En un piso dormía a medio palmo de la lavadora porque a la propietaria del inmueble, con la que convivía, un día se le antojó que el aparato debía ir exactamente allí. En otro, no podía abrir la ventana de la minúscula habitación, que daba a un patio interior, porque entraba un hedor insoportable a repollo, y en verano se colaban, además, los tufos corporales procedentes de otras ventanas abiertas. Cuando subieron el precio del alquiler y hubo que marcharse, el siguiente paso fue convivir durante dos cursos con una encantadora compañera de piso de 91 años que necesitaba compañía (y que la ayudaran cada noche a meter los pies en la cama, porque no tenía fuerza para impulsarse). Y cuando esta falleció, lo siguiente fue un antro mal aislado del barrio del Carmelo en el que durante los meses de frío se estaba mejor en la calle que en casa. Todo ello mientras estudiaba la carrera de Periodismo en la Autónoma de Barcelona. Y al terminarla, suma y sigue.
Podrían ser estas algunas de las aventuras que la periodista Llucia Ramis narra en el libro Un metro cuadrado, recién publicado, pero son las mías, las mías personales, igual que podrían ser las de cualquier otro, porque lo que denuncia la autora no es un problema, sino una crisis social que determina el rumbo vital de millones de personas, un enorme "conflicto entre los intereses de los que quieren enriquecerse y los que quieren defender un derecho fundamental; entre los que se aprovechan de una posición de poder para adquirir aún más poder y los que se rebelan contra el abuso" en un país en el que hay casi cuatro millones de inmuebles vacíos (el 14% del total) y 400.000 viviendas destinadas al alquiler turístico.
Somos demasiados los que, aun convencidos de que el país avanza, seguiremos teniendo la misma pesadilla cuando nos durmamos, y seguiremos viendo el mismo dinosaurio cada mañana al despertar
El libro, que a ratos tiene forma de reportaje, o de ensayo, es sobre todo una novela sin ficción tremendamente seria escondida detrás de una pátina de amabilidad y macabra diversión (para el lector), que alcanza su punto álgido en la proyección del drama, de la frustración personal, de la situación límite a la que lleva no saber, por ejemplo, si el mes que viene conseguirás, sin ingresos estables, pagar el alquiler, o si por el contrario todo ser irá a la mierda: "Estoy inquieta, cabreada, tristísima. Imagino que clavo un gancho en el techo y me cuelgo, o que salto desde el balcón a la calle. Son pensamientos oscuros que no logro quitarme de la cabeza".
Sin el menor afán de aleccionar, pero con un extraordinario sentido de la responsabilidad, estas páginas sacan a la luz nuestras vergüenzas como sociedad, las miserias de una democracia que todavía tiene sobrados descosidos imposibles de enmendar mientras haya tanta gente sin un lugar al que poder llamar hogar. Ramis lo consiguió finalmente comprándose un piso en el barrio de El Putxet después de más de 20 años dando la batalla como inquilina, una solución que desgraciadamente no está al alcance de todos. Somos demasiados los que, aun convencidos de que el país avanza, seguiremos teniendo la misma pesadilla cuando nos durmamos, y seguiremos viendo el mismo dinosaurio cada mañana al despertar.
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Antoni Cabanes Mira es socio de infoLibre.
En un piso dormía a medio palmo de la lavadora porque a la propietaria del inmueble, con la que convivía, un día se le antojó que el aparato debía ir exactamente allí. En otro, no podía abrir la ventana de la minúscula habitación, que daba a un patio interior, porque entraba un hedor insoportable a repollo, y en verano se colaban, además, los tufos corporales procedentes de otras ventanas abiertas. Cuando subieron el precio del alquiler y hubo que marcharse, el siguiente paso fue convivir durante dos cursos con una encantadora compañera de piso de 91 años que necesitaba compañía (y que la ayudaran cada noche a meter los pies en la cama, porque no tenía fuerza para impulsarse). Y cuando esta falleció, lo siguiente fue un antro mal aislado del barrio del Carmelo en el que durante los meses de frío se estaba mejor en la calle que en casa. Todo ello mientras estudiaba la carrera de Periodismo en la Autónoma de Barcelona. Y al terminarla, suma y sigue.