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Wonder Woman, el tótem feminista

La actriz Gal Gadot en una imagen promocional de 'Wonder Woman', de Patty Jenkins.

"Por fin, en un mundo desgarrado por los odios y las guerras de los hombres, hace acto de aparición una mujer para la que los problemas y los temores de los hombres son juegos de niños." Corre el año 1941, quedan todavía largos inviernos de bombardeos y hambrunas y, en el All Star Comics número 8 nace la princesa Diana de Themyscira, más conocida como Wonder Woman. Un personaje que ha navegado durante más de 700 números por las duras corrientes del feminismo de posguerra, por era McCarthy y el verano del amor, por la segunda ola y la reacción machista, por la "normalización" y la supuesta igualdad, hasta aterrizar en las pantallas de los cines, 76 años después de su creación. 

Es el personaje que ha encandilado durante años a Elisa McCausland, periodista e investigadora especializada en feminismo y cultura popular, una fascinación que ha cristalizado en el ensayo Wonder Woman. El feminismo como superpoder (Errata Naturae). Aunque creció leyendo cómics, distribuidos por su casa aquí y allá en pilas de felices colorines, ella misma no llegó al versonaje de la editorial DC hasta bien tarde. "En España no es muy conocida", admite, "su trayectoria editorial es algo errática y no ha sucedido como en Latinoamérica, donde la serie de televisión protagonizada por Lynda Carter marcó a una generación". Aquí no hay mujeres que se llamen Diana en honor de la heroína. Quizás esto cambie a partir de ahora: no solo por la película de Patty Jenkins, que ha recaudado 369 millones de dólares solo en Estados Unidos, sino porque las redes dejan ver cientos de imágenes de niñas con mirada feroz y divertida disfrazadas de su nueva heroína.

McCausland analiza la historia del personaje, su relación con el contexto sociopolítico y la evolución de su apariencia a lo largo de casi ocho décadas. Pero está interesada, sobre todo, en su futuro. "Hay que encontrar guionistas y dibujantes que entiendan al personaje y sus posibilidades. Hay mucho por hacer y por analizar", defiende. Al personaje creado por William Moulton Marston y dibujado por Harry G. Peter, dice, "le ha ido pasando lo mismo que al siglo XX y XXI: de todo". Eso incluye representaciones de la mujer jamás vistas hasta el momento, pero también "oportunidades perdidas". La autora no es muy fan del filme protagonizado por Gal Gadot: considera que la Diana que presenta está siempre mediada por la digura del piloto Steve Trevor (Chris Pine) y que las fuertes ideas feministas de su creador han sido limadas. 

El historiador del cómic Tim Hanley no dudaba en calificar al personaje, en su libro Wonder Woman unbound (2014), como "la superheroína suprema, que inspiraría a las mujeres a ser ellas mismas y a conquistar el mundo; así sucede que muchas de sus aventuras tempranas se pueden considerar, setenta años después de su publicación, más feministas que muchas expresiones culturales de hoy". McCausland insiste en que no hay que despreciar la voluntad pedagógica de Marston, el psicólogo, abogado, inventor y padre de la criatura. Él mismo dijo que se trataba de "propaganda psicológica para el nuevo tipo de mujer que debería, en mi opinión, dominar el mundo". Hubiera sido feliz de saber, opina la periodista, que sería más conocido como creador de Wonder Woman que como ideólogo del polígrafo —no es casualidad que una de las armas de la heroína sea un lazo que obliga a quien toca a confesar la verdad—. 

"Marston entendía el poder de la cultura popular para cambiar las maneras de pensar a través de la ficción", alaba McCausland. El guionista consideraba que las mujeres estaban llamadas a gobernar la tierra debido a su capacidad emocional —Wonder Woman se diferencia de sus pares contemporáneos en su empatía por el enemigo y su mesura a la hora de utilizar sus poderes—, y los primeros 57 números de su serie regular incluían un cuadernillo titulado Las Wonder Woman de la historia en el que se glosaba la vida de figuras como la actriz Sarah Bernhardt o la periodista Nellie Bly. El autor, y el círculo de colaboradores feministas que reunió, estabam sin embargo muy avanzados a su tiempo: cuando perdieron el control del personaje, la historia cambió. 

Hacia el final de los cincuenta comienza a perder músculo "en imitación de los estilismos frívolos puestos de moda por Dior y los catálogos de Sears". Al mismo tiempo, el editor Robert Kanigher sitúa al personaje en escenarios imposibles, enfrentándose a un pulpo robot o jugando al béisbol con un gorila, una decisión creativa que la aleja del mundo que Marston se había propuesto cambiar. A finales de los sesenta, se culmina la destrucción del personaje soñado por el psicólogo: Diana pierde sus poderes y pasa a dirigir una tienda de ropa. Es en esta deriva para convertir a Wonder Woman en "una chica deseable en tiempos de heteropatriarcado y capitalismo cool" donde McCausland ve la mayor subversión del personaje.

Paco Roca cuelga el pijama

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No le incomoda, sin embargo, la representación de la amazona como icono sexual: "Su primer aspecto era un guiño a las pinuperas. A mí me preocupa que se aplaquen las formas, que puedas decir que no hay hipersexualización pero que el personaje esté abandonado a un estilo de vida y a un planteamiento que tiene más que ver con el consumo que con la transgresión". De esto, opina, queda mucho en Diana. En su fuerza, bajo un canon estético que prima la delgadez y censura a las mujeres grandes y musculadas. En su independencia de la mirada masculina, venida de un mundo que prescinde de los hombres. En su "mirada oblicua hacia un mundo que sencillamente, le asombra, le sorprende". 

"Lo que me interesa es plantear la superheroína como espacio arquetípico para poder hablar precisamente sobre el poder y establecer otro tipo de relaciones", lanza. Eso pensaron las activistas Gloria Steinem y Joanne Edgar, fundadoras de la icónica revista feminista Ms., cuando colocaron a Diana en la portada de su primer número en 1972. "Lo que me impactó al leer sus aventuras", recuerda Edgar en una entrevista contenida en el libro, "aunque no sabía ni siquiera cómo articularlo cuando era pequeña, es que esos poderes especiales pudiese tenerlos una mujer, me alucinaba verlo". La misma sensación que se repite en las salas de cine, y luego en las tiendas de cómic, 45 años después. 

 

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