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Buzón de Voz

‘Me voten bien, ¡coño!’

Publicada 23/12/2015 a las 06:00 Actualizada 22/12/2015 a las 22:06    
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Han transcurrido sólo dos días desde el cierre de las urnas y falta un cuarto de hora para que alguien acuse, negro sobre blanco, a los propios electores del complejo panorama postelectoral que sale del 20-D. Cuatro años anunciando el inevitable fin del bipartidismo y, cuando aterriza el pluripartidismo, surgen como esporas voces que claman: “¡imposible, imposible! Hay que repetir las elecciones”. La democracia (pese a los defectos de la ley electoral) era esto, ¡oiga!. Se ve que cuesta aceptarlo, aunque la obligación de pactar sea exactamente el principal síntoma de una democracia madura y el rasgo que caracteriza a la gobernanza en la mayoría de los países europeos. Así que no sobran algunas consideraciones sobre tantas alharacas acerca de la “ingobernabilidad”.

1.- Es cierto que el mapa parlamentario surgido de las urnas hace enormemente difícil la formación de un gobierno “estable”, sobre todo si por “estable” entendemos una mayoría suficiente que permita gobernar (y legislar) sin ceder ni escuchar al prójimo.

2.- Es obvio que el simple cumplimiento de la legalidad obliga a que sea Mariano Rajoy el primero que intente formar Gobierno, puesto que ha encabezado la lista más votada aunque haya perdido un tercio de los votos que el PP obtuvo en 2011.

3.- Es comprensible que Rajoy (una vez que Ciudadanos le regaló su abstención incluso antes de celebrarse las elecciones) intente, en primer lugar, convencer al PSOE de que también se abstenga en aras de “garantizar la gobernabilidad, la estabilidad, la seguridad", etcétera. En realidad Rajoy no pretende convencer al PSOE ni a Pedro Sánchez (un adversario que le llamó “indecente” y a quien él respondió tachándolo de “ruin, mezquino y miserable”), sino más bien intenta sembrar en la opinión pública la semilla que cree que dará fruto si finalmente tiene que convocar nuevas elecciones generales: “la culpa de todo esto la tienen los socialistas, que se han negado a colaborar”. En el PP piensan que serían los menos perjudicados (o los más beneficiados) si la única salida fuera volver a las urnas. (Esta vez el ejemplo de Grecia les viene bien: “hasta Tsipras” volvió a ganar después de haber dado la espalda a lo que los griegos decidieron en referéndum sobre el rescate).

4.- Es verdad que Pedro Sánchez tiene sobre su cabeza la mayor presión del escenario político. El PSOE ha perdido veinte escaños y, lo que es más grave, sólo ha conseguido superar en votos a Podemos en dos de las diez capitales más pobladas. Los de Pablo Iglesias han conseguido un 20% más de apoyos que los socialistas en las ciudades de más de 100.000 habitantes, de modo que si el PSOE no ha bajado de 90 escaños ha sido gracias a la resistencia en Andalucía y Extremadura, fundamentalmente. Y ese panorama le pronostica un oscuro futuro si no hay una reacción creíble desde las filas socialistas.

5.- Es meridiano que una de las prioridades políticas de Podemos es seguir arañando espacio al PSOE, y ha puesto de entrada muy difícil un acuerdo al situar como “línea roja” el referéndum en Cataluña. Cabe esperar, en todo caso, una contrapropuesta del PSOE que intente situar la pelota en el tejado de Podemos respecto al factor catalán, y que por fuerza tendrá que estar relacionada con una reforma constitucional urgente y ambiciosa. Se desconoce aún si Pedro Sánchez está dispuesto a intentar explorar a fondo la posibilidad de un acuerdo de gobierno en el espacio de la izquierda y los nacionalismos.

6.- Es obvio que si el PSOE apoya directa o indirectamente a un gobierno del PP, automáticamente convierte a Podemos en el principal referente de la oposición, lo cual sólo vaticina un camino de perdición para los socialistas.

7.- Es lógico, por tanto, que desde el PSOE se niegue rotundamente la menor posibilidad de sostener con su voto o con su abstención un Ejecutivo del PP, y también esa gran coalición que algunos próceres de la vieja guardia socialista y del mundo económico, financiero y mediático no se cansan de impulsar. 

8.- Es muy dudoso que la solución al puzzle consista en que tanto PP como PSOE renuncien a sus actuales liderazgos, como algunos analistas apuntan. De hecho, el primer mensaje de Pedro Sánchez ante la Ejecutiva socialista ha consistido en que será candidato de nuevo a la secretaría general, y uno de los primeros anuncios de Rajoy tras el Comité Ejecutivo Nacional del PP ha sido también que se presentará de nuevo a la presidencia del partido en el próximo congreso.

9.- Es notorio el absoluto interés de los poderes económico-financieros en despejar con urgencia la llamada “incertidumbre política”, de modo que desde el Ibex-35 no disimulan sus preferencias: una gran coalición PP-SOE o un gobierno en minoría del PP “consentido” por Ciudadanos y el PSOE con la ayuda de algunos grupos nacionalistas. Cuando un gran empresario o banquero habla de “estabilidad” es evidente que no se refiere a un gobierno “estable” de izquierdas, y menos en una situación en la que ese acuerdo exigiría pactos que incluyen a grupos independentistas o lo que ellos consideran “antisistema”. Para evitar interpretaciones políticas, se suspendió la cita prevista este miércoles por el Consejo de la Competitividad que reúne a los principales empresarios y banqueros, pero algún medio refleja que en ese núcleo se acaricia incluso la idea de un gobierno del PP formado por tecnócratas que garantice la continuidad de las políticas económicas durante al menos dos años.

10.- Es una falsedad que los gobiernos sostenidos por pactos o coaliciones entre distintos partidos sean por definición más “inestables”. Países tan “estables” (desde el punto de vista económico y político) como Suecia, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Francia o Bélgica llevan décadas acostumbrados a los pactos parlamentarios (duraderos o puntuales, bicolores o arco iris) como base de la gobernabilidad. Ninguno de ellos se ha sumido en el caos, ni siquiera Bélgica (anfitrión de las principales sedes de la Unión Europea), que funcionó durante 541 días sin gobierno hace menos de cinco años.

11.- Es lógico que los acuerdos de gobierno se produzcan, en la mayoría de los casos, entre fuerzas que pertenecen a un espacio ideológico compartido y no contradictorio, aunque hasta en esto hay excepciones. Y este es el rasgo más “explosivo” del resultado electoral del 20-D: el hecho de que no haya forma posible de sumar apoyos más o menos coherentes a un gobierno de la derecha ni de la izquierda.

12.- Es de cajón que la situación catalana lo condiciona todo. Antes del 13 de enero, fecha de constitución de las Cortes, sabremos si hay acuerdo de gobierno entre Junts pel Sí y la CUP o si en Cataluña se convocan nuevas elecciones. Si los grupos independentistas (de derechas, de izquierda y anticapitalistas) intentan aprovechar la “debilidad” de gobierno en Madrid, pueden condicionar a su vez la presión política, económica y mediática para una investidura “rápida” de Rajoy.

13.- Es indiscutible que la salida de unas elecciones anticipadas sería un fracaso de la política. La historia electoral muestra que la gente no suele cambiar de opinión cada seis meses. Los votantes han decidido y sus representantes tienen la obligación de no tirar la toalla por complejo que sea el horizonte. De hecho pueden tener en sus manos una magnífica oportunidad para reivindicar y demostrar el valor de la política, siempre que empiecen por aparcar sus propias agendas partidistas y establezcan prioridades y líneas rojas (o verdes) que respondan al interés común. ¿Los electores han provocado una gran incertidumbre? Pues intenten los elegidos resolverla (cada cual según la responsabilidad correspondiente). Y no olviden el estado de incertidumbre en el que viven millones de ciudadanos que no saben si tendrán trabajo el mes que viene o les bajarán de nuevo el sueldo o podrán pagar las tasas de universidad para que sus hijos sigan formándose.

Nadie dijo que fuera fácil. Tampoco lo fue la tan zarandeada Transición. Entre aquel “¡se sienten, coño!” del 23-F y este “¡me voten bien!” que se va extendiendo hay muchas diferencias y también alguna preocupante semejanza. Un gobierno estable es importante y conveniente, pero lo imprescindible es una democracia estable, cuya base es el respeto a las decisiones que salen de las urnas.

EL AUTOR Correo Electrónico


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