La gente - Felipe Benítez Reyes
Fundación José Manuel Lara. 2025
Toda buena novela debe ser como un reloj que marque sus horas correctamente. Y, sin duda, La gente, de Felipe Benítez Reyes, uno de los títulos señeros de la literatura española de 2025, lo es. Pero esta no es una novela corriente, arquetípica, sino que se aproxima en su concepto a aquella estructura forajida de las nivolas como bautizara Miguel de Unamuno a su Niebla: si en esta, el autor y sus criaturas dialogaban entre sí, en La gente el primer artificio es precisamente el de la autoría, que si un escritor póstumo Miguel Rances Olivares, que deja un legado de textos inéditos –este mismo u otro titulado Los afanes--; que si un sobrino nieto, Alberto Márquez-Rancés, a la sazón prologuista; que si un Vicente Ruiz de Lara, autor de los sabrosos apéndices de esta edición. Una santísima trinidad en la que Dios padre es el propio Felipe Benítez Reyes, que ejerce como un numen tímido y amable respecto a sus criaturas, medio escondido entre líneas.
Es cierto que, en contraposición a las novelas realistas de su tiempo, Unamuno atenuaba sus descripciones y resaltaba sus monólogos, pero el trasfondo es el mismo en que recapacitaba en Del sentimiento trágico de la vida: “… El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo, muere—, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, ese hombre concreto, de carne y hueso como yo, como tú, lector mío, aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la tierra. El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón”.
La nueva obra de Felipe Benítez Reyes constituye un hermosísimo artefacto inclasificable, fuera de todo cuadro sinóptico y heredero no sólo de una larga sabiduría literaria sino de una afición cinéfila que aquí podría llevarnos a Calle mayor o a Calabuch, con una marcada atmósfera evocadora, sutil, divertida e inteligente. Y, sobre todo, su humor magistral, que va más allá de la paradoja de Chesterton y navega, como ocurre habitualmente, en otros textos anteriores, entre la parodia y la comicidad.
El autor roteño urde ahora un relato coral en el que los personajes juegan a ser matriuskas de sí mismos o de sus propios fantasmas, como piezas de un rompecabezas colectivo, el de un ámbito sin identificar pero que responde evidentemente al de su propia biografía sentimental, el de esa Rota entre burguesa y mayeta que ya discurría, con nombres y apellidos topográficos, en algunos títulos anteriores como su novelaza El azar y viceversa. No busquen comalas, macondos o yoknapatawphas, si acaso los compartimentos interconectados de una enorme casa de muñecas.
Los roteños que la han leído juegan a identificar a los sucesivos protagonistas de estas historias encadenadas que ocasionalmente se solapan, entre liliputienses y socios del Casino Municipal, bohemios noctámbulos que se estrellan en un Dodge Dart después de un rule por el Jerez flamenco, tenderos de toda suerte, heridas de la guerra aún sin cicatrizar, la mayor crudeza tratada con guante de seda, revistas letraheridas, joyeros líricos, el caballo de Eissenhower, el sastre Miguel Bolaños que le enmendó la plana a Rafael Alberti, hijos predilectos, mendigos vestidos de muchacha, cadáveres putrefactos, motes a gogó, bares de vértigo y gringos remotos.
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Todo ello y mucho más, entre leyendas urbanas y sucedidos de antaño, destellos y caspa, como si el narrador viera pasar a la vida y a sus vividores, desde un ventanal. Ante el mismo discurren recuerdos personales y remembranzas compartidas, invenciones y certezas, ese formidable imaginario al que los sociólogos llaman idiosincrasia: “La memoria es una habitación cerrada en la que caben un juguete roto y una ciudad entera, los imperios imaginarios que vagan por el aire como arquitecturas inestables de una pesadilla y el aletazo en el vacío de todos nuestros fantasmas, incluido –como principal– el que solemos ser ante nosotros mismos”.
Eso dice Felipe Benítez Reyes. O Miguel Rances Olivares. O Alberto Márquez-Rancés. O Vicente Ruiz de Lara. O cualquier lector que haga suya a La gente y se sienta reflejado en alguna de sus máscaras.
*Juan José Téllez es escritor y periodista.