Emilio Lledó: "Somos eso que los seres humanos han creado, que se llama literatura, filosofía, ciencia"

El filósofo y profesor Emilio Lledó en una imagen de archivo.

Premio Nacional de Ensayo en 1992, Premio Nacional de las Letras en 2014, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2015, Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes en 2020. Cuatro importantísimas distinciones de entre todas las recibidas por Emilio Lledó (Sevilla, 1927), el más destacado filósofo español, o profesor de Filosofía, como él mismo prefiere ser mencionado. 

Académico de número de la Real Academia Española, ha sido docente universitario en Alemania, Estados Unidos y España. Referencia del pensamiento de nuestro país, comprometido y humilde, Emilio Lledó es, en la más pura acepción de la palabra, un hombre sabio, referente intelectual y ético. Por eso, orgullosos le entregamos este año el Premio infoLibre 2022, que el año pasado, en su primera edición, fue para Iñaki Gabilondo.

¿Qué le dice este Premio infoLibre 2022 que le entregamos este viernes? 

Recibir un premio indica, creo, un cierto reconocimiento a algo positivo del premiado. Eso, más que el premiado mismo, que lo que tiene que hacer es su trabajo, tener un par de ilusiones en la cultura, en la vida, en la esperanza de la justicia, del bien, de todos esos conceptos maravillosos que han sido creación de los seres humanos. Una cultura sustentada en esas palabras que indican un horizonte más allá del mismo horizonte de la naturaleza en la que estamos. Esa historia cultural de los premios es una historia positiva y bonita con independencia de que se equivoque uno al premiar a alguien, o no llegue a los niveles que pensaba de él. Pero, en el fondo, el hecho mismo de un reconocimiento colectivo y social, que es lo que implica este premio, es una defensa no tanto del premiado, ni muchísimo menos, sino creo yo de la cultura, de lo que queremos y quisiéramos significar. Porque igual que la naturaleza está sustentada en la tierra, el aire, el agua o el fuego, hay otras cosas parecidas pero abstractas que se llaman justicia, belleza, bondad, verdad o simpatía. 

¿Están todos esos conceptos y la cultura en general en peligro en este siglo XXI tan loco, tan veloz y en el que parece que no nos estamos entendiendo demasiado bien?

Ese es un tema importantísimo. No olvidemos que lo que realmente somos es eso que los seres humanos han creado, que se llama literatura, filosofía, ciencia. Todo eso no estaba en la naturaleza misma, estaba en lo que esa naturaleza misma era capaz de construir a través de los seres humanos. Esa riqueza extraordinaria que está en los libros, en la larguísima tradición de palabras escritas que han superado el tiempo. Todo eso es algo que hay que alimentar. Hay que crear instituciones que ayuden a ese universo, que es el de los seres humanos, y que se puede paralizar, congelar, enfriar, y en ese caso podemos patinar y resbalarnos sobre él sin saber que por debajo está la vida, el río de la cultura.

No tiene usted teléfono móvil. ¿Es necesario aislarse un poquito del ruido constante y continuo al que estamos sometidos? Pararse a leer, que igual no nos paramos a leer no ya cuanto, sino como deberíamos.

Qué duda cabe que los teléfonos móviles son un descubrimiento de la ciencia y de los seres humanos, pero puede haber un uso pernicioso, peligroso o alienante. En lugar de la lectura, que es algo que circula como un río horizontalmente, está el peligro de que vivamos de chisporroteos, fogonazos de móviles, que a veces nos inmovilizan. Sin caer en un rechazo trivial, son una cosa útil, pero es algo marginal en el fondo, porque lo importante es lo que somos, lo que pensamos, lo que leemos, los que soñamos, lo que aspiramos y, sobre todo, ese horizonte que parece utópico y que no lo es, de justicia, de verdad, de belleza y de bondad, que constituye algo que hemos sabido crear los seres humanos y que debemos seguir sabiendo gozar, sabiendo experimentar y sentir.

Soy muy defensor del libro con independencia de que haya información en los teléfonos móviles, en los ordenadores.... La lectura es otra cosa, el libro es otra cosa, tomar el tiempo en la mano y pasar la página y que los ojos caigan en ella...

Sabiendo detener un poco el tiempo y sentarnos a leer un libro tranquilamente nosotros solos, por ejemplo. Tenemos prisa y siempre leemos en movimiento, en el metro, en el autobús... parece que no tenemos tiempo para leer y reflexionar tranquilamente.

Claro, por eso yo soy muy defensor del libro con independencia de que haya información en los teléfonos móviles, en los ordenadores, etcétera. Qué duda cabe que eso puede ser útil, pero la lectura es otra cosa, el libro es otra cosa, tomar el tiempo en la mano y pasar la página y que los ojos caigan en ella pero al mismo tiempo la pasada está ahí y la sientes en la mano... Y sobre todo que esa lectura, digamos fluida, horizontal, que discurre como el río, es la apertura hacia todo ese mundo extraordinario que hemos heredado y que se llama cultura escrita. O cultura visual, del arte en general, de la pintura. Cuando tú ves un cuadro que te gusta, no sabes muy bien por qué te gusta. Aunque estuvieras muy informado del autor, hay un gozo peculiar de solidaridad, de identidad, de intimidad, de fraternidad con la obra de arte. Una obra que tú serías incapaz de hacer porque no eres músico o escultor o pintor, pero eres capaz de sentir, de gozar y de familiarizarte en cierto sentido con ella. Esa es la vida de la cultura, la vida a la que tenemos que aspirar continuamente, y haciendo que nuestros jóvenes, que la juventud se aproxime, sienta, tenga capacidad para enriquecerse con ello, con esa tradición que sustenta la cultura que se sustenta en el tiempo.

Un profesor no puede ser un dador de conocimientos cuajados, sino un enemigo de meter en la cabeza de los niños y los jóvenes grumos mentales que paralizan la evolución de la libertad y la posibilidad de pensar

Emilio Lledó — Premio infoLibre 2022

La cultura nos sustenta, como también nos sustenta de otra manera todo lo público. Estamos viviendo en estos tiempos un constante debate sobre la importancia de lo público. ¿Sin educación y sanidad pública qué sería de nosotros? ¿Puede haber democracia sin lo público?

El dinero no puede cambiar los niveles de lo que se enseña en la educación. Hay un texto inolvidable de hace 24 siglos de Aristóteles que dice que la educación tiene que ser una y la misma para todos. Eso es impresionante y está dicho en la Política de Aristóteles, donde concretamente describe con esas palabras el sentido de la educación, que tiene que ser libre e igual para todos. Eso nos lleva a que un profesor no puede ser un dador de conocimientos cuajados, sino más un creador de posibilidades mentales, un enemigo de meter en la cabeza de los niños y los jóvenes grumos mentales que paralizan totalmente la evolución de la libertad de pensar, de la posibilidad de pensar. A mí me sorprende que en la Política aristotélica, que es un libro modernísimo, se diga exactamente eso, que no puede ser el dinero, sino que tiene que ser el Estado el que se tiene que preocupar. Un Estado de gente libre y de gente decente. En textos de los griegos, de Aristóteles y de Platón, está escrito que la característica del político tiene que ser la inteligencia y sobre todo la decencia. Por eso, un político que no se sienta decente tiene que dejarlo, porque él no solo se destruye a sí mismo, sino que destruye todo aquello sobre lo que manda. Los errores individuales tuyos o míos no tienen mayor trascendencia, pero un error capital de falta de inteligencia, de sensibilidad o de horizontes en un político que rige la vida de una sociedad es catastrófico. Hay que evitar que gente así llegue al poder.

No sé si lo estamos evitando.

Pues ese es un problema que tiene que tener presente la política y los políticos, y nosotros en nuestros votos. Claro que esto implica también una libertad mental, que no tengamos cuatro o cinco grumos en la cabeza que nos impidan pensar, porque el pensamiento es fluidez, es discurso, que tiene que ver con discurrir, como un río también. Un río paralizado se pudriría. Igual que una mente paralizada y, valga la expresión, grumificada, te aniquila, te destroza.

Qué duda cabe de que tiene que haber libertad de expresión, pero si solo sirve para decir cosas que no tienen sentido, cosas absurdas... ¿Por qué tenemos necesidad de decir cosas absurdas?

Y de ahí llegamos a la conclusión de que la libertad de pensamiento tiene que estar siempre por encima de la libertad de expresión.

Claro. Qué duda cabe de que tiene que haber libertad de expresión, pero si solo sirve para decir cosas que no tienen sentido, cosas absurdas... ¿Por qué tenemos necesidad de decir cosas absurdas? Por supuesto que tiene que haber libertad de expresión, pero siempre después de una libertad de pensamiento. La libertad es posibilidad y el mundo es posibilidad. Un mundo cuajado, paralizado en una serie de ideas inmóviles es un mundo muerto. Y por eso la libertad de expresión tiene que ir ligada continuamente con una reflexión, con un pensamiento sobre el lenguaje, sobre la vida, la solidaridad. Porque los seres humanos crearon el lenguaje y, al hablar, crean ya un mundo social colectivo que se alimenta de la reflexión del pensamiento. Por eso hay otro texto clásico que dice que cuando queremos ver nuestro rostro nos miramos en un espejo, pero cuando queremos mirar quién somos nos miramos en un amigo, porque el amigo es otro yo, y ese otro yo es la creación de la solidaridad, de la amistad, de la comprensión, de la lucha por la justicia, por la paz, etcétera, por mucho que la guerra y el egoísmo estén martilleando muchas veces esa lucha por la justicia.

¿Y qué papel puede jugar el periodismo libre en eso, en esta época de tanto ruido, mentiras y manipulaciones?

El periodismo tiene que ser necesariamente de la riqueza del pensamiento. El periodismo es fundamental porque estamos tan inundados hoy de información que a veces no podemos saber, ni digerir, esa información, que tiene que estar llena de ese horizonte de justicia y de solidaridad que es lo que crea a los seres humanos. Puede parecer una utopía, pero no es una utopía, porque el futuro de la vida no es la violencia, ni la guerra, ni la mentira, sino la solidaridad, la paz y la colectividad educada, pensante, que por supuesto, después podrá exigir la libertad de expresión, que es fundamental. Y más en nuestro tiempo, que hay tantas posibilidades de informarse como nunca, y podemos estar borrachos, sumidos, ciegos de ese exceso de información, que dejamos resbalar por nuestra mente sin que nos diga nada, y que lo utilizamos sin saber qué quiere en el fondo decir y cómo han surgido esas ideas. Todos los lenguajes han reflejado un mundo de experiencia humana, de vida, y no podemos no repensarlo continuamente para que así sea algo que nos abra ese horizonte de posibilidad en el que consiste la vida humana. No solo de realidad, sino de posibilidad de pasar todavía más allá.

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