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Cambio de pareja

Un joven escucha un vinilo en una tienda de Montreal.

Julián Hernández

  • Este artículo está publicado en el número de septiembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes suscribirte a la revista en papel aquí o leer online todos sus contenidos aquí

“El jazz no ha muerto; simplemente huele un poco raro” (Frank Zappa, 1973)

Las citas de Zappa siempre son muy socorridas. Esta de nuestro epígrafe de hoy, además, nos vale de plantilla: diga usted  “rock” donde dijo “jazz”, por ejemplo, y ya estamos en un cambio de paradigma más acorde con el siglo en curso.     

—Hola, soy un paradigma. Vengo para pedir la mano de su hija.

—¿Para qué?

—Paradigma. Vengo para pedir la mano de su hija...

La hija del interpelado, el futuro suegro del paradigma, no es la niña de Rajoy ni una princesa casadera europea. En realidad, y por si fuera poco, nuestro paradigma no es un soltero de oro: es un polígamo reincidente y recalcitrante desde el advenimiento de la reproducción mecánica (reproductibilidad técnica, diría Walter Benjamin). Nuestro paradigma es, pues, un impostor que busca, entre el entretenimiento de masas, a una nueva Doña Inés a la que burlar. Tras el rimbombante título de PARADIGMA que cuelga en la pared de su despacho, se oculta un simple catálogo de hábitos de consumo. El big data y la puta estadística lo saben de sobra y se aprovechan de la información privilegiada para construir una lista de la compra paradigmática ante las variopintas ofertas de la gran industria cultural: se trata de saber quién y cuánto dinero se gasta en qué durante cuánto tiempo y en dónde, el porqué y el cómo ya nos los inventaremos más tarde. A partir de ahí, se construyen las perspectivas de mercado, los objetivos de la temporada y el retrato robot de las masas incautas que se abalanzarán sobre ese producto imprescindible sin el cual malamente se sobrelleva con dignidad el tiempo restante hasta el próximo cambio paradigmático.

Después de la Segunda Guerra Mundial llegó por primera vez en la historia una cultura popular específicamente dirigida a una parte de la población por su poder adquisitivo creciente: la chavalada. Todo existía, de alguna manera, antes de 1945, pero en ese momento cosas como las historias gráficas, el cine o la moda pasaron a formar parte de una oferta que cubría (y alentaba) la demanda del colectivo recién llegado. La cohesión de la amalgama fue la música. La susodicha reproductibilidad abarcaba muchos más terrenos que el resto del pack: el gramófono con sus discos, la radio o la vieja interpretación en vivo la convertían en omnipresente. La música, como sabia de la comunidad que es, alimenta desde siempre un sentimiento de identidad colectiva, solo que esta vez el hecho diferencial era generacional: la comunidad era horizontal y se reconocía (o se podía reconocer) a sí misma allá donde llegaran las ondas hertzianas. De paso, tampoco estaba de más lavar un poco la cara a los contenidos: la época dorada de las big bands tocaba su fin y había que buscar un recambio ágil, de efecto inmediato, bailable y cantable. Y llegó el rock and roll, que también existía de antes, pero ahora tenía un nombre y estaba aquí para quedarse.

El formato primigenio para la difusión del rock and roll fue el single (vinilo de 17 cm a 45 revoluciones por minuto): una canción estrella por una cara del disco acompañada por otra, en la cara b, que no desmereciera pero que tampoco hiciera sombra. El siguiente formato fue el L.P. (vinilo de 30 cm a 33 r.p.m.): una colección de canciones recopilando singles o, incluso, una nueva golosina ideal para la era pop (¡portadas flipantes!) o el rock progresivo (¡álbumes conceptuales!). 

Mmm... Suena todo muy ¿del siglo XX? Bien que lo siento: no existen, que yo sepa, adjetivos equivalentes a dieciochesco o decimonónico para referirnos a los siglos XX y XXI. ¿Valdrían vigesímico y vigesimoprimeresco? Suena muy prepandémico también. Ahora, con el principio de curso, nos llegan unos efluvios pospandémicos que nuestro viejo pendejo, el paradigma polígamo, ve con la indiferencia del que se las sabe todas. Nuestro antaño comunal rock and roll viene renqueando desde hace un tiempo y nuestro paradigma parece tener prisa por un cambio de pareja.

La misma adaptabilidad de la música a los cambios tecnológicos la pone a la cabeza de la carrera de lemmings del consumo de contenidos. El casete de audio, el CD (re)grabable, el mp3 descargable: todo servía para hacer copias y eso enfurecía a la propia industria que los había creado y los fabricaba. Te vendían al mismo tiempo el casete para la copia y, al lado, el original con advertencias como “La grabación doméstica está matando a la música y es ilegal”. A la hora de redactar estas líneas, el consumo está dominado por el streaming. Con Spotify a la cabeza, el paradigma es una plataforma, no un formato ni un contenido concreto. Los formatos de copia mantenían, de alguna manera, el del vinilo de larga duración, pero ya no: la propia plataforma sugiere qué escuchar y hasta puedes dejar que sea ella quien elija la música para tu guateque. Los dos formatos del vinilo quedan diluidos en un ruido de fondo informe. Que también mola, pero nos quedamos sin un objeto multiusos: los formatos se adaptaron desde el primer momento al consumo de drogas de moda. La portada del vinilo de 30 cm era perfecta para tirar encima la marihuana y liar el chirri y la caja del CD (más el carnet del bingo) fue un soporte comodísimo para la farlopa, pero ya con el mp3 hubo que comprarse un pastillero. Con el streaming, la elección de la droga podríamos dejarla en manos del big data y que la web nos aconseje un maridaje música-droga ideal.   

La periodización de la historia del rock por décadas fue un acierto. Basta con decir años cincuenta, sesenta, setenta, ochenta o noventa y cae de cajón de qué música y estética estamos hablando. A partir de 2000, la cosa ya no está tan clara. Después de Nirvana, Oasis o Dover en los noventa, el rock empezó a hacer mutis por el foro en las listas de ventas. ¿Cómo manejamos esto? ¿El XX fue el siglo del rock y fin? Curiosamente las ventas de antiguallas del rock sí que están disparadas: el disco en vinilo (el formato físico dominante ahora mismo) más vendido en 2020 en Reino Unido fue el Rumours (¡1977!) de Fleetwood Mac, con Dark Side of the Moon (¡¡1973!!) o Abbey Road (¡¡¡1969!!!) en puestos no muy rezagados. Casi todo en la lista es rock clásico del siglo pasado. ¿Clásico? ¿Pasado? ¿Está el rock vivo a la manera de Ludwig Van? ¿Dará el rock para una clasificación por siglos, por milenios? ¿Pasará a ser música para baile de salón como el vals?

No adelantemos acontecimientos. Lo del rock es una especie de descuartizamiento: la música se queda para fanáticos, nostálgicos (¿los compradores de vinilos?) y especialistas, como ocurre con el jazz o el tango y todo lo demás, lo que se asociaba al género, sobrevive en la literatura, los cómics, el cine o los videojuegos. Por si fuera poco, el rock aparece a modo de recurso cuando no se nos ocurre nada mejor. Véase el último ganador del Festival de Eurovisión: glam rock pillado por los pelos + consumo de drogas pillado (o eso parecía) por las cámaras. Ninguna de las dos cosas resultaba muy creíble.  

*Julián Hernández (1960) es uno de los músicos más irreverentes y prestigiosos del rock nacional (Siniestro Total) y escritor, entre otros libros, de la novela ‘Sustancia negra’.

*Este artículo está publicado en el número de septiembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

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