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    <title><![CDATA[infoLibre - Aroa Moreno Durán]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/aroa-moreno-duran/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Aroa Moreno Durán]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
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      <title><![CDATA[Las revoluciones de Gioconda Belli]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/revoluciones-gioconda-belli_129_2182999.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las revoluciones de Gioconda Belli"></p><p>Cuando yo tenía dieciocho, en una siesta de verano al sur, <strong>soñé con </strong><em><strong>La mujer habitada</strong></em><strong>,</strong> una novela que firmaba una mujer de nombre exótico y rotundo y que <strong>me hablaba de cosas que nadie me había contado </strong>todavía. De la revolución, de nuestro cuerpo, de rebeldía, de la historia antigua de América Latina. Cómo de lejos estaba <strong>Nicaragua </strong>entonces de mi ignorancia. <strong>Aquel libro me había devorado</strong>, o yo a él, como a una naranja del árbol de Lavinia. Y lo soñé.</p><p>Pasaron los años, y quiso la tiranía que <strong>Gioconda viviera en mi ciudad</strong>. Hoy habita el centro de Madrid con alegría, con palabra, con compromiso. <strong>Está en el exilio </strong>desde que, en 2022, <strong>no pudo regresar a Managua</strong>, su ciudad, a Nicaragua, su país, <strong>despojada de su nacionalidad</strong>, de su gente y de las cosas de su vida. Tiene <strong>pasaporte español</strong>, como otros compatriotas suyos, otorgado por carta de naturaleza, y vive aquí, alejada de aquel corazón salvaje centroamericano, de los pájaros que cruzan su recorte de cielo, de esa extensión de selva, de valle y de montaña tensada por un nuevo dictador. "Uno no elige el país donde nace, pero ama el país donde ha nacido". No es su primer exilio. A mediados de los setenta fue perseguida y <strong>tuvo que salir del país a México y Costa Rica </strong>por su militancia en el <strong>Frente Sandinista de Liberación Nacional.</strong> Vivió la clandestinidad, la guerrilla, vio caer a los amigos. Ayer mismo recordaba al compañero al que ella le dijo que cómo iba a participar en la lucha armada si tenía hijas. Por ellas, para que tus hijas no tengan que hacerlo, le respondió. Y así se convenció del camino. <strong>La revolución triunfó en 1979 </strong>y la dictadura de Somoza cayó en el pozo de la Historia. </p><p>La deriva autoritaria de <strong>Daniel Ortega y Rosario Murillo</strong>, aquel que fue uno de los nueve comandantes de la revolución, <strong>ha sacado a Gioconda y a otros cientos de miles de nicaragüenses del país,</strong> entre ellos, también al premio Cervantes y excompañero de Ortega en la Junta de Gobierno, <strong>Sergio Ramírez,</strong> que también camina Madrid. Ortega exilia, encarcela, vigila, aísla y usa la represión y la violencia para controlar el país. </p><p>Dice Gioconda que <strong>ya no cree en la lucha armada. </strong>Que aquello ya fue. Quizá <strong>crea hoy en la palabra</strong>. Seguro, <strong>en el amor al otro.</strong> Estoy segura de que, como en el título de sus memorias, <em><strong>El país bajo mi piel</strong></em><strong>,</strong> sigue llevando consigo, bajo ese pelo salvaje que tiene, un equipaje emocional de lo que significó participar en aquello, para la Historia y para su escritura. En su última novela, <em><strong>Un silencio lleno de murmullos</strong></em><strong>,</strong> es <strong>la hija de una guerrillera</strong> quien ajusta ausencias con la madre revolucionaria. Esa culpa que cargan las madres todavía. <strong>La maternidad, como la guerrilla, es otra revolución.</strong> Íntima y política. Vital y social. </p><p>De la literatura de esta autora, de la que tanto aprendí entonces sobre la sensualidad y la confianza en la energía que guarda nuestro centro de carne y hueso, me quedo con la posición desde la que lanza su palabra a la página: <strong>del cuerpo de una también nace la libertad.</strong> Los cuerpos son <strong>asuntos políticos.</strong> Los nuestros, de las mujeres, más aún. </p><p>Estamos <strong>Gioconda y yo hoy en una isla juntas, </strong>a la que nos han traído a hablar de libros y escrituras. Y, aunque no es esta la primera orilla que habitamos, nos sentamos junto al mar después de comer y <strong>hablamos y hablamos bajo la luz brillante</strong> y saturada de este lugar de fuertes vientos. Y me acuerdo de aquella chiquita de dieciocho que<strong> se atrevió a soñar con escribir porque mujeres como Gioconda lo hacían.</strong> Que ponían su nombre y su cuerpo en la literatura. <strong>Gracias por todas tus revoluciones, </strong>pero también por esa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 17:52:39 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las revoluciones de Gioconda Belli]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La ciudad y la ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ciudad-ciudad_129_2179455.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ciudad y la ciudad"></p><p>En <em><strong>La ciudad y la ciudad</strong></em>, del escritor británico <strong>China Mieville</strong>, se cuenta la historia de un territorio donde conviven sin verse los habitantes de dos ciudades que están superpuestas. A los ciudadanos les enseñan, desde que son niños, a no ver, a <strong>“desver”</strong> a los otros habitantes, a no ver la otra ciudad. <strong>Romper la brecha significa ver o interactuar con la otra ciudad cuando no debes</strong>. Ver significa mirar fijamente a alguien de la otra ciudad. Significa reconocer edificios prohibidos. Significa reaccionar a algo que deberías ignorar. Y significa la desaparición forzada de aquel que abre los ojos a los otros.</p><p>Me acuerdo de esta novela de ciencia ficción atravesando Madrid, sureste-noroeste, volviendo a casa, sintiendo que he pisado la otra ciudad, que he roto la brecha en una, para mí, rápida y cómoda visita durante una mañana de primavera. Y aunque haya visto antes, porque una viene de ahí y se conoce el paisaje, y los edificios, las calles, los árboles son los mismos, hoy no es más que una privilegiada de la sierra que ha visto y está de vuelta a casa. Y escribo esto porque creo que <strong>es importante reconocer el lugar desde el que una mira y después ve</strong>. </p><p>He ido para encontrarme con los alumnos y alumnas de un instituto público en uno de los tres barrios más pobres de la región, a los que he ido a hablar de mis libros y de escritura. Uno de los distritos con las rentas más bajas, con altos niveles de desempleo y vulnerabilidad social. Donde en la clase, solo hay uno o dos estudiantes blancos, porque españoles son todos. <strong>Chicos y chicas que, para ir a clase, tienen que cruzar una plaza donde duermen heroinómanos sobre cartones</strong>. Y al volver, me sale escribir esto, después de buscar a mi hijo en otro centro público muy distinto, donde la proporción es inversa.</p><p>Me dice la profesora de literatura del instituto que he visitado que esto no es un barrio obrero sin más, que esta exclusión es otra cosa, que ya no es aquel distrito clase media baja de mis abuelos. Que cuando dicen que las dificultades de acceso a la vivienda son la primera preocupación de los jóvenes, que se están radicalizando ideológicamente o que no les llega el sueldo a fin de mes, le cuesta pensar que hablan de sus alumnos y alumnas, cuyas situaciones familiares son mucho más complejas, que algunos, por ejemplo, ya son padres y madres. Y no quiere contarme más. </p><p>Madrid tiene muchas ciudades dentro de sí. Es una de las regiones de Europa con más<strong> segregación económica urbana</strong>. Muchos de los chicos y chicas de ese sur no conocen la Gran Vía, no han pisado el centro y tardarán en hacerlo. Y a los chicos y chicas del norte de la comunidad no se les habrá perdido nunca nada que les lleve al sureste. Podrán pasar toda su vida sin desplazarse la media hora que se tarda en llegar a esos distritos. Además, <strong>Madrid es la región con mayor segregación escolar de España y una de las más altas de Europa</strong>. Y así, como en esa novela, crecemos para no vernos, para no mezclarnos, para perpetuar la desigualdad distribuidos geográficamente. Una desigualdad que pega zarpazos hasta en la esperanza de vida. Formados para ignorar otras realidades que ni suman ni restan en las cuentas oficiales. </p><p>Recuerdo también la novela de Lara Moreno, donde solo hay un territorio vertical en el centro. En <em>La ciudad </em>(Lumen, 2022), tres mujeres conviven en un mismo edificio sin llegar a verse nunca de verdad. Cada una de ellas, sobrevive bajo una violencia distinta. Y no es ciencia ficción. </p><p>Escribir esto me incomoda porque el punto de vista es errado. Porque lo escribo y, tranquilamente, puedo continuar siendo ciega. Me preguntó una de las alumnas de Bachillerato de ese instituto por qué escribir, por qué permitir con las palabras que las heridas sigan abiertas, por qué extender el duelo. Por qué esta columna, me pregunto yo. Pues, a veces, no sé responder a eso. Quizá por si a alguien se le ocurriera mirar. Uno solo. Romper la brecha. Ver.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Apr 2026 17:38:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La ciudad y la ciudad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Desigualdad económica,Desigualdad social,Madrid]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Deberías alegrarte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/deberias-alegrarte_129_2175728.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Deberías alegrarte"></p><p>Interior día. O tarde. O noche. Habitación de hospital. Una mujer está en la cama dentro de un cuerpo que ha realizado la mayor proeza física de su vida. No está sola. Hay más gente. Que entra y que sale. Plantas nuevas envueltas en celofán. Todos contentos. <strong>Hay un recién nacido en una cuna de plástico</strong> transparente. La mujer necesita dormir y tener sobre ese cuerpo molido al bebé que hasta hace apenas unos minutos estaba dentro de ella. Pero el bebé es cogido por todos esos familiares y se hacen fotografías con él. <strong>¡Una con la madre!, se le ocurre a alguno. Pues una con la madre</strong>. Gracias. La escena se repite unas semanas después en la casa del recién nacido. Ya ha subido la leche, pero las maniobras son complejas para alimentar al bebé. Todos vienen a comer y el niño vuelve a pasar de mano en mano. <strong>La madre está cocinando porque alguien tiene que hacerlo</strong>. Ponen la mesa, comen, toman café, hablan de lo humano, opinan de crianzas, alimentación y, en un momento de la tarde, la madre se encierra en el baño y <strong>se pone a llorar</strong>. Su madre, su propia madre, la descubre y se lo suelta: Pero, ¿qué te pasa? Tendrías que estar contenta. </p><p>Esto es solo una anécdota leve, actual e inventada que ha podido suceder en <strong>millones de casas después de millones de nacimientos</strong>. En <em>Deberías alegrarte. Lo que no se cuenta de la depresión posparto </em>(Altamarea, 2026), la periodista y escritora <strong>Diana Oliver</strong> realiza una radiografía histórica, social, literaria y científica y nombra la depresión postparto y el maltrato, la <strong>ignorancia e invalidación de los problemas de salud mental</strong> que se producen durante y después del embarazo. Un malestar que tiene nombre y que, en muchos casos, no se ha diagnosticado, ni reconocido, y que, casi hasta ahora, ha señalado a esa mala madre infeliz como culpable única de su propia oscuridad. Y que, sin embargo, atraviesan, según cifras a la baja, de un 10 a un 20% de las mujeres que dan a luz. Que nos ha llevado a los manicomios, al <strong>cuestionamiento constante, a la soledad física y emocional</strong>, a situaciones límite y también a escribir sobre ello. Lo contó <strong>Mar García Puig</strong> en el durísimo <em>La historia de los vertebrados, </em>donde narra el brote psicótico que vivió tras dar a luz a gemelos<em>; </em>pero muchas más lo nombran: <strong>Katixa Aguirre</strong>, <strong>Nuria Labari</strong>, <strong>Maggie O’Farrel</strong> o <strong>Adrienne Rich</strong> son algunas de las que cita Oliver.</p><p>Explica la autora en este libro que la desorientación que se produce se ve <strong>agravada por el mandato social de vivir la maternidad como un momento plenamente feliz</strong> y por el estigma que es todavía la salud mental. Estas dos condiciones hacen que la culpa, el dolor o el agotamiento se silencien y, al final, en esa fotografía, la madre intente una sonrisa. Pero también dificulta la detección y el tratamiento de los trastornos, infradiagnosticados en el 75% de los casos. Y aunque, desde hace unos años, hemos empezado a contarnos mejor a través de nuestras propias palabras, todavía el cuestionamiento y la mirada exterior de cada una de las maternidades es constante. Y aunque <strong>muchas hemos renunciado a la exigencia</strong> que nos convertiría en madres perfectas y abnegadas para ser la madre que podemos ser y somos, todavía también la medida de nuestra capacidad está enmarcada por una <strong>sociedad machista</strong> que desprecia, ignora y desestima el dolor de las mujeres. </p><p>Cuando di a luz a mi hijo, <strong>se olvidaron de abrirme la vía de los calmantes</strong>. Me tragué la suturación de una cesárea sin analgésicos. Una piel, músculos y un órgano que se contraccionaban al ritmo del llanto del recién nacido. De madrugada, veía las estrellas. A las seis de la mañana, cuando ya no podía más, una enfermera me dijo: <strong>solo me falta ponerte morfina, chica, no seas exagerada</strong>. Pues seré floja, pensé, pero póngamela ya. Entonces, descubrió el gotero cerrado. Lo abrió y allí no había pasado nada. Le cuento esto a una amiga hace unos días, encerradas en la cocina de su casa, de pie las dos, mientras le hace la cena a los niños que arman jaleo en el salón. <strong>Y me dice que le pasó lo mismo</strong>. </p><p>Por qué contar esta intimidad en una columna, lo diré: porque <strong>ya está bien de contárnosla las unas a las otras encerradas en las cocinas</strong>, aunque dónde estaríamos sin esas conversaciones, y que se empiece a dar valor a nuestra salud de forma pública. Cuidar a la madre es cuidarnos a todos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 17:38:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Mujeres,Igualdad,Machismo,Sanidad]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Silvio en La Habana con un kalashnikov]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/silvio-habana-kalashnikov_129_2172519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Silvio en La Habana con un kalashnikov"></p><p>Nuestro año occidental se para por primera vez en la Semana Santa. Ahora no parece tiempo de mirar hacia atrás, y nos vamos si podemos, a asomarse al mar o a la montaña, porque son tres días la vida y la frenada. Qué otra cosa podemos hacer. Pero cómo hemos llegado hasta aquí. Arrancó el año y en la madrugada del día tercero, <a href="https://www.infolibre.es/internacional/directo-ultima-hora-ataque-eeuu-venezuela_6_2122357.html"  >Donald Trump atacó Venezuela</a>. Se capturó a Maduro. Murieron decenas de militares y civiles. Cambió el régimen. Hace tanto de eso y no hace nada. Es la invasión del ayer. El día <a href="https://www.infolibre.es/internacional/estados-unidos-e-israel-lanzan-ataque-masivo-iran_1_2153197.html"  >28 de febrero</a> de este mismo año, Estados Unidos e Israel atacaron Irán, se abrió el conflicto en Oriente Medio, miles de muertos y desplazados. Continúa. <strong>No termina la violencia sobre el pueblo palestino</strong>. Centenares de personas han muerto desde el alto el fuego. Más de setenta mil personas desde el inicio del genocidio. Cuántos son niños y niñas. Y aquí estamos, haciendo un recuento alejado y midiendo de qué forma las consecuencias pueden tocarnos en los días de libranza. Es que la gasolina está por las nubes. </p><p>Una nueva verborrea soltó entonces, era mediados de marzo: “Toda mi vida he oído hablar sobre EEUU y Cuba. <strong>¿Cuándo dará el paso Estados Unidos?</strong> Realmente creo que tendré el honor, sí, el honor, de tomar Cuba. Eso sería algo bueno. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”. Puede hacer lo que quiera. La palabrería fanfarrona y simplona no es inocua, si vemos que cada mes de este año se prende fuego a un nuevo conflicto.</p><p>Fue entonces, el día 20 de marzo, cuando la banda sonora de la revolución para los que no hemos participado ni después padecido revolución ninguna, el cantautor Silvio Rodríguez escribió un post en su blog del que contó después que no esperaba las consecuencias que tuvo: “Exijo mi AKM, si se lanzan. Y conste que lo digo muy serio”. Y <strong>el kalashnikov le fue concedido de forma inmediata</strong> en el Día Nacional de la Defensa. Se lo entregó el ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba delante del presidente de la nación, Miguel Díaz-Canel. Y Silvio, el autor de <em>El necio</em>, el que canta que lo arrastrarán por sobre rocas cuando la revolución se venga abajo, que ronda los ochenta años, quizá dejó de pensar que “la guitarra del joven soldado” era su mejor fusil para agarrar el arma de asalto soviética y hacerse una <strong>fotografía que dio la vuelta al mundo</strong> en medio de la crisis entre La Habana y Washington. A mí me cuesta pensarlo más allá del símbolo, porque aquella revolución ya no puede ser más esta, se ha venido abajo para la gente. Pero cuál es. Hace unos días, Cuba indultó a dos mil presos. </p><p>Es sábado previo al domingo de resurrección, no se sabe a veces ya de quién, pero aquí estamos, <strong>organizando nuestras vacaciones en torno a las fechas de los cristianos</strong>. Cuesta romper con lo heredado, sean los días que vertebran nuestras fiestas o sea una revolución ya lejana, y hoy fallida. Qué difícil es desnudarse y exponer las contradicciones en un espejo. Ayer <a href="https://www.infolibre.es/politica/resignacion-participacion-popular-viven-ateos-ciudad-tomada-semana-santa_1_2171766.html"  >salió una procesión</a> en San Sebastián, desde donde escribo, después de cincuenta años sin sacar ningún paso por la ciudad. No tiene nada que ver, pero también cuesta el encaje del presente. Si has llegado hasta esta línea, nos hemos detenido, hemos mirado algo hacia atrás, la incertidumbre que nos deja este primer cuarto del año. Y quizá seamos conscientes de que no lo hemos hecho de forma global y total. Porque solo miramos donde nos dejan mirar. Y a veces, aun así, tampoco vemos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 17:50:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Silvio en La Habana con un kalashnikov]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Irán,Cuba,Guerra en Oriente Medio,Palestina,Venezuela]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Mi mundo muy oscuro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/mundo-oscuro_129_2169434.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi mundo muy oscuro"></p><p>A veces, empiezas a escribir un texto sabiendo que <strong>nunca vas tocar su fondo</strong>. Porque si no estamos para pensar con <strong>la complejidad que otras realidades </strong>demandan, menos aún para saber ponerle palabras y sintaxis. Aunque se escriba para entender. Para, al menos, si no encuentras respuesta, rozar el hueso de las cosas que pasan. Opinar: <strong>emitir juicios</strong>. Qué tengo que decir que pueda alumbrar algo, si no me duele el cuerpo y, si quiero levantarme, emito una orden que me lleva hasta donde yo decida, que lo que me pueda atormentar ha sido <strong>siempre pasajero </strong>por ahora y voy a cumplir cuarenta y cinco, que mantengo la esperanza porque tengo recursos para ello: <strong>una red</strong>. A mí, la vida, más o menos, más lenta o inmediata, <strong>me ha respondido siempre</strong>. </p><p><strong>A Noelia Castillo, no.</strong></p><p>Veo una entrevista que asalta mi teléfono <strong>entre las frivolidades</strong> de todos los días. Es un programa de televisión de tarde, con sus luces saturadas como todos y música de fondo. Hablan con Noelia, la mujer de veinticinco años que decidió hace dos pedir <strong>su derecho a la muerte digna</strong> y le fue concedido. Y habla su madre, que quiere que <strong>algo le haga cambiar su decisión</strong> mientras la acompaña en su final. La grabación, en casa de su abuela materna, la hacen cuatro días antes de morir. <strong>La eutanasia</strong>, que podría haberse llevado a cabo en agosto de 2024, desde la intimidad y sin este ruido, se demoró durante dos años, trasladando esta decisión íntima, la más difícil y a la que <strong>no deseamos mirar ninguno nunca</strong>, al gran circo de las opiniones inmediatas, a programas de televisión, a artículos como este. A lo de siempre.</p><p>De todo lo que dicen, de todo lo que se ve en esa entrevista recortada en fragmentos y salpicada de comentarios, una frase de Noelia se queda en mí: <strong>"para qué me quiere viva"</strong>. Escuece algo que no es nuestro al mirarla y escucharla. Hacen hablar a Noelia de su padre, del que dice que <strong>nunca se ha ocupado de ella</strong>, que emprendió entonces, en 2024, una batalla legal acompañado por <strong>Abogados Cristianos</strong>, una fundación de ultraderecha, para frenar la eutanasia bajo la que su hija decidió poner fin a su dolor y que<strong> se concede bajo condiciones muy estrictas</strong>. En España, con la Ley Orgánica de 2021 que la regula, la decisión es del paciente, si cumple con las garantías de la norma. El padre, o la madre, no tiene la última palabra legal, pero puede presentar <strong>recursos o denuncias</strong>, intentar paralizarlo por vía judicial o exponer el caso a los medios<strong> para generar presión</strong>. Y eso ha hecho. </p><p>Herida sobre herida, daño sobre daño, dentro y fuera, y con una infancia dura en su breve memoria, el cuerpo de la mujer acumulaba dolor de forma <strong>grave, crónica e imposibilitante</strong> desde que se arrojara desde un quinto piso tras sufrir una violación múltiple en 2022. Dice Noelia: Desde antes de pedir la eutanasia, <strong>veía mi mundo muy oscuro</strong>, mi final. </p><p>A partir de esto, más allá de la prolongación del sufrimiento de una persona que ha tomado <strong>una determinación consciente</strong>, comienza la fábrica de bulos y gestos, de señalamientos y culpables, de oraciones en redes sociales, del <strong>uso instrumental de una historia íntima</strong> para librar más batallas políticas. </p><p>La vida ni respondió a Noelia, ni somos capaces de encontrar respuestas nosotras. Cuánto error,<strong> cuánto fracaso colectivo</strong> acumulado en un nombre tan joven. Acabo de leer <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/a-la-escucha/noelia_129_2168557.html" target="_blank" >la columna de ayer</a> de la compañera Helena Resano en este mismo periódico, justo al terminar de escribir esto, y parte del mismo lugar. Supongo que<strong> frenar frente al caos</strong> para pensar las cosas también es tener una postura. Reconocer el desconocimiento es un punto de vista, es una opinión, al fin y al cabo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 19:21:45 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mi mundo muy oscuro]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Eutanasia,Muerte digna,Sanidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pedir perdón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/pedir-perdon_129_2165464.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedir perdón"></p><p>Era un 15 de septiembre de principios de siglo. Era una ciudad mexicana a la que no llega el turismo. Era el día de <em>El Grito</em>, como allá llaman a la celebración del comienzo de la guerra de independencia de España. ¡Viva México!, gritó tres veces el alcalde de aquella ciudad después de nombrar a los héroes de la independencia. ¡Viva!, respondimos todos. Y tocó una campana. <strong>Tú no tienes nada que celebrar, me dijo alguien que estaba a mi lado</strong>. Lo mismo que tú, le respondí, sin pensarlo mucho, la verdad. Aquella fue la primera vez que me topé sin aviso con mi propia identidad nacional desplazada al otro lado del Atlántico. No se me ha olvidado. Lo he tenido que pensar. Desarticular lo aprendido. Tenía veinticinco años y más soberbia que ahora. </p><p>La relación diplomática entre México y España entró en un nuevo conflicto en 2019, cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador exigió por carta a la Corona que España pidiera perdón por los abusos y masacres cometidos hace quinientos años durante aquella invasión que aquí llamamos conquista y que se resuelve en los libros de texto de Historia española como una hazaña épica y evangelizadora que terminó con la adquisición de vocabulario náhuatl para el castellano y la llegada a España de la patata y el tomate. Poco más. </p><p>En España, qué país, <strong>nos mofamos de la petición rápidamente</strong> y el Gobierno, entonces, reaccionó rechazando con firmeza la carta y habló de retos de futuro y cooperación. “Envié una carta al rey de España y al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como Derechos Humanos; hubo matanzas, imposiciones… la llamada conquista se hizo con la espada y con la cruz”, escribió AMLO en su cuenta en una red social. Tan frío se puso el asunto que el Gobierno de Pedro Sánchez no envió representación para la investidura de Claudia Sheinbaum. Parece que España, como yo aquel 15 de septiembre, también era más soberbia que ahora. </p><p>Porque hace unos días, el rey Felipe VI, la Corona, dio el primer aliento para descongelar la relación diplomática durante una visita a la exposición “<em>La mitad del mundo. La mujer en el México indígena</em>”, en el Museo Arqueológico Nacional, dejando un paso atrás el hasta ahora silencio institucional. En una suerte de equilibrios del lenguaje, pero no dejando entrever poco, Felipe VI dijo: “Hay cosas que, cuando las estudiamos, las conocemos, dices: bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente <strong>no pueden hacernos sentir orgullosos</strong>, pero hay que conocerlo y en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”. Bueno. También reconoció, en alguna suerte de sintaxis dubitativa, que hubo abusos. Felipe VI no pide perdón a México como se exigió en aquella carta, pero sí se abre una grieta histórica que ahora debería llevar nuestra mirada hacia el pasado a otro lugar. </p><p>Por supuesto, a estas palabras han reaccionado las derechas ultras españolas. Desde <strong>Ayuso, que se desmarca del rey diciendo que aquello fue la manera de llevar una forma civilizada de ver la vida,</strong> a Vox, con quienes coincide en el rechazo casi palabra por palabra. </p><p>El reconocimiento de un daño es lo primero para que dos personas se vuelvan a acercar y esa misma fórmula funciona con la memoria colectiva, no importa lo alejados que los hechos estén de nuestro tiempo. La herencia histórica que dejamos en México sigue vigente: <strong>son los mismos pueblos los que siguen arrinconados, sufriendo racismo</strong> y clasismo a los pies de volcanes, de valles insondables, de comunidades aisladas o desplazadas de las ciudades. Y no hay que viajar tan lejos para saber esto. </p><p>La Hispanidad. Ese día de la desmemoria que es fiesta nacional todos los doce de octubre y saca a pasear a militares y tanques por las avenidas. La Hispanidad. La épica de un genocidio antiguo. La Hispanidad. Libros de texto con el nombre de los conquistadores y sus hazañas. La Hispanidad. El mejor de todos los mitos patrios. El más oscuro. </p><p>Todo esto, más que pedir perdón, porque qué es pedir perdón, o la simbología cultural de acciones y reconocimientos, invitar o no a un mundial de fútbol, es lo que España debería revisar y desde el principio, desde cómo se cuenta ese proceso histórico en las escuelas. Porque sí hay una historia compartida y un lazo que nos acerca, pero todavía nos ata con fuerza y silencio a otra más de nuestras severas contradicciones.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2026 18:22:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pedir perdón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[España,Felipe VI,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Violencia radical]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/violencia-radical_129_2161577.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Un hombre está en su casa, quizá está solo o ha cenado en familia y le ha contado un cuento a su hija o ha llegado de trabajar y, tirado en el sofá, aburrido, coge su teléfono y decide escribir palabra por palabra frases como: <strong>vamos a por ti, te voy a violar</strong>, te vamos a deportar, serás ejecutada públicamente, puta, guarra, zorra, roja de mierda, escoria, vas a aparecer en una cuneta. Ninguna de estas frases es inventada, están registradas ahí, en la <strong>jungla sin ley de las redes sociales.</strong> Están dirigidas a periodistas. Cristina Fallarás, Ana Pardo de Vera, Sarah Santaolalla, Laura Arroyo, Ana Bernal-Triviño, Andrea Ropero y tantas otras. Y una se pregunta quiénes son los que escriben estos mensajes y dónde están. ¿<strong>Están junto a mí,</strong> sentados en esta terraza tomando un café mientras escriben eso?, ¿es mi vecino?, ¿son hombres solitarios e independientes o están organizados? ¿Qué les pasa, cuánta rabia contienen y cómo de real puede llegar a ser la amenaza? Cómo se vive con esa furia contra ti en la palma de tu mano.  </p><p>Y más allá: en estas dos últimas semanas hemos sabido que Irene Montero <a href="https://www.infolibre.es/politica/irene-montero-denuncia-amenazas-muerte-grupo-neonazi-pide-proteccion-interior_1_2158036.html" target="_blank">ha denunciado</a> ante la Policía Nacional que ha recibido <strong>amenazas de muerte</strong> por parte de una organización de extrema derecha considerada terrorista por el FBI, que Rita Maestre <a href="https://www.infolibre.es/politica/rita-maestre-denuncia-sufrir-acoso-casa-difusion-direccion-anuncios-servicios-sexuales_1_2156418.html" target="_blank">está siendo acosada </a>en su casa desde marzo del año pasado y que <a href="https://www.infolibre.es/politica/policia-detiene-hombres-amenazar-acosar-instagram-ione-belarra_1_2160067.html" target="_blank">dos hombres han sido detenidos</a> por amenazar de muerte a Ione Belarra a través de redes sociales. </p><p>Sin restar gravedad a la violencia verbal, <strong>no se sabe cuándo estas palabras pueden pasar a los hechos.</strong> Ni quién será la próxima. La pregunta que estos matones misóginos quieren provocar es: ¿vale la pena? Yo pensaría que claro que no y, sin embargo, ellas siguen ahí. Y sí da miedo. ¿Hay que abandonar ciertos espacios? </p><p>Hace unos días, vi una serie nórdica, se titula <em>Un hombre mejor</em>. Cuenta la historia de Tom, un trol machista y solitario que detrás de un seudónimo pasa la vida <strong>acosando a mujeres a través de redes sociales.</strong> La serie arranca con una voz que dice: “La agenda del feminismo radical aquí está ligada a tal nivel de prestigio que el precio se oculta a toda costa. El hombre escandinavo está deprimido, les quitan a sus hijos, satura las cárceles y las estadísticas de suicidio. Noruega ama la fragilidad y odia a los hombres auténticos. ¿Y quién ha provocado ese desastre?<strong> El feminismo estatal. </strong>El poder vaginal de Noruega avergüenza a los triunfadores y hace creer a los ciudadanos más incompetentes que son perfectos solo por intentarlo”. Me resuena. Una noche, escribe unas amenazas de violación contra una cómica feminista. Unos hackers revelan su identidad y empieza la trama de esta <strong>miniserie que les recomiendo ver. </strong></p><p>Más de la mitad de los hombres españoles de 15 a 29 años ven el <strong>feminismo como una herramienta de manipulación política</strong> y en el caso de las mujeres roza el 39%, según el barómetro de Fad Juventud. España lidera en Europa la percepción de que la igualdad discrimina a los hombres: lo cree el 49% de la población. “Me echaría antes una pareja de 200 kilos que no sea feminista que al mayor modelo de Victoria’s Secret que sí lo sea”, dice un usuario de Tik Tok. Cuánta <strong>misoginia</strong> puede contener una sola frase. </p><p>Lo que no puede ser es que el mismo dedo que señala al feminismo como un movimiento agresivo se <strong>olvide casi siempre de apuntar hacia el daño que ha hecho y hace la violencia de género:</strong> 1.354 mujeres muertas desde que empezaron a registrarse las cifras en el año 2003. Once mujeres asesinadas en lo que va de año, el doble que en 2025. Eso sí me parece agresivo, eso sí me parece radical. Se pide al feminismo que rebaje sus formas mientras no se hace nada para que la violencia que se extinga. Es la misma reacción por la que se castiga a la persona que denuncia. </p><p>Del troleo en redes a la <strong>agresión física. </strong>De la falta de educación y debate a que llamen a la puerta de tu casa en plena noche mientras tus hijos duermen. De los insultos machistas y la revelación de datos personales a la persecución callejera. ¿Funcionará esa herramienta llamada <strong>Hodio</strong> que<a href="https://www.infolibre.es/politica/sanchez-anuncia-hodio-herramienta-rastrear-huella-discursos-odio-redes_1_2159736.html" target="_blank"> se ha presentado esta semana</a> para monitorear la toxicidad y violencia en las redes sociales? Lo que no acabo de entender es qué hacen los gobiernos alimentando las mismas redes que van a vigilar, los espacios donde se produce esa violencia. Quizá<strong> no debería ser un canal de comunicación institucional</strong> y quizá tampoco debieron entender el “zasca”, una onomatopeya para el golpe brusco, como lenguaje político. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Mar 2026 19:28:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
      <media:title><![CDATA[Violencia radical]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Igualdad,Feminismo,Mujeres,Periodistas,España,Machismo,Violencia machista,Violencia género,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/masha-ivasintshova-mujer-nieve_129_2157337.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve"></p><p>Este domingo es 8 de marzo y les quiero contar una sola historia que es, en realidad, <strong>una historia nueva y repetida</strong>. Hace unos años, una madrugada, buscando información sobre las madres de los reclutas rusos que estaban mandando a la guerra en Ucrania, extraños caminos de los trabajos, me encontré una fotografía en internet. <strong>Era el autorretrato de una mujer joven</strong>. Una mujer en un tren o en un tranvía que está de pie y dispara su cámara contra su reflejo en un espejo o un cristal. Lleva un gorro del que asoma un flequillo espeso, una parca hasta media pierna, tiene los ojos claros y algo hundidos. Detrás de ella, niños y niñas miran el paisaje por las ventanas. Debe hacer frío afuera, ese frío de allí, porque todos van muy abrigados. <strong>La foto está tomada en 1978 en Leningrado</strong>. Yo jamás había visto a esa mujer. No había mirado nunca esa mirada. Y la busqué. Y supe quién había sido. Me obsesioné con su historia y con sus fotos. </p><p>Esa mujer era <strong>Masha Ivashintsova</strong>. Lo poco que conseguí saber aquel amanecer y los días que lo siguieron es casi lo mismo que sé hoy. Que había nacido en Ekaterimburgo en 1942, en una familia de la aristocracia, desposeída tras la revolución bolchevique y que <strong>había fallecido con solo cincuenta y ocho años</strong>. En 2017, años después de su muerte, su hija, Asya Ivasintshova-Melkumyan, haciendo una reforma de la casa, encontró en el desván unas cajas que nunca había abierto. Allí había 30.000 negativos de fotografías tomadas por su madre que ella jamás le había mostrado a nadie, casi todo sin revelar, empaquetados en sobres fechados y comentados. Retratos de niños en tiempos soviéticos, mujeres con pañuelos atados a la cabeza, animales, paisajes congelados, Armenia, Moscú, claroscuros dramáticos, otros autorretratos suyos, <strong>los negativos de un país que ya no existía</strong>. Son las imágenes tomadas por alguien que había necesitado hacer fotos como quien da fe de que estuvo viva: desde los dieciocho hasta un año antes de morir. </p><p>¿Por qué Masha Ivasintshova nunca enseñó las fotografías que tomaba? ¿Por qué no ha sido reconocida, por lo menos, como testigo, pero, sobre todo, como <strong>artista en una época convulsa</strong> e históricamente tan interesante? A pesar de la poca información que hay sobre ella, encontré dos respuestas: tres nombres de hombre y política. </p><p>Cuenta Asya en una entrevista que la vida de su madre estuvo atravesada por la relación con tres hombres, tres figuras importantes del mundo cultural underground de la URSS: el poeta <strong>Viktor Krivulin</strong>, el fotógrafo <strong>Boris Smelov</strong> y el lingüista <strong>Melvar Melkumyan</strong>, el padre de Asya. Con los tres tuvo idas y vueltas. Los tres le partieron el corazón. Y los tres <strong>cercenaron la posibilidad de que conozcamos hoy a esta mujer</strong>. “Su amor por estos tres hombres, que no podían ser más diferentes, definió su vida, la consumió por completo, pero también la destrozó. Creía sinceramente que palidecía a su lado y, en consecuencia, nunca mostró sus fotografías, sus diarios ni su poesía a nadie durante su vida”, explica Asya.</p><p>Masha había estudiado para ser bailarina, pero tras la muerte de su abuela, quien se empeñaba en la danza, la familia pensó que mejor estudiara una carrera técnica. <strong>Abandonó la casa familiar y se marchó a Leningrado</strong>, donde participó en la vida cultural a través de la fotografía y la poesía en círculos clandestinos. Trabajó de todo: técnica de ascensores, guardia de seguridad, crítica teatral. No sé cuál de las tres historias de desamor <strong>disparó la depresión de Masha</strong>, pero tuvo que dejar de trabajar. Y ser desempleado en la URSS podía <strong>llevarte a prisión o a un centro psiquiátrico</strong>. Masha acabó en un sanatorio, por llamarlo de alguna manera, contra su voluntad, donde los soviéticos regulaban el carácter o lo que fuera que para ellos estaba mal hasta conseguir devolver a esa persona a la causa: había que ser apta y dócil para servir al Estado. </p><p>Desde que Asya abrió aquella caja, va revelando poco a poco las fotografías con la ayuda de unos amigos, y las comparte a través de una página de Facebook, mientras <strong>aprende a mirar el mundo de ayer con los ojos de la mujer que fue su madre</strong>, asumiendo la fragilidad emocional de Masha y el daño que atravesó su vida.</p><p>Ahora hay quien llama a Masha Ivasintshova la <strong>Vivian Mayer rusa</strong> y hay quien llama a <strong>Milagros Caturla la Vivian Mayer barcelonesa</strong>, como si todas fueran lo mismo sin más, una etiqueta para entender de qué hablamos, salpicando con sus nombres artículos como este: pero <strong>son mujeres de altísimo talento, de sentires y tradiciones distintas</strong>, de geografías alejadas, a las que la sociedad y el tiempo en el que vivían les hizo esconder su trabajo. Y hay que darles su lugar ahora.</p><p>El síndrome de la impostora, esa forma de <strong>dudar de nuestros logros</strong>, es una forma de reincidir en culparnos, especialmente a nosotras, las mujeres, por <strong>no estar a la altura</strong> de lo que una posición obtenida demanda. Pero ese síndrome no viene de adentro, no nace de forma natural. Estoy segura de que todas ellas fueron conscientes de su talento y, por eso, persistieron en la creación. El síndrome de la impostora es exterior a las mujeres: se llama machismo también y es su forma de decirnos que <strong>no pertenecemos a ciertos círculos</strong>, que no ocupemos ciertos espacios porque no son nuestros. </p><p>Hoy, víspera del 8 de marzo de 2026, quiero acordarme de ellas, no porque fueran mujeres, <strong>sino porque fueron artistas</strong> que, con su mirada, nos ayudan hoy a atravesar el presente: Son <strong>Masha Ivashintsova</strong>, <strong>Milagros Caturla</strong>, <strong>Vivian Mayer</strong>, o <strong>Kathy Horna</strong>, <strong>Emily Dickinson</strong>, <strong>María Blanchard</strong> o <strong>Luisa Carnés</strong>; aquellas que publicaron con nombre de hombre: <strong>las Brönte</strong>, <strong>Cecilia Böhl de Faber</strong>, <strong>María Lejárraga</strong>, <strong>Louisa May Alcott</strong>, <strong>Karen Blixen</strong> o <strong>Carmen de Burgos</strong>; o aquellas a las que la sombra de algún marido no les permitió brillar cuando estaban vivas: <strong>Camille Claudel</strong>, <strong>María Teresa León</strong>, <strong>Elena Garro</strong>, <strong>Zelda Fitzgerald</strong>, <strong>Gerda Taro</strong> o <strong>Anna Dostoevskaya</strong>. </p><p>Podría seguir escribiendo nombres hasta mañana, son tantísimas más, pero tengan buen día y <strong>tiempo para revisar la obra de todas ellas</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Mar 2026 20:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Mujeres,8M | DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES,Artistas,Arte]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los agujeros de nuestra historia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/agujeros-historia_129_2152776.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los agujeros de nuestra historia"></p><p>Toda <strong>escritura te lleva a otro lugar </strong>y, si sabes que no va a ser así, es mejor no emprenderla. Ese territorio nuevo puede desvelar asuntos que no gustan o que no quieres ver. De la escritura de ,mi último libro aprendí muchas cosas, <strong>me tuve que hacer muchas preguntas </strong>cuya respuesta solo llegué a rozar. <strong>Asumir la frustración </strong>de que solo las llegué a rozar, y que no fue por falta de búsqueda, <strong>fue otro aprendizaje.</strong> Que nuestra historia no está relatada por completo. Que la historia contemporánea de España se sostiene sobre un <strong>relato muy bien trazado</strong> que perdura intocable. Que, por poner solo un ejemplo, aquello que concierne a las <strong>mecánicas del Régimen de Franco</strong> para la represión <strong>sigue en la sombra, </strong>y no podemos saber si destruido o perdido o está guardado en cajones que no sabemos dónde están. Y que el<strong> acceso a la documentación no siempre garantiza el acceso a la verdad</strong> completa. Que la historia todavía está callada en bocas que no hablan. Que los nombres de los hombres y sus esbirros que ejercieron el poder y sus abusos están tachados u omitidos. Que conocemos tres o cuatro. Que <strong>saber cuánto nos falta por saber </strong>debería ser el <strong>primer ejercicio de transparencia histórica </strong>que podría haber acometido cualquier Gobierno en estas décadas de democracia. </p><p>En la 45ª efeméride del 23 de febrero de 1981, el Gobierno ha <strong>desclasificado los documentos</strong> relacionados con el golpe de Estado. Algo que podemos celebrar. Pero lo primero que me sorprende es que, si un Gobierno tiene <strong>voluntad de desclasificación de archivos, </strong>pueda hacerlo porque tiene la competencia. Porque me lleva a preguntarme <strong>por qué no se hizo antes</strong> y qué pasa con todo lo demás. Lo segundo es que no sabemos si eso es todo lo que hubo. Cuánto más pudo existir. Cuánto se destruyó en aquel entonces y quién lo hizo y por qué dejó lo que dejó y por qué se revela esto ahora.<strong> Por qué </strong>se relaciona todo esto con el <strong>posible regreso del emérito rey Juan Carlos</strong> a España si, en realidad, aquí no tenemos pena de destierro y puede volver, y así lo hace habitualmente, cuando quiera. No es retórica, son preguntas que deberíamos poder respondernos.</p><p><strong>Perdimos una gran oportunidad </strong>para la transparencia hace <strong>cincuenta años, </strong>cuando –desde el final de la dictadura– se emprendió el camino de transición a la democracia. <strong>Punto y seguido. </strong>Argentina, Alemania, Uruguay, Paraguay, Chile, Brasil y otros países que padecieron dictaduras en el siglo XX <strong>abrieron sus archivos</strong> cuando se convirtieron en naciones democráticas, especialmente para saber qué violaciones de Derechos Humanos se habían cometido. </p><p>Aquí, no. </p><p>La <strong>Ley de Secretos Oficiales </strong>en España es la ley de 1968, es decir, una <strong>ley de la dictadura,</strong> preconstitucional y desfasada con respecto a otros países. Una norma que <strong>no fija plazos claros </strong>para la desclasificación de forma automática, por lo que los documentos pueden permanecer secretos de forma indefinida si no se da la acción de desvelarlos. Más de cuatro décadas después del intento de golpe de Estado de 1981, parece que<strong> se ha reducido el riesgo actual para la seguridad del Estado,</strong> uno de los criterios para haberlo mantenido en secreto. Pero, ¿hasta cuándo saber ponía en peligro la seguridad y la estabilidad del país? ¿Depende todo de la voluntad política de quienes gobiernan al margen del derecho de los ciudadanos y ciudadanas, de los periodistas y, sobre todo, de los historiadores a conocer?</p><p>No necesitamos héroes patrios para sujetarnos, ni más mitología, ni relatos oficiales que no se atrevan a ser cuestionados: <strong>necesitamos saber. </strong>Qué pasó. Cómo pasó. El 23-F es solo uno de esos hechos históricos de un pasado limpio o sucio. Un pasado que es el que hay. Pocas cosas son más duras en su hueso, pero más frágiles a la manipulación y la ficción, que lo que ya sucedió. <strong>Estamos preparados,</strong> o democráticamente maduros, <strong>para encajar nuestra imperfecta historia</strong> con sus matices y claroscuros y que se permita hacer su trabajo completo a los historiadores, que son quienes saben interpretar la hondura y complejidad de los archivos. No es búsqueda de conspiranoias, no es fomento de bulos, es el rechazo a la servidumbre eterna a una Historia que <strong>sigue sin responder algunas preguntas. </strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 20:30:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los agujeros de nuestra historia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Francisco Franco,Golpe Estado,Secretos oficiales,Ley Secretos Oficiales,Desclasificación documentos,Gobierno de España,Franquismo,Transición democrática]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo raro es callar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/raro-callar_129_2149110.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo raro es callar"></p><p>Que el cine tiene que mantenerse <strong>al margen de la política</strong>. Eso se respondió en la presentación del jurado de la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín, cuando se les preguntó por la situación en Gaza. “Somos el contrapeso de la política”. Esas palabras llegaron hasta<strong> Arundathi Roy</strong>, la escritora india, y decidió no acudir a la presentación de la película <em>In which annie give it those ones, </em>una comedia sobre la vida de unos estudiantes universitarios de arquitectura, carrera que hizo Roy en Delhi, de cuyo guion es autora y que se estrenó en 1989. Roy respondió a la organización del festival que le resultaba asombroso cómo pretendían <strong>silenciar una conversación</strong> sobre lo que es un crimen de lesa humanidad que se desarrolla delante de nosotros en tiempo real. Lo cierto es que la Berlinale no ha tenido problemas para hacer política según tiempos y regiones. A ese silencio sobre Palestina también replicaron más de ochenta actores y actrices con una carta: “Estamos consternados por la implicación de la Berlinale en<strong> la censura </strong>de artistas que se oponen al genocidio en marcha de Israel contra los Palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en permitirlo”. Ah, Alemania. </p><p>He leído en estos días las memorias de Arundathi Roy. Un libro escrito después de la muerte de su madre, Mary Roy. De él me llevo dos cosas. La primera, que parece que siempre escribamos para que nos quieran. A ella, a su madre, le dedicó aquella novela que se tradujo a cuarenta idiomas y ganó el premio Booker, <em><strong>El dios de las pequeñas cosas</strong></em>, y le agradeció en su dedicatoria que la criara, que le enseñara a pedir perdón antes de interrumpirla en público y su amor para dejarla marchar. Su hermano, en broma, le dijo que esa dedicatoria era la única ficción que había escrito en aquella novela. Y a ella le dedica también este otro libro, donde cuenta lo que le pasó en todo ese tiempo en que estuvo lejos de Mary sin contacto con ella, una mujer dura, violenta a veces, excéntrica e impulsiva que levantó sola una escuela en Kerala. Y lo cuenta porque su madre nunca se lo preguntó: cómo saliste adelante, cómo vivías, cómo conseguiste sacar tu título, cómo te hiciste escritora. Escribir <strong>para que te quiera tu madre</strong> parece una razón de peso para emprender cualquier libro.</p><p>Y la segunda es que Roy es una escritora<strong> comprometida</strong> con el tiempo en el que le ha tocado vivir. Y que se posiciona en ese mundo de una forma valiente. Porque le dio igual acabar con su cuerpo en la cárcel o terminar varias veces frente al Tribunal Supremo de India después de ser reconocida mundialmente por su literatura, cuando tomó conciencia de que era <strong>una mujer muy rica </strong>gracias a sus libros en un país muy pobre o cuando se puso en contra de las presas del río Narmada que desplazarían a miles de tribus indígenas de las montañas o cuando se fue a la selva de Dandakaranya con el Partido Comunista, donde se estaba librando una guerra sangrienta, o cuando acusó al Gobierno de su país de censura cuando se hablaba de Cachemira. </p><p>Hace unos días, una profesora de literatura de la universidad les dijo a sus alumnos que el arte produce <strong>una conciencia ética</strong>. Porque antes de leer, antes de ver una película, no sabemos cosas que sabremos después y ese es el compromiso de quien escribe, pero también es el compromiso de quien lee. Qué hago con lo que he visto, qué hago con lo que ahora sé. La literatura no puede meterse en cajones simplistas que respondan a ideologías, los libros no opinan, pero sí contienen una mirada frente al mundo, sus coordenadas sitúan al creador <strong>en una posición</strong>. Incluso aquellos libros o películas que parecen no contarnos nada, lo dicen callando o cambiando la mirada de lugar. </p><p>Wim Wenders, el director del festival de Berlín, dijo que, si se hacen películas intencionadamente políticas, entraremos en el terreno de la política. Pero cualquier creación<strong> es siempre política</strong>, que no tiene nada que ver con panfletaria, como sí lo es acatar el silencio o mirar hacia otra parte, y solo por eso –hay que asumirlo– nos querrán menos o nos querrán peor. Y no debería importar. Lo raro es quedarnos callados <strong>como estamos</strong>. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Feb 2026 19:47:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo raro es callar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Berlinale,Palestina,Alemania]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ola]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ola_129_2145258.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ola"></p><p>No sé si recuerdan aquella película de <strong>Dennis Gansel</strong> que vimos en 2008. <em>Die Welle</em>, <em>La ola</em>. En un instituto de Alemania, durante la semana de proyectos, un profesor se propone explicar a los alumnos cómo funciona un régimen totalitario <strong>realizando un experimento con el grupo</strong>. La película se basa en un caso real. En la primavera de 1967, <strong>Ron Jones</strong>, que era profesor de Historia en un instituto de Palo Alto, California, instauró en su clase el autoritarismo, lo llamó <em>La tercera ola</em>. Los alumnos <strong>no podían creer cómo había sido posible que Hitler se hiciera con el poder</strong> y cómo aquello transformó a la sociedad alemana. En menos de una semana, aumentó la disciplina y fue aceptada, los chicos y chicas adoptaron un saludo que los diferenciaba del resto del instituto, homogeneizó la estructura social de la clase, abrían el grupo o rechazaban a nuevos miembros, acataron normas absurdas, asumieron que juntos eran más fuertes y la experiencia empezó a irse de las manos: delaciones, complots, borrado de identidades distintas, señalamientos entre chavales que eran amigos desde la infancia. </p><p>He estado en un instituto de Rennes, en la Bretaña francesa. Hay un programa que permite que los alumnos y alumnas saquen simultáneamente el título francés y el español. Me reuní con ellos para <strong>hablar de escritura, de libros y, como siempre, terminamos hablando de otras cosas</strong>. Vimos un pequeño cortometraje juntos que se titulaba <em>Haciendo memoria</em>, con guion y dirección de <strong>Sandra Ruesga</strong>, donde una mujer española llama por teléfono un día a la casa familiar para hablar con sus padres. Quiere saber por qué tienen imágenes domésticas de vídeo en las que aparece la familia <strong>pasando el día en el Valle de los Caídos</strong>. Es que estaba cerca de casa, le responde el padre. ¿No te incomodaba llevarnos a pasear de niños a un lugar donde está enterrado un dictador?, le pregunta Alexandra, a la que, explican, tuvieron que bautizar Alejandra porque la equis no estaba en nuestro santoral. ¿<strong>No te parece falta de libertad</strong> que no os dejaran nombrarme como quisierais?, les pregunta. La madre dice tibiamente: pues sí. </p><p>A los chicos y chicas del Lycee les llamó mucho la atención la conversación, la normalidad con la que el padre y la madre <strong>asumían las normas</strong>. En un momento del corto, la madre, que puede ser mi madre o la tuya o alguna de tantas mujeres que nació en la dictadura, alguna mujer que fue joven en aquella ola, dice: por ahí decían que torturaban a gente. El padre dice: <strong>es que nosotros estábamos trabajando</strong>. Un diálogo que acaba resumiéndose en algo así como es que nosotros queríamos que tuvieseis otros valores, que <strong>no pensaseis en lo que tuvimos que pasar antes</strong>. ¿Y entonces paseábamos bajo el yugo y las flechas? Y se abre una grieta de reconocimiento. Ver esta pieza junto a miradas extranjeras a nuestro país ha sido una experiencia. A mí no me extraña nada de lo que dicen en el cortometraje. Esa llamada podría ser una llamada mía a mi propia casa. Ni siquiera me llamo solo Aroa por las mismas razones que Alexandra. </p><p>La conversación avanzó y uno de los alumnos levantó la mano y preguntó por qué algunos jóvenes ahora <strong>están eligiendo seguir ideas de extrema derecha</strong>. Le respondí que ojalá él pudiera explicármelo mejor de lo que yo lo consigo entender. Me contó que habían estado con algunos compañeros españoles y <strong>les habían hablado del franquismo, reivindicándolo</strong>. </p><p>Algunas amigas y amigos, profesores de distintas asignaturas en institutos de distintas regiones del país, también cuentan que ha vuelto a escucharse a los estudiantes <strong>cantar el </strong><em><strong>Cara al sol</strong></em><strong>, decir “Arriba, España” o ¡Viva Franco!</strong> Resulta chocante que una generación que apenas sabe cómo fueron aquellos tiempos elija –provocación o no, insumisión o decisión– <strong>regresar a los símbolos y a algunas de las ideas</strong> de una dictadura represiva y gris.</p><p>Es más complejo que decir únicamente que <strong>la rebeldía hoy ha cambiado de bando</strong>. La ola es global y no solo pasa en esa franja de edad y no solo en España. La juventud devuelve el mismo reflejo que otras generaciones, solo que nos extraña más. Sienten que la política les falla respondiendo a sus demandas, como si <strong>les hablara en un idioma distinto al suyo</strong>, se ha roto el ascensor social, el futuro se adivina caro y lleno de incertidumbre, sienten que viven peor que sus padres y un nuevo lenguaje entra como una corriente imparable por las pantallas de sus teléfonos con una idea: cuando todo ha sido derrotado, <strong>hay que probar algo nuevo</strong>. </p><p>¿Nuevo?</p><p>¿Derrotado?</p><p>Frente a lo líquido, frente a aquello que ya no se puede apresar, cuando parece que nadie va a salvarles de nada: <strong>conceptos inamovibles, órdenes, grupo, pertenencia, símbolo y mentiras</strong>. La ola. No hay nada que experimentar, solo hay que hablar y escucharse y no dejar que la marea nos borre. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Feb 2026 19:37:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La ola]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Extrema derecha,Memoria histórica,Fascismo,Franquismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ganamos nuestra juventud en Malasaña]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ganamos-juventud-malasana_129_2141319.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ganamos nuestra juventud en Malasaña"></p><p>En una columna de la librería Tipos Infames, quizá no la has visto, hay una placa pequeña que dice: <em>Entre estos libros dilapidó su tiempo Nano, llenando de luz y alegría a todos aquellos que le conocimos</em>. Nano, Rafael Lasaletta, era amigo mío. Era amigo de todos. No era de Madrid, pero <strong>amaba la ciudad con sus historias.</strong> Era el capitán de su calle, Espíritu Santo, barrio de Malasaña. Era mayor que nosotras. Era, si tuviera que escoger una palabra, un lector. Murió de vida en 2021. Le echo de menos todavía muchas veces, sobre todo, cuando una <strong>página me asalta hermosa en algún libro</strong>. Antes, le hacíamos una foto y la compartíamos en un chat que se llamaba <em>Pan, amor y fantasía</em>, como la película italiana. Éramos tres. La tercera era la escritora Lara Moreno. Ahí se mezclaban las fotos de nuestros niños, paisajes, pantallazos, la literatura. </p><p>El cierre de Tipos Infames se lleva muchas cosas, también nuestro escenario con él. Su despedida. Todas nuestras<strong> salidas cargados de libros y de vino</strong>, tambaleándonos calle abajo hacia nuestras casas. Se lleva el temblor en la voz al leer algunos poemas en su sótano, a mi padre respirando fuerte en la presentación de mi última novela porque me pongo militante, se lleva a mi hijo correteando entre las mesas desde que echó a andar. Se lleva, también, los cientos de lecturas que nos recomendaron Alfonso y Gonzalo, y antes Curro. Una librería es una tienda de libros, pero también es barrio, el que fue nuestro, un punto de luz, una <strong>chincheta en nuestro mapa sentimental. </strong></p><p>Esta semana fuimos a despedirnos de los Tipos Infames, abrazos, buena suerte, la última foto, salir rápido para no acabar de rompernos, que ellos siguen haciendo cajas y en pie y casi todo está bien. A veces, uno no acaba de saber de dónde le viene la pena, si es exterior o interior, y tampoco lo tiene por qué saber. Nos vamos con libros metidos en sus míticas bolsas que dicen:<strong> “Perdí mi juventud en Malasaña”.</strong> Que hayan corrido ríos acusando a los Tipos Infames de <strong>gentrificar Malasaña </strong>es uno de los tiros más errados que recuerdo. Qué tuvieron que hacer. ¿No poner vino? ¿No esperar que les fuera bien? ¿Poner una librería fea? Los que vivimos sus años primeros en aquellas calles sabemos la vida y casa que nos dio ir a encontrarnos allí, a celebrar la escritura cuando tocaba. Pero una tienda es un negocio, y a veces, deja de compensar económica o personalmente, o las dos a la vez. Detrás de los números, se revelan historias. </p><p>Aquel tiempo de Malasaña ya no es el tiempo anterior a este, está más allá. Ese barrio, paseado y odiado por igual, es solo el<strong> espejo donde se refleja un cambio en las ciudades.</strong> Han pasado muchas cosas desde que las observamos transformarse. Han cambiado los comercios, los precios de la vida y la vivienda y los habitantes de sus edificios. Hemos cambiado nosotros también. Me pregunto si aquellos años dos mil fueron sentidos igual por quienes recorrían el barrio en los ochenta y noventa, si mi amigo aceptaba la transformación. Yo misma caminé su dureza de niña y todo era distinto. Pero hoy parece que hubiera cambiado un sistema entero y este no consigamos entenderlo. Supongo que será la ley del capital o ley de vida sin más, como todo aquello que también es infame y no queda otra que tragarlo como puedas. Hay algo que se ha estado rompiendo entre el año 2010 y ahora. <strong>¿Será la juventud?</strong></p><p>No lo escondo: cierra Tipos y me da rabia porque cerramos nosotros también.<strong> Se cierra un tiempo que ya fue. </strong>La última página de un libro que nos gustaba leer. Ya solo me quedará en Malasaña Lola, la mujer de Nano, en su puesto de vigía frente al atardecer que cae sobre Madrid. Leyendo novelas negras o a Camus otra vez. Nos han quitado muchas cosas, se ha arrasado un paisaje,<strong> la ciudad está en los huesos de lo que pudo haber sido</strong>, pero quedamos nosotros, guardianes de, al menos, una posibilidad, en resistencia contra el uniforme global a fuerza de memoria, lo intentaremos sin nostalgia y, quién sabe, quizá volvamos a tomar las calles para alguna rebeldía. Puede que no perdiéramos nada en Malasaña, quizá lo ganamos. <strong>¿Quién dice que sea este un tiempo de derrota?</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Feb 2026 19:19:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ganamos nuestra juventud en Malasaña]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Madrid,Literatura,Obituario,Comercio,Libros,Escritores]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Qué es una herida abierta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/herida-abierta_129_2137080.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Qué es una herida abierta"></p><p>Una herida abierta es una lesión que interrumpe la continuidad de la piel, exponiendo los tejidos a factores externos. Una herida abierta es, también, en su metáfora, <strong>un dolor emocional que no ha sanado</strong>. Una herida abierta es una pérdida que no se encaja, el abandono, la incertidumbre, la violencia cuando se desata o una traición inesperada: <strong>un conflicto del pasado que sigue emanando tensiones porque no ha habido reencuentro.</strong> He leído por ahí a gente que dice que hay otra gente que vive de las heridas y trincheras abiertas en este país. He leído también que el relato de la guerra lo escribieron hasta ahora en España los que la perdieron. He leído en estos últimos días de un enero que parece eterno que la guerra también lo será si no aceptamos sentamos a hablar de ella. </p><p>Escribo esto por las jornadas de Sevilla que se titulaban <em>1936: La guerra que perdimos todos</em>, organizadas por el escritor <strong>Arturo Pérez-Reverte</strong> y el periodista <strong>Jesús Vigorra</strong> y que, finalmente, han sido aplazadas ante el rechazo de algunos participantes. Era un cartel conformado por nombres de distintos ámbitos e ideas que, según dicen sus organizadores, en principio, llevaba el título entre interrogantes, pero <strong>un error de maquetación lo dejó en afirmación</strong>. Podemos llegar a suponer que los organizadores se referían a que perdimos, después de aquello, la democracia. Que hablaban de perder derechos, de perder libertades, de perder vidas y no de perder contiendas. Supongamos. Porque si hubiera sido una pregunta, esa cuestión abriría la posibilidad de distintas respuestas. <strong>Y noventa años después de su comienzo no las hay</strong>. Porque podrían haberlo llamado “Lo que todos perdimos en la guerra”, que es otra cosa y quién sabe a quién habría retirado. </p><p>Las opiniones tienen puntos de vista; lo que pasó, a estas alturas, no debería tenerlos. Al menos, no históricamente. <strong>Las guerras no son asunto de opiniones</strong>. Tampoco las dictaduras. Claro que tienen distintas sensibilidades las vidas que fueron, pero hasta donde yo sé, no queda vivo nadie que sufriera aquello y fuera a participar en el encuentro. Porque <strong>lo grave de toda esta polémica centrípeta española es que pueda cuestionarse todavía el origen y final de aquel conflicto</strong>. Seas quien seas. Votes a quien votes. Me parece que entraña peligro hoy y nos hace un país un poco más recalcitrante. </p><p>Pero <strong>la Historia no se escribe en jornadas de conversación</strong>, ni en las novelas, ni en artículos contra nadie y mucho menos se escribe en esa red X. </p><p>Hace unos días, una librera argentina nos escuchaba hablar en un club de lectura de libros y de lo que no son solamente libros. En los clubes de lectura, las personas que asisten, si se da un clima cálido, cuentan sus historias también. Cuentan de dónde vienen y por qué les toca o no el libro que se ha leído. Después de que varias asistentes narraran, al fin y al cabo, quiénes son y por qué han leído como han leído esas páginas, la librera nos dijo algo así como <strong>“a ver cuándo empiezan a llamar trauma a lo suyo”</strong>. Trauma es el silencio, los expolios, el hambre, los derechos perdidos, la explotación, la violencia, la represión: <strong>el no reconocimiento del dolor</strong>. Trauma son los anuncios de comisiones de la verdad que no se fraguan. Pero trauma podría ser también descender de un dictador, de un cargo del Régimen o de un torturador que, durante casi cuatro décadas ejerció su poder y sus abusos. <strong>Y esa conversación está por darse y dudo mucho de que se hubiera dado en Sevilla</strong>. Hace menos de dos meses, el expresidente del Gobierno <strong>José María Aznar</strong>, uno de los que intervenían, dijo que no podía condenar el franquismo porque su padre había participado. </p><p>Quizá, lo que tengamos que preguntarnos es <strong>por qué cuestionar la naturaleza de la guerra sigue teniendo eco político y social </strong>y qué podemos hacer desde este siglo XXI. En qué momento se fracturó un relato que venía roto para dar a luz opiniones y cómo repararlo: <strong>qué recae sobre la Transición, la educación o las tibias leyes de la memoria</strong>. Cómo puede ser que casi noventa años después, el debate en España siga girando alrededor del origen y consecuencias de aquellos años infames. Quizá tan cerrado no esté. Quizá sí hay que escuchar a quienes desde el rigor y el estudio de la Historia no tienen dudas de que <strong>un golpe de Estado militar terminó con una república democrática</strong>. Quizá hay que escuchar y escribir los relatos acallados. Los demás podemos opinar, acercarnos al conflicto desde distintos ángulos también necesarios en otros sentidos: <strong>desde las posibilidades del lenguaje, desde las distintas opciones políticas, desde, por qué no, la herencia familiar</strong>. </p><p>Para suturar una herida hay que iniciar un proceso que una sus bordes y que facilite la curación. <strong>La mala cicatrización, forzar tejidos o no limpiarla bien alteran el proceso de sutura y pueden aparecer infecciones</strong> o queloides, cicatrices gruesas con las que se convive, pero que pueden causar sufrimiento emocional: es el recuerdo de la herida cada vez que nos miramos el cuerpo. <strong>Es la memoria del dolor</strong>. Esas cicatrices no desaparecen sin intervención: ni en la piel ni en un país. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jan 2026 20:12:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Qué es una herida abierta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Historia,Guerra civil,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vida cambia en un instante]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/vida-cambia-instante_129_2133022.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La vida cambia en un instante"></p><p>“La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Así comienza <em>El año del pensamiento mágico</em>, de Joan Didion. Lo escribió cuando su marido John cayó desplomado durante una cena en su casa de Manhattan en el año 2003. Empezó el libro al año siguiente; lo terminó la noche de fin de año. Contaba la escritora que el pensamiento mágico es aquel que le impedía tirar los zapatos de su marido después de su muerte. Pensaba que, si lo hacía, nunca volvería. Explica en las primeras páginas que cuando tenemos delante un desastre repentino, nos fijamos en <strong>la normalidad de las circunstancias en las que tiene lugar lo impensable</strong>.</p><p>Recuerda también el libro de Didion Marta Jiménez Serrano en su última novela, <em>Oxígeno</em>. Marta, en esta memoria autobiográfica de aquel episodio, disecciona cómo un día de noviembre de 2020 <strong>comenzó a sentirse mal hasta caer en el baño de su casa</strong>. Sobre la mesa, quedaron los dos platos con las alcachofas que iban a comer ella y su pareja. La caldera de la casa emitía monóxido de carbono y los dos se intoxicaron. Ella, estuvo a punto de irse. “Y si hubiéramos estado dormidos. Y si hubiera sido de noche. Y si hubiera estado sola”, escribe. </p><p>Y si. </p><p>Esa es la estructura de otro libro, <em>Vivir deprisa, </em>de Brigitte Giraud. En él hace recuento, capítulo a capítulo, de <strong>todos los condicionales que pudieron evitar la muerte de su marido en un accidente de moto </strong>en el año 1999. Claude tenía cuarenta y un años. Los dos tenían un hijo pequeño. Veinte años tardó Giraud en regresar a aquel suceso. Lo hizo cuando decidió, por fin, vender la casa que habitaron juntos, hacer balance y cerrar la herida. Acabar con el pensamiento mágico. “Si el tiempo hubiera estado lluvioso ese martes por la mañana”, titula uno de los capítulos. Si hubiera llovido, probablemente, Claude no habría cogido la Honda aquella mañana, y no habría chocado y no habría muerto. Pero quién sabe.</p><p>Un día, mi madre, que atravesó una enfermedad y hoy está limpia de ella, me dijo a mitad de aquella travesía: hay que asumir que la vida acaba cuando acaba. Unos tienen una vida larga; otros, corta. Y ya está. ¿Cómo que ya está, mamá? Sí, llegamos hasta donde llegamos. Desde entonces, despeja mis agobios bajo la experiencia de ese golpe incontestable. Para ella, sobre todo,<strong> nada tiene la suficiente relevancia para dedicarle una sola noche de insomnio</strong>. De las orejas del lobo una puede aprender mucho. Pero tienes que saber mirarlas. El tiempo vuela. </p><p>Porque, quizá, eso sea lo único que deberíamos sacar de nuestro paso por aquí:<strong> la excepcionalidad de sobrevivir día tras día</strong>. Que “lo raro es vivir”. Una mañana soleada y clara recibes un diagnóstico que cambia tu destino y final, una noche de vuelta a casa cruzas una calle y pasa un coche demasiado rápido y no sabes reaccionar para esquivarlo, una tarde de enero te subes a un tren que descarrila. </p><p>El accidente de Adamuz, que ha dejado cuarenta y cinco muertos y decenas de heridos, nos ha obligado a mirar hacia nuestra fragilidad. Cuántos no nos hemos visto detenidos, quizá el mismo día anterior, en uno de esos trenes en medio de los olivares sin saber por qué. Cuántos no cambiaron, por una razón que ayer fue intrascendente, la hora de salida de aquel viaje, salvando, quizá, su vida. <strong>Y si hubiera sido otra la fecha de aquel examen de las oposiciones</strong>. Y si no hubiéramos decidido que sería ese fin de semana tan frío el que pasaríamos en Madrid. </p><p>Después de la catástrofe, por encima del ruido disparado que esperemos desemboque en claridad, queda la sabiduría de quienes han estado ahí. <strong>He vuelto a nacer</strong>, decía Rocío, una mujer que fue a las pruebas de Instituciones Penitenciarias y que decidió que, esa vez, la última en que se presentaba, no haría el mismo trayecto que sus compañeros y regresaría el lunes. Es lo que nos enseña la historia de Agustín, camarero del Alvia, que esquivó a la muerte en Angrois, en aquella curva camino de Santiago, porque cambió el turno con un compañero, pero falleció en Adamuz cuando salió de la cafetería para ir al baño. Es la existencia del dolor de la madre de Mario, que puso una tarta en la mesa de su casa de Huelva para el cuarenta y dos cumpleaños de su hijo, que nunca llegó. </p><p>Volver a nacer cada día: <strong>una cuenta en blanco para reordenar las prioridades.</strong> La afirmación de volver a abrir los ojos un amanecer tras otro. O la extraña camaradería y vulnerabilidad de los que esperan en una puerta de embarque de una estación cualquiera, miradas laterales y desconocidas que seguirán adelante casi siempre. Recordemos eso: hacer que estar aquí valga la pena por el tiempo que sea. Tan obvio, tan descuidado. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Jan 2026 19:47:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La vida cambia en un instante]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Accidentes de ferrocarril]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El Barranco de Víznar: devolver las historias a la historia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/barranco-viznar-devolver-historias-historia_129_2128985.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El barranco de Víznar: devolver las historias a la historia"></p><p>Son las once de un miércoles a mitad de enero y en el bar <strong>Florida de Víznar</strong> está desayunando en un descanso rápido el equipo científico de la <strong>Universidad de Granada</strong> que sigue trabajando en las fosas del barranco. De la última que abrieron emergieron los restos de<strong> veintiocho personas</strong>. Es la más numerosa de todas las que ya ha exhumado este grupo, un comando joven y resistente al frío, al calor y a otros envites, dirigidos por el profesor <strong>Francisco Carrión</strong>, profesor de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada. En total, la cifra de individuos exhumados se acerca ya a las <strong>200 personas </strong>en los años que han durado las varias campañas de los trabajos. </p><p>No debe ser fácil manejar, a la vez, la ciencia, lo que es tu trabajo diario y el saber, con las emociones que revuelven estas revelaciones de la tierra. <strong>Tratar con la violencia, aunque sea cada vez más alejada en el tiempo, pasa factura</strong>. Algo así nos dice Carrión. Y cómo no. El momento más emocionante del proceso llega con la entrega de los restos identificados a los familiares: cuesta hablar, cuesta tragar y decir algo que pueda condensar todo ese espacio de tiempo, la estrecha relación que el equipo establece con los restos encontrados, ya son sus muertos también, y <strong>ocho décadas de silencio bajo tierra y de silencio en todas partes</strong>. </p><p>En el <strong>laboratorio</strong>, que han situado en el antiguo molino del pueblo, limpian y clasifican los restos. En una pila de cajas de plástico están reunidos los huesos de cada uno de los individuos que han encontrado, agrupados estos dentro de las cajas en bolsas de plástico por partes del cuerpo: acierto a leer en una de las bolsas la palabra <strong>“costillas”</strong>. En la planta de arriba, dos mujeres jóvenes se encargan de limpiar con extrema delicadeza y uno a uno los restos en unos barreños. Están sentadas una frente a la otra, abrigadas con forros polares de la universidad, con <strong>guantes de látex y en silencio</strong>. Otra revisa las fotografías y el trabajo de campo. Hablo con una de ellas sobre si es consciente todo el tiempo de lo que tiene entre manos. </p><p>En la planta baja del molino, otras dos mujeres ordenan los objetos que han salido de la fosa: botones, restos de un cinturón, un broche con un pequeño timón o un montón de suelas de zapatos identificadas en bandejas blancas que parecen fósiles de barro, pero que <strong>una vez fueron las pisadas de alguien</strong>. Alguien que fue arrastrado hasta allí, que fue ejecutado de uno o varios tiros en la cabeza. Personas asesinadas. </p><p><strong>Álvaro es bombero forestal de la Sierra de Víznar</strong>, es parte del retén que vigila esos barrancos. Les advierte sobre el estado de algunos de los árboles, que tengan cuidado, les dice, pueden caer. Han creado un grupo de WhatsApp en el pueblo para contarse los avances y compartir las noticias sobre los trabajos. Más arriba, desde las <strong>trincheras nacionales de la guerra civil </strong>que defendían el frente de Granada, se ve la reforestación de toda la zona. Todos esos valles fueron replantados con pinos durante la dictadura, camuflando los crímenes que esconden los pozos del camino que va de <strong>Víznar a Alfacar</strong>. </p><p>Allí nos encontramos también con <strong>Luis</strong>, que fue el alcalde que se empeñó en la dignificación del barranco. Imagino que, cuando miras hacia atrás –le digo–, es bonito haber llevado a cabo esa resignificación. Dice que sí, por supuesto. Fue entonces cuando se hizo el graderío del barranco y la piedra que dice: <strong>Lorca eran todos</strong>. Porque fue ahí, en el camino de algo más de un kilómetro que va de <strong>La Colonia</strong> al barranco, donde asesinaron al poeta un mes después de que empezara la guerra. </p><p>No deja de ser bonito y también <strong>esperanzador</strong>, a pesar de la naturaleza de lo que tienen entre las manos, el empeño en hacer comunidad que tienen todas estas personas, la <strong>vocación por resolver, por desenterrar, por devolver</strong>, por poder pasear por esos montes sin sentir que estás pisando ecos de muerte y de violencia.</p><p>Esa tarde, Francisco Carrión hijo, quien se encarga de las <strong>relaciones del equipo con las familias</strong>, me envía algunas fotografías que ha tomado de los trabajos. Las ha hecho con una lente antigua, una óptica de entonces, en blanco y negro, y son impresionantes. La sensibilidad con la que están tomadas es enorme. Son duras, pero en ellas se hace visible, sin necesidad de palabras, la <strong>historia del terror y de la represión</strong>, a la vez que se intuye el trabajo invisible que realizan en las exhumaciones ellos y otros equipos como el suyo en otras zonas del país. </p><p>Todos sabemos que, si la derecha gana las siguientes elecciones –sean cuando sean–, <strong>los presupuestos para las exhumaciones podrían vaciarse. </strong>Todos sabemos que <strong>estos trabajos pudieron hacerse mucho tiempo antes</strong>. Pero la memoria no es sólo políticas o ideas, es conocimiento. Es nuestro derecho a saber y relacionarnos con el pasado de forma sana y no abstracta. La memoria no debe ser un lugar para la intuición. No es una palabra manipulada por unos y por otros. Va más allá. <strong>La memoria es ciencia</strong> y, a veces, la ciencia también está llena de historias y de emociones. De personas que se manchan de tierra las manos. De familias represaliadas que son hoy –y muy poco a poco– reparadas. La memoria son silencios que se van llenando de palabras.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Jan 2026 19:43:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El Barranco de Víznar: devolver las historias a la historia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Exhumaciones,Lugares de memoria,Democracia,Víctimas del franquismo,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si pudiera explicar las vidas que quité]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/si-pudiera-explicar-vidas-quite_129_2125534.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si pudieras explicar las vidas que quité"></p><p>En una escena del documental <em>Flores para Antonio</em>, Alba Flores lee la autopsia de su padre y<strong> pronuncia las sustancias que encontraron en su sangre</strong>: “Leo tu autopsia, papá. Tus 33 años. Tu pelo oscuro. Tus ojos oscuros. Tu mano izquierda, la de los acordes, con una férula de escayola. Escarcha en tus pulmones. Y petequias en tu corazón. La presencia de opiáceos, cocaína, analgésicos, ansiolíticos y alcohol. Y la presencia de tu dolor”. En otra secuencia, el músico Ariel Rot le explica a Alba que uno de cada quinientos españoles consumía heroína en España en aquellos años, que sus ídolos lo hacían y que, para algunos, tenía algo de romanticismo. Aunque Antonio Flores no murió por causas derivadas del consumo de heroína, nombrar aquella adicción es <strong>una parte del viaje que hace la hija a través de los recuerdos y la música de su padre</strong>. Antonio Flores tenía treinta y tres años cuando se fue en batalla contra sí y contra la vida, quince días después de su madre, que tanto bregó para sacar de las adicciones a su hijo.</p><p>En el libro <em>Futuro imperfecto</em>, Xulia Alonso explica que<strong> las razones que llevan a cada persona al consumo de drogas son distintas</strong>, especialmente, aquellas que te llevan a clavarte una aguja en el brazo con una sustancia desconocida. “Todos escapábamos de algo, todos buscábamos algo, nos buscábamos”. Alonso narra en su libro cómo fueron aquellos años y la muerte por SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) de su pareja, Nico. Es especialmente estremecedor cómo relata la abstinencia física: el terror y el frío. <strong>El FRÍO</strong>, siempre con mayúsculas. Escribió el libro para su hija, la carta más importante de todas las que podamos enviar, porque pensaba que ella también iba a morirse. Quería explicarle por qué llegaron hasta ahí entregando la voluntad, cómo es volverse adicto. Quería decirle <strong>cuánto la quisieron los dos</strong>. </p><p>No son los únicos trabajos que están nombrando aquellos tiempos y <strong>ese agujero oscuro y silencioso que se abrió dentro de las familias y de la sociedad</strong>. Está la película <em>Romería</em>, la tercera parte de la trilogía de Carla Simón, una serie de largometrajes con los que la directora indaga en su memoria personal para componer su identidad y que acaban señalando directamente hacia esa herida primera: <strong>la muerte de sus padres por SIDA cuando ella era una niña</strong>. Simón escribe además el epílogo de <em>Futuro imperfecto</em>, donde cuenta que, en el estreno en Pontevedra de <em>Estiu 1993</em>, Alonso se acercó para darle su libro y ella leyó las primeras páginas durante la proyección: “Xulia es mi madre si siguiera viva. Igual que yo soy su hija si ella hubiera muerto”. En un cortometraje de Simón titulado <em>Carta a mi madre para mi hijo</em>, se pregunta la directora qué podrá saber su hijo de su abuela biológica si apenas ella conoció a su madre. Cómo se la puede contar si no tiene casi elementos, cartas a los amigos, fotografías, para contársela a sí misma. Más palabras e imágenes abiertas y <strong>lanzadas al vacío del olvido colectivo y la brecha intergeneracional</strong>. </p><p>También está <em>Nela 1979,</em> donde el escritor Juan Trejo emprende la búsqueda de su hermana mayor, Manuela Trejo, fallecida a finales de los setenta con veintiún años, cuando él era un niño de nueve, y perdida en la historia de la familia bajo <strong>un silencio que fue insondable hasta que él decidió ponerle palabras al hueco y a todo lo que no se había pronunciado</strong>. Nela murió antes de la epidemia de sida que se llevó a tanta gente joven en los años ochenta y noventa. </p><p>España fue uno de los países europeos con mayor incidencia de SIDA, llegando a ser <strong>la primera causa de muerte entre la población de entre 25 y 44 años</strong>. El consumo de heroína aumentaba el riesgo de contraer el VIH a través del uso de jeringuillas usadas. La falta de diagnóstico y de tratamiento del virus produce el desarrollo del SIDA en el que el sistema inmunitario se deprime enormemente provocando muertes por enfermedades comunes y tratables o desarrollando tumores. El número de defunciones alcanzó su máximo en el año 1995, con 5.857 muertes. Una parte importante de esta cifra se produjo por contagios al compartir jeringuillas. En total, hasta 2022, el VIH ha matado a 60.000 personas en nuestro país. En 1996, la aparición de un tratamiento antirretroviral marcó un punto de inflexión en la enfermedad. Ahora, si hay tratamiento y seguimiento clínico, <strong>el virus permanece tan bajo en la sangre que se vuelve indetectable y, por lo tanto, no es transmisible</strong>. Pero, para eso, es importante la detección y el tratamiento, cuanto más temprano, mejor.</p><p>A aquella generación se la dio por perdida y así se la nombró. Pero, ¿<strong>perdida por qué y para quién</strong>? Los supervivientes de aquello y las familias se rebelan contra esa pérdida asumida. Lo hacen de forma luminosa y sin culpa. Porque hacer memoria es siempre necesario y nunca es tarde y evidencia<strong> la difícil relación emocional entre padres e hijos que se desentierra al nombrar aquellas muertes</strong>.</p><p>Hoy se transforman los vocabularios, los imaginarios, y se están llevando hasta otro lugar alejados del castigo: <strong>te lo has buscado</strong>. No. Hubo desconocimiento de la enfermedad y había una ruptura generacional con las décadas anteriores de dictadura. En plena epidemia, Carmen Martín Gaite escribía su novela <em>Caperucita en Manhattan</em>. Su hija Marta había fallecido por SIDA en 1985, y de esa alegoría se traduce, precisamente, que fue aquella <strong>búsqueda de la experimentación de la libertad</strong> la que se llevó por delante a tanta gente. </p><p>A veces, el tiempo y la distancia abren paso a las nuevas perspectivas sobre el pasado. Son los hijos e hijas de los que se fueron con aquel virus los que necesitan entender <strong>quiénes fueron sus padres y madres</strong>. Son aquellos padres y madres que están vivos los que quieren explicarse a sus hijos. Por qué. Escribir sobre las heridas familiares nos traslada a territorios emocionalmente complejos. No es fácil atravesarlos. <strong>Pero sana</strong>. Por eso, es profundo el peso de cómo estas obras iluminan aquello que fue eliminado de la historia común, salvándolo de otra laguna oscura del proceso de transición democrática. Del silencio a la palabra. De la oscuridad a la luz. <strong>Del estigma a la información</strong>. </p><p>*<em>El título de la columna es un verso de la canción ‘No dudaría’, compuesta por Antonio Flores en 1980.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Jan 2026 19:39:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Si pudiera explicar las vidas que quité]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,VIH SIDA,Drogas,Adicciones,Enfermedades,Salud]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Misticismo capitalista]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/misticismo-capitalista_129_2122136.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Misticismo Capitalista"></p><p>El final de 2025: se fue <em>Jesucristo García</em> y reapareció Amaia Montero envuelta en una nube celestial de diseño en Donosti cantando “Yo creo en Dios a mi manera” y preguntándose por el origen del Big Bang. A nadie le sorprende. Veníamos de un otoño donde <strong>una mujer de gran talento y éxito se había decolorado un círculo en la coronilla</strong> del pelo para afrontar la promoción de su nuevo y aplaudido trabajo. Una circunferencia dorada que se ve cuando se quita la toca de monja. Es un poco de perogrullo, pero lo compramos. </p><p>Porque Rosalía compone, canta y arregla como ella quiere porque puede y sabe, está claro, hay un recorrido musical coherente desde <em>Cita con los ángeles</em> a esta contradicción. Pero luego la llaman a hablar por todas partes y <strong>nos dice que está inspirada por la mística</strong> porque ha leído la vida de mujeres santas, y arma versos que se rebelan desde las crisis y las turbulencias personales que traen las relaciones afectivas a la búsqueda de algo más, algo divino o trascendente, o eso entiendo yo de su disco <em>Lux</em>. Al otro lado de la composición, o a la vez, ha utilizado una de las estrategias de mercadotecnia de la industria musical más agresivas que se recuerdan para vender precisamente esa reconexión femenina con lo espiritual. </p><p>Cómo convive el misticismo o abrir aún más las heridas para sanar, ir más allá, con una fórmula de mercado que no funcionaría en ningún otro ecosistema que no sea precisamente ese: el consumo, la satisfacción pasajera que produce el usar y tirar y que nos guste a todos. ¿Qué hay más allá de la estética simbólica y altamente potente que se ha sostenido ya durante siglos? ¿Hay transformación, es nuevo o estamos volviendo a ese lugar? La Iglesia, quizá, debería estar contenta: parece que ha regresado la búsqueda del sentido que descarta la confrontación y, en lugar de mirar hacia fuera y hacia el poder que tiene la acción en colectivo, <strong>estamos regresando a un pensamiento mágico</strong> cuyo epicentro es nuestro ombligo y sus pecados. </p><p>Nada es casual. Esto son solo ejemplos del aquí y el ahora. Pero a las crisis sociales las acompañan y las suceden siempre tiempos de incertidumbre y, después, una búsqueda de seguridad y de ancla en lo que sea, pero que sea estático. <strong>Ya tenemos en todas partes las ideas extremas ensanchándose</strong> porque apuntalan a hierro su verdad, aunque no sea cierta. La tradición, el conservadurismo, la patria, la fe: que alguien nos diga qué es lo que nos toca pensar ahora. Y si el neoliberalismo lo sabe, el neoliberalismo lo utiliza. Yo creo en Dios y, encima, a mi manera. Pues no se puede. Dios es una imagen del sistema más antiguo y mejor diseñado de todos los tiempos. </p><p>Qué se espera de un creador en cualquier disciplina, de alguien a quien han dado una voz pública, lo que la convierte en una voz política. ¿A qué altura está nuestra expectativa y cuál es su responsabilidad? ¿No buscamos también de esa forma que nos borren el claroscuro en el que estamos? ¿No estamos necesitando que ese mismo arte global <strong>nos diga también lo que está bien y nos dé la razón? </strong></p><p>Pensar y encontrar una posición es muy incómodo, a veces, como una pesadilla circular: la ambigüedad, la incertidumbre, el desorden, la disidencia, la falta de control, la falta de respuestas, la incoherencia, atravesar el dolor y que no produzca nada lo es. Mirar al otro lo es porque nos confronta no solo con lo de afuera sino con nosotros mismos. Lo es no tener certezas, no considerar el futuro si no nos muestran caminos para intentar alcanzarlo. <strong>El riesgo conlleva la posibilidad de pérdidas: individuales y plurales.</strong> Y rellenar nuestras carencias y nuestra falta de compromiso con el otro con algo parecido a la religión que retorna al símbolo católico me parece una renuncia a entender y dejar que veamos lo que nos lastima. </p><p>Nunca me he creído que los sistemas se derrumben desde dentro. Creo que hay que ponerse de frente de vez en cuando. Y sí, me pregunto de qué sirve cantar en trece idiomas circunvalando la grieta si no somos capaces de pronunciar en ninguno de ellos palabras como feminismo o genocidio. ¿Hay que pronunciarlas? <strong>¿Podemos darnos cuenta de que no están siendo pronunciadas y tenemos derecho a señalarlo?</strong> Está la belleza, claro, quizá con eso debería bastar, pero entonces no queramos ni esperemos sujetarla con un discurso que sea cómodo para todos y todas y que nos asalta en la mano constantemente. Un discurso Tik tok. Tic tac. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jan 2026 18:10:18 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Misticismo capitalista]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Iglesia católica,Genocidio,Feminismo,Extrema derecha]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Reyes pretéritos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/reyes-preteritos_129_2119965.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Reyes pretéritos"></p><p>He leído <strong>las memorias de Juan Carlos de Borbón</strong> en las que sostiene la voz narrativa de un anciano que mira el horizonte del mar de Abu Dabi sentado en una silla que no es trono (vaya para su pensión mi cooperación económica). Es allí, en una autocracia del desierto, donde sintió el apremio de la confidencia. Cuenta el rey emérito, aunque no le gusta que le llamen así, que él lo hizo todo <strong>por su país</strong>. Cuenta, incluso, haber descubierto la isla de Mallorca al mundo. Y que, sin embargo, siente que sufre el olvido de un pueblo que, desagradecido, juzga la carne del hombre y no el buen hacer del jefe de Estado. Su hijo, que fue un muchacho cariñoso en otro tiempo, le ha dado la espalda y actúa como un soberano implacable a las órdenes de un Gobierno de izquierda y de extrema izquierda de ideas republicanas asociado con independentistas. Juan Carlos, que mezcla en un mismo párrafo y sin pudor sus “debilidades” con la Constitución, cuenta que, pudiendo ofender a <strong>las dinastías árabes </strong>rechazando sus regalos, por España, por no crear conflictos y hostilidades públicas, los aceptó. Hasta un beduino del desierto comparte su agua y su pan, explica. Y sus Ferraris.</p><p>No se ahorra Juan Carlos en todo el libro llamar a Sofía “mi reina” o Sofi, a la que dice que siempre ha respetado, curiosas maneras las del respeto regio, no las quiero, y de la que <strong>le duele mucho</strong> que no haya ido a visitarle a los Emiratos. Con lo bien que le iría en este momento contar con alguien más que su mayordomo y las alegres visitas del joven y reconducido Froilán. Y esto lo sospecho yo: cualquiera quiere un reencuentro con final feliz, un amor de toda la vida, una “gran profesional” que no le va a traicionar si no lo ha hecho hasta ahora, que le vele por las noches, que le sostenga el andar desequilibrado y le recuerde que ella también estaba ahí, que fue cierto todo, que sí, que se inventó un país entonces, cuando<strong> pudiendo ser absolutista</strong> fue democrático. Ingratos.</p><p>La palabra preferida de la monarquía ha sido, desde que tengo uso de razón, en cada discurso de navidad, <strong>ejemplaridad</strong>. También apareció en este. Es decir, España puede ser o no republicana, pero se suponía que esa familia era la referencia conductual que guiara a los súbditos y así se les consentía caminar por nuestro país y por el mundo. Alguien pensó que necesitábamos nuestra estrella polar de la moral y esos eran los Borbones. <strong>No salió bien</strong>. Se rompió la connivencia social y mediática.</p><p>Así que he leído ese libro y sí me he encontrado que la ejemplaridad estaba, porque lo que se desprende de él es que Juan Carlos padece la misma afección que otros hombres, una que recorre desde los palacios a los altos corredores de la política y al rellano de la escalera<strong> del reino varón</strong>. Es un gran ejemplo de ejemplar puro de todos aquellos que no se han dado cuenta de que <strong>su tiempo ya pasó</strong> y miran atónitos el mundo de hoy, perdidos, con acusaciones encima que ni entienden del todo, y se consideran a sí mismos víctimas de una sociedad que ya no está ahí para consentirles sus comportamientos.</p><p>Cita en ese libro la célebre frase de Ortega y Gasset que dice que el hombre no tiene naturaleza, <strong>sino historia</strong>. Cita sin problemas un pensamiento en el que precisamente se sostiene que el hombre no nace con un destino biológico fijado, sino que construye su propia biografía dentro de un contexto cultural e histórico. Son ellos, ellos solos, y se nos caen los nombres de las manos últimamente, quienes han destruido sus propias biografías y carreras profesionales, dinamitadas por sí mismos, levantando el velo tras el que actuaban y donde gracias a su posición pública cometían <strong>abusos de distinto tipo</strong> en la vida privada. Hoy, desacompasados de un presente en el que siguen teniendo el poder en su cetro, pero donde ya no encajan como se les permitía, se les dice que, si quieren estar, reconozcan sus enormes o pequeños privilegios, sus enormes o pequeñas extorsiones emocionales, sus enormes o pequeños <strong>robos</strong> y sus enormes o pequeños abusos de poder.</p><p>A todos los <em>juancarlos</em> de nuestras vidas, reyes pretéritos de una nación que ya no existe: todavía están a tiempo de abrir los ojos frente al espejo y venir al siglo veintiuno<strong> con nosotras</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Dec 2025 19:06:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Reyes pretéritos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Monarquía,España,Juan Carlos I,Francisco Franco]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[La última navidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ultima-navidad_129_2117339.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/38c59393-721f-45de-ad4f-3b0f979f6bd4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La última navidad"></p><p>Todas las madrugadas, recuerdo que no he movido el elfo de sitio. El <strong>elfo</strong>, un tal <em>the elf on the shelf</em>, es un duende de fieltro que ahora viene a algunas casas el día uno de diciembre y<strong> desaparece el 24 hasta el año siguiente</strong>. Se dice que aparece para vigilar a los niños y niñas, pero, en realidad, es una prueba a la mala memoria cotidiana de madres y padres. Explico la tradición porque es nueva. Se trata de un emisario de Papá Noel que se va cada noche de mi casa al <strong>Polo Norte </strong>para informarle de cómo van las travesuras de última hora. Y, cada mañana, a su vuelta, reaparece en un rincón distinto. Todos los días, todos, salto de la cama, llegando a veces al extremo de agarrar al elfo de una pata y tirarlo contra el árbol de navidad o lo que sea para que él pueda buscarlo nada más levantarse. <strong>Mamá, el elfo está dentro del microondas</strong>. Vaya. Si yo traje al elfo, yo muevo al elfo. </p><p>En esas mañanas abruptas, solo pienso en una cosa: que quizá sea esta la última navidad en la que él se crea que un muñeco de treinta centímetros y cara plástica de pillo viaja cada noche ida y <strong>vuelta desde Madrid a Laponia</strong>. Y sé que de ahí en adelante llegarán navidades distintas. Soy consciente de que no vamos a poder aguantarlo mucho más. Y que, entonces, sin todo eso, volverá a estar en nuestra mano <strong>transitar estas fechas con luces que parpadean y dan a la casa una luz distinta</strong>, la luz de los diciembres, seguir poniendo ese árbol lleno de cachivaches, darle la bienvenida al hueso de hacer balance y sostener la alegría sin ficciones.  </p><p>La navidad con niños: esa enorme mentira orquestada a escala occidental. <strong>Consumista, inverosímil, absurda y preciosa mentira</strong>. La única mentira que perdonaremos de verdad en nuestra vida, porque soñamos con poder mentir nosotros también a alguien algún día y tener, por una vez, la posibilidad infalible de inducir a otro a la fantasía. Pocas noches, algunas, ha habido más intensas, más inquietantes, más oscuras y luminosas a un mismo tiempo que las de aquellos años en los que creíamos. <strong>Santiago Alba Rico</strong> escribe: <strong>La Navidad es despilfarradora, contaminante, clasista y religiosa, sí; pero es asimismo festiva, popular, afectiva y pagana. </strong></p><p>Ni un solo año, hubiera o no niños en la familia, hemos dejado de celebrar en la casa de mis padres, con todas y cada una de sus tradiciones. También después de que, en el colegio, algún compañero con hermanos mayores nos soltara la gran bomba. Y me imagino que mi madre o mi padre habrán pasado fiestas mejores y peores. <strong>Y ausencias en las que fue difícil mantenerse sonrientes delante de nosotras</strong>. Y se habrán visto, como me vi yo ayer, haciendo cola en unos grandes almacenes del centro cargados de paquetes, hartos o tristes, cansados, pensando que no llegarán a complacer esas cartas porque no les llega ese año o contando otra vez los comensales a la mesa de navidad, repasando mentalmente los platos de la cena que les tendrán un día entero metidos en la cocina. <strong>Mi madre me enseñó que la ilusión crece exponencialmente si es una emoción colectiva. </strong></p><p>Ya sé que esto no es un cuento de Navidad, que es lo que él quería que escribiera. Pero a veces, cuando dejamos de creernos las mentiras, aunque sean piadosas, aunque a veces nos cueste más a nosotros que a ellos su desvelamiento, y <strong>emerge la realidad con sus crudezas, </strong>interiores o extranjeras, realidades de fin de año, solo nos queda la esperanza en aquellos que siguen pensando que todavía es posible cualquier cosa, sean niños o grandes.</p><p>¿Camellos entrando en el salón de aquel tercero D y tres reyes orientales, si es que eran tres, bebiendo chupitos de casa en casa? Por qué no.</p><p>Llámalo navidad o llámalo entonces, <strong>cuando éramos capaces de exponer nuestros deseos desarmados en una carta. </strong></p><p>Felices fiestas.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Dec 2025 19:42:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Navidad]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Cuando queríamos ser indios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/queriamos-indios_129_2113680.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando queríamos ser indios"></p><p>Vengo a escribir sabiendo que todo ha sido escrito: <strong>ha enmudecido de súbito una parte de lo que una vez fuimos</strong>. Fotografías nocturnas y adolescentes en corro en una playa del este del país, cintas de caset regrabadas y tituladas a bolígrafo que pasaban de mochila a mochila, la camiseta negra que se deshacía en su cuello, aquel concierto al que no nos dejaron ir nuestros padres, los buitres que sobrevolaban la carroña. Cómo no vamos a estar nostálgicos de habernos pretendido alguna vez <strong>ácratas con los tiempos que corren</strong>. O tristes porque se ha detenido una banda sonora que nos amortiguaba y a la vez nos ponía en pie. Canciones que nos decían: volar. Que nos decían: ahora. Contra Dios, contra la norma escrita, contra la sociedad neurotizada. Vaya forma colectiva de llorar por alguien la que tuvimos el miércoles. </p><p>Pocas veces. </p><p>Le conté a mi hijo cuando se despertó que <strong>había muerto Robe</strong>. Tiene nueve años, pero sabe bien quién es. Como a tantos, nos ha acompañado en miles de kilómetros de coche y mañanas en casa. Es el único <strong>territorio musical común que compartíamos su padre y yo</strong>, encontrados en una improbable encrucijada de caminos entre el metal y la trova. Le gusta <em>So payaso</em>; le gusta <em>La vereda de la puerta de </em>atrás, porque le hace reír la irreverencia. <strong>Daños controlados en tiempos de control parental</strong>. A mí me gustaba más el Robe último, para contrariar a los fanáticos, o más profundamente, porque, aunque me las sabía todas porque las cantamos mil veces desde los quince y me han regañado en serio por maltratarlas con la guitarra sin tener la voz rota, he llegado tarde siempre al nudo y, sobre todo, a la aceptación del desorden. Es el Robe que renace con esa sinfonía en espiral al desamor que es <em>La ley innata</em>. El disco de mi vida. </p><p>“Cómo quieres que escriba una canción”.</p><p><em>La ley innata, </em>la de la carne y el pensamiento propio,<em> </em><strong>puede que fuera la única ley a la que se podía atener un anarquista</strong> de la propia anarquía cargado de sinrazones. Se la cantó en Madrid entera sin pausa en el primer concierto al que fuimos después de la pandemia. Más de una hora seguida donde una casita de campo <strong>daba vueltas proyectada tras ellos</strong>. Parecía que fuera esa todas nuestras casas desconfinadas, todos esos salones con el eje torcido, un tiempo a olvidar y el tipo ahí, en medio, con unos faldones hasta el suelo y una camiseta rota, en pie, dando un único mandato: atentos a la vida. <strong>Tuvimos que llorar allí mismo la catarsis de reencontrarnos</strong> miles de personas bajo un mismo techo.</p><p>No sé si les pasa, pero sucede que, a veces, cuando nos cansamos de ser mujeres y hombres, serán cosas de la edad, tengo la sensación de que, en realidad, <strong>ya lo sabíamos todo entonces</strong>. Cuando estábamos completamente intactos. Cuando podíamos enumerar con una mano nuestras derrotas. Y que, al cruzar ciertos ecuadores, al cargar con una mochila cada vez más pesada, de vez en cuando hacemos un intento por regresar a la médula de lo que una vez fuimos. <strong>Mucho antes de que viniera la vida a malearnos y hablarnos de la desconfianza</strong>: en lo de dentro, en lo de afuera. Y pienso, por eso, que las letras, que la música, que algunas creaciones, nos conectan con algo primario, burdo a veces, reconocido como golpe juvenil, palabras pobres de la tierra, pero colocadas como una flecha indómita allí donde más nos duele hoy. La línea desde ese pasado hacia nuestro presente se muestra entonces coherente a través de una melodía, de un verso que permanece. No podemos decir eso de cualquiera. Es una autopista de regreso al hueso de nosotros mismos. Y por eso sí sentimos que el miércoles perdimos algo. </p><p>¿Qué somos ahora: <strong>indios o abogados</strong>?</p><p><strong>Quién nos va a cantar lo próximo</strong> que nos suceda. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Dec 2025 20:00:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cuando queríamos ser indios]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Música,Obituario,Conciertos]]></media:keywords>
    </item>
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