Por nosotros

Pensar es dialogar con nuestro sentido de pertenencia. Y lo primero que se aprende al pensar es que el sentido de pertenencia es una suerte en peligro, un patrimonio humano que las desgracias ponen en riesgo para conducirnos al desarraigo y el aislamiento. Desgracias personales o colectivas, pérdidas, pasillos de hospital con un acontecer triste, miserias, migraciones, exilios… son golpes que nos dirigen al desarraigo y a la conversión de la vida en una intemperie. Alejarse de nosotros es también alejarse de uno mismo, y no es que se abandone el yo, sino que ese yo se transforma por necesidad en un individualismo egoísta, en rencor o en la militancia desesperada de supervivientes. Así que es una suerte el sentido de pertenencia y la capacidad de dialogar con él.

Mi sentido de pertenencia es andaluz, porque mi vocación poética me llegó de la mano de Federico García Lorca y Rafael Alberti. Pero tardé poco en mirar hacia Cataluña para encontrarme con Jaime Gil de Biedma, o hacia Europa, donde me esperaban Eliot, Verlaine y Rilke. Convertir el sentido de pertenencia en aislamiento no tiene que ver con el amor a la tierra, sino con la incapacidad de comprender que los deseos del yo se juegan en la capacidad de construir un Nosotros colectivo y que las soluciones a los problemas no están en nuestro cuarto de baño, sino en las apuestas públicas de largo aliento.

La Andalucía en la que crecí había sido condenada al subdesarrollo y a la pobreza por una política franquista que, en nombre de la patria, condujo la riqueza hacia el norte, al servicio de la industria y las fortunas catalanas y vascas

Aprendí el largo aliento y las apuestas de Estado como andaluz. La Andalucía en la que crecí había sido condenada al subdesarrollo y a la pobreza por una política franquista que, en nombre de la patria, condujo la riqueza hacia el norte, al servicio de la industria y las fortunas catalanas y vascas. Como señaló en su poesía Gil de Biedma, las calles de Barcelona se llenaron de andaluces, murcianos y extremeños en busca de una supervivencia humillada. Contra ese falso patriotismo representado y cantado por Fraga Iribarne, milité como estudiante universitario y aspirante a poeta, para celebrar en 1976, hace 50 años, un homenaje a García Lorca en Fuente Vaqueros. Luchar por Lorca, sacarlo del olvido, era luchar contra Fraga, por Andalucía, algo inseparable de luchar por un Estado español que se fundase en los derechos democráticos y los compromisos sociales. El problema no estaba sólo en el cacique andaluz, sino en el Estado que trabajaba para sostener los beneficios de las élites.

Poco después se hizo evidente que luchar por Andalucía, escribir por Andalucía, trabajar por Andalucía y militar por Andalucía era inseparable de las apuestas de Estado. La derecha española intentó llevar a término sus exclusiones, ofreciéndonos un Estatuto de Autonomía distinto a las llamadas comunidades históricas. Para participar en la campaña de la izquierda en favor de un Estatuto de Autonomía pleno, entró en Granada mi maestro Rafael Alberti. Y la ciudad no fue solo la tierra de su viejo amigo García Lorca, sino el lugar en el que los poetas jóvenes habían luchado por consolidar la democracia, defender Andalucía y transformar la educación sentimental heredada del franquismo. Fue una apuesta importante que evidenció su fuerza cuando la poesía joven de Granada, Cádiz, Sevilla o Málaga se convirtió en un referente para toda España.

Conseguir que el Estatuto de Andalucía tuviese los mismos derechos que el catalán o el gallego no fue una victoria andalucista, sino una afirmación española de igualdad y fraternidad con repercusiones para todo el Estado. Luchar por Andalucía, vivir por Andalucía, escribir por Andalucía, es inseparable de pensar, luchar y vivir por España.

Pensar es dialogar con el sentido de pertenencia. Se corre el peligro de confundir los intereses personales con el amor al terruño. Por eso no me identifico con las ofertas localistas. Por eso creo necesarios los compromisos que unen a Andalucía con España y la Humanidad. La difícil situación que vive el mundo necesita una apuesta colectiva, de largo aliento a la hora de pensar en la palabra Nosotros, como andaluces, españoles y europeos.

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