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    <title><![CDATA[infoLibre - Desde la Casa Roja]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Desde la Casa Roja]]></description>
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      <title><![CDATA[Historias de comunistas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/historias-comunistas_129_2211595.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Historias de comunistas"></p><p>Quizá tenga un imán que no sé explicarme. Intento alejarme de ellas, pero me vuelven a los ojos. <strong>Quizá, también, tiene que ver algo una nostalgia equivocada por ese siglo XX ya extinto en que muchos nacimos.</strong> Un intento por entenderlo desde algún lugar de todos sus lugares posibles. Su violencia, su eco persistente, sus dictaduras, el sustrato del que partió hacia la Historia rompiéndola en dos.</p><p>Hace un mes, al bajar de un taxi en Coyoacán, Ciudad de México, nos dimos cuenta de que estábamos frente a la que había sido la casa de Trotski. Por qué no entrar. <strong>En esa casa de la calle Viena, de ventanas tapiadas por seguridad entonces, garitas de vigilancia en sus muros, con los agujeros en la pared por los disparos de un intento anterior, fue asesinado Liev Davidovich, Trotski, por el español Ramón Mercader, en agosto de 1940.</strong> Mercader se metió en su despacho y le clavó un piolet en el cráneo. Así terminaba la vida del dirigente político, escritor y filósofo ruso, figura clave de las revoluciones de 1905 y de octubre de 1917, lejos de la URSS, en México, donde vivía en el exilio gracias a la invitación que propiciaron Frida Kahlo y Diego Rivera, tras ser desterrado a Siberia primero, expatriado después, por oponerse a la dictadura de Stalin.</p><p><strong>Laura Ramos, escritora y periodista argentina, ha escrito un libro que se titula </strong><em><strong>Mi niñera de la KGB</strong></em><strong> (Lumen, 2026) y donde recuerda la vida de África de las Heras, una de las mejores agentes internacionales que tuvo la KGB.</strong> Lo presentamos hace unos días en Madrid. África, María Luisa, Yvonne, Maya, Patricia, la camarada Patria, había nacido en Ceuta en 1909 en una familia de militares y murió en la URSS en 1988, condecorada por los soviéticos y con rango de coronel. Había dedicado su vida a ser espía. Fue en Montevideo, en los años sesenta, cuando la escritora conoció a esta mujer, cuya tapadera era ser modista y niñera en Uruguay. Donde se casó con el escritor Felisberto Hernández, donde envenenó a su segundo marido, otro espía, y desde donde conseguía documentación para los agentes rusos. <strong>Y fue hace menos de diez años cuando Laura descubrió su verdadera identidad y emprendió la búsqueda de sus pasos por todo ese siglo pasado que ella ve, me dice, en blanco y negro.</strong> Dicen que “nuestra María Luisa”, como ella la llama, participó en el asesinato de Trotski. Que formó parte del secretariado del ruso y trazó los planos de la casa para que Mercader culminara los planes de Stalin.</p><p>No sé ya por qué quería leer <em>El hombre que amaba a los perros</em>. A veces, da igual de qué vayan las novelas, su trama, importa cómo nos las cuentan, y <strong>este libro está escrito en estado de gracia absoluto, debe ser un clásico contemporáneo.</strong> Pero da la casualidad de que habla de ellos: de Mercader, de Trotski, de un periodista en La Habana, incluso aparece en sus páginas María Luisa, la niñera de Laura. Cuenta Padura que se le ocurrió esta novela visitando la casa de Coyoacán. <strong>No sé si se cerrará mi círculo </strong>con esta historia que se ha colado en los últimos días de mi primavera. Supongo que no, que seguirá llegando a mis manos sin planearlo, poniendo orden o verdad en unas biografías perdidas.</p><p>Llueve hoy en Beijing. Cae una lluvia floja que se suspende en el aire y cuesta respirar. Cae el agua sobre la estatua de Mao, sobre las avenidas infinitas y una niebla densa difumina el final de los edificios altos de la ciudad. Arrastro un <em>jet lag</em> en sentido inverso a mi experiencia y no sé cómo manejarlo. Solo quiero volver al hotel, encerrarme a <strong>terminar esa novela de Padura </strong>y emprender otra que me ayude a transitar por <strong>esta galaxia nueva para mí, la China del siglo XXI.</strong> Será el mejor de los tiempos, será el peor de los tiempos. No lo sabemos. <strong>Pero alguien nos lo contará.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Jun 2026 18:16:52 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Historias de comunistas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[China,Rusia,Pekín,Exilio,Literatura,Dictadura]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El amor y las estanterías]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/amor-estanterias_129_2208108.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El amor y las estanterías"></p><p>Ni siquiera lo pensaron. Era para siempre. Cuando se fueron a vivir juntos,<strong> los libros de él se mezclaron con los de ella</strong>. Compraron estanterías baratas y levantaron un muro de lomos de colores que cubría una pared entera del salón de la casa. Todo el mundo les decía que <strong>aquel era el mejor de los tiempos, cuando todo era posible y solo había algo que no: que las cosas salieran mal</strong>. Convivieron sobre aquellas maderas blancas, combadas por el peso y por los años, Cormac McCarthy con Alejandra Pizarnik, Ted Chiang con Anna Ajmatova, Delibes con Borges, Pablo Neruda durmió durante más de una década junto al <em>mundodisco</em> de Terry Pratchett. Aquel pequeño libro subrayado del <em>Romancero gitano</em> con su luna y sus cuchillos y su puente de Córdoba entre <em>Los desposeídos</em> de Úrsula K. Le Guin y <em>El arco iris de la gravedad </em>de Pynchon.</p><p>Mudaron dos veces los libros de casa <strong>en pequeños montones atados por pitas</strong>, y un anochecer, algunos años después, ella se vio sacando títulos de las estanterías y dejándolos en el suelo. Ella, paralizada, con un ejemplar en cada mano de <em>El pasado</em> de Alan Pauls, que los dos estaban leyendo cuando se conocieron. Esos ejemplares granates que <strong>ya serán testigos de vidas distintas y que quizá alguien vuelva a juntar en un futuro que confía lejano</strong>. Estos son los tuyos, y le señaló las torres de libros, tráete el coche un día, por si te los quieres llevar. Y se los llevó: perdió a los filósofos griegos, a Borges, casi todo Cortázar, a Martin Amis, toda la fantasía y la Primera y Segunda Guerra Mundial. Olvidó sin descuido devolverle una vieja edición de Austral de <em>Cien años de soledad </em>a la que había tomado cariño. A cambio, él se llevó su libro de fotografías de Robert Capa. <strong>La estantería se llenó de huecos</strong>. Los libros perdieron el equilibrio y se tumbaron unos sobre otros como mecidos por el viento. Ahora estaban ella y sus autoras. La poesía y ella. Ella y todos sus ensayos caducos de política internacional. Nunca más los organizó. </p><p>Una mañana, es otro lector el que mira de espaldas bajo la luz clara del mes de junio, el pelo revuelto, el pan sobre la mesa, repasando una vez más la estantería del comedor. <strong>Un vigía nuevo frente al muro de las historias posibles</strong>. Encuentra libros que ella no recordaba que tuviera. Saca alguno y lee unas páginas: este me lo tienes que dejar, no ahora. Este lo leeré aquí. Ha traído de vuelta a Borges a su casa, pero en verso, ha traído a Salter, a Yates, a McEwan. Todas esas novelas que ella nunca leyó y que no sabe <strong>por qué él adivina que le gustarán si no sabe bien todavía lo que a ella le gusta</strong>. Cambia el paisaje de la librería. Ella derrama sin querer un café sobre los libros nuevos que van variando sobre la mesa del desayuno. Sabe que él se controla un poco y no le dice lo que de verdad piensa de su maltrato a las páginas: libros mojados por la lluvia, con granos de arena de playa, abandonados en el jardín a la intemperie durante días, subrayados a bolígrafo, esquinas dobladas. <strong>Ella se ríe del descuido</strong>. Él los revisa, los toca con extrema suavidad, aprieta sus páginas, les pasa la mano por las cubiertas una y otra vez. Nunca vio a nadie acariciar los libros con tanta delicadeza. No vamos a comprar más, entre los dos tenemos casi todo. Pero seguirán llegando nuevos. </p><p>Es en una caseta de la Feria del Libro de Madrid cuando hablo con una librera y una compañera de la editorial sobre las políticas del amor y las estanterías.<strong> Hay quien nunca junta sus libros</strong>, respetando una frontera invisible que deja a un lado las novedades fugaces y, al otro, viejas ediciones de cubiertas de tela. Hay quien los cruza sin vértigo, con la confianza cegada en que novelas nuevas, poesía, ensayos, libros de segunda mano, primeras ediciones, libros heredados y ellos convivirán para siempre. </p><p><strong>Los libros no son solamente las historias que contienen, son también nuestra historia propia</strong>. Quiénes éramos en el momento en que los leímos, quiénes somos ahora, cuando un día los despertamos de su sueño de balda y volvemos a abrirlos y recordamos, nos recordamos, leyendo, imaginando, confiando en el futuro. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 12 Jun 2026 17:52:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <title><![CDATA[El papa, Bad Bunny, la Feria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/papa-bud-bunny-feria_129_2204616.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El Papa, Bud Bunny, la Feria"></p><p>Calles cortadas, bocas de metro cerradas, dos millones de personas en la plaza de Cibeles. De vuelta de la Feria del Libro a casa, le digo a mi hijo que el caos que se va a montar en Madrid el domingo con la visita del papa… Y me responde que el papá de quién. El papa de la Iglesia, le digo. De cuál. De todas las iglesias católicas. Y dónde vive. En el Vaticano, le respondo, en Roma, en Italia. Se queda pensando un rato y dice: ¿Y hay mamá? <strong>No, solo es un hombre y siempre ha sido un hombre</strong>. Quiero decir, no tiene hijos, no es papá, es papa. Papa: palabra llana. No hace más preguntas. Pero quiero explicárselo y me lío: es el jefe de los que creen en Dios, pero no de todos, rectifico. Sigue callado. Me callo yo también: cómo hemos llegado hasta aquí sin que ninguno le contemos nada de la existencia de ese papa y cómo le razono la relevancia que puede tener la llegada de un hombre que <strong>detiene el ritmo de una ciudad en un país aconfesional</strong>. Hay una laguna cultural enorme, es evidente, pero también hay algo de signo de su tiempo. </p><p>En una fotografía que corre por ahí, veo un quiosco de Madrid donde venden bufandas como las de los hinchas de los equipos de futbol. Bufandas, me río, para soportar los treinta y tantos grados de junio. En una misma percha, cuelga la bufanda de los hinchas del papa León XIV y de los de Bad Bunny, que han coincidido la misma semana en la ciudad. Es muy difícil no haber oído hablar de “La casita” que ha levantado el cantante en el centro de sus conciertos, <strong>un guiño del puertorriqueño a los barrios</strong>, una réplica de las casas humildes de Puerto Rico. Pero los que habitan ese espacio durante los conciertos son elegidos con antelación y lupa para la foto, incluso, entre el propio público, y se resume fácil: mujeres guapas, ricas, famosas. Mujeres que bailan, actrices, modelos, barra libre. Estoy igual de perdida con el concepto que mi hijo con el papa. </p><p>No hay bufandas para los hinchas de la Feria del Libro de Madrid, pero eso no quiere decir que no existamos. Somos legión quienes desde niños hemos ido a asomar nuestra nariz por encima de los libros y hemos continuado con la tradición de visitarla en las primaveras. Es religión, sí. Como todos los años, <strong>desde el último fin de semana de mayo hasta el segundo de junio</strong>, en El Retiro se levantan también <strong>366 pequeñas casitas que son algo más diversas que la de Bad</strong>. Son las casetas que abren diariamente durante estos dieciocho días editoriales, librerías, distribuidoras, instituciones, y por el Paseo de Coches suben y bajan los lectores y lectoras, que se dejan llevar por su curso de río desbordado. Volverán a casa con nuevas lecturas, harán cola, quizá conseguirán una firma, la posibilidad de contarle a ese autor que leyeron durante el invierno cuánto les gustó su libro. A mí esto no deja de sorprenderme: que alguien emprenda el camino de su casa a la feria con el libro ya leído, subrayado, disfrutado, para que se lo firmes ahora. La Feria del Libro de Madrid es nuestra feria, sin apellidos: popular, verbena, alegre y primavera. </p><p>Acabo de terminar un libro precioso, se titula <em><strong>Principio, medio, fin</strong></em>, de Valeria Luiselli. Es el segundo título que propone la editorial Feltrinelli en España. El primero fue la mítica novela de Boris Pasternak, <strong>Doctor Zhivago</strong>. En la novela de <strong>Luiselli</strong>, una madre y una hija emprenden un viaje por Sicilia, donde están parte de sus orígenes. Hablan de los mitos griegos, de Historia, y hablan mucho de libros. La madre habla a la hija de escribir. Mientras, al otro lado del Atlántico, la abuela de esta historia pierde la cabeza poco a poco. Y dice la narradora de <em>Principio, medio, fin</em>: Solo estoy diciendo que <strong>la imaginación mira hacia adelante y la memoria mira hacia atrás</strong>, y que el lugar donde se encuentran es eso: la ficción. Pero no tiene ningún sentido eso, le responde la niña. Si algo mira hacia adelante y algo hacia atrás nunca se encuentran. </p><p>Y así este fin de semana, cruce sin mirada de distintas ficciones en un kilómetro cero, de conversaciones entre madres e hijos, cada uno militante de su fe, la asunción de que <strong>no siempre tenemos las respuestas para explicarnos</strong>, ni a ellos ni a nosotros mismos, este caos infinito de tiempo que pisamos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Jun 2026 17:39:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <title><![CDATA[Niños cronistas de la guerra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ninos-cronistas-guerra_129_2200878.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Niños cronistas de la guerra"></p><p>Los dibujos de los niños y niñas de la Guerra Civil española se vendían a un dólar en los grandes almacenes de Estados Unidos. Era una suerte de catálogo editado en Nueva York, en 1938, titulado <em>They Still Draw Pictures!,</em> que contenía las obras de los niños y un prólogo del británico Aldous Huxley, donde el autor recuerda la <strong>capacidad moral y de resistencia de la infancia para mantener la imaginación en medio del conflicto</strong>. Subrayaba Huxley el doble valor del libro. Histórico, pues registra la barbarie y tiene un alto valor documental, y estético, porque plasma, sin artificio, libre de prejuicio y bajo formas artísticas, el terror a la violencia y el miedo a las bombas, a la muerte, a la separación de sus padres y familias. Las ventas de aquel libro se destinaron a financiar evacuaciones y colonias infantiles.</p><p>Todos esos dibujos los habían realizado los niños y niñas que formaron parte de las <strong>colonias escolares republicanas</strong>, una iniciativa impulsada por la <em>Spanish Child Welfare Assotiation</em> y el <em>American Friends Service Committee</em>, y creadas por el Ministerio de Instrucción Pública. Solo en ocho días, en aquellos meses iniciales de la contienda, habían salido de Madrid 21.000 niños y niñas de entre seis y catorce años, rumbo a Levante y Cataluña. De los bombardeos a los naranjales. Las colonias se sostenían en varias ideas: <strong>crear un clima solidario, una enseñanza organizada y sembrar la paz en el corazón de los críos</strong> para un futuro mejor para las mujeres y hombres del mañana. Que los niños y niñas conocieran sus derechos y respetar la solidaridad de la infancia eran las claves de la instrucción. La República quería una educación en igualdad, sin distinguir dos tipos de infancia, la de los hijos de los pobres y de los ricos. Una misma educación para todos, sin distinciones de clase o de género. </p><p>Hoy, 617 de esos dibujos están en la universidad de California, en San Diego, y 153 en la universidad de Columbia, Nueva York. En España, en 2018, la entonces alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, edita una carpeta titulada ¡<em>Aún dibujan!</em>, con algunos de esos folios y el prólogo de Huxley, un proyecto que se extingue y se deja de difundir con la llegada de la derecha apoyada por la extrema derecha al Ayuntamiento. <strong>Qué importaban los niños y niñas si venían de familias republicanas</strong>. Qué la memoria. Qué la cultura. Pero una de esas carpetas llega hasta Vladimir Merino, nacido en Rusia, hijo de una niña de la guerra, que organiza una exposición itinerante que lleva por toda España. Este viaje de Vladimir cae entonces en la Secretaría de Memoria Democrática del Gobierno y deciden editar un libro coral con todos los dibujos y textos de expertos en memoria e infancia. Se titula <em>Dibujos para una guerra. 1936-1939</em> y, aunque no está a la venta, cualquiera puede <a href="https://mptmd.gob.es/content/dam/mpt/memoria-democratica/publicaciones-memoria/catalogos_y_monografias/dibujos_para_una_guerra_1936_1939_LIBRO_DIGITAL_indice_interactivo.pdf"  >descargarlo completo en este enlace</a>. </p><p>Es impresionante ver todos esos dibujos en detalle: <strong>la aviación negra, las esvásticas, la caída de las bombas como lágrimas mortíferas</strong>, los hombres por el suelo, las evacuaciones, los barcos, los trenes, las maletas. Conjugan el trazo infantil de los lápices de madera con episodios explícitos que nunca se debieron vivir. </p><p>A la editora de este libro le han preguntado varias veces dónde están los dibujos de los niños del otro bando. No se sabe. Claro que <strong>el terror sería el mismo</strong>. La infancia, herida de por vida, una lesión interior repetida a lo largo de las décadas en otras latitudes de la misma forma traumática. Quienes cayeron en territorio nacional vieron cómo se suspendía la educación escolar mientras la república se esforzaba también en aquellos años en mantener la instrucción y la protección de la infancia. Y, si nos acordamos de aquella vieja historia de nuestra guerra, sabemos que <strong>esos territorios sufrieron menos bombardeos que la zona republicana</strong>. Pero siempre es difícil este país. Cualquier avance con respecto a la memoria se cuestiona con relación a otra parte, se impide nombrar, recuperar, poner el dolor de quienes perdieron en su lugar. Y no ha sido la misma, es evidente, la memoria de un lado que de otro. </p><p>Se perdieron muchos avances, <strong>España se detuvo durante años en el lado oscuro de la Historia</strong>. También en educación y en protección a la infancia. Todavía hoy no hemos recuperado la modernidad y el respeto que en aquellos años previos a la guerra se tuvo por la educación. </p><p>Escribo esta columna desde Tavernes de Valldigna, el pueblo en el que nació Rafael Chirbes y donde hemos venido para hablar de ese libro, <em>Dibujos para una guerra</em>, una obra que debería estar en todas las escuelas. La casa natal de Chirbes, uno de nuestros mejores narradores, es un solar vacío, cuatro paredes abiertas, detenidas a la espera de presupuesto para <strong>levantar lo que también sería un lugar de cultura y memoria</strong>. Los profesores de la educación pública de la Comunitat Valenciana siguen en huelga después de tres semanas, pidiendo mejoras, peleando por darles a los estudiantes una educación a la altura de un mundo complejo que necesita mujeres y hombres preparados para entender su progreso. Somos este país que hoy, noventa años después de aquello, desestima el saber universal para afrontar el futuro.  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 May 2026 17:25:46 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Memoria histórica,Guerra Civil española,Cultura]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Vales tu peso en oro, pero no peses tanto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/vales-peso-oro-no-peses_129_2197305.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vales tu peso en oro, pero no peses tanto"></p><p>Un recuerdo repetido. Afueras de la ciudad. Una empresa celebra una barbacoa en el jardín de una casa. Ha llegado ese calor de junio que aprieta de golpe el grito de las chicharras a mediodía. De las veinte personas que han ido a comer, la mitad son hombres y la mitad son mujeres. Se terminan los postres y pasadas las copas de después, <strong>los hombres se tiran a la piscina, han traído bañador. Las mujeres, no.</strong> Ellas se acercan a su borde, meten las piernas hasta las rodillas, arremangan sus camisas, mojan sus nucas abrasadas, se pasan la crema solar. ¿No os bañáis?, les dice uno de ellos. Por supuesto que no. Todas estas mujeres no quieren ser vistas en traje de baño. Porque están blancas, porque tienen pelo, porque la regla. La mayoría piensan que su cuerpo no se ajusta a la foto: creen que están gordas. Que se ha echado encima el verano y no han conseguido adelgazar uno, dos, cinco, diez, veinte kilos. Las fotos de la fiesta correrán por el grupo de WhatsApp y mostrarán a los hombres mojados, agarrados por los hombros, sus cuerpos fríos, sonriendo, y a <strong>ellas</strong> <strong>adornando el borde del agua</strong>. </p><p>Pasando calor. </p><p>Toda la vida a dieta. Quien no ha pronunciado esta frase desconoce el esfuerzo crónico e imposible por ajustar un metabolismo a los cánones de belleza cambiantes que caen sobre la mujer. Y, sin embargo, <strong>la respuesta es casi unánime: así no cabes. En el canon, en la ropa, en un ideal, en la foto</strong>. No siempre es glotonería, no es siempre dejadez, no es siempre voluntario, no es algo merecido, no siempre tiene consecuencias sobre la salud. Y otra cosa: si tu tendencia es que te engorde hasta el aire que respiras, adelgazar cuesta –además de una voluntad de hierro para conseguirlo que no siempre se tiene afinada porque la vida– dinero.</p><p>Lo rozamos con la punta de los dedos. Lo llamaron <em>body positive</em>, pero tenía algo que chirriaba. Pretendía visibilizar todo tipo de cuerpos, pero siempre poniendo la belleza, lo que se aproximaba al canon normativo a pesar del peso, en el centro. <strong>Si eras gorda y fea, no eras </strong><em><strong>curvy</strong></em>. Puedes tener unos muslos grandes, pero que en la cara no se te noten. Las <em>curvys</em>, si es que lo eran, fueron todas unas mujeres preciosas, de melenas largas y brillantes y rasgos de muñeca. Pero, de un tiempo a hoy, la delgadez ha vuelto con las inyecciones milagro y, con ella, toda una batería de cuidados estéticos enfocados en la mujer, amplificados por las redes sociales y el consumo desatado de productos. <strong>No conozco a ningún hombre que tenga una rutina facial o capilar</strong> consistente en pasos incontables antes de dormir. Los que yo conozco, se duermen, se despiertan y andan. </p><p>Quienes hemos tenido toda la vida que pelear con el peso, desde que <strong>se nos negaron las papillas de cereales siendo bebés</strong>, sabemos la deformación en la autoestima que produce cualquier comentario acerca de nuestro físico no ajustado a ese canon. Palabras que nunca se olvidan: aquella amiga de mi abuela que me dijo que con lo guapa que era, debería estar más flaca, yo solo tenía siete años; aquella profesora de quinto en el colegio que quiso explicarme que nunca tendría la talla ideal poniéndome al lado de una compañera en educación física, y dio igual que yo fuera mejor que ella en cualquier deporte, eso no era importante; ese familiar que te quiere, pero que no pierde ocasión de decirte en un restaurante delante de todos que no comas más pan y, si lo haces, hola, culpa. <strong>Si te vas a embarazar, adelgaza; si te vas a casar, adelgaza; que viene el verano, adelgaza</strong>; que te van a hacer fotos, mete tripa, ponte de lado, vístete de negro, lo que sea para arañar un milímetro a la vista del otro. Cuánta resistencia y seguridad hay que tener para seguir sintiéndote alguien deseable, alguien que camina feliz por su vida, con toda esa desaprobación constante encima. Ya se lo digo yo: mucha. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 19:37:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Belleza,Mujeres]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una semilla para nuestro feminismo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/semilla-feminismo_129_2193696.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una semilla para nuestro feminismo"></p><p>Nos faltaba la mitad de la Historia. Y nos falta todavía buena parte. Los avances no se levantan casi nunca de cero. Alguien empujó antes. Pero quiénes. No es una forma de hablar para <strong>explicar que la historia que vivieron y movieron las mujeres no había sido contada</strong>. O, más justo, que ha sido ignorada deliberadamente, mantenida de forma consciente en la oscuridad, en el territorio de las puertas para dentro del hogar, donde no siempre estuvieron. Ellas en la sombra, aquellas que impulsaron avances, que se rebelaron, que se arriesgaron cuando la sociedad no estaba a favor de permitir su libertad, pero también las que resistieron en el lugar que se les asignaba y las que se derrumbaron bajo un tejido social y familiar patriarcal que durante siglos nos aplastó. </p><p>Mucho silencio.</p><p>Frente a esa desmemoria, desde hace un tiempo, surgen narrativas que encienden luces en espacios que nunca antes fueron iluminados. Y una se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí ignorándolo, desoyendo sus nombres o nombrándolas con muy escaso conocimiento, siguiendo adelante con una historia desequilibrada que pretendió y había conseguido ser única. Hasta ahora. El feminismo es también un ajuste de cuentas con los relatos anteriores que tensa la posición de lo fijado. Que desestabiliza lo consensuado. Que propone nuevas palabras para lo político. Que remueve el gran caldero de lo que ya fue escrito. <strong>Por eso, el feminismo es revolución</strong>. </p><p>Este año se cumplen cien de la fundación del Lyceum Club Femenino, una institución fundada durante la dictadura de Primo de Rivera y desconocida hasta hace muy poco para casi todos. Lo cuenta Eva Cosculluela en <em>El club de las modernas </em>(Seix Barral, 2026), un ensayo narrativo de honda investigación que explica cómo un grupo de mujeres se unió y reunió hasta que la Guerra Civil también <strong>terminó con el sueño de la igualdad</strong>. María de Maeztu, Zenobia Camprubí, Clara Campoamor, Victoria Kent, Isabel Oyarzabal, María Lejárraga, María Rodrigo y muchas mujeres más de distintas disciplinas e ideologías, ateas y devotas, republicanas y monárquicas, intelectuales que se pusieron de acuerdo y salvaron las diferencias para dar un fuerte impulso al poder transformador de la cultura y de la educación para nosotras. </p><p>El Lyceum nació contra viento y marea. Una institución antifamiliar y anticristiana, dijeron de ellas. Ataques en la prensa y campañas: “¡Desgraciados niños que tienen una madre liceómana!” Proyectaron ideas, algunas se consiguieron y otras no: la Casa de los Niños, una guardería laica que atendía a los hijos de las trabajadoras; el Comité del Libro para El Ciego, una biblioteca circulante de libros para que las personas con discapacidad visual pudieran leer o la relevante petición presentada al Gobierno para promover una reforma legal que terminara con la denigración de las mujeres, con normas que reconocían al hombre como autoridad única dentro del matrimonio. Pero, sobre todo, y esto sí molestaba, dio espacio al diálogo que nos entendía como mujeres libres y seres humanos con pensamiento propio. </p><p>La última aparición del Lyceum en la prensa, recuerda Cosculluela, es una pequeña nota del 5 de agosto de 1936 donde agradecen la solidaridad de las socias y simpatizantes por los donativos recibidos para enviar al frente. </p><p>El año que viene se celebra otro centenario, el de la mítica Generación del 27, y esperemos que, por primera vez, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/maruja-mallo-fantasia-ingobernable-vanguardia-espanola_1_1213125.html"  >se ponga en nómina a las mujeres</a> que también formaron parte, completando la lista que ha trascendido por libros de texto y conmemoraciones anteriores: <strong>Maruja Mallo, Josefina de la Torre, Concha Méndez, María Teresa León, Rosa Chacel, María Zambrano y otras tantas.</strong> No solo como mujeres de, sino como intelectuales con peso artístico, político y público. Víctimas de la Historia que escribieron ellos: la de la guerra, del exilio, de la dictadura y de la Sección Femenina, que pasó a ocupar el espacio del Lyceum en la Casa de las Siete Chimeneas muy poco tiempo después. </p><p>Sirva ese expolio simbólico y físico, como lo llama la autora en su último capítulo, para recordar que <strong>la libertad y los derechos se pierden de un día para otro</strong> y que, como decía <strong>Almudena Grandes</strong>, la línea del progreso no es siempre una línea recta. Que hoy, hay a quien no le interesa leer sobre esto; que hoy, hay quien nos quiere todavía quietas, desunidas e ignorantes de nuestra propia historia. Pocas cosas más inspiradoras que la constancia de que otras estuvieron primero, que empujaron primero, que abrieron camino, que encendieron la luz. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 May 2026 17:25:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una semilla para nuestro feminismo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Mujeres,Feminismo,Igualdad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El dedo que señala a la Luna]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/dedo-senala-luna_1_2190337.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El dedo que señala a la Luna"></p><p>Las <strong>memorias de los pueblos </strong>son un saber histórico, incluso genealógico, de alto valor político, no virtual, no potencial, presente. Las memorias <strong>transforman las narrativas de las naciones</strong> y pueden cambiar el curso de la identidad de sus habitantes. No somos culpables de lo que antes hicieron, pero lo seremos si transitamos por aquí a favor de la ignorancia y sus consecuencias. Esa parte de nuestra identidad que se forja unida al tiempo pasado de un territorio no lo es todo, pero sí conforma la manera en que miramos el mundo. Se llama <strong>cultura</strong> y contiene <strong>tradiciones, costumbres, religiones, ideologías, el calendario, la lengua</strong>. </p><p>Esto lo sabe cualquiera, pero, sobre todo, aquellos que se juegan el poder. Lo sabemos en España muy bien, pues la derecha y sus compañeros ultras, sin saber ya quién es quién, practican la contradicción de pasar página solo en los números pares de nuestra historia para sí <strong>subrayar hazañas y épicas que no sostienen la mirada contemporánea</strong>, deshaciéndose siempre de la represión y la violencia si esto tensa su ciencia ficción de la patria, y da igual si hace 100 años o más de medio milenio. Tan poco no les importará la memoria si es constante su utilización con fines de rédito. </p><p>He coincidido en tiempo en México con la <a href="https://www.infolibre.es/politica/ayuso-trata-sabotear-relaciones-mexico-labor-diplomatica-sanchez-felipe-vi_1_2188902.html"  >visita de Isabel Díaz Ayuso al país</a>. Y <strong>he sentido vergüenza</strong> solo por compartir un origen. Por su desprecio absoluto a los pueblos originarios, por su incapacidad, después de más de 500 años, de pronunciar un discurso en algún punto solidario con los perdedores de aquella historia, que no fue solo Moctezuma II, por ir hasta allá a <strong>rendir homenaje a Hernán Cortés</strong>, el mal llamado conquistador extremeño que rindió a los mexicas y aztecas ordenando matanzas de civiles y dejando tras de sí un reguero de sangre y enfermedades nuevas. No pronunció una palabra Isabel Díaz Ayuso sobre la Batalla de Cholula, la del Templo Mayor o la caída de Tenochtitlán, hoy Ciudad de México. También se le olvidó, en las relaciones históricas entre los dos países, recordar el exilio del siglo XX, cuando decenas de miles de españoles fueron expulsados por sus ideas y México los recibió. Solo a Morelia llegaron 500 niños, hijos e hijas de familias republicanas, solos. Sí habló de malinches en el metro de Madrid o de evangelización. Pero hasta la Archidiócesis Primada de México canceló la celebración de su acto de reivindicación de la conquista en la Catedral del Zócalo. </p><p>Qué puede importar ahora a la presidenta del desfile de la Hispanidad que murieran uno o decenas de millones de personas hace tantos años. Qué importa todo esto. </p><p>La batalla cultural es la forma de ganar el poder político o económico influyendo en la manera en que pensamos la realidad. <strong>Practica la provocación constante</strong>, marca el relato según su deseo, desvía la atención de los problemas concretos de los ciudadanos y moviliza el voto. No exige matices, dilapida el reconocimiento de los agravios, es contraria al encuentro y a la empatía. </p><p>Esta visita se produce en un momento exacto: cuando España, por primera vez, palabras incluidas de Felipe VI, abría la puerta al reconocimiento de las injusticias históricas y ambos países planteaban un relato compartido de su historia común. </p><p>La palabra<strong> México</strong>, con su equis, viene del idioma náhuatl, la lengua de los aztecas, y su significado más aceptado es <strong>“ombligo de la luna”</strong>, y hace referencia a <strong>Tenochtitlan</strong>, por estar ubicada en el centro de una laguna. Pues hacia allá nos ha hecho mirar Díaz Ayuso en estos días, su dedo señalando, su boca hablando, mientras nos distraemos del pan y el techo por aquí.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 17:24:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El dedo que señala a la Luna]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[México,Política,Cultura,Isabel Díaz Ayuso]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mejor persona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/mejor-persona_129_2186783.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mejor persona"></p><p>Camino por el centro de la <strong>Ciudad de México.</strong> Cae el sol del último día de abril sobre la serpiente retorcida del Templo Mayor de Tenochtitlan, sobre la catedral que se hunde, sobre mi propia piel blanca de invierno que no está acostumbrada todavía al rayo de verano. Me acuerdo de otros paseos. Era una cría de veintidós años cuando vine la primera vez. Cuántas veces se puede volver a un país que no es el tuyo.</p><p>Me refugio del calor en una librería de viejo de la calle Donceles, detrás del zócalo volcánico. En esa calle, hay varios comercios donde compran y venden <strong>libros antiguos.</strong> Puedes echar el día entero buscando. La cantidad de ejemplares abruma. En algunos recovecos de la librería, las estanterías tienen cinco metros. Pienso en todos esos títulos, autores, páginas que ha vuelto el tiempo amarillas. Cuánto le costó a cada uno escribirlos, cuánto desvelo, cuánto pensamiento, en qué momento de la Historia clavaron la pluma sobre el papel. </p><p>Me detengo en una mesa. Un cartel lo indica: “Baratos. A veinte pesos”. No llegan a un euro. Saco libros de los montones. Cojo uno y suelto otro. No puedo cargar la maleta con esto. Me llevo <em>Las moradas, </em>de Santa Teresa, por 20 pesos, un libro editado en Madrid en 1910. Una preciosidad impresa con tipos móviles que apenas pesa nada. </p><p>Encuentro después un pequeño libro amarillo en la pila de baratos. Es <em>Crónica del alba</em>, de Ramón J. Sender. Veo que es una primera edición, aquí, en México, en 1942. Editorial Nuevo Mundo. Ese año, Sender trasladó su residencia a Estados Unidos, donde permanecería <strong>exiliado hasta su muerte.</strong> Esta novela se publicó en España más de veinte años después, sorteando la <strong>censura</strong>, Sender había sido combatiente del ejército republicano.</p><p>Los libros. Las polémicas suben y bajan como la espuma de las orillas. Quién recuerda los ríos que se escribieron sobre si leer nos hacía mejores o peores personas hace solo unos meses. Los libros pueden sujetar ideas terribles también. Y pueden ser leídos por quienes propagan el mal. Pero qué sabría yo de México sin los libros que me lo contaron, <strong>qué entendería del exilio sin la poesía de los que se marcharon forzados </strong>y cómo me ayuda a entender a los que se desplazan ahora. Buenas personas las hay que leen y que no, pero si puedes hacerlo, por qué desperdiciar la oportunidad de entender otras vidas distintas, de no sentirte solo, de masticar <strong>la belleza de las palabras.</strong> De sujetar ese objeto que se abre y no solo cuenta la historia que está escrita sino la que lo ha traído hasta tu mano.</p><p>Leer no nos hace mejores, pero frente a esta enorme cantidad de libros de este laberinto de Ciudad de México, asumo mi posición: no somos nada en esta historia infinita. Los que leemos y los que no, los que escribimos y los que no. Leer nos sujeta en este mundo difícil, nos cuestiona, nos lleva al lugar del otro y hasta nos refugia en un día de calor infernal. Leer es un acto de egoísmo que desemboca, misteriosamente, en la empatía. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 May 2026 17:25:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Las revoluciones de Gioconda Belli]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/revoluciones-gioconda-belli_129_2182999.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las revoluciones de Gioconda Belli"></p><p>Cuando yo tenía dieciocho, en una siesta de verano al sur, <strong>soñé con </strong><em><strong>La mujer habitada</strong></em><strong>,</strong> una novela que firmaba una mujer de nombre exótico y rotundo y que <strong>me hablaba de cosas que nadie me había contado </strong>todavía. De la revolución, de nuestro cuerpo, de rebeldía, de la historia antigua de América Latina. Cómo de lejos estaba <strong>Nicaragua </strong>entonces de mi ignorancia. <strong>Aquel libro me había devorado</strong>, o yo a él, como a una naranja del árbol de Lavinia. Y lo soñé.</p><p>Pasaron los años, y quiso la tiranía que <strong>Gioconda viviera en mi ciudad</strong>. Hoy habita el centro de Madrid con alegría, con palabra, con compromiso. <strong>Está en el exilio </strong>desde que, en 2022, <strong>no pudo regresar a Managua</strong>, su ciudad, a Nicaragua, su país, <strong>despojada de su nacionalidad</strong>, de su gente y de las cosas de su vida. Tiene <strong>pasaporte español</strong>, como otros compatriotas suyos, otorgado por carta de naturaleza, y vive aquí, alejada de aquel corazón salvaje centroamericano, de los pájaros que cruzan su recorte de cielo, de esa extensión de selva, de valle y de montaña tensada por un nuevo dictador. "Uno no elige el país donde nace, pero ama el país donde ha nacido". No es su primer exilio. A mediados de los setenta fue perseguida y <strong>tuvo que salir del país a México y Costa Rica </strong>por su militancia en el <strong>Frente Sandinista de Liberación Nacional.</strong> Vivió la clandestinidad, la guerrilla, vio caer a los amigos. Ayer mismo recordaba al compañero al que ella le dijo que cómo iba a participar en la lucha armada si tenía hijas. Por ellas, para que tus hijas no tengan que hacerlo, le respondió. Y así se convenció del camino. <strong>La revolución triunfó en 1979 </strong>y la dictadura de Somoza cayó en el pozo de la Historia. </p><p>La deriva autoritaria de <strong>Daniel Ortega y Rosario Murillo</strong>, aquel que fue uno de los nueve comandantes de la revolución, <strong>ha sacado a Gioconda y a otros cientos de miles de nicaragüenses del país,</strong> entre ellos, también al premio Cervantes y excompañero de Ortega en la Junta de Gobierno, <strong>Sergio Ramírez,</strong> que también camina Madrid. Ortega exilia, encarcela, vigila, aísla y usa la represión y la violencia para controlar el país. </p><p>Dice Gioconda que <strong>ya no cree en la lucha armada. </strong>Que aquello ya fue. Quizá <strong>crea hoy en la palabra</strong>. Seguro, <strong>en el amor al otro.</strong> Estoy segura de que, como en el título de sus memorias, <em><strong>El país bajo mi piel</strong></em><strong>,</strong> sigue llevando consigo, bajo ese pelo salvaje que tiene, un equipaje emocional de lo que significó participar en aquello, para la Historia y para su escritura. En su última novela, <em><strong>Un silencio lleno de murmullos</strong></em><strong>,</strong> es <strong>la hija de una guerrillera</strong> quien ajusta ausencias con la madre revolucionaria. Esa culpa que cargan las madres todavía. <strong>La maternidad, como la guerrilla, es otra revolución.</strong> Íntima y política. Vital y social. </p><p>De la literatura de esta autora, de la que tanto aprendí entonces sobre la sensualidad y la confianza en la energía que guarda nuestro centro de carne y hueso, me quedo con la posición desde la que lanza su palabra a la página: <strong>del cuerpo de una también nace la libertad.</strong> Los cuerpos son <strong>asuntos políticos.</strong> Los nuestros, de las mujeres, más aún. </p><p>Estamos <strong>Gioconda y yo hoy en una isla juntas, </strong>a la que nos han traído a hablar de libros y escrituras. Y, aunque no es esta la primera orilla que habitamos, nos sentamos junto al mar después de comer y <strong>hablamos y hablamos bajo la luz brillante</strong> y saturada de este lugar de fuertes vientos. Y me acuerdo de aquella chiquita de dieciocho que<strong> se atrevió a soñar con escribir porque mujeres como Gioconda lo hacían.</strong> Que ponían su nombre y su cuerpo en la literatura. <strong>Gracias por todas tus revoluciones, </strong>pero también por esa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 24 Apr 2026 17:52:39 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las revoluciones de Gioconda Belli]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Exilio,Guerra,Inmigrantes,Inmigración,Literatura,Migración,Migrantes,Migraciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ciudad y la ciudad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ciudad-ciudad_129_2179455.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ciudad y la ciudad"></p><p>En <em><strong>La ciudad y la ciudad</strong></em>, del escritor británico <strong>China Mieville</strong>, se cuenta la historia de un territorio donde conviven sin verse los habitantes de dos ciudades que están superpuestas. A los ciudadanos les enseñan, desde que son niños, a no ver, a <strong>“desver”</strong> a los otros habitantes, a no ver la otra ciudad. <strong>Romper la brecha significa ver o interactuar con la otra ciudad cuando no debes</strong>. Ver significa mirar fijamente a alguien de la otra ciudad. Significa reconocer edificios prohibidos. Significa reaccionar a algo que deberías ignorar. Y significa la desaparición forzada de aquel que abre los ojos a los otros.</p><p>Me acuerdo de esta novela de ciencia ficción atravesando Madrid, sureste-noroeste, volviendo a casa, sintiendo que he pisado la otra ciudad, que he roto la brecha en una, para mí, rápida y cómoda visita durante una mañana de primavera. Y aunque haya visto antes, porque una viene de ahí y se conoce el paisaje, y los edificios, las calles, los árboles son los mismos, hoy no es más que una privilegiada de la sierra que ha visto y está de vuelta a casa. Y escribo esto porque creo que <strong>es importante reconocer el lugar desde el que una mira y después ve</strong>. </p><p>He ido para encontrarme con los alumnos y alumnas de un instituto público en uno de los tres barrios más pobres de la región, a los que he ido a hablar de mis libros y de escritura. Uno de los distritos con las rentas más bajas, con altos niveles de desempleo y vulnerabilidad social. Donde en la clase, solo hay uno o dos estudiantes blancos, porque españoles son todos. <strong>Chicos y chicas que, para ir a clase, tienen que cruzar una plaza donde duermen heroinómanos sobre cartones</strong>. Y al volver, me sale escribir esto, después de buscar a mi hijo en otro centro público muy distinto, donde la proporción es inversa.</p><p>Me dice la profesora de literatura del instituto que he visitado que esto no es un barrio obrero sin más, que esta exclusión es otra cosa, que ya no es aquel distrito clase media baja de mis abuelos. Que cuando dicen que las dificultades de acceso a la vivienda son la primera preocupación de los jóvenes, que se están radicalizando ideológicamente o que no les llega el sueldo a fin de mes, le cuesta pensar que hablan de sus alumnos y alumnas, cuyas situaciones familiares son mucho más complejas, que algunos, por ejemplo, ya son padres y madres. Y no quiere contarme más. </p><p>Madrid tiene muchas ciudades dentro de sí. Es una de las regiones de Europa con más<strong> segregación económica urbana</strong>. Muchos de los chicos y chicas de ese sur no conocen la Gran Vía, no han pisado el centro y tardarán en hacerlo. Y a los chicos y chicas del norte de la comunidad no se les habrá perdido nunca nada que les lleve al sureste. Podrán pasar toda su vida sin desplazarse la media hora que se tarda en llegar a esos distritos. Además, <strong>Madrid es la región con mayor segregación escolar de España y una de las más altas de Europa</strong>. Y así, como en esa novela, crecemos para no vernos, para no mezclarnos, para perpetuar la desigualdad distribuidos geográficamente. Una desigualdad que pega zarpazos hasta en la esperanza de vida. Formados para ignorar otras realidades que ni suman ni restan en las cuentas oficiales. </p><p>Recuerdo también la novela de Lara Moreno, donde solo hay un territorio vertical en el centro. En <em>La ciudad </em>(Lumen, 2022), tres mujeres conviven en un mismo edificio sin llegar a verse nunca de verdad. Cada una de ellas, sobrevive bajo una violencia distinta. Y no es ciencia ficción. </p><p>Escribir esto me incomoda porque el punto de vista es errado. Porque lo escribo y, tranquilamente, puedo continuar siendo ciega. Me preguntó una de las alumnas de Bachillerato de ese instituto por qué escribir, por qué permitir con las palabras que las heridas sigan abiertas, por qué extender el duelo. Por qué esta columna, me pregunto yo. Pues, a veces, no sé responder a eso. Quizá por si a alguien se le ocurriera mirar. Uno solo. Romper la brecha. Ver.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Apr 2026 17:38:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La ciudad y la ciudad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Desigualdad económica,Desigualdad social,Madrid]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Deberías alegrarte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/deberias-alegrarte_129_2175728.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Deberías alegrarte"></p><p>Interior día. O tarde. O noche. Habitación de hospital. Una mujer está en la cama dentro de un cuerpo que ha realizado la mayor proeza física de su vida. No está sola. Hay más gente. Que entra y que sale. Plantas nuevas envueltas en celofán. Todos contentos. <strong>Hay un recién nacido en una cuna de plástico</strong> transparente. La mujer necesita dormir y tener sobre ese cuerpo molido al bebé que hasta hace apenas unos minutos estaba dentro de ella. Pero el bebé es cogido por todos esos familiares y se hacen fotografías con él. <strong>¡Una con la madre!, se le ocurre a alguno. Pues una con la madre</strong>. Gracias. La escena se repite unas semanas después en la casa del recién nacido. Ya ha subido la leche, pero las maniobras son complejas para alimentar al bebé. Todos vienen a comer y el niño vuelve a pasar de mano en mano. <strong>La madre está cocinando porque alguien tiene que hacerlo</strong>. Ponen la mesa, comen, toman café, hablan de lo humano, opinan de crianzas, alimentación y, en un momento de la tarde, la madre se encierra en el baño y <strong>se pone a llorar</strong>. Su madre, su propia madre, la descubre y se lo suelta: Pero, ¿qué te pasa? Tendrías que estar contenta. </p><p>Esto es solo una anécdota leve, actual e inventada que ha podido suceder en <strong>millones de casas después de millones de nacimientos</strong>. En <em>Deberías alegrarte. Lo que no se cuenta de la depresión posparto </em>(Altamarea, 2026), la periodista y escritora <strong>Diana Oliver</strong> realiza una radiografía histórica, social, literaria y científica y nombra la depresión postparto y el maltrato, la <strong>ignorancia e invalidación de los problemas de salud mental</strong> que se producen durante y después del embarazo. Un malestar que tiene nombre y que, en muchos casos, no se ha diagnosticado, ni reconocido, y que, casi hasta ahora, ha señalado a esa mala madre infeliz como culpable única de su propia oscuridad. Y que, sin embargo, atraviesan, según cifras a la baja, de un 10 a un 20% de las mujeres que dan a luz. Que nos ha llevado a los manicomios, al <strong>cuestionamiento constante, a la soledad física y emocional</strong>, a situaciones límite y también a escribir sobre ello. Lo contó <strong>Mar García Puig</strong> en el durísimo <em>La historia de los vertebrados, </em>donde narra el brote psicótico que vivió tras dar a luz a gemelos<em>; </em>pero muchas más lo nombran: <strong>Katixa Aguirre</strong>, <strong>Nuria Labari</strong>, <strong>Maggie O’Farrel</strong> o <strong>Adrienne Rich</strong> son algunas de las que cita Oliver.</p><p>Explica la autora en este libro que la desorientación que se produce se ve <strong>agravada por el mandato social de vivir la maternidad como un momento plenamente feliz</strong> y por el estigma que es todavía la salud mental. Estas dos condiciones hacen que la culpa, el dolor o el agotamiento se silencien y, al final, en esa fotografía, la madre intente una sonrisa. Pero también dificulta la detección y el tratamiento de los trastornos, infradiagnosticados en el 75% de los casos. Y aunque, desde hace unos años, hemos empezado a contarnos mejor a través de nuestras propias palabras, todavía el cuestionamiento y la mirada exterior de cada una de las maternidades es constante. Y aunque <strong>muchas hemos renunciado a la exigencia</strong> que nos convertiría en madres perfectas y abnegadas para ser la madre que podemos ser y somos, todavía también la medida de nuestra capacidad está enmarcada por una <strong>sociedad machista</strong> que desprecia, ignora y desestima el dolor de las mujeres. </p><p>Cuando di a luz a mi hijo, <strong>se olvidaron de abrirme la vía de los calmantes</strong>. Me tragué la suturación de una cesárea sin analgésicos. Una piel, músculos y un órgano que se contraccionaban al ritmo del llanto del recién nacido. De madrugada, veía las estrellas. A las seis de la mañana, cuando ya no podía más, una enfermera me dijo: <strong>solo me falta ponerte morfina, chica, no seas exagerada</strong>. Pues seré floja, pensé, pero póngamela ya. Entonces, descubrió el gotero cerrado. Lo abrió y allí no había pasado nada. Le cuento esto a una amiga hace unos días, encerradas en la cocina de su casa, de pie las dos, mientras le hace la cena a los niños que arman jaleo en el salón. <strong>Y me dice que le pasó lo mismo</strong>. </p><p>Por qué contar esta intimidad en una columna, lo diré: porque <strong>ya está bien de contárnosla las unas a las otras encerradas en las cocinas</strong>, aunque dónde estaríamos sin esas conversaciones, y que se empiece a dar valor a nuestra salud de forma pública. Cuidar a la madre es cuidarnos a todos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Apr 2026 17:38:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Deberías alegrarte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Mujeres,Igualdad,Machismo,Sanidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Silvio en La Habana con un kalashnikov]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/silvio-habana-kalashnikov_129_2172519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Silvio en La Habana con un kalashnikov"></p><p>Nuestro año occidental se para por primera vez en la Semana Santa. Ahora no parece tiempo de mirar hacia atrás, y nos vamos si podemos, a asomarse al mar o a la montaña, porque son tres días la vida y la frenada. Qué otra cosa podemos hacer. Pero cómo hemos llegado hasta aquí. Arrancó el año y en la madrugada del día tercero, <a href="https://www.infolibre.es/internacional/directo-ultima-hora-ataque-eeuu-venezuela_6_2122357.html"  >Donald Trump atacó Venezuela</a>. Se capturó a Maduro. Murieron decenas de militares y civiles. Cambió el régimen. Hace tanto de eso y no hace nada. Es la invasión del ayer. El día <a href="https://www.infolibre.es/internacional/estados-unidos-e-israel-lanzan-ataque-masivo-iran_1_2153197.html"  >28 de febrero</a> de este mismo año, Estados Unidos e Israel atacaron Irán, se abrió el conflicto en Oriente Medio, miles de muertos y desplazados. Continúa. <strong>No termina la violencia sobre el pueblo palestino</strong>. Centenares de personas han muerto desde el alto el fuego. Más de setenta mil personas desde el inicio del genocidio. Cuántos son niños y niñas. Y aquí estamos, haciendo un recuento alejado y midiendo de qué forma las consecuencias pueden tocarnos en los días de libranza. Es que la gasolina está por las nubes. </p><p>Una nueva verborrea soltó entonces, era mediados de marzo: “Toda mi vida he oído hablar sobre EEUU y Cuba. <strong>¿Cuándo dará el paso Estados Unidos?</strong> Realmente creo que tendré el honor, sí, el honor, de tomar Cuba. Eso sería algo bueno. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”. Puede hacer lo que quiera. La palabrería fanfarrona y simplona no es inocua, si vemos que cada mes de este año se prende fuego a un nuevo conflicto.</p><p>Fue entonces, el día 20 de marzo, cuando la banda sonora de la revolución para los que no hemos participado ni después padecido revolución ninguna, el cantautor Silvio Rodríguez escribió un post en su blog del que contó después que no esperaba las consecuencias que tuvo: “Exijo mi AKM, si se lanzan. Y conste que lo digo muy serio”. Y <strong>el kalashnikov le fue concedido de forma inmediata</strong> en el Día Nacional de la Defensa. Se lo entregó el ministro de las Fuerzas Armadas de Cuba delante del presidente de la nación, Miguel Díaz-Canel. Y Silvio, el autor de <em>El necio</em>, el que canta que lo arrastrarán por sobre rocas cuando la revolución se venga abajo, que ronda los ochenta años, quizá dejó de pensar que “la guitarra del joven soldado” era su mejor fusil para agarrar el arma de asalto soviética y hacerse una <strong>fotografía que dio la vuelta al mundo</strong> en medio de la crisis entre La Habana y Washington. A mí me cuesta pensarlo más allá del símbolo, porque aquella revolución ya no puede ser más esta, se ha venido abajo para la gente. Pero cuál es. Hace unos días, Cuba indultó a dos mil presos. </p><p>Es sábado previo al domingo de resurrección, no se sabe a veces ya de quién, pero aquí estamos, <strong>organizando nuestras vacaciones en torno a las fechas de los cristianos</strong>. Cuesta romper con lo heredado, sean los días que vertebran nuestras fiestas o sea una revolución ya lejana, y hoy fallida. Qué difícil es desnudarse y exponer las contradicciones en un espejo. Ayer <a href="https://www.infolibre.es/politica/resignacion-participacion-popular-viven-ateos-ciudad-tomada-semana-santa_1_2171766.html"  >salió una procesión</a> en San Sebastián, desde donde escribo, después de cincuenta años sin sacar ningún paso por la ciudad. No tiene nada que ver, pero también cuesta el encaje del presente. Si has llegado hasta esta línea, nos hemos detenido, hemos mirado algo hacia atrás, la incertidumbre que nos deja este primer cuarto del año. Y quizá seamos conscientes de que no lo hemos hecho de forma global y total. Porque solo miramos donde nos dejan mirar. Y a veces, aun así, tampoco vemos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 17:50:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Silvio en La Habana con un kalashnikov]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Irán,Cuba,Guerra en Oriente Medio,Palestina,Venezuela]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Mi mundo muy oscuro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/mundo-oscuro_129_2169434.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi mundo muy oscuro"></p><p>A veces, empiezas a escribir un texto sabiendo que <strong>nunca vas tocar su fondo</strong>. Porque si no estamos para pensar con <strong>la complejidad que otras realidades </strong>demandan, menos aún para saber ponerle palabras y sintaxis. Aunque se escriba para entender. Para, al menos, si no encuentras respuesta, rozar el hueso de las cosas que pasan. Opinar: <strong>emitir juicios</strong>. Qué tengo que decir que pueda alumbrar algo, si no me duele el cuerpo y, si quiero levantarme, emito una orden que me lleva hasta donde yo decida, que lo que me pueda atormentar ha sido <strong>siempre pasajero </strong>por ahora y voy a cumplir cuarenta y cinco, que mantengo la esperanza porque tengo recursos para ello: <strong>una red</strong>. A mí, la vida, más o menos, más lenta o inmediata, <strong>me ha respondido siempre</strong>. </p><p><strong>A Noelia Castillo, no.</strong></p><p>Veo una entrevista que asalta mi teléfono <strong>entre las frivolidades</strong> de todos los días. Es un programa de televisión de tarde, con sus luces saturadas como todos y música de fondo. Hablan con Noelia, la mujer de veinticinco años que decidió hace dos pedir <strong>su derecho a la muerte digna</strong> y le fue concedido. Y habla su madre, que quiere que <strong>algo le haga cambiar su decisión</strong> mientras la acompaña en su final. La grabación, en casa de su abuela materna, la hacen cuatro días antes de morir. <strong>La eutanasia</strong>, que podría haberse llevado a cabo en agosto de 2024, desde la intimidad y sin este ruido, se demoró durante dos años, trasladando esta decisión íntima, la más difícil y a la que <strong>no deseamos mirar ninguno nunca</strong>, al gran circo de las opiniones inmediatas, a programas de televisión, a artículos como este. A lo de siempre.</p><p>De todo lo que dicen, de todo lo que se ve en esa entrevista recortada en fragmentos y salpicada de comentarios, una frase de Noelia se queda en mí: <strong>"para qué me quiere viva"</strong>. Escuece algo que no es nuestro al mirarla y escucharla. Hacen hablar a Noelia de su padre, del que dice que <strong>nunca se ha ocupado de ella</strong>, que emprendió entonces, en 2024, una batalla legal acompañado por <strong>Abogados Cristianos</strong>, una fundación de ultraderecha, para frenar la eutanasia bajo la que su hija decidió poner fin a su dolor y que<strong> se concede bajo condiciones muy estrictas</strong>. En España, con la Ley Orgánica de 2021 que la regula, la decisión es del paciente, si cumple con las garantías de la norma. El padre, o la madre, no tiene la última palabra legal, pero puede presentar <strong>recursos o denuncias</strong>, intentar paralizarlo por vía judicial o exponer el caso a los medios<strong> para generar presión</strong>. Y eso ha hecho. </p><p>Herida sobre herida, daño sobre daño, dentro y fuera, y con una infancia dura en su breve memoria, el cuerpo de la mujer acumulaba dolor de forma <strong>grave, crónica e imposibilitante</strong> desde que se arrojara desde un quinto piso tras sufrir una violación múltiple en 2022. Dice Noelia: Desde antes de pedir la eutanasia, <strong>veía mi mundo muy oscuro</strong>, mi final. </p><p>A partir de esto, más allá de la prolongación del sufrimiento de una persona que ha tomado <strong>una determinación consciente</strong>, comienza la fábrica de bulos y gestos, de señalamientos y culpables, de oraciones en redes sociales, del <strong>uso instrumental de una historia íntima</strong> para librar más batallas políticas. </p><p>La vida ni respondió a Noelia, ni somos capaces de encontrar respuestas nosotras. Cuánto error,<strong> cuánto fracaso colectivo</strong> acumulado en un nombre tan joven. Acabo de leer <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/a-la-escucha/noelia_129_2168557.html" target="_blank" >la columna de ayer</a> de la compañera Helena Resano en este mismo periódico, justo al terminar de escribir esto, y parte del mismo lugar. Supongo que<strong> frenar frente al caos</strong> para pensar las cosas también es tener una postura. Reconocer el desconocimiento es un punto de vista, es una opinión, al fin y al cabo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 19:21:45 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Eutanasia,Muerte digna,Sanidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pedir perdón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/pedir-perdon_129_2165464.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedir perdón"></p><p>Era un 15 de septiembre de principios de siglo. Era una ciudad mexicana a la que no llega el turismo. Era el día de <em>El Grito</em>, como allá llaman a la celebración del comienzo de la guerra de independencia de España. ¡Viva México!, gritó tres veces el alcalde de aquella ciudad después de nombrar a los héroes de la independencia. ¡Viva!, respondimos todos. Y tocó una campana. <strong>Tú no tienes nada que celebrar, me dijo alguien que estaba a mi lado</strong>. Lo mismo que tú, le respondí, sin pensarlo mucho, la verdad. Aquella fue la primera vez que me topé sin aviso con mi propia identidad nacional desplazada al otro lado del Atlántico. No se me ha olvidado. Lo he tenido que pensar. Desarticular lo aprendido. Tenía veinticinco años y más soberbia que ahora. </p><p>La relación diplomática entre México y España entró en un nuevo conflicto en 2019, cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador exigió por carta a la Corona que España pidiera perdón por los abusos y masacres cometidos hace quinientos años durante aquella invasión que aquí llamamos conquista y que se resuelve en los libros de texto de Historia española como una hazaña épica y evangelizadora que terminó con la adquisición de vocabulario náhuatl para el castellano y la llegada a España de la patata y el tomate. Poco más. </p><p>En España, qué país, <strong>nos mofamos de la petición rápidamente</strong> y el Gobierno, entonces, reaccionó rechazando con firmeza la carta y habló de retos de futuro y cooperación. “Envié una carta al rey de España y al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como Derechos Humanos; hubo matanzas, imposiciones… la llamada conquista se hizo con la espada y con la cruz”, escribió AMLO en su cuenta en una red social. Tan frío se puso el asunto que el Gobierno de Pedro Sánchez no envió representación para la investidura de Claudia Sheinbaum. Parece que España, como yo aquel 15 de septiembre, también era más soberbia que ahora. </p><p>Porque hace unos días, el rey Felipe VI, la Corona, dio el primer aliento para descongelar la relación diplomática durante una visita a la exposición “<em>La mitad del mundo. La mujer en el México indígena</em>”, en el Museo Arqueológico Nacional, dejando un paso atrás el hasta ahora silencio institucional. En una suerte de equilibrios del lenguaje, pero no dejando entrever poco, Felipe VI dijo: “Hay cosas que, cuando las estudiamos, las conocemos, dices: bueno, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues obviamente <strong>no pueden hacernos sentir orgullosos</strong>, pero hay que conocerlo y en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso”. Bueno. También reconoció, en alguna suerte de sintaxis dubitativa, que hubo abusos. Felipe VI no pide perdón a México como se exigió en aquella carta, pero sí se abre una grieta histórica que ahora debería llevar nuestra mirada hacia el pasado a otro lugar. </p><p>Por supuesto, a estas palabras han reaccionado las derechas ultras españolas. Desde <strong>Ayuso, que se desmarca del rey diciendo que aquello fue la manera de llevar una forma civilizada de ver la vida,</strong> a Vox, con quienes coincide en el rechazo casi palabra por palabra. </p><p>El reconocimiento de un daño es lo primero para que dos personas se vuelvan a acercar y esa misma fórmula funciona con la memoria colectiva, no importa lo alejados que los hechos estén de nuestro tiempo. La herencia histórica que dejamos en México sigue vigente: <strong>son los mismos pueblos los que siguen arrinconados, sufriendo racismo</strong> y clasismo a los pies de volcanes, de valles insondables, de comunidades aisladas o desplazadas de las ciudades. Y no hay que viajar tan lejos para saber esto. </p><p>La Hispanidad. Ese día de la desmemoria que es fiesta nacional todos los doce de octubre y saca a pasear a militares y tanques por las avenidas. La Hispanidad. La épica de un genocidio antiguo. La Hispanidad. Libros de texto con el nombre de los conquistadores y sus hazañas. La Hispanidad. El mejor de todos los mitos patrios. El más oscuro. </p><p>Todo esto, más que pedir perdón, porque qué es pedir perdón, o la simbología cultural de acciones y reconocimientos, invitar o no a un mundial de fútbol, es lo que España debería revisar y desde el principio, desde cómo se cuenta ese proceso histórico en las escuelas. Porque sí hay una historia compartida y un lazo que nos acerca, pero todavía nos ata con fuerza y silencio a otra más de nuestras severas contradicciones.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2026 18:22:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pedir perdón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[España,Felipe VI,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Violencia radical]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/violencia-radical_129_2161577.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Un hombre está en su casa, quizá está solo o ha cenado en familia y le ha contado un cuento a su hija o ha llegado de trabajar y, tirado en el sofá, aburrido, coge su teléfono y decide escribir palabra por palabra frases como: <strong>vamos a por ti, te voy a violar</strong>, te vamos a deportar, serás ejecutada públicamente, puta, guarra, zorra, roja de mierda, escoria, vas a aparecer en una cuneta. Ninguna de estas frases es inventada, están registradas ahí, en la <strong>jungla sin ley de las redes sociales.</strong> Están dirigidas a periodistas. Cristina Fallarás, Ana Pardo de Vera, Sarah Santaolalla, Laura Arroyo, Ana Bernal-Triviño, Andrea Ropero y tantas otras. Y una se pregunta quiénes son los que escriben estos mensajes y dónde están. ¿<strong>Están junto a mí,</strong> sentados en esta terraza tomando un café mientras escriben eso?, ¿es mi vecino?, ¿son hombres solitarios e independientes o están organizados? ¿Qué les pasa, cuánta rabia contienen y cómo de real puede llegar a ser la amenaza? Cómo se vive con esa furia contra ti en la palma de tu mano.  </p><p>Y más allá: en estas dos últimas semanas hemos sabido que Irene Montero <a href="https://www.infolibre.es/politica/irene-montero-denuncia-amenazas-muerte-grupo-neonazi-pide-proteccion-interior_1_2158036.html" target="_blank">ha denunciado</a> ante la Policía Nacional que ha recibido <strong>amenazas de muerte</strong> por parte de una organización de extrema derecha considerada terrorista por el FBI, que Rita Maestre <a href="https://www.infolibre.es/politica/rita-maestre-denuncia-sufrir-acoso-casa-difusion-direccion-anuncios-servicios-sexuales_1_2156418.html" target="_blank">está siendo acosada </a>en su casa desde marzo del año pasado y que <a href="https://www.infolibre.es/politica/policia-detiene-hombres-amenazar-acosar-instagram-ione-belarra_1_2160067.html" target="_blank">dos hombres han sido detenidos</a> por amenazar de muerte a Ione Belarra a través de redes sociales. </p><p>Sin restar gravedad a la violencia verbal, <strong>no se sabe cuándo estas palabras pueden pasar a los hechos.</strong> Ni quién será la próxima. La pregunta que estos matones misóginos quieren provocar es: ¿vale la pena? Yo pensaría que claro que no y, sin embargo, ellas siguen ahí. Y sí da miedo. ¿Hay que abandonar ciertos espacios? </p><p>Hace unos días, vi una serie nórdica, se titula <em>Un hombre mejor</em>. Cuenta la historia de Tom, un trol machista y solitario que detrás de un seudónimo pasa la vida <strong>acosando a mujeres a través de redes sociales.</strong> La serie arranca con una voz que dice: “La agenda del feminismo radical aquí está ligada a tal nivel de prestigio que el precio se oculta a toda costa. El hombre escandinavo está deprimido, les quitan a sus hijos, satura las cárceles y las estadísticas de suicidio. Noruega ama la fragilidad y odia a los hombres auténticos. ¿Y quién ha provocado ese desastre?<strong> El feminismo estatal. </strong>El poder vaginal de Noruega avergüenza a los triunfadores y hace creer a los ciudadanos más incompetentes que son perfectos solo por intentarlo”. Me resuena. Una noche, escribe unas amenazas de violación contra una cómica feminista. Unos hackers revelan su identidad y empieza la trama de esta <strong>miniserie que les recomiendo ver. </strong></p><p>Más de la mitad de los hombres españoles de 15 a 29 años ven el <strong>feminismo como una herramienta de manipulación política</strong> y en el caso de las mujeres roza el 39%, según el barómetro de Fad Juventud. España lidera en Europa la percepción de que la igualdad discrimina a los hombres: lo cree el 49% de la población. “Me echaría antes una pareja de 200 kilos que no sea feminista que al mayor modelo de Victoria’s Secret que sí lo sea”, dice un usuario de Tik Tok. Cuánta <strong>misoginia</strong> puede contener una sola frase. </p><p>Lo que no puede ser es que el mismo dedo que señala al feminismo como un movimiento agresivo se <strong>olvide casi siempre de apuntar hacia el daño que ha hecho y hace la violencia de género:</strong> 1.354 mujeres muertas desde que empezaron a registrarse las cifras en el año 2003. Once mujeres asesinadas en lo que va de año, el doble que en 2025. Eso sí me parece agresivo, eso sí me parece radical. Se pide al feminismo que rebaje sus formas mientras no se hace nada para que la violencia que se extinga. Es la misma reacción por la que se castiga a la persona que denuncia. </p><p>Del troleo en redes a la <strong>agresión física. </strong>De la falta de educación y debate a que llamen a la puerta de tu casa en plena noche mientras tus hijos duermen. De los insultos machistas y la revelación de datos personales a la persecución callejera. ¿Funcionará esa herramienta llamada <strong>Hodio</strong> que<a href="https://www.infolibre.es/politica/sanchez-anuncia-hodio-herramienta-rastrear-huella-discursos-odio-redes_1_2159736.html" target="_blank"> se ha presentado esta semana</a> para monitorear la toxicidad y violencia en las redes sociales? Lo que no acabo de entender es qué hacen los gobiernos alimentando las mismas redes que van a vigilar, los espacios donde se produce esa violencia. Quizá<strong> no debería ser un canal de comunicación institucional</strong> y quizá tampoco debieron entender el “zasca”, una onomatopeya para el golpe brusco, como lenguaje político. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Mar 2026 19:28:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
      <media:title><![CDATA[Violencia radical]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Igualdad,Feminismo,Mujeres,Periodistas,España,Machismo,Violencia machista,Violencia género,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/masha-ivasintshova-mujer-nieve_129_2157337.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve"></p><p>Este domingo es 8 de marzo y les quiero contar una sola historia que es, en realidad, <strong>una historia nueva y repetida</strong>. Hace unos años, una madrugada, buscando información sobre las madres de los reclutas rusos que estaban mandando a la guerra en Ucrania, extraños caminos de los trabajos, me encontré una fotografía en internet. <strong>Era el autorretrato de una mujer joven</strong>. Una mujer en un tren o en un tranvía que está de pie y dispara su cámara contra su reflejo en un espejo o un cristal. Lleva un gorro del que asoma un flequillo espeso, una parca hasta media pierna, tiene los ojos claros y algo hundidos. Detrás de ella, niños y niñas miran el paisaje por las ventanas. Debe hacer frío afuera, ese frío de allí, porque todos van muy abrigados. <strong>La foto está tomada en 1978 en Leningrado</strong>. Yo jamás había visto a esa mujer. No había mirado nunca esa mirada. Y la busqué. Y supe quién había sido. Me obsesioné con su historia y con sus fotos. </p><p>Esa mujer era <strong>Masha Ivashintsova</strong>. Lo poco que conseguí saber aquel amanecer y los días que lo siguieron es casi lo mismo que sé hoy. Que había nacido en Ekaterimburgo en 1942, en una familia de la aristocracia, desposeída tras la revolución bolchevique y que <strong>había fallecido con solo cincuenta y ocho años</strong>. En 2017, años después de su muerte, su hija, Asya Ivasintshova-Melkumyan, haciendo una reforma de la casa, encontró en el desván unas cajas que nunca había abierto. Allí había 30.000 negativos de fotografías tomadas por su madre que ella jamás le había mostrado a nadie, casi todo sin revelar, empaquetados en sobres fechados y comentados. Retratos de niños en tiempos soviéticos, mujeres con pañuelos atados a la cabeza, animales, paisajes congelados, Armenia, Moscú, claroscuros dramáticos, otros autorretratos suyos, <strong>los negativos de un país que ya no existía</strong>. Son las imágenes tomadas por alguien que había necesitado hacer fotos como quien da fe de que estuvo viva: desde los dieciocho hasta un año antes de morir. </p><p>¿Por qué Masha Ivasintshova nunca enseñó las fotografías que tomaba? ¿Por qué no ha sido reconocida, por lo menos, como testigo, pero, sobre todo, como <strong>artista en una época convulsa</strong> e históricamente tan interesante? A pesar de la poca información que hay sobre ella, encontré dos respuestas: tres nombres de hombre y política. </p><p>Cuenta Asya en una entrevista que la vida de su madre estuvo atravesada por la relación con tres hombres, tres figuras importantes del mundo cultural underground de la URSS: el poeta <strong>Viktor Krivulin</strong>, el fotógrafo <strong>Boris Smelov</strong> y el lingüista <strong>Melvar Melkumyan</strong>, el padre de Asya. Con los tres tuvo idas y vueltas. Los tres le partieron el corazón. Y los tres <strong>cercenaron la posibilidad de que conozcamos hoy a esta mujer</strong>. “Su amor por estos tres hombres, que no podían ser más diferentes, definió su vida, la consumió por completo, pero también la destrozó. Creía sinceramente que palidecía a su lado y, en consecuencia, nunca mostró sus fotografías, sus diarios ni su poesía a nadie durante su vida”, explica Asya.</p><p>Masha había estudiado para ser bailarina, pero tras la muerte de su abuela, quien se empeñaba en la danza, la familia pensó que mejor estudiara una carrera técnica. <strong>Abandonó la casa familiar y se marchó a Leningrado</strong>, donde participó en la vida cultural a través de la fotografía y la poesía en círculos clandestinos. Trabajó de todo: técnica de ascensores, guardia de seguridad, crítica teatral. No sé cuál de las tres historias de desamor <strong>disparó la depresión de Masha</strong>, pero tuvo que dejar de trabajar. Y ser desempleado en la URSS podía <strong>llevarte a prisión o a un centro psiquiátrico</strong>. Masha acabó en un sanatorio, por llamarlo de alguna manera, contra su voluntad, donde los soviéticos regulaban el carácter o lo que fuera que para ellos estaba mal hasta conseguir devolver a esa persona a la causa: había que ser apta y dócil para servir al Estado. </p><p>Desde que Asya abrió aquella caja, va revelando poco a poco las fotografías con la ayuda de unos amigos, y las comparte a través de una página de Facebook, mientras <strong>aprende a mirar el mundo de ayer con los ojos de la mujer que fue su madre</strong>, asumiendo la fragilidad emocional de Masha y el daño que atravesó su vida.</p><p>Ahora hay quien llama a Masha Ivasintshova la <strong>Vivian Mayer rusa</strong> y hay quien llama a <strong>Milagros Caturla la Vivian Mayer barcelonesa</strong>, como si todas fueran lo mismo sin más, una etiqueta para entender de qué hablamos, salpicando con sus nombres artículos como este: pero <strong>son mujeres de altísimo talento, de sentires y tradiciones distintas</strong>, de geografías alejadas, a las que la sociedad y el tiempo en el que vivían les hizo esconder su trabajo. Y hay que darles su lugar ahora.</p><p>El síndrome de la impostora, esa forma de <strong>dudar de nuestros logros</strong>, es una forma de reincidir en culparnos, especialmente a nosotras, las mujeres, por <strong>no estar a la altura</strong> de lo que una posición obtenida demanda. Pero ese síndrome no viene de adentro, no nace de forma natural. Estoy segura de que todas ellas fueron conscientes de su talento y, por eso, persistieron en la creación. El síndrome de la impostora es exterior a las mujeres: se llama machismo también y es su forma de decirnos que <strong>no pertenecemos a ciertos círculos</strong>, que no ocupemos ciertos espacios porque no son nuestros. </p><p>Hoy, víspera del 8 de marzo de 2026, quiero acordarme de ellas, no porque fueran mujeres, <strong>sino porque fueron artistas</strong> que, con su mirada, nos ayudan hoy a atravesar el presente: Son <strong>Masha Ivashintsova</strong>, <strong>Milagros Caturla</strong>, <strong>Vivian Mayer</strong>, o <strong>Kathy Horna</strong>, <strong>Emily Dickinson</strong>, <strong>María Blanchard</strong> o <strong>Luisa Carnés</strong>; aquellas que publicaron con nombre de hombre: <strong>las Brönte</strong>, <strong>Cecilia Böhl de Faber</strong>, <strong>María Lejárraga</strong>, <strong>Louisa May Alcott</strong>, <strong>Karen Blixen</strong> o <strong>Carmen de Burgos</strong>; o aquellas a las que la sombra de algún marido no les permitió brillar cuando estaban vivas: <strong>Camille Claudel</strong>, <strong>María Teresa León</strong>, <strong>Elena Garro</strong>, <strong>Zelda Fitzgerald</strong>, <strong>Gerda Taro</strong> o <strong>Anna Dostoevskaya</strong>. </p><p>Podría seguir escribiendo nombres hasta mañana, son tantísimas más, pero tengan buen día y <strong>tiempo para revisar la obra de todas ellas</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Mar 2026 20:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Mujeres,8M | DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES,Artistas,Arte]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los agujeros de nuestra historia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/agujeros-historia_129_2152776.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los agujeros de nuestra historia"></p><p>Toda <strong>escritura te lleva a otro lugar </strong>y, si sabes que no va a ser así, es mejor no emprenderla. Ese territorio nuevo puede desvelar asuntos que no gustan o que no quieres ver. De la escritura de ,mi último libro aprendí muchas cosas, <strong>me tuve que hacer muchas preguntas </strong>cuya respuesta solo llegué a rozar. <strong>Asumir la frustración </strong>de que solo las llegué a rozar, y que no fue por falta de búsqueda, <strong>fue otro aprendizaje.</strong> Que nuestra historia no está relatada por completo. Que la historia contemporánea de España se sostiene sobre un <strong>relato muy bien trazado</strong> que perdura intocable. Que, por poner solo un ejemplo, aquello que concierne a las <strong>mecánicas del Régimen de Franco</strong> para la represión <strong>sigue en la sombra, </strong>y no podemos saber si destruido o perdido o está guardado en cajones que no sabemos dónde están. Y que el<strong> acceso a la documentación no siempre garantiza el acceso a la verdad</strong> completa. Que la historia todavía está callada en bocas que no hablan. Que los nombres de los hombres y sus esbirros que ejercieron el poder y sus abusos están tachados u omitidos. Que conocemos tres o cuatro. Que <strong>saber cuánto nos falta por saber </strong>debería ser el <strong>primer ejercicio de transparencia histórica </strong>que podría haber acometido cualquier Gobierno en estas décadas de democracia. </p><p>En la 45ª efeméride del 23 de febrero de 1981, el Gobierno ha <strong>desclasificado los documentos</strong> relacionados con el golpe de Estado. Algo que podemos celebrar. Pero lo primero que me sorprende es que, si un Gobierno tiene <strong>voluntad de desclasificación de archivos, </strong>pueda hacerlo porque tiene la competencia. Porque me lleva a preguntarme <strong>por qué no se hizo antes</strong> y qué pasa con todo lo demás. Lo segundo es que no sabemos si eso es todo lo que hubo. Cuánto más pudo existir. Cuánto se destruyó en aquel entonces y quién lo hizo y por qué dejó lo que dejó y por qué se revela esto ahora.<strong> Por qué </strong>se relaciona todo esto con el <strong>posible regreso del emérito rey Juan Carlos</strong> a España si, en realidad, aquí no tenemos pena de destierro y puede volver, y así lo hace habitualmente, cuando quiera. No es retórica, son preguntas que deberíamos poder respondernos.</p><p><strong>Perdimos una gran oportunidad </strong>para la transparencia hace <strong>cincuenta años, </strong>cuando –desde el final de la dictadura– se emprendió el camino de transición a la democracia. <strong>Punto y seguido. </strong>Argentina, Alemania, Uruguay, Paraguay, Chile, Brasil y otros países que padecieron dictaduras en el siglo XX <strong>abrieron sus archivos</strong> cuando se convirtieron en naciones democráticas, especialmente para saber qué violaciones de Derechos Humanos se habían cometido. </p><p>Aquí, no. </p><p>La <strong>Ley de Secretos Oficiales </strong>en España es la ley de 1968, es decir, una <strong>ley de la dictadura,</strong> preconstitucional y desfasada con respecto a otros países. Una norma que <strong>no fija plazos claros </strong>para la desclasificación de forma automática, por lo que los documentos pueden permanecer secretos de forma indefinida si no se da la acción de desvelarlos. Más de cuatro décadas después del intento de golpe de Estado de 1981, parece que<strong> se ha reducido el riesgo actual para la seguridad del Estado,</strong> uno de los criterios para haberlo mantenido en secreto. Pero, ¿hasta cuándo saber ponía en peligro la seguridad y la estabilidad del país? ¿Depende todo de la voluntad política de quienes gobiernan al margen del derecho de los ciudadanos y ciudadanas, de los periodistas y, sobre todo, de los historiadores a conocer?</p><p>No necesitamos héroes patrios para sujetarnos, ni más mitología, ni relatos oficiales que no se atrevan a ser cuestionados: <strong>necesitamos saber. </strong>Qué pasó. Cómo pasó. El 23-F es solo uno de esos hechos históricos de un pasado limpio o sucio. Un pasado que es el que hay. Pocas cosas son más duras en su hueso, pero más frágiles a la manipulación y la ficción, que lo que ya sucedió. <strong>Estamos preparados,</strong> o democráticamente maduros, <strong>para encajar nuestra imperfecta historia</strong> con sus matices y claroscuros y que se permita hacer su trabajo completo a los historiadores, que son quienes saben interpretar la hondura y complejidad de los archivos. No es búsqueda de conspiranoias, no es fomento de bulos, es el rechazo a la servidumbre eterna a una Historia que <strong>sigue sin responder algunas preguntas. </strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Feb 2026 20:30:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los agujeros de nuestra historia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Francisco Franco,Golpe Estado,Secretos oficiales,Ley Secretos Oficiales,Desclasificación documentos,Gobierno de España,Franquismo,Transición democrática]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo raro es callar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/raro-callar_129_2149110.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo raro es callar"></p><p>Que el cine tiene que mantenerse <strong>al margen de la política</strong>. Eso se respondió en la presentación del jurado de la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín, cuando se les preguntó por la situación en Gaza. “Somos el contrapeso de la política”. Esas palabras llegaron hasta<strong> Arundathi Roy</strong>, la escritora india, y decidió no acudir a la presentación de la película <em>In which annie give it those ones, </em>una comedia sobre la vida de unos estudiantes universitarios de arquitectura, carrera que hizo Roy en Delhi, de cuyo guion es autora y que se estrenó en 1989. Roy respondió a la organización del festival que le resultaba asombroso cómo pretendían <strong>silenciar una conversación</strong> sobre lo que es un crimen de lesa humanidad que se desarrolla delante de nosotros en tiempo real. Lo cierto es que la Berlinale no ha tenido problemas para hacer política según tiempos y regiones. A ese silencio sobre Palestina también replicaron más de ochenta actores y actrices con una carta: “Estamos consternados por la implicación de la Berlinale en<strong> la censura </strong>de artistas que se oponen al genocidio en marcha de Israel contra los Palestinos en Gaza y al papel clave del Estado alemán en permitirlo”. Ah, Alemania. </p><p>He leído en estos días las memorias de Arundathi Roy. Un libro escrito después de la muerte de su madre, Mary Roy. De él me llevo dos cosas. La primera, que parece que siempre escribamos para que nos quieran. A ella, a su madre, le dedicó aquella novela que se tradujo a cuarenta idiomas y ganó el premio Booker, <em><strong>El dios de las pequeñas cosas</strong></em>, y le agradeció en su dedicatoria que la criara, que le enseñara a pedir perdón antes de interrumpirla en público y su amor para dejarla marchar. Su hermano, en broma, le dijo que esa dedicatoria era la única ficción que había escrito en aquella novela. Y a ella le dedica también este otro libro, donde cuenta lo que le pasó en todo ese tiempo en que estuvo lejos de Mary sin contacto con ella, una mujer dura, violenta a veces, excéntrica e impulsiva que levantó sola una escuela en Kerala. Y lo cuenta porque su madre nunca se lo preguntó: cómo saliste adelante, cómo vivías, cómo conseguiste sacar tu título, cómo te hiciste escritora. Escribir <strong>para que te quiera tu madre</strong> parece una razón de peso para emprender cualquier libro.</p><p>Y la segunda es que Roy es una escritora<strong> comprometida</strong> con el tiempo en el que le ha tocado vivir. Y que se posiciona en ese mundo de una forma valiente. Porque le dio igual acabar con su cuerpo en la cárcel o terminar varias veces frente al Tribunal Supremo de India después de ser reconocida mundialmente por su literatura, cuando tomó conciencia de que era <strong>una mujer muy rica </strong>gracias a sus libros en un país muy pobre o cuando se puso en contra de las presas del río Narmada que desplazarían a miles de tribus indígenas de las montañas o cuando se fue a la selva de Dandakaranya con el Partido Comunista, donde se estaba librando una guerra sangrienta, o cuando acusó al Gobierno de su país de censura cuando se hablaba de Cachemira. </p><p>Hace unos días, una profesora de literatura de la universidad les dijo a sus alumnos que el arte produce <strong>una conciencia ética</strong>. Porque antes de leer, antes de ver una película, no sabemos cosas que sabremos después y ese es el compromiso de quien escribe, pero también es el compromiso de quien lee. Qué hago con lo que he visto, qué hago con lo que ahora sé. La literatura no puede meterse en cajones simplistas que respondan a ideologías, los libros no opinan, pero sí contienen una mirada frente al mundo, sus coordenadas sitúan al creador <strong>en una posición</strong>. Incluso aquellos libros o películas que parecen no contarnos nada, lo dicen callando o cambiando la mirada de lugar. </p><p>Wim Wenders, el director del festival de Berlín, dijo que, si se hacen películas intencionadamente políticas, entraremos en el terreno de la política. Pero cualquier creación<strong> es siempre política</strong>, que no tiene nada que ver con panfletaria, como sí lo es acatar el silencio o mirar hacia otra parte, y solo por eso –hay que asumirlo– nos querrán menos o nos querrán peor. Y no debería importar. Lo raro es quedarnos callados <strong>como estamos</strong>. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Feb 2026 19:47:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo raro es callar]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Berlinale,Palestina,Alemania]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ola]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ola_129_2145258.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4dab3c29-3cf1-4f08-9fa5-1ce3a98a3291_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ola"></p><p>No sé si recuerdan aquella película de <strong>Dennis Gansel</strong> que vimos en 2008. <em>Die Welle</em>, <em>La ola</em>. En un instituto de Alemania, durante la semana de proyectos, un profesor se propone explicar a los alumnos cómo funciona un régimen totalitario <strong>realizando un experimento con el grupo</strong>. La película se basa en un caso real. En la primavera de 1967, <strong>Ron Jones</strong>, que era profesor de Historia en un instituto de Palo Alto, California, instauró en su clase el autoritarismo, lo llamó <em>La tercera ola</em>. Los alumnos <strong>no podían creer cómo había sido posible que Hitler se hiciera con el poder</strong> y cómo aquello transformó a la sociedad alemana. En menos de una semana, aumentó la disciplina y fue aceptada, los chicos y chicas adoptaron un saludo que los diferenciaba del resto del instituto, homogeneizó la estructura social de la clase, abrían el grupo o rechazaban a nuevos miembros, acataron normas absurdas, asumieron que juntos eran más fuertes y la experiencia empezó a irse de las manos: delaciones, complots, borrado de identidades distintas, señalamientos entre chavales que eran amigos desde la infancia. </p><p>He estado en un instituto de Rennes, en la Bretaña francesa. Hay un programa que permite que los alumnos y alumnas saquen simultáneamente el título francés y el español. Me reuní con ellos para <strong>hablar de escritura, de libros y, como siempre, terminamos hablando de otras cosas</strong>. Vimos un pequeño cortometraje juntos que se titulaba <em>Haciendo memoria</em>, con guion y dirección de <strong>Sandra Ruesga</strong>, donde una mujer española llama por teléfono un día a la casa familiar para hablar con sus padres. Quiere saber por qué tienen imágenes domésticas de vídeo en las que aparece la familia <strong>pasando el día en el Valle de los Caídos</strong>. Es que estaba cerca de casa, le responde el padre. ¿No te incomodaba llevarnos a pasear de niños a un lugar donde está enterrado un dictador?, le pregunta Alexandra, a la que, explican, tuvieron que bautizar Alejandra porque la equis no estaba en nuestro santoral. ¿<strong>No te parece falta de libertad</strong> que no os dejaran nombrarme como quisierais?, les pregunta. La madre dice tibiamente: pues sí. </p><p>A los chicos y chicas del Lycee les llamó mucho la atención la conversación, la normalidad con la que el padre y la madre <strong>asumían las normas</strong>. En un momento del corto, la madre, que puede ser mi madre o la tuya o alguna de tantas mujeres que nació en la dictadura, alguna mujer que fue joven en aquella ola, dice: por ahí decían que torturaban a gente. El padre dice: <strong>es que nosotros estábamos trabajando</strong>. Un diálogo que acaba resumiéndose en algo así como es que nosotros queríamos que tuvieseis otros valores, que <strong>no pensaseis en lo que tuvimos que pasar antes</strong>. ¿Y entonces paseábamos bajo el yugo y las flechas? Y se abre una grieta de reconocimiento. Ver esta pieza junto a miradas extranjeras a nuestro país ha sido una experiencia. A mí no me extraña nada de lo que dicen en el cortometraje. Esa llamada podría ser una llamada mía a mi propia casa. Ni siquiera me llamo solo Aroa por las mismas razones que Alexandra. </p><p>La conversación avanzó y uno de los alumnos levantó la mano y preguntó por qué algunos jóvenes ahora <strong>están eligiendo seguir ideas de extrema derecha</strong>. Le respondí que ojalá él pudiera explicármelo mejor de lo que yo lo consigo entender. Me contó que habían estado con algunos compañeros españoles y <strong>les habían hablado del franquismo, reivindicándolo</strong>. </p><p>Algunas amigas y amigos, profesores de distintas asignaturas en institutos de distintas regiones del país, también cuentan que ha vuelto a escucharse a los estudiantes <strong>cantar el </strong><em><strong>Cara al sol</strong></em><strong>, decir “Arriba, España” o ¡Viva Franco!</strong> Resulta chocante que una generación que apenas sabe cómo fueron aquellos tiempos elija –provocación o no, insumisión o decisión– <strong>regresar a los símbolos y a algunas de las ideas</strong> de una dictadura represiva y gris.</p><p>Es más complejo que decir únicamente que <strong>la rebeldía hoy ha cambiado de bando</strong>. La ola es global y no solo pasa en esa franja de edad y no solo en España. La juventud devuelve el mismo reflejo que otras generaciones, solo que nos extraña más. Sienten que la política les falla respondiendo a sus demandas, como si <strong>les hablara en un idioma distinto al suyo</strong>, se ha roto el ascensor social, el futuro se adivina caro y lleno de incertidumbre, sienten que viven peor que sus padres y un nuevo lenguaje entra como una corriente imparable por las pantallas de sus teléfonos con una idea: cuando todo ha sido derrotado, <strong>hay que probar algo nuevo</strong>. </p><p>¿Nuevo?</p><p>¿Derrotado?</p><p>Frente a lo líquido, frente a aquello que ya no se puede apresar, cuando parece que nadie va a salvarles de nada: <strong>conceptos inamovibles, órdenes, grupo, pertenencia, símbolo y mentiras</strong>. La ola. No hay nada que experimentar, solo hay que hablar y escucharse y no dejar que la marea nos borre. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Feb 2026 19:37:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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      <title><![CDATA[Ganamos nuestra juventud en Malasaña]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/desde-la-casa-roja/ganamos-juventud-malasana_129_2141319.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d1f73c88-8188-40da-8712-b0cfed7189e8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ganamos nuestra juventud en Malasaña"></p><p>En una columna de la librería Tipos Infames, quizá no la has visto, hay una placa pequeña que dice: <em>Entre estos libros dilapidó su tiempo Nano, llenando de luz y alegría a todos aquellos que le conocimos</em>. Nano, Rafael Lasaletta, era amigo mío. Era amigo de todos. No era de Madrid, pero <strong>amaba la ciudad con sus historias.</strong> Era el capitán de su calle, Espíritu Santo, barrio de Malasaña. Era mayor que nosotras. Era, si tuviera que escoger una palabra, un lector. Murió de vida en 2021. Le echo de menos todavía muchas veces, sobre todo, cuando una <strong>página me asalta hermosa en algún libro</strong>. Antes, le hacíamos una foto y la compartíamos en un chat que se llamaba <em>Pan, amor y fantasía</em>, como la película italiana. Éramos tres. La tercera era la escritora Lara Moreno. Ahí se mezclaban las fotos de nuestros niños, paisajes, pantallazos, la literatura. </p><p>El cierre de Tipos Infames se lleva muchas cosas, también nuestro escenario con él. Su despedida. Todas nuestras<strong> salidas cargados de libros y de vino</strong>, tambaleándonos calle abajo hacia nuestras casas. Se lleva el temblor en la voz al leer algunos poemas en su sótano, a mi padre respirando fuerte en la presentación de mi última novela porque me pongo militante, se lleva a mi hijo correteando entre las mesas desde que echó a andar. Se lleva, también, los cientos de lecturas que nos recomendaron Alfonso y Gonzalo, y antes Curro. Una librería es una tienda de libros, pero también es barrio, el que fue nuestro, un punto de luz, una <strong>chincheta en nuestro mapa sentimental. </strong></p><p>Esta semana fuimos a despedirnos de los Tipos Infames, abrazos, buena suerte, la última foto, salir rápido para no acabar de rompernos, que ellos siguen haciendo cajas y en pie y casi todo está bien. A veces, uno no acaba de saber de dónde le viene la pena, si es exterior o interior, y tampoco lo tiene por qué saber. Nos vamos con libros metidos en sus míticas bolsas que dicen:<strong> “Perdí mi juventud en Malasaña”.</strong> Que hayan corrido ríos acusando a los Tipos Infames de <strong>gentrificar Malasaña </strong>es uno de los tiros más errados que recuerdo. Qué tuvieron que hacer. ¿No poner vino? ¿No esperar que les fuera bien? ¿Poner una librería fea? Los que vivimos sus años primeros en aquellas calles sabemos la vida y casa que nos dio ir a encontrarnos allí, a celebrar la escritura cuando tocaba. Pero una tienda es un negocio, y a veces, deja de compensar económica o personalmente, o las dos a la vez. Detrás de los números, se revelan historias. </p><p>Aquel tiempo de Malasaña ya no es el tiempo anterior a este, está más allá. Ese barrio, paseado y odiado por igual, es solo el<strong> espejo donde se refleja un cambio en las ciudades.</strong> Han pasado muchas cosas desde que las observamos transformarse. Han cambiado los comercios, los precios de la vida y la vivienda y los habitantes de sus edificios. Hemos cambiado nosotros también. Me pregunto si aquellos años dos mil fueron sentidos igual por quienes recorrían el barrio en los ochenta y noventa, si mi amigo aceptaba la transformación. Yo misma caminé su dureza de niña y todo era distinto. Pero hoy parece que hubiera cambiado un sistema entero y este no consigamos entenderlo. Supongo que será la ley del capital o ley de vida sin más, como todo aquello que también es infame y no queda otra que tragarlo como puedas. Hay algo que se ha estado rompiendo entre el año 2010 y ahora. <strong>¿Será la juventud?</strong></p><p>No lo escondo: cierra Tipos y me da rabia porque cerramos nosotros también.<strong> Se cierra un tiempo que ya fue. </strong>La última página de un libro que nos gustaba leer. Ya solo me quedará en Malasaña Lola, la mujer de Nano, en su puesto de vigía frente al atardecer que cae sobre Madrid. Leyendo novelas negras o a Camus otra vez. Nos han quitado muchas cosas, se ha arrasado un paisaje,<strong> la ciudad está en los huesos de lo que pudo haber sido</strong>, pero quedamos nosotros, guardianes de, al menos, una posibilidad, en resistencia contra el uniforme global a fuerza de memoria, lo intentaremos sin nostalgia y, quién sabe, quizá volvamos a tomar las calles para alguna rebeldía. Puede que no perdiéramos nada en Malasaña, quizá lo ganamos. <strong>¿Quién dice que sea este un tiempo de derrota?</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Feb 2026 19:19:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
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