La ‘dolce vita’ de los nuevos emperadores chinos

“¿Has visto ese autobús? Si bajo la capota, los pasajeros no van a despegar la nariz del cristal. Vas a ver, es divertido”. Y a esto es a lo que se dedica los fines de semana Shuang Zhi, de 25 años, a burlarse de la “plebe” en la vía rápida que enlaza la carretera de circunvalación 3 con el aeropuerto de Pekín. Sentado al volante de su Porsche 911 azul descapotable, circula haciendo zigzag de izquierda a derecha como si participara en una carretera de persecución de película. “Si no pasas por delante de los demás, los demás te pasan por delante. Esa es ahora mi filosofía”.

Shuang Zhi no tiene miedo a los radares porque tapa la matrícula de su bólido antes de darle al contacto. Bajo el asiento del copiloto, se amontona un arsenal de favores ilícitos: una placa de matrícula y un permiso militar falsos, un distintivo que le acredita como miembro de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, muy útiles para aparcar en cualquier sitio o para circular con total impunidad por el arcén. “Mi padre dice que podría comprar una placa de matrícula de diplomático extranjero a través de su empresa… pero se niega. Dice que tiene principios”. Paquetes de cigarrillos de los caros se amontonan en la guantera. Sirven para tener contentos a los bao'an, esos vigilantes callejeros prestos a llamar a la grúa. “De todas formas, mi coche es tan caro que nadie se atrevería a ponerle un cepo. Me hago respetar”, dice mientras se mete por el carril bus.

Shuang Zhi es hijo único de una ama de casa y de un padre que ha hecho fortuna en el sector de la metalurgia. “Era obrero en una fábrica del Estado y por las noches aprendía inglés él solo. Después se estableció por su cuenta y trabaja como intermediario en el comercio del cobre o del aluminio con empresas extranjeras”. Shuang Zhi no sabe nada más del tema. “Su vida no me interesa. Trabaja tanto que no le vemos nunca”. El joven es lo que los chinos llaman un Fu'er Dai, literalmente, “un rico de segunda generación”, más dispuesto a gastar que a tomar las riendas de la empresa familiar.

Hace cinco años que la familia se ha instalado cómodamente en la planta 23, en la última planta, de una de esas torres del “río Perla con vistas imperiales”, un complejo residencial de postín, al oeste de la carretera de circunvalación 4. La habitación de Shuang Zhi es una leonera de adolescente. Los videojuegos están desperdigados por la moqueta, entre dos pesas, revistas masculinas y algunos preservativos. En la mesa del salón aledaño se acumulan las cajas de alcohol de arroz, regalos que su padre recibe de sus múltiples Guangxi o contactos. Y que nunca abre

Zapatillas y Playstation

Shuang Zhi no tiene espíritu de emprendedor. Solo existe para su bólido rutilante. El año pasado, todavía se pavoneaba en un Boxster, un Porsche de gama baja, que le había regalado su padre a cambio de que aprobara el examen de inglés, el internacional Toefl (Test of english as a foreign language). “Iba al campus en mi coche deportivo y todo el mundo me miraba. ¡Mi vida era como en la película American Pie…!”. Ahora, su padre le pide que se busque un trabajo, cualquier cosa, para que se centre. Después de todo, Shuang Zhi es licenciado en Económicas por la Universidad de Agricultura de China y tiene un “Bachelor of Arts" (BA) por la Universidad de Colorado. “Aunque nunca he puesto un pie en Estados Unidos”, se burla.

El joven es el vivo ejemplo de la brecha cultural abierta entre padres autodidactas que han montado un negocio gracias a la apertura económica china conocida a partir de los años 80 y una prole fascinada por la cultura occidental. Su único punto en común es la atracción que sienten por el poder y el dinero. “Para que me sirviera para mi carrera, le pedí a mi padre que me comprara este Porsche 911 Carrera. El coche me ha proporcionado la credibilidad que me hacía falta para poner en marcha mi propio club de aficionados a los coches deportivos, el Roadster Team. Ya somos 240 miembros y la televisión alemana nos ha hecho un reportaje”. Quiere ganarle la partida al FFF Super Car Club y al Beijing Sports Cars Club, los dos clubes principales de la ciudad. “Acepto afiliaciones desde Audi TT. Después, los miembros de mi club tendrán todos necesariamente un coche más grande", razona el estratega cuyo “objetivo personal" pasa por "tener un Lamborghini”. Su padre podría echarle una mano. “Un miembro del club me ha propuesto un trabajo como agente de viajes para el personal de la Universidad de Beida [Beida es el sobrenombre con el que se conoce a la Universidad]. No sé cuánto pagan, pero debería bastar para tranquilizar a mi padre”. Que sabrá ser agradecido.

Shuang Zhi no tiene prisa por casarse aunque desde hace seis meses tiene un aliciente innegable para encontrar la horma de su zapato: su propio apartamento, 200 m2, al sur de Pekín, comprado por 4 millones de yuanes hace 6 meses, es decir, 238 años de salario mínimo pequinés (1.400 yuanes). “No voy a dormir allí. Lo utilizo solo para jugar a videojuegos, yo solo o con amigos”. Enseña la casa: tiene una pantalla inmensa conectada a la Playstation.

El comedor es de inspiración japonesa, la cocina tiene los armarios vacíos y recuerda a la de Rachel y Monica, heroínas de la serie americana Friends. Su “oficina” es una galería en la que se exponen zapatillas deportivas de serie limitada, que compra en Taobao, el e-Bay chino. Como el par de Nikes que tiene expuestas en una urna de cristal e inspirado en telas abstractas de Mondrian. Un detalle más: todas las puertas del apartamento se abren con mando a distancia, como si se tratase de una nave espacial.

Para poner fin a esta inmersión, Shuang Zhi invita al periodista a cenar a un restaurante muy popular, muy de moda entre la juventud de Pekín.

Buenas maneras y buenos valores

La cola para entrar da miedo, pero Shuang Zhi no tiene que esperar. Y en la mesa un artista empieza su espectáculo de máscaras de seda. Nada que impresione a su amigo Tian Yang. Este estudiante de 24 años, de cara regordeta, conduce un Ferrari F60 y se deja ver con una modelo. “Me coge la mano como una madre, me escucha como una hermana. Soy tan feliz”, dice con candidez, al levantar el vaso.

Los dos amigos serían unos clientes excelentes para Sara Jane Ho, profesora de protocolo recién instalada en Pekín. Esta joven de Hong-Kong, formada en Harvard y después en el Institut Villa Pierrefeux de Suiza, factura 100.000 yuanes (12.450 euros) por impartir un taller de 12 días. Su escuela enseña buenas maneras a estos Fu'er Dai, que parecen tenerlo todo ya. Las clases de Sara Jane son diversas: “Qué hacer para no tratar a un camarero como a un criado, situarse a la derecha en unas escaleras mecánicas, pronunciar correctamente todas las marcas de lujo, hacer cola correctamente en el Starbucks o no apoderarse de una mesa para seis personas cuando se está solo… Son multitud de detalles, pero las buenas maneras son el reflejo de tener buenos valores”. Desde diciembre de 2012, cuarenta alumnos ya se han beneficiado de su breviario para nuevos ricos. Sara Jane también ejerce con oficiales del ministerio de Comercio, “un seminario gratuito para veinte funcionarios, con motivo de la Jornada internacional de la mujer”, precisa. Para potenciar su “Institut Sarita” acaba de contratar al último cocinero de la Embajada de Francia en Pekín.

Hu Yang, de 28 años, no necesita de sus servicios. La joven recibe al periodista, sonriente, al fondo de un Starbucks, en el centro de Pekín. Como Shuang Zhi, conduce un Porsche, un Panamera, estacionado en un parking subterráneo, al abrigo de las miradas. En 2010, Yang fundó 39yst.com, un sitio web dedicado a la salud y al bienestar, que cuenta con cincuenta empleados. Una aventura digital que ha hecho posible su padre, promotor inmobiliario rico de Mohe, la ciudad más al norte de China, limítrofe con la frontera rusa. Dado que no pudo retener a su hija en Manchuria, el hombre invirtió masivamente en esta start up pequinesa que ya da beneficios. Hu Yang representa la otra cara de los Fu'er Dai, disciplinada y ambiciosaFu'er Dai…, no sin ayuda de su padre. Su caso presenta similitudes con el del joven comprador de Lisa Airplanes, una sociedad aeronáutica saboyana que suspendió pagos en julio de 2012. Tiene 25 años y es diplomado en Oxford e hijo de un patrón de una cantera de fosfatos de Sicuani, y compró la fábrica de aviones de recreo en febrero pasado.  

Hu Yang quiere marcar distancias con esa carrera imperante dirigida a obtener beneficios a toda costa. “Me gusta ganar dinero y gastarlo, pero en Pekín es como una obsesión, como si fuese la única manera de obtener satisfacción”. Nacida en una familia atea, asegura interesarse cada vez más por el budismo y el cristianismo. De vez en cuando, la joven envía un donativo a un refugio de animales domésticos abandonados. Y se plantea seriamente marcharse: emigrar “a Estados Unidos o a Canadá con mis padres”. Según la agencia oficial Xinhua, un tercio de las personas con más de 12,5 milones de dólares ya han emigrado. Para ocultar su fortuna, escapar a la contaminación galopante o incluso para ofrecer una educación mejor a sus hijos.

Sin embargo, para Shiang Zhi irse de Pekín es impensable: “Aquí me siento bien, como pez en el agua”, asegura mientras hace sonar el claxón detrás de un autobús rezagado. Quiere seguir disfrutando por mucho tiempo de esta borrachera de fantasías atendidas de forma inmediata permitida por una China en la que todo se compra.

Traducción: Mariola Moreno

“¿Has visto ese autobús? Si bajo la capota, los pasajeros no van a despegar la nariz del cristal. Vas a ver, es divertido”. Y a esto es a lo que se dedica los fines de semana Shuang Zhi, de 25 años, a burlarse de la “plebe” en la vía rápida que enlaza la carretera de circunvalación 3 con el aeropuerto de Pekín. Sentado al volante de su Porsche 911 azul descapotable, circula haciendo zigzag de izquierda a derecha como si participara en una carretera de persecución de película. “Si no pasas por delante de los demás, los demás te pasan por delante. Esa es ahora mi filosofía”.

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