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Kate Brown: "El calentamiento global será mucho más difícil de parar que el virus"

La escritora y profesora del MIT Kate Brown.

Mientras medio mundo se enfrentaba a un microorganismo invisible, un incendio en la zona de exclusión alrededor de Chernóbil le recordó al planeta las deudas pendientes con la salud pública. En el escenario apocalíptico tras el accidente nuclear de 1986 también se planteó la disyuntiva entre la seguridad de los ciudadanos y el mantenimiento de la economía. Ganó esta última premisa y el orgullo nacional. Sin claves para saber cómo comportarse ante una realidad sobrevenida que trastoca por completo la cotidianidad, Kate Brown (EEUU, 1965), profesora de Ciencia, Tecnología y Sociedad en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), propone en el ensayo Manual de supervivencia. Chernóbil. Una guía para el futuro (Capitán Swing) algunas ideas. Dice que las sociedades son lentas para reaccionar a las catástrofes que claramente podían verse venir.

¿Qué puede enseñar Chernóbil a los ciudadanos afectados por la crisis del coronavirus?

Las imágenes que llegaban de Wuhan en febrero, de personas poniéndose trajes de protección para salir de sus casas, se parecen a las fotografías del accidente de Chernóbil. Los sanitarios que tratan el covid-19 parecen astronautas, pero no para viajar hacia el espacio sino a las clínicas de sus localidades. Pronto, todos nos veremos así. En ambos casos, la gente se despertó un día y descubrió que el mundo a su alrededor ya no era seguro, que pequeños microorganismos que no podemos ver, tocar, sentir u oler nos pueden hacer daño. De la noche a la mañana, la gente empezó a sentirse alienada de su alrededor. Estos eventos apelan a nuestra nueva y paradójica realidad: las tecnologías que han hecho habitable la tierra para muchos de nosotros también la han convertido en menos habitable para la vida humana. Tras Chernóbil y Fukushima, soldados, agricultores y empleados de las centrales trabajaron para limpiar el desastre. Ahora, cuando encargamos comida o llamamos a los hospitales de nuestra localidad, somos más conscientes y estamos más agradecidos a la gente que hace el trabajo que nos mantiene saludables. Espero que aprendamos las lecciones básicas de la justicia medioambiental, que el desastre sitúa a los pobres y a la clase trabajadora en la primera línea y los deja ahí. Esos trabajos deben ser valorados con un buen salario y todas las ventajas, merecen nuestro respeto y cuidado.

¿Cómo reaccionaron psicológicamente las personas al desastre de Chernóbil? ¿Estamos respondiendo igual?

Sí, lo estamos haciendo. Creo que hay ruptura psicológica similar, la sensación de que el entorno no es seguro nunca más o incluso reconocible, de que no hay un sitio al que huir y sentirte seguro. Esta es también una ocasión para pensar en las corrientes en las que nos movemos. El filósofo Emanuele Coccia considera que no solo hemos hecho inhabitable la tierra, sino la atmósfera, que él describe como el mar de la vida. Como nadadores en este mar, no podemos estar biológicamente aislados. En el aire que nos rodea chapotean los virus, pero también las bacterias, dañinas o beneficiosas, pesticidas de los campos, microbios resistentes a los bactericidas de los lotes de alimentación de los animales, polvo contaminado por partículas radioactivas. El aislamiento es la clave para frenar la pandemia y la necesidad del aislamiento supone también un reconocimiento de nuestra profunda integración con lo que nos rodea. 

Desde un punto de vista médico, ¿qué desconocemos aún de las consecuencias del accidente de Chernóbil? accidente de Chernóbil

Esto es lo que sabemos a partir de los archivos: los documentos desclasificados de la Unión Soviética muestran que a principios del verano después del accidente [que se produjo el 26 de abril de 1986] cientos de personas enfermaron (¡40.000 fueron hospitalizadas solo ese verano por haberse visto expuestas a Chernóbil!). La gente que vivía en zonas afectadas o comió alimentos contaminados sufrió un incremento en la frecuencia de enfermedades cardiacas, digestivas, autoinmunes o endocrinas. Las mujeres tuvieron dificultades para llevar a término sus embarazos, se produjeron más abortos espontáneos y aumentó el número de bebés que morían poco después de nacer, a menudo a causa de malformaciones congénitas. Tanto hombres como mujeres eran menos fértiles. Los niños desarrollaron lo que ahora se llama síndrome del niño enfermo. En zonas fuertemente afectadas, entre el 80% y el 90% de los niños padecía una enfermedad crónica o varias. Cuando revisé los documentos del Ministerio de Agricultura, observé que buena parte de la producción agrícola estaba contaminada por la radioactividad. La gente ingería con su comida isótopos radioactivos. Una vez dentro de los cuerpos, la radioactividad ataca los tejidos, destruye células y provoca que la gente se sienta mal y fallen sus órganos. Los investigadores y funcionarios de la salud pública soviética recogieron estos cambios durante los cinco años posteriores al accidente. Después, la Unión Soviética colapsó. Las agencias de la ONU, lideradas por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), asumieron la gestión en la evaluación del desastre. Revisaron los estudios de los japoneses supervivientes a las bombas atómicas y dijeron que, comparativamente, las dosis de Chernóbil eran bajas, así que no había efectos perceptibles en la salud. Sobre las tasas crecientes de enfermedades aseguraron que se debían a la ansiedad, las dietas pobres o el abuso de alcohol. Así que, como consecuencia, no se llevó a cabo ningún estudio a gran escala sobre los efectos del accidente en la salud. Muchos científicos pidieron esa investigación. El hecho de que unos pocos administradores internacionales clave trabajaran para bloquear la financiación para ese estudio es el principal impedimento de nuestro conocimiento médico sobre las consecuencias del desastre.

¿Es difícil demostrar que ciertas enfermedades que afectaron y siguen afectando a la población cercana a Chernóbil están provocadas por la radiación?

Sí, los recientes estudios demuestran un alarmante incremento en los casos de malformaciones congénitas (se multiplicaron por seis), la esperanza de vida disminuyó en 15 años y sigue aumentando el número de cánceres. Estos estudios muestran también un elevado nivel de cesio radioactivo en el cuerpo de las personas. Sin embargo, las investigaciones están todas elaboradas a pequeña escala y por eso tienen poca importancia estadística. 

El epidemiólogo Alexander Klementiev le comenta que no confía en los datos médicos de Chernóbil porque estaban imbricados por el sistema político. ¿Tiene la misma sensación sobre la actual crisis provocada por el covid-19?

Es muy difícil conseguir estadísticas médicas precisas en tiempo real. Muchos hechos se pierden o mucha gente es ignorada o pasada por alto. Estamos descubriendo que en Estados Unidos muchas más personas han muerto a causa del virus de las que figuran en los recuentos oficiales de marzo y abril. La perspectiva histórica nos da una imagen más amplia, pero casi nunca será totalmente precisa. Los investigadores todavía no están seguros del número de personas que murió a causa de la llamada gripe española de 1918. 

¿Qué pueden hacer los científicos cuando un sistema o un político rechaza o niega sus teorías?

Es una pregunta difícil con la que lidiamos en Estados Unidos actualmente. Funcionarios clave en la Administración Trump niegan que el cambio climático sea un problema. La ciencia es clara en este asunto, pero da igual que los científicos lleguen con más pruebas. Los investigadores en este país han tenido que ser más políticos y francos en sus advertencias sobre la crisis ecológica. Mi esperanza es que Trump siga el camino de los líderes soviéticos que perdieron toda su credibilidad y tuvieron que dejar el cargo. 

¿La pandemia ha reabierto el debate sobre la necesidad de un sistema de salud público en Estados Unidos?

Estamos viendo cómo un sistema en el que la sanidad está unida al trabajo de las personas pone en peligro a la mayoría cuando la economía se quiebra, con el consiguiente desempleo masivo (ahora se sitúa en un 14%, el porcentaje más alto desde la Gran Depresión de la década de 1930). También estamos comprobando que la gente con empleos precarios sin cobertura sanitaria ni baja por enfermedad propaga el virus porque no tiene otra opción más que la de acudir a su puesto de trabajo. La industria cárnica estadounidense está construida en torno a este sistema de trabajo precario en el que la gente es tratada como los animales a los que sacrifican.

¿Chernóbil es todavía una amenaza?

Cada verano de los últimos cinco años, y a causa del clima más seco y cálido en Ucrania, los incendios forestales han arrasado los territorios de Chernóbil. Esta primavera los incendios han llegado antes y han sido peores. El fuego volatiliza isótopos radioactivos almacenados en la hojarasca y la madera que se convierten en humo y cenizas. El humo se extiende de manera amplia hasta llegar a zonas cultivadas de otros lugares. No podemos marcharnos de zonas que hemos contaminado y decir: “Mira, la naturaleza está prosperando, se repara a sí misma”. Los ecosistemas dañados requieren cuidado y reparación por parte de los seres humanos o las toxinas se extenderán. Ahora mismo, Polonia, Bielorrusia y Ucrania están planeando dragar una gran ruta para barcos desde el Báltico al Mar Negro. El canal va a travesar la zona de Chernóbil, a tan solo unos pocos kilómetros de la planta nuclear. El dragado agitará las toxinas radioactivas enterradas, provocando que fluyan hacia el Mar Negro y más allá. El canal también destruirá las marismas de Prípiat, uno de los territorios más diversos ambientalmente de Europa. Con el coronavirus estamos viendo como la invasión de los seres humanos de espacios salvajes liberan patógenos que pueden infectarnos. Por muchas razones, este canal supone una idea terrible. 

¿Cómo afectó a la víctimas de Chernóbil el colapso de la Unión Soviética?  

En 1990 los líderes de Bielorrusia y Ucrania pidieron a la ONU 374 millones de dólares para trasladar a más de 200.000 personas de las áreas contaminadas y empezar un estudio sanitario a largo plazo sobre las consecuencias médicas de la catástrofe. En agosto de 1991 la Unión Soviética colapsa y, un mes más tarde, la petición a la ONU para recaudar dinero para reasentamientos quedó frustrada, en buena medida porque el estudio médico liderado por el OIEA señalaba que los supervivientes a Chernóbil no padecían problemas médicos provocados por la radioactividad de la planta. A medida que la Unión Soviética se desmoronaba, las ayudas para alimentos no contaminados o los fondos para monitorización médica se secaron. La gente tuvo que arreglárselas por su cuenta. 

Dice en el libro que las poblaciones más pobres comen la basura tóxica del mundo industrializado. ¿Quién se está alimentando con basura radioactiva de Chernóbil? 

La gente demasiado pobre para abandonar las zonas contaminadas de Chernóbil consume la mayoría de basura radioactiva, pero los efectos colaterales fueron globales y así también ha sido la diseminación de los productos contaminados. De manera breve, todos consumimos desechos radioactivos, bien sean de Chernóbil o de la época de ensayos nucleares (cuando se liberaron más billones de curios que en Chernóbil) y también de la época de accidentes como el de Palomares en 1966. En mi libro señalo que el inicio del capítulo nuclear en la historia de la humanidad también se corresponde con el inquietante aumento en el hemisferio norte de cánceres, problemas de fertilidad, trastornos autoinmunes o enfermedades congénitas. Hay una correlación. Creo que deberíamos tener más interés sobre si existe causalidad entre estos dos tendencias.  

¿Qué errores de los cometidos en Chernóbil se repitieron posteriormente en Fukushima?Fukushima

Cuando el tsunami colisionó con la planta nuclear de Fukushima-Daiichi en 2011, los empresarios japoneses y los líderes políticos respondieron de una manera siniestramente similar a los líderes soviéticos. Restaron importancia a la magnitud del desastre y tardaron meses en admitir que los tres reactores habían fusionado. Enviaron a bomberos desprotegidos a un terreno con alta radioactividad y, de manera intencionada, retuvieron información sobre los niveles de radioactividad y directivas sanitarias. No dieron yodo a los niños e incluso elevaron el baremo admisible de exposición radioactiva en los colegios de uno a 20 mSv al año, que es el límite para trabajadores adultos en plantas nucleares. Durante los meses siguientes, los funcionarios de salud pública fueron reacios a monitorizar la comida y desoían las preocupaciones de los padres por la salud de sus hijos. Decían, como otros muchos críticos con las investigaciones soviéticas, que el incremento registrado de bultos en la tiroides en pediatría y los cánceres eran un efecto de las revisiones (es decir, si buscas tumores, los encontrarás). Japón depende mucho de la energía nuclear. Como en la Unión Soviética, los líderes nipones priorizaron el orgullo nacional y la economía sobre la salud y la seguridad de la población. Esto indica que a la hora de modificar nuestro sistema energético debido al cambio climático, tenemos que escoger tecnologías que sean lo más seguras posible.

Se acerca a la catástrofe de Chernóbil desde un punto de vista medioambiental, ¿considera que la crisis del covid-19 puede ser asimismo analizada desde esta perspectiva?

La pandemia es una tragedia global, pero no es la primera vez que tenemos una nueva enfermedad infecciosa. En los últimos 70 años, han aparecido cientos de nuevas enfermedades infecciosas. Dos tercios de ellas proceden, al igual que el covid-19, de animales. La mitad de esas afecciones zoonóticas provienen de granjas de animales atestadas y la otra mitad de animales salvajes cuyos territorios han sido ocupados por asentamientos humanos. El mejor indicador sobre donde van a brotar nuevas enfermedades es la densidad de población. La mal llamada gripe española de 1918 probablemente surgió en granjas de Kansas en las que la gente, los animales y los pájaros convivían en zonas muy próximas. Hay un estudio que apunta que entre 1940 y 2004 las enfermedades infecciosas se materializaban con mayor frecuencia en zonas de alta densidad, como el noreste de Estados Unidos, Europa occidental, Japón y el sureste de Australia. En las décadas recientes, a la vez que la mayoría de trabajo manufacturero se trasladó a Asia, la gente y los animales empezaron a vivir de manera más cercana. Para responder de todo a lo que ha pasado, necesitamos reflexionar sobre las redes ecológicas a lo largo de todo el mundo que nos atan unos a otros. 

¿La naturaleza es capaz de enmendar las catástrofes provocadas por los humanos?

La naturaleza tiene una habilidad increíble para regenerarse después del daño. Incluso aunque los seres humanos conviertan este planeta en un lugar inhóspito, otros organismos sobrevivirán (por ejemplo, las bacterias se reproducen y mutan cada 20 minutos a la par que se van adaptando al entorno). Más que dominar o conquistar la naturaleza (estas son las metáforas que se han usado durante mucho tiempo), deberíamos aprender a usar las plantas, los microbios e incluso los virus como aliados en nuestro bienestar. Después de todo, el 6% del ADN humano es de origen vírico.

¿Qué cree que nos ha enseñado ya la pandemia del covid-19?

Nos ha enseñado que podemos hacer cambios rápidos y dramáticos en nuestra economía y sociedad cuando hay una amenaza global. Hemos estado paralizados antes de otra gran crisis global, el cambio climático. El planeta en un ciclo desbocado de calentamiento será (y ya lo es) mucho más difícil de parar que el virus. Hemos aprendido de la pandemia que tenemos que asumir acciones drásticas antes de que el daño se multiplique exponencialmente.

* Esta entrevista está publicada en el número de junio de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes acceder a todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí o suscribirte aquí.aquí

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