraída que le debía haber servido en tantas ocasiones. Aquello tenía un tiempo y estábamos en el descuento. Esa certeza me debilitaba. Pensé que también debería debilitarle a ella pero no lo parecía. Disponía el pie sobre el alambre y echaba andar sabiendo que debajo no había nada y, casi con toda seguridad, en el otro extremo de ese alambre no habría nadie sujetando. Pero Diana no se detenía. Todo lo contrario, seguía andando por ese maldito alambre.</p><p><em>(Sigue Berna González Harbour)</em><strong>Berna González Harbour</strong></p><p>Y aquel día el alambre parecía querer pasar directamente entre mis ojos y atravesar mi masa encefálica, a juzgar por la frialdad de la mirada que Diana clavó y mantuvo sobre mí. Lo hizo con su habitual parsimonia, esa seguridad que cuanto más se acrecentaba más me hacía empequeñecer.</p><p>Recordé en ese momento algo absurdo, y era la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere sospecha que Julia Roberts esconde droga y le intenta arrebatar una cajita que resulta ser hilo dental. Pero ambos sabíamos que ni yo era Richard Gere, ni era capaz de hacer poco más que rebuscar a escondidas en su bolso, ni ella guardaba droga. Ni hilo dental. Ojalá hubiera sido tan fácil.</p><p>El botín que Diana ocultaba no podía cambiarse por dinero ni servirnos para una de esas noches sin cansancio, cuando nos amábamos una y otra vez en este mismo lugar sin que decayera la energía gracias a sus gominolas. Pero aquello era pasado y lo que de verdad estaba en el bolso no lo era, sino un aviso de un presente que nos amenazaba a los dos.</p><p>Ahora apenas me quedaba energía, Diana lo sabía, y sin embargo siguió avanzando hacia mí como si no le importara mi miedo, mi inseguridad. Y es que en realidad no le importaba. Con la misma mirada fría, aún de rodillas, me atrajo hacia ella, me arrojó sobre el colchón, tomó mis manos y las llevó hasta sus pechos fríos, desnudos. Intentó cabalgar sobre mí y yo traté de responder simulando acompasarme a su ritmo, adaptarme a su deseo como siempre había intentado hacer. Y por un momento me encendí, pero me apagué tan rápido como la ducha non nata de Diana. Es complicado cuando una mirada como la suya te atraviesa, a ti y a tu culpabilidad, aunque su dueña tenga los pechos más vivos que hayas conocido jamás. El maldito alambre en acción.</p><p>Entonces buscó dos cigarrillos, los encendió, y me pasó uno.</p><p>—Lo siento— dije.</p><p>Ella no dijo nada. Se encogió de hombros y dio otra calada.</p><p>—He dicho lo siento.</p><p>—Te he oído.</p><p>—No me refiero a esto. Me refiero al bolso. Supongo que solo quería estar seguro de ti.</p><p>No sabía si era peor el gatillazo o que me hubiera pillado rebuscando en su bolso, pero si lo primero era humillante para mí y lo segundo era humillante al cuadrado, pedir disculpas era ya un harakiri seguro. O tal vez solo una manera de desviar la atención. Porque en ese momento solo quería rebobinar la máquina de cometer errores que había puesto en marcha o, como segunda opción, evaporarme para siempre.</p><p>Ella se levantó, en un movimiento rápido se puso la camiseta sin sujetador, después los vaqueros y las botas. No recordaba que no hubiera traído braga, pero en ese momento no se la puso y aquello estuvo a punto de excitarme. En todo caso era mejor no tentar a la suerte. Además me arrojó mi ropa, que había quedado revuelta tras la triste intentona, y me vestí obedientemente. Ay, Diana, siempre tan decidida, cuando ella se ponía en marcha yo solo tenía que dejarme llevar del ronzal y ese placer entonces nunca me molestaba. Solo después me enervaba, cuando ella se había ido y yo me daba cuenta de mi pasividad.</p><p>—Quiero que me ayudes en esto —dijo simplemente, mientras agarraba el bolso y ponía rumbo a la puerta— Ven.</p><p>De nuevo estaba conmigo y entonces no me importaba que fuera para sacarla del atolladero, eso era suficiente para seguirla con docilidad. Diana podía haberme arrastrado hasta el infierno con solo darme sus migajas y yo lo celebraba aunque supiera que era solo una prórroga más volátil aún que mi débil seguridad. Porque el partido, ya lo he dicho, estaba en tiempo de descuento.</p><p><em>(Continúa Alfonso Salazar)</em><strong>Alfonso Salazar</strong></p><p>Cerró la puerta de la habitación y colgó el cartel de “No molestar”, como una travesura. Había decidido que escaparíamos por la puerta trasera y me lo contó cuando bajábamos en el ascensor. Atravesamos la cocina del restaurante en la planta baja y alcanzamos la puerta del callejón. Cruzamos el umbral y giramos hacia la avenida. El sol parecía abofetearnos en los ojos. Ella sacó con ligereza unas gafas con montura de carey de su bolso, se las colocó y el pelo despeinado volvió a taparle los ojillos. Yo rebusqué las mías en el bolsillo interior de mi arrugada chaqueta en tanto Diana aceleraba el paso camino del barrio.</p><p>─Si estás tan interesado en investigarme… —dudó y calló pero siguió andando con paso firme.</p><p>─Yo no tengo interés ninguno en tu vida privada, Diana —mentí—. Ha sido un desliz infantil, una chiquillada.</p><p>Paró en seco y casi tropecé con su bota derecha. La falta de sueño me hacía trastabillar.</p><p>─Siempre te he considerado un chico listo. Cortito de abajo, pero no de frente.</p><p>Debí quedarme con cara de bobo, rebuscando la respuesta inteligente —o al menos ingeniosa— a la que se prestaba a la escena, pero Diana había decidido que no esperaríamos a mi musa y tiró hacia delante.</p><p>Comenzamos a ascender las cuestas que llevan al barrio alto. Los vecinos más madrugadores se desayunaban en algunos bares, anticuados, y los turistas dispuestos a asaltar los monumentos de la ciudad lo hacían en los nuevos cafés, franquicias con nombres que evocaban el Caribe y África, mundos tan exóticos como cafeteros. Callejeamos hasta esas zonas más altas donde las calles se esclarecen y casi desparece la vida vecinal. Los pocos negocios del barrio se ubican en la zona baja, conforme se sube la montaña, todo comienza a estar lejos: el pan, el tabaco y la cerveza. En la parte más alta están los miradores, esos donde es habitual captar las más memorables postales de la ciudad. Pensaba que Diana me llevaba a uno de esos sitios, en un arrebato romántico, como solíamos hacer cuando éramos mucho más jóvenes –nunca juntos, pues no nos conocíamos, pero quizá coincidentes— y buscábamos el amanecer con la ciudad a nuestros pies, acurrucados observábamos cómo el sol subía hacia lo más alto, y entonces se nos secaba la lengua de tanta resaca y pensábamos culpables que deberíamos acudir a alguna de las clases de la Facultad, aunque fuese sin dormir.</p><p>La empinada subida hizo que Diana aminorase su paso, o eso pensé: que estaba cansada y caminábamos sin más rumbo ni objetivo que perder la mañana alegremente. El caso es que andaba lenta y como en una moviola repetía pasos y gestos. Paré un instante y me senté en una pilastra de cemento, encendí un cigarrillo y el humo me alcanzó los bronquiolos como una estocada. Diana miraba las paredes como quien busca un resorte secreto. Cuanto más la observaba más sentido tenían sus movimientos. No estaba cansada, estaba inquieta: Diana en su laberinto, pensé.</p><p>─Juraría que fue aquí —comentó pensativa mientras miraba una fachada encalada.</p><p>A su derecha había una puerta más baja de lo habitual, de esas que están partidas en dos y que quizá sirvieron en otro tiempo para el ganado, para guardar un burro o un caballo que sacaría su cabeza por encima de aquella puerta partida a la altura de la cintura. A partir de esa cintura imaginaria la puerta era de cristal, con un postigo cerrado de madera pintada de verde. Me acerqué con curiosidad. Diana parecía querer leer algo en la pared. Reparó en mi presencia y me quitó el cigarrillo de la mano. El roce de sus dedos me provocó un escalofrío. Diana miró a izquierda y derecha, la calle, empedrada, estaba desierta. No había más carteles que los propios de la numeración de las casas y el de la misma calle: “Pasaje del Comino”.</p><p>Diana miraba la fachada, parecía como si hubiesen encalado con celeridad sobre el quicio de la puerta. Había unas letras difusas.</p><p>Forcé mi memoria: no era ducho en el conocimiento del barrio viejo. Lo mío eran las anchas avenidas de la zona noble de la ciudad, las terrazas, los cines y las tiendas de moda. Apenas conocía aquellas callejuelas, y mucho menos los nombres de las plazoletas, callejones y pasadizos. Pero yo había leído Pasaje del Comino aquella misma madrugada. Fue en una tarjeta que Diana guardaba en su bolso, cuando no encontré lo que buscaba: “Orantes. Tapicero. Pasaje del Comino, 3” y un número de teléfono que no podía recordar.</p><p><em>(Cierra el cuento Marta Sanz)</em><strong>Marta Sanz</strong></p><p>Ni siquiera hacía falta que lo recordase, porque era falso y además ya estábamos allí. Diana se había metido en la boca del lobo por propia iniciativa y me sonreía con aspecto malévolo. Las que se creen más malas son las más lerdas de todas. Diana ponía la pose de “Mira qué mala soy” y yo la observaba, una mujercita imperativa con el mentón en alto en medio del Pasaje del Comino, y solo tenía ganas de decirle “Pero mira que eres imbécil”. Me lo guardé entre los labios para devolverle mi mueca más angelical pensando en el daño que le había hecho a la humanidad <strong>Marlene Dietrich</strong>. Yo siempre he tenido aspecto de buen chico, carne de gabinete psicológico, aunque supongo que aquel día disimulé mucho para encubrir que, por debajo de la aseada máscara del niño bien que no ha roto un plato en su vida, se me iba transparentando la vida interior, el ser siniestro, ligeramente porcino –los cerdos se lo comen todo—, que se mostraba reticente a traspasar la puerta. “Orantes. Tapicero. Pasaje del comino, 3”. La verdad es que no me costó gran cosa encontrar a alguien que hiciese el trabajo. Ella tal vez era más fuerte, más <em>echá p'alante</em> que yo. Pero yo tenía más pasta.</p><p>—¿Entramos?</p><p>Diana me retó mirándome con la intensidad de quien lleva las riendas y acostumbra a pillar hachís y manejar navajillas de niña de barrio bajo que pega a las otras niñas para imponer su ley. Yo me reía por dentro recordando lo fácil que me había sido mandarle una dirección. Sus ganas de jugar y su bravuconería iban a hacer el resto.</p><p>—¿Entramos?</p><p>Ella insistió y yo me retraje, ladeé la cara, di un paso hacia atrás para subrayar mi falta de temple frente a los enormes ovarios de Diana. Se habría operado para ponérmelos encima de la mesa. Su par de ovarios. Incluso cuando follábamos y me restregaba por la cara los alfilerillos de sus pezones, Diana se negaba a que me pusiera un condón para demostrarme su par de ovarios. Era una tía bastante primaria —con un par de ovarios— que inspiraba en mí desde hace meses el mismo pensamiento: “Pero mira que eres imbécil, hija mía”. El pensamiento casi se me escapa en forma de hostia cuando me confesó que se había quedado embarazada y yo tuve claro que ni me iba a casar ni iba a criar un hijo con una choni así. Tampoco consentiría que un descendiente con un ligero aire de familia a mi familia deambulase por los barrios de Diana. Su desaparición no iba a suponer una pérdida irreparable. Nadie —pero que nadie, nadie— iba a echarla de menos. Ni siquiera yo. Así que le mandé la dirección de Orantes, el tapicero, un día, una hora, un número de teléfono equivocado, con la seguridad de que el papelito iba a despertar esa curiosidad que mató al gato y a las mujeres más tontas de Barba Azul. Después rebusqué en su bolso y Diana pensó que andaría buscando la navajilla, el predictor que me confirmase su melodramática confesión de preñez –“No creas que me haces falta para nada”—, un animal muerto, el mensaje romántico de otro hombre, cualquier pista que ratificase su maldad, la posibilidad de hacer de mí lo que ella quisiera. “Pero mira que eres imbécil, hija de mi vida.” Diana sacaba sus pechitos de alfiler para pincharme –hacerme adicto— y se relamía imaginando lo que me podría hacer sufrir. Pobrecita mía. Yo me puedo costear la mejor desintoxicación. El mejor sanatorio.</p><p>—¿Entramos?</p><p>Le dije que sí con la cabeza. Como el niño bueno y tímido que unas horas antes había rebuscado en su bolso. Como si yo fuese débil, tuviera miedo, y ella fuera una mujer dispuesta a defender a toda costa su independencia y su libertad, es decir, el polvoriento contenido de su bolso, los Kleenex sucios, esos secretillos de traficanta de poca monta que una vez nos habían unido. Qué libertad más hueca. Diana habría sido una de esas niñatas que roban en los grandes almacenes. Se habría guardado los pintalabios sin pagar dentro del bolso y yo sabía que, ya de adulta —¿adulta?—, se sentiría retada por la inspección de sus oscuras pertenencias y, después, querría hacerme pasar un poco más de miedo llevando la voz cantante en una aventura de cuyo desenlace lo ignoraba todo. Porque Diana era una peliculera, una cenicienta sin estudios, ojerosa y delictiva, que ni por un segundo sospechó que a mí el contenido de su bolso me la traía al pairo y que mi único objetivo era, por un lado, provocarla y, por otro, efectuar una comprobación: el papel con la dirección de Orantes estaba allí y a Diana ese papel le estaba quemando como a un ratoncito le quema en el estómago el olor del queso. Los ojos de ratona, pequeños y oscuros, de esa Diana que se creía cazadora –también se creía un poco <strong>Beyoncé—</strong> brillaron ávidos al bajar las escaleras del cuchitril de Orantes.</p><p>—Cuidado, amor, no te me vayas a caer.</p><p>Entonces Diana se dio la vuelta para mirarme con furia porque no soportaba ninguna demostración de que yo la podría cuidar, ser más previsor, grande o titánico que ella misma; de que podría salvarla de la bellaquería del mundo. Ningún signo de que yo podría comportarme como un machote o ser con ella ni un poquito paternal. “Pero mira que eres imbécil, hija mía.” Si Diana hubiera sabido lo que yo estaba pensando, habría sacado su navajilla del bolso —más falsamente vejado que su cuerpo puntiagudo— y me habría cortado los huevos. Uno y dos. Pero en la tapicería de Orantes tan solo se dio la vuelta para recriminar mi mimo y, en ese preciso momento, a su espalda, vi al tapicero nacer de la sombra. Llevaba bien sujeta dentro del puño su aguja grande de coser butacas. Era lo acordado y, en menos de un segundo, pasaría lo que tenía que pasar.</p><p><em>*Carlos Zanón es escritor. Su último libro, </em><strong>Carlos Zanón</strong><a href="http://www.sellorba.com/marley-estaba-muerto_premio-dashiell-hammett-2015_carlos-zanon_libro-OBFI119-es.html" target="_blank">Marley estaba muerto</a><em> (RBA, 2015). </em></p><p><em>*Berna González Harbour es periodista y escritora. Su último libro, </em><strong>Berna González Harbour </strong><a href="http://www.sellorba.com/los-ciervos-llegan-sin-avisar_berna-gonzalez-harbour_libro-OBFI057-es.html" target="_blank">Los ciervos llegan sin avisar</a><em> (RBA, 2015). </em></p><p><em>*Alfonso Salazar es escritor. Su último libro es </em><strong>Alfonso Salazar </strong><a href="https://grupodauro.com/2014/12/01/para-tan-largo-viaje/" target="_blank">Para tan largo viaje</a><em> (Dauro, 2014).</em></p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Su último libro, Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Fundación José Manuel Lara, 2016). </em><strong>Marta Sanz </strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-eramos-mujeres-jovenes/219231" target="_blank">Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Nov 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[C. Zanón  B. G. Harbour  A. Salazar  M. Sanz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El bolso de Diana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Marta Sanz,Narrativa,Los diablos azules número 39]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[La Transición sentimental]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/transicion-sentimental_1_1132611.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5e0a03e0-dee1-4e09-ad21-c8ad8dbdd8bc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Transición sentimental"></p><p><strong>Marta Sanz</strong> (Madrid, 1967) habla de sus corifeas, esas amigas, conocidas y completas desconocidas que le han servido de confidentes, muestra estadística o ratas de laboratorio (según se mire) para construir su último ensayo, <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-eramos-mujeres-jovenes/219231" target="_blank"><em>Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española</em></a> (Fundación José Manuel Lara). "¿Cuántos novietes o novietas has tenido?", les lanza. Y responden. "Un solo noviete desde los 16". "Más 'formales' (sin contar rolletes de un día) quiero recordar que cuatro, entre los 13 y los 15 años". "Novietes, pocos, todos han acabado en algo más...". "Muy pocos". "No he tenido tantos como ahora quisiera". "Me pierdo con las cuentas". Esta historia es la suya, la de las mujeres que eran adolescentes (incluido el pre- y el post-) durante la Transición y a las que la democracia les dio, no solo un nuevo sistema político, sino también <strong>un nuevo sistema emocional, amoroso y sexual</strong>. </p><p>Sí, el recuerdo de los <strong>Usos amorosos de la posguerra española, de Carmen Martín Gaite</strong><em>Usos amorosos de la posguerra española</em>, es buscado. Pero, pese a ser un encargo, es también la continuación lógica de trabajos como su novela autobiográfica <em>La lección de anatomía </em>(2008) o <em>Daniela Astor y la caja negra</em> (2015). "La idea que vertebra el libro es hasta qué punto hay un componente biológico que hace que mujeres de distintas generaciones podamos tener pulsiones y sentimientos parecidos y hasta qué punto ese ser biológico<strong> se modifica y construye en función de unas coordenadas políticas y sociales</strong>", explica la escritora, ganadora del premio Herralde el pasado año con <em>Farándula</em>. No es poco. ¿Y ha llegado a alguna conclusión? "Sigo con las mismas dudas e incertidumbres, y en la conversación que se establece con las mujeres que han participado en el libro llegamos a puntos, cómo te diría yo, de desacuerdo, de fricciones", responde delante de un té en una cafetería de su barrio.</p><p>El discurso de Sanz es de habitual rápido y agudo, pero con este tema, además, se nota que destila décadas de reflexión. Primero, de una certeza: las mujeres han tenido y tienen una socialización distinta de la de los hombres. Después, de un combate: "Se trata de neutralizar esa diferencia como desventaja tanto en el espacio de lo íntimo como en el espacio de lo público. Por eso en el texto se habla de la brecha salarial, de la impotancia de ciertos cambios en la sanidad pública, <a href="http://www.infolibre.es/noticias/opinion/2014/09/30/la_lucha_feminista_transicion_22087_1023.html" target="_blank">del derecho al aborto o del divorcio</a>. A las mujeres<strong> siempre se nos reservó la parcela de lo íntimo</strong> y es hora de darle otra vuelta de tuerca al argumento". </p><p><strong>De lo íntimo a lo público</strong></p><p>Por eso, cuando aquí se habla de las primeras experiencias sexuales, de la fidelidad, de la percepción de la soledad o del funcionamiento de la pareja, no se tratan como cuestiones menores o que solo afecten a una parcela prescindible y oculta de la vida de ellas. Se trata de un proceso político. "Claro que todo esto ha tenido <strong>un reflejo visible en lo público</strong>. Fue muy evidente que las mujeres españolas, y muchos hombres con conciencia feminista, cuando Gallardón trató de sacar aquella reforma de la ley del aborto, tenían un camino recorrido. O que cada vez hay más mujeres que se dan cuenta de que tienen que reivindicar sus derechos laborales con más fuerza, si cabe, que los hombres". </p><p>Las mujeres jóvenes de la Transición no solo se desprendieron de la<strong> categoría de ciudadanas de segunda</strong>, también del miedo al embarazo y del mandato de la pareja para toda la vida. O, al menos, parcialmente. "Mi madre fue a un colegio de monjas y tuvo una relación infinitamente más culpable con el sexo, infinitamente más sucia, de la que puedo tener yo, que fui una niña que se crio con<em> El libro rojo del cole</em>", apunta la escritora recordando aquel manual sobre sexualidad que revolucionó las aulas en 1979. Todo esto sabiendo, como subraya la propia autora, que todas las corifeas pertenecen a la clase media, son blancas, heterosexuales y casi todas tienen estudios universitarios, lo que las situaba en un lugar privilegiado. Como resume Sanz en las primeras páginas: "No tuvimos que desintoxicarnos de nada, no llegamos vírgenes al matrimonio, no todas sentimos la necesidad de vivir en pareja (...) y <strong>nos lo pasamos condenadamente bien</strong>". </p><p>Pero también señala que, entre sus libros formativos, muchas corifeas nombraban <em>El amor en los tiempos del cólera</em>, de Gabriel García Márquez, un relato claro de lo que su amigo el escritor Rafael Reig describe como <strong>"petrarquismo bubónico"</strong>. "La cultura es trascendente en lo que nosotros somos, y lo he querido <strong>mirar desde las antípodas de la nostalgia</strong>, que es un dispositivo que transforma todo el pasado en eufemismo. Se trata de analizar el pasado con proyección de futuro", defiende. Porque están <em>Grease</em>, y la telenovela <em>Cristal</em>, y la copla heredada de las madres. Y "las diferentes modalidades y tentáculos con las que el 'petrarquismo bubónico' se nos ha quedado grabado en algún lugar oscuro de nuestro ADN". </p><p>Las huellas emocionales</p><p> <em>Éramos mujeres jóvenes</em> no se ocupa solo de aquellas chicas que podían al fin comerse el mundo (en teoría) después de generaciones siendo masticadas. También describe las huellas de todo aquello en las mujeres no tan jóvenes que son. Y lo malo llegó pronto: "Las mujeres en España hemos pasado de <strong>la tachadura del cuerpo</strong> como consecuencia de la represión franquista, o la vivencia del cuerpo de las mujeres como algo degenerado, a la hiperfetichización del cuerpo de las mujeres y la presión del neoliberalismo hacia <strong>una sexualidad que tiene que ser hiperactiva</strong>". Algo que, apunta, puede tener su continuación en las siguientes generaciones, sobre las que pesa una mayor influencia de este sistema económico... aunque Sanz prefiere no ponerse "en plan abuelita cebolleta". Queda mucho por hacer, eso sí lo deja claro. </p><p>Ah, el neoliberalismo. Es otra fuerza de la historia que se solapó con la democracia y a la que la escritora culpa de otro <em>fenómeno</em> que recoge el libro. Aunque la mayor parte de las corifeas rechaza sentirse fracasada sin pareja y no demonizar la promiscuidad, lo cierto es que son pocas las que han tenido varios novios —basta con ver las respuestas del primer párrafo— y son numerosas las que continúan con el primer hombre con el que se acostaron. Ha sido una de las sorpresas que se ha llevado Sanz, y también el origen de uno de los planteamientos más interesantes del ensayo: "A las mujeres <strong>se nos exige un tipo de fortaleza emancipatoria</strong> que en ocasiones es una impostura. Se nos educa en que tenemos que ser independientes, en que tenemos que tener un cuarto propio, cosa con la que estoy completamente de acuerdo, pero también se nos dice, para luchar contra el mito romántico, que no tenemos que tener miedo a la soledad… cuando<strong> el miedo a la soledad es algo cosustancial al género humano</strong>". Por eso, propone armar una barricada contra la idea del "individuo independiente" fraguada por el neoliberalismo que ha desterrado el valor de la "fraternidad" y la "vida en común". </p><p>Trabajo o amor</p><p>No ha sido la única trampa de la liberación de la mujer. Había otra justo allí adonde se dirigía a las mujeres que querían lograr la necesaria independencia económica: la carrera profesional. La escritora comienza previniendo: "Era absolutamente necesario que las mujeres tuviéramos como elemento de emancipación el conocimiento, los estudios y la incorporación a la vida pública a través del trabajo". Pero también arroja una advertencia: "Eso nos ha colocado en una situación tramposa, porque nos emancipamos del padre y del marido, pero al mismo tiempo <strong>estamos sobreexplotadas por nosotras mismas y por el patrón</strong>. Tenemos el peso cultural de la domesticidad y la exigencia del mercado laboral que encima nos paga menos y nos impone techos de cristal". </p><p>Cuando pregunta a sus corifeas si sitúan el amor en el centro de sus vidas, la inmensa mayoría responde que sí, aunque no solo el de pareja, sino también el amor por la familia, por los hijos, por las amigas (¿por una misma?). Quizás desde la perspectiva que ensalza a la ejecutiva agresiva como ejemplo emancipatorio esto sea un fracaso del proceso de liberación. Las protagonistas de <em>Éramos mujeres jóvenes</em>, y la propia Marta Sanz, no lo ven así. "<strong>Le queremos hacer una pedorreta al trabajo</strong> porque posiblemente nunca hayamos estado más explotadas, autoexplotadas o paradas", señala el ensayo, recordando la tasa de paro del 20,6% entre las mujeres mayores de 25 años y del 46,4% entre las menores. Quizás ese apego al amor no sea una victoria. Pero es seguramente una protesta. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Nov 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La Transición sentimental]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Transición democrática,Marta Sanz,Cultura,Feminismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Algunas razones para no leer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/razones-no-leer_1_1126727.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/74917ea2-729e-49bf-a845-bfa95f1a3f84_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Algunas razones para no leer"></p><p>Hoy aquí, contraviniendo todas las previsiones y ejerciendo de enanita saltarina, mosca cojonera, duendecillo maligno, demonia o Ángela caída, voy a intentar daros algunas razones fundadas para NO leer. Habéis escuchado bien para NO, NO, NO leer. Voy a colocarme al otro lado de ese espejo donde si uno se refleja de noche, alumbrado por una vela, se tropieza con un fantasma. Voy a subir al desván para mostraros el auténtico rostro del angelical Dorian Grey: su cara reconcomida por gusanos y devastadoras arrugas. Ahí va el listado razones por las que, como diría <strong>Amy Winehouse</strong>, NO, NO, NO debéis leer:</p><p>  </p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Este texto fue leído en la Feria del Libro de Fuerteventura. </em><strong>Marta Sanz</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Jun 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Algunas razones para no leer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Marta Sanz,Feria del libro,Los diablos azules número 19]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Farándula’, de Marta Sanz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/farandula-marta-sanz_1_1126776.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bb67fafe-fc4f-47df-bc98-a322cc4449f1_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Farándula’, de Marta Sanz"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Os dejamos esta sala para que comentéis vuestras lecturas y nos ayudéis a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para hacernos llegar vuestras sugerencias.</em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>Como ya explicamos <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/05/05/atlas_espana_imaginaria_julio_llamazares_49350_1821.html" target="_blank">en una ocasión anterior</a>, el club de lectura de Casa del Libro de Gran Vía (Madrid) surge en 2012 a cargo de la librera <strong>Marisa Mayoral,</strong> y desde noviembre de 2014 lo coordina <strong>Abril G. de Enterría</strong>. Cada mes proponemos un libro (habitualmente novela o compilación de relatos, aunque estamos introduciendo nuevos géneros) y tratamos de que en la tertulia nos acompañe el autor o, en su defecto, el editor, traductor o alguna persona relacionada de alguna manera con la obra elegida. La mayor parte de los libros que proponemos son de autores españoles contemporáneos no siempre conocidos por el gran público, aunque siempre reservamos varias sesiones al año para autores clásicos y extranjeros atendiendo a efemérides o temáticas del interés de los participantes. Para la selección de las lecturas tenemos en cuenta, en la medida de lo posible, las sugerencias de quienes participan de forma habitual en los encuentros.</p><p>El club se reúne, de forma habitual, el último o penúltimo lunes de cada mes, en horario de siete a nueve de la tarde, en la sala de actividades de la tercera planta de nuestra librería de Gran Vía, 29. Los encuentros son abiertos y gratuitos y suelen participar entre 15 y 20 lectores, en su mayoría mujeres, que son quienes dotan de contenido los encuentros y dan sentido a la existencia de esta actividad en nuestra librería. El objetivo de estas tertulias es compartir las impresiones que nos generan las obras elegidas, tratando de profundizar en el análisis de las mismas y relacionándolas con el mundo que nos rodea y las vivencias de quienes participan en los encuentros.</p><p><strong>Farándula</strong><strong>Marta SanzAnagramaBarcelona2015 </strong></p><p>El pasado 29 de febrero tuvimos la oportunidad de comentar <em>Farándula </em>con<strong> Marta Sanz</strong>. Su lectura nos permitió hacer un recorrido por el mundo del espectáculo como pretexto para ahondar en la problemática global que envuelve no solo al mundo del espectáculo sino a la vida cotidiana de muchos de nosotros o de nuestros allegados.</p><p>Trabajos precarios, a menudo apenas reconocidos, que nos hacen vivir a medio camino entre las preocupaciones por llegar a fin de mes y la burbuja de oportunidades y vidas posibles que nos transmiten los medios de comunicación; pasando por la soledad, el conformismo, la protesta y la respuesta de la gente ante todo esto. La novela nos va dando pistas de que se trata de una historia contada desde un determinado punto de vista, donde diversas voces muestran en ocasiones rasgos similares, hasta llegar al giro final en el que se nos desvela que la historia tiene un falso narrador omnisciente y refleja en realidad la mirada de una de sus protagonistas, que en cierta medida tira la toalla mientras busca una salida a su situación, o una redención. La actriz, al fin y al cabo, también en esta nueva creación imposta la voz.</p><p>Hablamos del realismo de las descripciones de Marta Sanz, que nos atrapan desde la primera página con aquel pararse por un momento en plena Puerta del Sol y observar, dándose la oportunidad de percibir todo aquello que nos rodea en nuestra vida cotidiana y a lo que a menudo, por las prisas, no prestamos atención. Hablamos del uso del lenguaje, los monólogos extensos y las enumeraciones, así como de la inclusión en la narración de lo corporal y lo cotidiano, que en ocasiones recuerda a algunas de las descripciones de <strong>Joyce </strong>en el <em>Ulises</em>.</p><p>Profundizamos en la construcción de los personajes, y la autora nos explicó que algunos están inspirados casi por completo en actrices de nuestro panorama teatral y cinematográfico (Ana Urrutia en <strong>María Asquerino,</strong> y Mari y Fito en <strong>Petra Martínez</strong> y <strong>Juan Margallo</strong>), mientras otros son una especie de Frankenstein (como el difícil caso de Daniel Vals, inspirado en <strong>Willy Toledo</strong>, <strong>Javier Bardem</strong> y <strong>Antonio Banderas</strong>). Hablamos también de otros personajes, en este caso con papeles secundarios pero de gran peso tanto en la novela como en la vida real: Julita Luján y Mili, que representan al público, a la gente. Y hablamos de cómo ve la gente el mundo del espectáculo y a sus actores, pero también a los intelectuales que se muestran críticos con el sistema imperante; sin olvidar el papel de los medios de comunicación en la pérdida del prestigio social de quienes pertenecen a estos sectores y las falsas libertades tecnológicas que parecen querer reemplazar a la libertad de expresión.</p><p>Comentando las peripecias de sus protagonistas, hablamos de la necesidad que tienen numerosos artistas y creadores de realizar trabajos que pueden distanciarse en mayor o menor medida de su profesión para poder contar con recursos que les permitan continuar haciendo aquello que les satisface. Esto nos llevó a hablar de las obras de encargo presentes en todas las profesiones creativas, de la participación en algunos certámenes literarios y, de nuevo, de la precariedad que impregna todo este mundo cuando no se circunscribe a los pocos que cobran sumas millonarias por sus trabajos.</p><p>Para finalizar, Marta Sanz nos hizo algunas recomendaciones literarias: los cuentos de <em>Mala letra</em>, de <strong>Sara Mesa</strong>; los poemas de <strong>Olvido García Valdés</strong>; <em>Hierba en los tejados</em> de <strong>Rafael Espejo Muñoz;</strong><em> Los allanadores</em> de<strong> Carlos Pardo</strong>; el ensayo <em>Sociofobia </em>de <strong>César Rendueles</strong>; y <em>Aquí vivió. Historia de un desahucio</em>, la primera novela gráfica de <strong>Isaac Rosa</strong> con ilustración de <strong>Cristina Bueno.</strong></p><p><em>*Si quieres más información sobre el club de lectura puedes escribirles a clublector29@gmail.com.</em><strong> clublector29@gmail.com</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 May 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Club de lectura Casa del Libro]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Farándula’, de Marta Sanz]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Marta Sanz,Narrativa,Los diablos azules número 18]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Chirbes y el cuento invertido de la madrastra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/chirbes-cuento-invertido-madrastra_1_1122858.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8cd83994-76fa-43ab-ac85-528c08986d54_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Chirbes y el cuento invertido de la madrastra"></p><p><em>  Tu navegador no soporte el elemento de audio HTML5. El actor Juan Diego Botto lee las primeras líneas de la novela.</em></p><p><strong>Paris-AusterlitzRafael ChirbesEditorial AnagramaBarcelona2016</strong></p><p><em>Paris-Austerlitz</em></p><p>Cuando leo <em>Paris-Austerlitz </em>inevitablemente me acuerdo de<strong> Rafael Chirbes</strong>, pero también me vienen a la cabeza todos los textos —cinematográficos, literarios, pictóricos— que esta preciosa novela contiene: veo <em>La vida de Adèle</em> (2013) de <strong>Abdellatif Kechiche</strong> y veo el cómic en el que la película se basa libérrimamente, <em>El azul es un color cálido</em>, de <strong>Julie Maroh</strong>, una novela gráfica que me regaló mi amigo <strong>Luisgé Martín</strong>. Recuerdo que, hablando de ese libro y de su adaptación cinematográfica, comentamos asuntos que aportarán hoy perspectivas diferentes de la novela póstuma de Rafael: yo le contaba a Luis que Kechiche subraya un concepto de clase que en el cómic es mucho más suave; sin embargo, él no creía que dicho concepto fuera significativo en el filme. Leemos y también escribimos con nuestros prejuicios a cuestas y, aunque eso no nos incapacita para dirigirnos a cualquier lector, para que un lector no sectario aprecie la obra de un escritor con el que no comparte una visión de la vida, lo cierto es que Chirbes y yo compartíamos muchos prejuicios. Casi todos. No obstante, entre las narraciones de <em>La vida de Adèle</em> y de <em>Paris-Austerlitz</em> existe una diferencia: si en la película la narradora es la mujer débil, la que aparentemente ama más, es inexperta, pobre y vulnerable, la que quiere complacer; en la novela de Chirbes el narrador es el que juega con ventaja y ahí aparece el estigma de una culpa a la que volveré más tarde.</p><p>Luis y yo —también Chirbes— le damos vueltas a los amores difíciles, los que se complican en la vida por la misma razón —la diferencia y con ella el cuestionamiento del tabú—, por la misma razón decía, por la que se vuelven hermosos en la literatura: el desnivel insalvable de la clase, la salud, la edad, la virtud, la sexualidad, las ideas políticas o los bandos de una guerra, la consanguineidad y el adulterio, lo socialmente tolerado o no, consiguen apasionarnos en <em>Edipo Rey</em>, <em>Romeo y Julieta</em>, <em>Anna Karenina</em>, <em>Lolita</em>, en los triángulos escalenos de <em>Jules et Jim</em> (<strong>Truffaut </strong>se basa en una novela autobiográfica de <strong>Henri Pierre-Roché</strong> en la que también anda involucrado <strong>Franz Hessel</strong>) o de <em>Karl y Anna</em> de <strong>Leonhard Frank</strong>, en los don Juanes o en <em>Portero de Noche</em> (<strong>Liliana Cavanni</strong>, 1974). Incluso nos emocionan los melosos amantes de <em>Love Story</em> (<strong>Arthur Hiller</strong>, 1970). A Rafael le habría gustado el homenaje cinéfilo. Porque le gustaban el cine y la gastronomía. Las voracidades. En <em>Paris-Austerlitz</em> tenemos todos los ingredientes para que el amor entre el narrador sin nombre y Michel sea literariamente poderoso. Este <em>amour </em>es <em>fou </em>por los cuatro costados: el homoerotismo es <em>fou </em>por definición ya que está proscrito y genera más culpa que el entrecomillado “amor normal”, que el <em>arciprestiano Buen amor</em>. El narrador, ante los reproches de Jeanine por la falta de amor hacia Michel, le pregunta qué es el verdadero amor. Ese interrogante late en toda la novela. Lo que sabemos es que vivimos en una sociedad, una cultura, en la que la homosexualidad a menudo se coloca del lado de lo perverso, lo brutal, lo marginal, lo delictivo… Y aquí no puedo dejar de acordarme de otra referencia inevitable, al menos en esta novela, la de <strong>Jean Genet</strong>: también Chirbes recorre cuartos oscuros, urinarios, un punto de suciedad en el que uno se complace, torpeza, tosquedad, el asco erótico, noctambulismo, chaperos, los amantes marroquíes cuya profesión es la de atracador, el alcohol y las drogas. El mundo de cierta literatura muy francesa, muy <em>amour</em>, muy <em>fou</em>. El universo de <strong>Albertine Sarrazine</strong>, por ejemplo. </p><p>Pero además <em>Paris-Austerlitz </em>es <em>fou </em>porque Michel es mayor que el narrador; es <em>fou </em>porque Michel es un obrero y el narrador es un artista de la alta burguesía; es <em>fou </em>porque Michel no es muy letrado y el narrador sí; es <em>fou</em> porque Michel es francés y el narrador español; es <em>fou </em>porque el narrador está sano, sobrevive, y Michel es víctima de la plaga. En este punto, recuerdo <em>El bello verano</em>:<em> Paris-Austerlitz</em> también es un anticuento de hadas iluminado por los claroscuros de la prosa, recorrido por epifanías tristes, con los contrastes entre el arte y las modistillas, los obreros de la Fiat, y, sobre todo, esa sensación de que el sexo siempre es algo viciado, una miasma, que en la novela de <strong>Pavese </strong>conduce a la sífilis y en la de Chirbes al padecimiento de la plaga. Mundo de pintores y modelos: gente que objetualiza a otra gente. Un cuerpo se convierte en una acuarela. En estas dos joyas de intensa y lírica brevedad veo habitaciones iluminadas por bombillas de cuarenta vatios. En las alcobas huele a alcohol viejo.</p><p>La degradación y el mito de Dorian Grey se hacen patentes en las palabras del narrador cuando visita a Michel en el hospital: “qué quedaba del hombre que me atrajo”, se pregunta. Y dentro de este mundo, a menudo idealizado, de la enfermedad y el sacrificio de los amantes que besan las heridas purulentas del amado, de los besos publicitarios en las axilas impolutas de la gente que te quiere y de los besos en las llagas de los pies de Jesucristo en la imaginería barroca, en ese mundo, Chirbes no puede renunciar a un naturalismo literario desmitificador de los tópicos: el narrador siente aprensión ante la enfermedad de Michel y evita mezclar sus prendas con las de su amante en la lavadora. La enfermedad no tiene nada que ver con el espíritu, aunque se conecte con las plagas bíblicas y la culpabilidad judeocristiana, pero sí con los virus, bacilos y bacterias —cuánto me identifico el materialismo de Chirbes, con el peso de ciertas cosas invisibles…—; en esa presencia terrible de la enfermedad habita el “Deseo del amor que perdura más allá de la muerte” junto a la seguridad de que todos los amores están condenados a morir.  Se establece una relación dialéctica entre la caducidad de la vida y el deseo de eternidad, de estabilidad, y de ahí nace el absurdo, la indeleble relación entre el amor y la muerte, la escatología, el origen de un mundo vaginal que se congela en la crisis agónica de uno de los amantes: el otro sobrevive sin aspavientos, sin reproducir los tópicos musicales, de cancionero pop, de “no puedo vivir sin ti”, tan solo esperando no haber sido contagiado por la enfermedad. La mezquindad y el miedo que corrompen y definen todo amor. También el de las cigüeñas y los virginales unicornios. Incluso el paisaje de la mítica ciudad del amor, Paris, aparece pintado con otros colores: el bois de Vincennes, la Madeleine, Saint- Michelle, Bastilla, Trocadero, Les Halles… Se desmitifica la asistencia, la fraternidad, y un escalofrío me recorre el cuerpo porque no sé qué nivel de conciencia tenía Rafael respecto a su propia enfermedad mientras escribía estas líneas. Este fin de trayecto. Es ingenuo Michel cuando dice “Te he capturado” y en esa declaración están el contagio y la pasión amorosa. Como si el amor y la enfermedad fueran lo mismo, pero no, porque Chirbes no cuenta una leyenda vampírica: el amor no es enfermedad sino una competición llena de egoísmos y de comparaciones odiosas, que no solo tienen que ver con el dominio del otro, sino con el alquiler de apartamentos ventilados. Con los riñones cubiertos que vienen de familia y con la imposibilidad de sustituir las pobrezas materiales con grandes pasiones románticas. </p><p>La oposición entre el trabajo manual y los oficios culturales de <em>El bello verano</em> se radicaliza en <em>Paris-Austerlitz</em>: para Michel el trabajo solo es el trabajo manual no artístico. El margen que la explotación le deja al obrero es lo que le servirá para comprar lo básico, vivir sin ahorro, con humildad y un hedonismo precario. El narrador no solo se siente poseído afectivamente, sino que se da cuenta de que para Michel es importante “comprarlo”, mantenerlo. El débil compra, desde su concepción de un amor en el que todo son deudas, intereses, avales. “Me doy entero, pero te quiero entero”, dice Michel (pág. 52). En la desventaja de Michel no hay ambigüedad. Chirbes no juega a relativizar quién tiene las papeletas para ser la víctima o el verdugo; en esa desventaja, como en <em>La buena letra</em>, está el peso de la Historia de los vencidos, el peso de la herencia. Chirbes es un escritor lírico y naturalista, y por eso se empeña en redefinir con sus palabras la mancha de humedad de lo sórdido: la madre, la guerra, el padrastro, las palizas… En ese contexto, tiene sentido el reaccionarismo <em>pasoliniano </em>de Michel: su obsesión por la basura del sur —españoles, marroquíes, portugueses…—, la mezcla de su resentimiento afectivo con otro resentimiento que ahora, en Francia, se reconoce tan bien en los votantes de <strong>Marine Le Pen</strong>. Como es culto, como es casi rico, el narrador dice: “La pobreza no lo justifica todo”. Ni la riqueza y, por eso, él genera un intenso discurso de auto-exculpación en el que se asienta la verosimilitud de la novela.</p><p>Jaime, un compañero de Michel, es el destinatario de las palabras de un narrador sin nombre. Como la institutriz de <em>Otra vuelta de tuerca</em>, que también necesita purgar sus culpas presentándose incluso como un personaje heroico. El narrador relata su amor con —no por— un hombre muerto. “Estimado Jaime”, dice el narrador. Esa opción narrativa subraya el sentimiento de culpa de quien habla desde la conciencia de sus privilegios: dinero, familia, juventud, cultura, el hecho mismo de estar vivo. La voz del narrador/artista expresa la mala conciencia habitual de los personajes de Chirbes. Por eso y tal vez por pudor, el narrador no tiene nombre y dice que Michel es el ogro que se lo va a comer, pero en realidad ¿quién se come a quién?, ¿quién juega con ventaja?, ¿quién transforma todo el relato en la expresión de un yerro, un tropiezo, casi de un delito? Chirbes deja poco margen para la duda e incluso en un momento de la historia el narrador sin nombre, por la brutalidad de su dominio sobre Michel, se identifica con el padrastro que lo maltrataba en la adolescencia. Antes aludía a <em>El bello verano</em>: aquí leemos un cuento de la madrastra a la inversa. Y la palabra inversión surge de forma natural en esta exégesis de <em>Paris-Austerlitz</em> porque Chirbes está sacando a la luz el territorio oscuro de los prejuicios de los lectores. El narrador se justifica apelando a la objetualización a la que lo somete Michel y tenemos la impresión —equivocada— de que lo que tiene que ver con la materia y la especie, la pulsión sexual y la necesidad de pedir auxilio, exceden tal vez  la determinación de clase.  Pero no, lo que destaca es la mucha necesidad de poseer que tiene quien carece de casi todo. La necesidad basal de poseer de un pobre.</p><p><em>Paris-Austerlitz </em>es <em>fou </em>por todas esas diferencias y por el malditismo de una sexualidad aún prohibida, tabuizada, que multiplica por mil todas sus culpas. El escritor, por boca de su narrador, plantea su visión de cómo las mujeres se objetualizan para un macho. El maquillaje, el estar listas. Todo surge a colación de por qué la madre de Michel toleraba al bestia de su padrastro, pero el escritor/narrador en realidad está abriendo un campo de preguntas que posiblemente no tienen respuesta e intensifican de nuevo todo lo <em>fou </em>que tiene este <em>amour</em>: en una relación homosexual entre hombres, educados como hombres en la más amplia extensión de la palabra, ¿quién se objetualiza para el otro?, ¿quién adopta la posición de una hipotética debilidad?, ¿quién asume el rol de estimular la seducción, de ser fuerte desde una aparente vulnerabilidad o vulnerable sin paliativos? Chirbes escribe sobre la homosexualidad, sobre un amor homosexual, y su texto y otra vez mis propios prejuicios hacen que me replantee el significado de palabras como <em>hombría </em>o <em>fingimiento</em>. Sin embargo, desde la perspectiva de Chirbes el factor que hace <em>fou </em>al más <em>fou </em>de los amores es la diferencia de clase: incluso la homosexualidad y todas las sodomías se toleran mejor si se tiene dinero. “El cuerpo es la casa”(118), escribe el narrador: el cuerpo se alquila, se compra, se habita, es el abrigo y la hipoteca. Lo físico se convierte en económico y esa metáfora de la violencia como desposesión es un <em>leitmotiv </em>ideológico en la obra de Chirbes. Ahí es donde radica la epifanía, la lección moral, de esta novela que tiene el sello de Chirbes: su leninismo y su talante proustiano, juntos, inseparables, de la mano. En la clase y en sus desniveles se instala la metáfora de la posesión y de la víctima y el verdugo. “Te he capturado”, dice Michel, y en esa captura, en la caza, la contorsión, la anulación de la personalidad del otro, en un amor que siempre nos deforma, nos amolda y nos mete dentro de la caja de una sensibilidad extraña, está la referencia a <strong>Bacon</strong>: la violencia y la ternura del lenguaje de Chirbes y las pinceladas con el color de la carne amoratada del pintor irlandés. El deseo de ser poseído y la asfixia que produce la posesión. Como si cada uno de nuestros amantes fuese culebra o anaconda que nos corta la respiración. El deseo de libertad en el amor y la imposibilidad de vivirlo sin culpabilidad o sin angustia. El mito romántico que se envuelve con el mito sadomasoquista del existencialismo y se enrarece mil veces más en el ámbito de las relaciones homosexuales con su carga añadida de pecado. Y hasta los ateos nos vemos empapados por las ideas de las que tratamos de abominar. Pese a nuestras apostasías, algo nos mancha y nos impide ser libres y limpios. De eso habla también Chirbes con los brochazos matéricos de su prosa sensorial, hermosa y subacuática. La sensorialidad del lenguaje insiste en lo táctil: el peso, la rugosidad, la temperatura. También el color y la forma, las dimensiones y los sentidos con los que trabajaría un pintor. Un narrador que pinta y al que sus palabras le salen por la culata. Un narrador que se desnuda mientas se excusa. Las referencias recorren como venas azules, internas, <em>Paris-Austerlitz</em>: el narrador pinta y en la página 53 cita a Bacon: “qué tendría que pintar ahora aquí, de regreso en Madrid, cadáveres que caminan por los pasillos del hospital, llagas como en Grünewald, carnes desolladas como en Bacon, como en <strong>Soutine </strong>(…) Sobre todo se me hacía insoportable el tiempo que pasábamos en la cama, sus brazos y sus piernas rodeándome. Me asfixias, no me dejas respirar…”. </p><p>En ese juego de pesos y medidas, el voyerismo y el exhibicionismo de la propia escritura, nos hacen pensar que el amor es también una vigilancia de reojo. Al final, en la violencia, en la escisión, en la imposibilidad de volver atrás se caen las máscaras. Incluso las de la escritura y las del escritor. Chirbes escribe una historia de amor, tan vulgar y tan única, tan generosa y tan mezquina, como cualquier otra.</p><p><em>Texto leído en la presentación de la novela en la FNAC Callao el 4 de febrero, junto a Luisgé Martín.</em></p><p><em> </em></p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Su último libro es 'Farándula' (Anagrama, 2015). </em><strong>Marta Sanz</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Chirbes y el cuento invertido de la madrastra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Novela,Marta Sanz,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La forastera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/forastera_1_1122533.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7a40a582-8bb0-48cb-ab2e-40fa4e15fcee_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La forastera"></p><p>(Lo inicia <strong>Felipe Benítez Reyes</strong>)</p><p>Todo el mundo da por hecho que <strong>la Japonesita</strong> llegó aquí en un carguero de bandera boliviana, por la época en que los ingleses montaron la refinería de aceites vegetales y el hacendado <strong>Berrocal</strong> se dedicó a la cría de caballos de presumir para venderlos a los dandis criollos. “La Japonesita vino en un barco”. Es un dato sostenido en el aire con un hilo invisible, igual que se sostienen los presentimientos y las ideaciones defectuosas. Me consta que no llegó en barco alguno, sino en el ferrocarril, huyendo de un pasado en el que había un marido tahúr y bebedor, un hijo muerto y un desfalco. Lo sé porque soy el telegrafista, y los de mi profesión nos enteramos de cosas, aunque no nos corresponda divulgarlas. Esta será la excepción.</p><p>A pesar de su palidez y de sus ojos rasgados, la Japonesita no era natural de Japón sino de la isla San Vicente, aunque la niñez la pasó en Colombia, por la parte de Manizales. Unos años más tarde cruzó varias fronteras, tejiendo una biografía de sinsabores, y se casó en Oaxaca, y de allí llegó a lo nuestro, imagino que por la misma razón por la que podría haber desembocado en cualquier otro sitio. Es decir, por ninguna razón, pues hay decisiones que no la necesitan. Lo de Japonesita se lo puso la gente, a falta de conocerle el nombre verdadero. Cuando llegó aquí se instaló en una choza abandonada, en la linde del cafetal de <strong>Jeromo Vinuesa</strong>, que por entonces ascendió a gobernador y hablaba a todo el mundo como los virreyes. La choza no era ya de nadie ni nadie la quería, porque allí encontraron, tras varios días de búsqueda, el cadáver mutilado de la niña<strong> Genoveva Cienfuegos</strong>. “Vino de Bolivia”, decía la gente cuando algún visitante preguntaba por aquella forastera apartada y exótica, con algo de loto delicado y carnal, acechada por fieras salvajes y por fieras con nombre y apellidos. </p><p>Que se sepa, la Japonesita no cruzó jamás una palabra con persona alguna del pueblo. Ni siquiera conmigo cuando iba a poner un telegrama o a recoger los que le llegaban de una abuela suya que vivía en Valledupar y que siempre la animaba a que se reuniese con ella para llevar una vida discreta y decente, en vez de andar como las vagabundas. Casi todas las mañanas se acercaba al mercado, diligente y silenciosa, señalaba lo que quisiera comprar y se volvía a la suyo. En la pulquería, los fanfarrones fantaseaban con ir una noche a la choza y darle lo que suponían que la Japonesita esperaba de ellos. “A esa…”, decían, y cada cual echaba a volar sus alardes y quimerismos. Yo temía que la noche menos pensada a alguno se le desbocase el ansia y cometiera una locura. Pero a lo más que llegaron fue a acercarse varias veces en grupo, muy borrachos; gritar unas cuantas obscenidades en el silencio de la madrugada y volver a sus hogares con el orgullo satisfecho y a la vez humillado.</p><p>Unos decían que la Japonesita guardaba un cofre con monedas de oro. Otros decían que le sacaba los pesos al gobernador, que se supone que la visitaba de vez en cuando. Ni lo uno ni lo otro era cierto, por mucho que casi todo el mundo rumorease ambas certezas con el aplomo de los notarios. La verdad de la Japonesita la fui descubriendo yo, igual que se descubre un pozo de agua en el desierto, y verán ustedes que muy poco tenía que ver esa verdad con las apariencias.</p><p>(Continúa <strong>Marta Sanz</strong>…)</p><p>Cuando encontré estos papeles en el cajón de papá, me enfadé tanto que llamé a mi madre sin dudar un momento: “Mami, mami, ya está papá otra vez con lo de la Japonesita”. Mi padre no es telegrafista ni boliviano ni nada, y posiblemente tiene que buscar en el diccionario el significado de la palabra “pulquería” para poder encajar bien el término en sus maquinaciones y sus fiebres poéticas. Mi padre es de Valladolid y prejubilado y, como debe de aburrirse más que una mona, se pone peliculero y escribe sobre cafetales, palenques, ay Mamá Inés, ferrocarriles, niñas ultrajadas, tahúres, bebecitos muertos, tesoros escondidos, insondables incógnitas, zopilotes, güeys y chavos, yuca y hombres beodos que, como las polillas y los polillos, huelen a hembra a kilómetros de distancia.</p><p>A mí todo eso me daría lo mismo porque entiendo que no se le puede hurtar a un hombre su legítimo derecho de pasar un buen rato con sus fantasías. Los hay que levantan la Torre Eiffel con fósforos o construyen maquetas de aviones de la I Guerra Mundial, y eso sí que me pone verdaderamente enferma. Al telegrafista, mi padre, por lo menos le ha dado por la literatura latinoamericana, los pájaros exóticos y las jacarandas en flor. Frente a otras posibilidades de chochez prematura, la suya no me parece de las peores. Pero lo que no le consiento de ninguna de las maneras es lo de la Japonesita. Guacamayos sí, japonesitas no. Ya está bien de japonesitas. Porque yo sí sé quién es la Japonesita. Y no es un personaje rodeado de un aura de misterio. Es la vecina del quinto.</p><p>Se llama Irene y sí, es forastera. Viene de Las Palmas de Gran Canaria o de algún sitio así. Lejano y guanche. Sesea. Yo la veo como un junquillo escuálido de pelo muy negro y muy liso. “Como ala de cuervo”, escribió un día el cursi de mi padre, el telegrafista. Mi madre dice que se parece un poco a<strong> Isabel Preysler</strong>, pero mucho más joven. “Pues entonces la Preysler tenía puente en la nariz. Tu comparación no le hace justicia a la Japo…”, mi padre detectó –de hecho, se quemó- con en el fulgor de mi mirada y casi se ahoga al tragarse el fin de su sentencia. “…nesita”, completé yo con esa mala leche adolescente que siempre me echan en cara y que a mí me conforta mucho y me ayuda a permanecer viva. La obsesión por la Japonesita de mi padre, el de telégrafos, tal vez le viene de que quiere emular a <strong>Vargas Llosa</strong>. A mí me eso me importa un bledo. Como si quiere parecerse a <strong>Alfonsina Storni </strong>y tirarse desde un acantilado o ahogarse en el mar o lo que quiera que hiciese esa rubia loca sobre la que tuve que escribir un trabajo de clase: me salió incluso más cursi que ella. </p><p>Lo que me parece una verdadera guarrada es que mi padre meta a la Japonesita en todas sus ficciones y que mi madre, que se llama <strong>Victoria</strong> –o sea, <em>Vicky</em>- y es una señora que no es “un loto delicado y carnal” pero sí un clavel reventón, nunca salga en sus historietas. Y lo peor de todo es que a mi madre le da lo mismo. “Mami, mami, ya está papá otra vez con lo de la Japonesita”, grito yo queriendo sembrar el pánico. Y ella acude, toquetea un instante los papeles, sonríe y se apoya en el dintel de la ventana concentrándose en las baldosas del patio sobre las que a las dos en punto de la tarde se oirán las pisadas de <strong>Antón Rábago</strong>, el novio de la Japonesita. Son las dos menos uno. Mi vida está a punto de desmoronarse. </p><p>(Continúa <strong>Rafael Reig</strong>…)</p><p>Ahora me gusta creer que, cuando sonó el timbre, tuve un presentimiento y ya sabía que iba a encontrarme a Antón Rábago, con la mirada de través, las botas con puntera de hierro y la mano apretando la navaja por dentro del bolsillo. Vi a mi hija encerrarse en su habitación y poner música a todo volumen y comprendí que algo tenía ella que ver con su aparición. </p><p>-¿Qué va diciendo esa cría? -preguntó.</p><p>-Pégame, por favor. No hagas preguntas y pégame hasta que caiga al suelo. Hazme caso, dame duro...</p><p>Para terminar de convencerle, le di un puñetazo en la cara. Antón me pegó tres, cuatro, hasta cinco veces, y me dejé caer sobre la moqueta. </p><p>-Gracias, cariño –le dije.</p><p>-Mira que eres perra, por un momento pensé que la mocosa tenía razón –me dijo, me dio un beso en el labio partido y se dio media vuelta con un elegante gesto aprendido en los billares. </p><p>Estaba irresistible, agitado, sonriente, los labios pintados con mi sangre.</p><p>Grité por encima de la música de <strong>Martita</strong>, que apareció titubeante y de puntillas. Nunca fue una chica valiente. Mientras me curaba con agua oxigenada y algodón, se echó a llorar y me contó que ella le había contado a Antón que yo había intentado abusar de su novia. Que lo había hecho por mamá. Ya lo sabía, pero no le dije nada. Pobre Antón, seguro que tuvo dudas, es demasiado celoso. Pobre Vicky, qué disgusto se va a llevar. </p><p>Antón y yo llevamos juntos casi cuatro años. Vicky lo sabe, por supuesto. Lee lo que escribo y sabe que son fantasías sobre Antón, al que amo, pero con quien no querría vivir ni en pintura. Amo su cuerpo, quería decir: el resto de Antón lo invento yo en lo que escribo. Lo que hay fuera del papel y en su interior me da más miedo, Antón es sentimental y bastante obtuso, un tipo peligroso y violento que lleva tres chicas en el apartamento del quinto, entre ellas <strong>Irene</strong>, la Japonesita de mi hija. Por supuesto que Antón recibe una contraprestación económica, pero tal vez me quiera: por eso tiene celos. Bastante moderada, por cierto, la contraprestación; asequible para un prejubilado y equivalente a la que le entrega Vicky al joven que la entretiene: <strong>Alberto</strong>, el novio de nuestra hija.   </p><p>La vida es demasiado complicada para una chiquilla como Marta y tuve que dejarme pegar para protegerla. Bastante  nos ha costado aceptarlo a Vicky y a mí, comprendernos el uno al otro, pero ahora somos mucho más felices, siempre juntos, más unidos que nunca, aunque ella visite los jueves a Alberto y yo los lunes a mi Antón. </p><p>Mira que se lo tengo dicho a Martita, la activista: transformar la realidad está muy bien, pero primero hay que intentar comprenderla. Esto es demasiada realidad para una niña como Marta, se desmoronaría, así que la tranquilicé:</p><p>-Tienes razón, hija, me lo merezco, no volveré a escribir sobre ella.</p><p>El dolor en los pómulos pasará, el labio roto se curará y, por lo demás, no ha ocurrido nada grave, ya que Martita puede seguir siendo una inocente criatura que se manifiesta por un mundo mejor en compañía de su Alberto, menudo elemento. </p><p>Lo único que me intranquiliza es que ahora tendré que convencer a Vicky de que busque otro entretenimiento. Así estaremos los tres en paz.</p><p>(Lo cerrará, si puede, quien lo empezó: <strong>Felipe Benítez Reyes</strong>)</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Felipe Benítez Reyes/ Marta Sanz/ Rafael Reig]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La forastera]]></media:title>
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