Las víctimas empiezan a estrechar el cerco sobre los responsables de los incendios de Los Ángeles

Vista aérea de un barrio destruido por el incendio de Palisades en Malibú, California, EEUU.

Patricia Neves (Mediapart)

Los Ángeles (Estados Unidos) —

En las ruinas de Pacific Palisades, un barrio de lujo del oeste de Los Ángeles, Mark deambula, aturdido, como si recorriera los pasillos de un depósito de cadáveres. Otea el paisaje en busca de algún signo que le permita identificar con seguridad su casa. Ante él aparecen ladrillos rojos y algunos peldaños de una escalera. Los ladrillos han sobrevivido. El resto de su casa ha desaparecido, arrasada por las llamas. “Creo que en mi barrio, de treinta o cuarenta casas, sólo quedan dos en pie”, cuenta a Mediapart este día de mediados de enero.

Semanas después del inicio de los incendios, Los Ángeles sigue ardiendo y la pregunta de quién puede ser el responsable atormenta a las víctimas. Aunque aún se desconoce la causa de los incendios –la investigación no ha hecho más que empezar–, en los últimos días ha aumentado la polémica, a medida que han ido apareciendo revelaciones en la prensa. Y al mismo ritmo que la catástrofe viene siendo explotada por la derecha americana.

Tras criticar una vez más a las autoridades locales (de izquierdas) durante su discurso de investidura, Donald Trump, apenas instalado en Washington, anunció su intención de visitar el viernes 24 de enero las zonas siniestradas de Los Ángeles. Según él, se trataba de zonas abandonadas que habían quedado "indefensas”. Pero entre los damnificados, la llegada al poder de un presidente negacionista del cambio climático suscita muchas inquietudes.

En Los Ángeles, la semana pasada seguía siendo imposible para los periodistas acercarse al punto de inicio de los cuatro incendios que se declararon con pocas horas de diferencia el 7 de enero: “Es potencialmente un escenario del crimen”, decía una de las unidades de policía encargadas de vigilar la zona. Detrás de los cordones de seguridad, bajo un cielo totalmente azul, las palas retiran cuidadosamente la tierra arenosa y carbonizada.

Según las cadenas locales y nacionales de televisión, donde se muestran constantemente imágenes de las brasas, el número de muertos aumenta cada día. Han muerto ya veintiocho personas y otras veinte siguen desaparecidas.

Nadie tiene la culpa

Hasta ahora han ardido algo más de 16.000 hectáreas, una superficie mayor que la de grandes ciudades americanas o como el barrio de Manhattan, en Nueva York. En pocas horas quedaron reducidas a cenizas miles de viviendas e infraestructuras. El miércoles 22 de enero se declaró un nuevo incendio a unos cincuenta kilómetros al norte de Los Ángeles. Mientras, el incendio de Pacific Palisades sigue activo (70% ya controlado).

Pero, según las entrevistas y ruedas de prensa con funcionarios y responsables locales, tanto públicos como privados, nadie parece tener la culpa. “En aquel momento [7 de enero -ndr], era imposible apagar el fuego”, explicó, por ejemplo, el Jefe de bomberos del Condado de Los Ángeles. Los vientos eran demasiado violentos, de hasta 150 kilómetros por hora. El carácter “inédito” de los acontecimientos agotó los recursos de que disponían los servicios de emergencia, justificó también la alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass.

Preguntado por la relación entre uno de los cuatro incendios y las instalaciones eléctricas de Southern California Edison (SCE), el proveedor de energía que opera en algunas de las zonas afectadas, su consejero delegado explicó en el programa matinal más visto de Estados Unidos que su grupo no había detectado hasta ahora “ninguna anomalía”, en particular en Altadena, una de las dos localidades más devastadas.

Sin embargo, la cronología que se desprende de las primeras denuncias de las víctimas y de las informaciones recogidas y contrastadas por la prensa norteamericana cuestiona ese relato de los hechos.

A sabiendas del riesgo extremo de incendio, Edison dio prioridad deliberadamente a los beneficios frente a la seguridad

Extracto de una denuncia contra la compañia de electricidad

“Dios mío... ¡Joder!” Eran las 18:19 horas del 7 de enero cuando un vecino de Altadena se puso a filmar las escenas de “terror” que estaba presenciando. Frente a él, a unas decenas de metros, se estaba incendiando una torre eléctrica. Las llamas, impulsadas por los violentos vientos de Santa Ana, se propagaron rápidamente por esa zona de clase media del Este de Los Ángeles.

Las imágenes filmadas por este residente, junto con otros testimonios similares publicados en redes sociales, aparecen ahora en varias demandas civiles presentadas el 13 de enero por negligencia (entre otras cosas) contra SCE, la empresa responsable de la torre eléctrica incendiada.

“El incendio no fue consecuencia de un caso fortuito o de fuerza mayor”, dice una de las demandas. “El incendio fue provocado por chispas procedentes de líneas de alta tensión [...] o de accesorios y otros equipos eléctricos [...] pertenecientes a Edison. Esas chispas prendieron la vegetación circundante.”

“Conociendo este riesgo extremo de incendio, Edison ha dado prioridad deliberadamente a los beneficios sobre la seguridad” de los residentes al negarse a cortar preventivamente el suministro eléctrico, como suele hacerse en este tipo de situación meteorológica y de geografía de riesgo. No es la primera vez que se señala a una compañía eléctrica en los Estados Unidos.

Retraso en los avisos de emergencia

Según datos oficiales, desde 1992, más de 3.600 incendios forestales en California han estado relacionados con la producción o distribución de electricidad. Incendios como los de Paradise, una pequeña localidad del norte de California, de los más destructivos de la historia de Estados Unidos, se cobraron más de ochenta vidas en 2018. En 2017, el grupo Southern California Edison se vio ya implicado en los megaincendios que se desataron un poco más al sur, no lejos de Santa Bárbara, también por fuertes vientos y el choque entre varias líneas eléctricas.

En Altadena, los primeros avisos de los residentes llegaron a última hora de la tarde, en torno a las 18:10 horas del 7 de enero. Las órdenes de evacuación no llegaron hasta una hora más tarde, a las 19:26 horas. Pero en el oeste de la ciudad algunos residentes no fueron advertidos del peligro hasta siete horas después, según una investigación del New York Times publicada el 22 de enero. En la parte occidental de la ciudad, donde el sistema de alerta no funcionó correctamente, murieron diecisiete personas. Cuando llegaron los aviones cisterna ya era demasiado tarde. Vientos de casi 160 kilómetros por hora les habían dejado en tierra.

En Pacific Palisades, al otro lado de la ciudad, la respuesta de las autoridades públicas pareció seguir un patrón similar: los responsables tardaron en reaccionar. La orden de evacuación general emitida para los residentes de Palisades no llegó hasta una hora y media después de las primeras llamadas de socorro. Parece ser que el fuego se inició en una ladera que ya había ardido unos días antes. Los investigadores no descartan que el fuego se hubiera reavivado.

Según las comunicaciones por radio de las distintas brigadas, analizadas por el New York Times y el Washington Post, el 7 de enero, mientras se ponían en marcha los refuerzos aéreos en Pacific Palisades poco antes de las 10:50 horas, la situación sobre el terreno parecía caótica. Había escasez de hombres y faltaba un puesto de mando.

El 7 de enero sólo se habían desplegado nueve equipos de prevención. Ninguno en Pacific Palisades

Incluso el agua bombeada de las bocas de riego acabó agotándose. Las críticas no se hicieron esperar y el gobernador de California ordenó rápidamente una investigación sobre la gestión del agua por parte del condado. El condado declaró que estaban llenos los 114 depósitos de agua e instalaciones de almacenamiento disponibles, pero no explicó por qué un depósito esencial para Pacific Palisades había quedado fuera de servicio. Además de la gestión del agua, también se están cuestionando si se desplegaron o no suficientes bomberos.

El principal diario local, Los Angeles Times, reveló que la cadena de mando municipal había decidido no activar a unos 1.000 bomberos disponibles. En el pasado, sin embargo, se habían ofrecido horas extraordinarias durante periodos de grave sequía y fuertes vientos para situar preventivamente a las brigadas en zonas de riesgo. El 7 de enero, sólo se desplegaron nueve equipos de prevención, ninguno de ellos en Pacific Palisades.

La alcaldesa demócrata de Los Ángeles, Karen Bass, recortó el año pasado el presupuesto de los bomberos de la ciudad, reduciendo en 7,9 millones de dólares los fondos disponibles para pagar esas horas extraordinarias. En un viaje oficial a Ghana, Karen Bass ha sido también  duramente criticada por su ausencia el 7 de enero. Cuando el Instituto Federal de Meteorología advertía de condiciones “particularmente peligrosas” en Los Ángeles, ella decidió quedarse en Accra.

Pero, ¿habría bastado una mejor prevención con los recursos actuales, incluidos 1.000 bomberos más, para evitar semejante destrucción? “Probablemente no”, declaró a Mediapart el profesor John Abatzoglou, que estudia el impacto del cambio climático en los incendios forestales en la Universidad de California.

Los sistemas públicos actuales, que ya sufren una inversión insuficiente, no están diseñados para las condiciones meteorológicas extremas que se viven actualmente en Estados Unidos. Según los expertos, estas condiciones tienen que ver con el cambio climático. La red eléctrica municipal de Los Ángeles, por ejemplo, fue diseñada para soportar vientos máximos de 90 kilómetros por hora, muy por debajo de las rachas registradas el 7 de enero. “Sin embargo, varias medidas proactivas, como la limpieza de la vegetación alrededor de las casas, probablemente habrían ayudado a limitar la propagación del fuego de una estructura a otra al reducir el combustible”, explica John Abatzoglou.

En Pacific Palisades, Mark recuerda que le invadió una “sensación extraña” tras el incendio de su barrio. “Realmente se podía ver a través de los árboles" . Cirujano, hijo de maestros, Mark se enfrenta ahora a una decisión imposible: reconstruir o irse a vivir a otro lugar.

En el oeste de Estados Unidos había en 2020 más de 16 millones de viviendas como la suya situadas en zonas propensas a los incendios forestales. La crisis de la vivienda en Los Ángeles ha llevado en parte a las familias a esas zonas de mayor riesgo, donde las parcelas suelen ser más baratas. Pero los voraces incendios están poniendo también de relieve las responsabilidades individuales.

En 2008, California aprobó uno de los códigos urbanísticos más estrictos del país, que obliga a los propietarios a desbrozar la vegetación en las inmediaciones de sus propiedades. Una norma que fue recibida con mucha resistencia por quienes disfrutan viviendo rodeados de naturaleza.

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A pesar de esas estrictas normas de 2008, que también incluyen la obligación de utilizar materiales ignífugos, California, el Estado mejor preparado para los incendios forestales, sigue siendo consumido por las llamas. Incluidas sus nuevas construcciones. La casa de Mark, casi nueva, se había construido en 2016.

 

Traducción de Miguel López

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