Resignación o participación popular: ¿cómo viven los ateos una ciudad tomada por la Semana Santa?

Entrada del último nazareno de la Hermandad de la Paz y Esperanza este miércoles, en Córdoba.

Casi 40.000 cofrades desfilan estos días en una ciudad de 61.000 habitantes. El dato, apabullante, tiene letra pequeña. Muchos lo son de varias cofradías a la vez, más los que son de pueblos de la provincia o emigrantes que regresan puntualmente para procesionar. Aun así, el dato sirve para mostrar de manera gráfica lo que significa físicamente la Semana Santa para algunas localidades españolas, por ejemplo Zamora, que quintuplica su población en los que son sus días más grandes del año.

“En Zamora en Semana Santa solo hay Semana Santa, no se aparca, no hay lugar para otras cosas, es todo por y para la Semana Santa”, dice a infoLibre Elena Alejo, tan atea que siempre tiene en mente apostatar para que no la cuenten en las estadísticas de los católicos. Sin embargo, incluso después de desvincularse completamente de su educación religiosa, ya veinteañera, decidió sumarse como cofrade a la Vera Cruz cuando por fin se cumplió lo que tanto esperó de niña: que pudieran procesionar también las mujeres.

Todos aquellos Jueves Santos de la infancia no entendía por qué su padre y sus tíos y primos sí podían participar y ellas no. “Cuando abrieron a las mujeres, dije: ahora que puedo, yo tengo que salir en la procesión. Hasta hace un par de años, que pensé: pero qué hago yo aquí si no creo en nada de esto”, relata. Su hijo sigue saliendo con el abuelo, por mantener la tradición familiar y por el aspecto cultural. Su historia es la de tantas personas que integran cofradías y hermandades en España en 2026: para ingresar se pide la partida bautismal o el linaje semanasantero familiar, pero no hay hoja de asistencia a misa los domingos ni examen de fe.

Hay ateos y agnósticos y no practicantes entre los cofrades; y hay católicos y practicantes entre los ni cofrades ni semanasanteros. La mezcla de religión, cultura popular, instituciones públicas y espacio público es tal en España estos días que las líneas que se intenten trazar se desdibujan rápido. “No hay ningún estudio que diga la cantidad de gente agnóstica y atea que participa en las fiestas populares. Porque para mí eso es lo que son los tambores de Semana Santa. Si hubiese un estudio nos sorprenderíamos, y eso que ahora con los nuevos partidos fascistas hay mucha falsa identidad. En mi cuadrilla de amigos hay más agnósticos y ateos que creyentes. Aun así he sido una persona señalada, pero no por los tambores, sino por las ideas. Tengo un tambor pintado con la bandera de la república. Su misión es, fundamentalmente, provocar”, cuenta a infoLibre el profesor de historia y escritor Víctor Manuel Guiu Aguilar, de Híjar (Teruel).

“En mi pueblo la Semana Santa es la fiesta ‘gorda’, es el momento donde familias y cuadrillas socializan, es el momento cumbre del año, el que todos esperan. ¿Por qué no lo voy a disfrutar porque sea ateo? Vaya estupidez. En otros lugares es el carnaval, o cualquier otra movida, aquí son los tambores. Es un momento que unifica, que nos hace iguales”, sostiene. Y recuerda algo que se olvida a menudo: “La Semana Santa cambió mucho con el franquismo. Se empezaron a pintar tambores y bombos con la bandera de España, por ejemplo. Se intentó oficializar todo y restar importancia a la participación popular, a la fiesta auténtica, a la autogestión. La fiesta de verdad, en la cual los ciudadanos son los partícipes y hacedores, es más anárquica, más natural”.

Ocupación del espacio público y participación de autoridades civiles

Una ciudad donde la “toma” semanasantera del espacio público es especialmente visible es Sevilla, donde ya no se trata solo del paso de las procesiones durante horas, sino del establecimiento de vallado, sillas, gradas y palcos que “privatiza” de facto el espacio público y restringe la fiesta a quien hereda y/o paga ese lugar privilegiado. “Las gradas son una de las formas principales de financiación para las hermandades, y en Sevilla son un movimiento popular al que ningún partido político con aspiración a gobernar puede hincarle el diente”, cuenta Manuel Weiss, un ateo atrapado estos días en el centro de la capital simbólica de la Semana Santa española.

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“Las calles alrededor de mi casa están tomadas, discurren muchísimas procesiones cerca y no es posible moverse sin mirar primero si pasa o no una cofradía. También tomar una cerveza en las terrazas es difícil porque tienen que quitarlas en las calles donde pasan procesiones porque no cabe la gente”, relata. Y añade: “Si quieres dormir temprano y tu vivienda da a una calle con procesiones es muy probable que tengas que usar tapones, porque la música y la algarabía van con la mitad de las hermandades”.

Las líneas borrosas de la Semana Santa entre lo religioso y lo público se cruzan continuamente. “El Óscar Puente capillita existe, aunque a algunos les sorprenda”, tuiteó este Miércoles Santo el ministro de Transportes, el socialista Óscar Puente, con fotografías de su época de alcalde en Valladolid acompañando a la Semana Santa, de gran importancia en la ciudad. Al inicio de la madrugada del Jueves Santo en Salamanca, el alcalde, Carlos García Carbayo (PP), pide silencio a la ciudad antes de que salga el Cristo Yacente, un momento en el que suele acompañarle el presidente de la Junta, ahora en funciones, el salmantino Alfonso Fernández Mañueco.

Otros alcaldes deciden romper con la tradición incluso en lugares donde la tradición sigue justificando muchas cosas. Paco Guarido, el único alcalde de Izquierda Unida en una capital de provincia, Zamora, cambió la relación entre la política municipal y la religión. Este alcalde ya no se postra ante el Cristo de las Injurias en el juramento de la Cofradía del Silencio la noche del Miércoles Santo, ni ahora se suben nunca vírgenes a los plenos, ni ningún concejal asiste a procesiones en representación institucional. Ha seguido, no obstante, dando subvenciones y presume de ser quien más ha respaldado a la Junta Pro Semana Santa, al entender el motor económico que supone la festividad. En el itinerario oficial de las procesiones aparece su foto y un mensaje suyo, en el que resume bien que esta celebración, en 2026, se sostiene ya por mucho más que la religión: “Esas calles que con el paso de las procesiones transforman la ciudad en un museo donde vivir el sentimiento religioso origen de esta celebración, y el sentimiento humano que la mantiene”. 

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