La gran semana de la socialdemocracia

«Negras tormentas agitan los aires», que dice la cancioncita. En una semana, dos tantos para la ultraderecha allende la mar océana. En Colombia, Espriella —esa calcomanía de Bukele— le ha ganado la segunda vuelta a Iván Cepeda, el candidato apoyado por Gustavo Petro. La receta, calcada: macrocárceles, megaliberalizaciones, una escasa melenilla embetunada y la barba perfilada con escuadra y cartabón. Y viendo que los parces le robaban el protagonismo en la prensa internacional, los peruanos han hecho la de «sujétame el pisco»: Keiko Fujimori, presidenta. Como papá, el de las matanzas, los secuestros y las esterilizaciones forzadas. Viéndolo por el costado optimista, peor no lo puede hacer.

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Uno se pregunta qué lleva a los pueblos, una y otra vez, a escoger al líder más malvado. No a uno que te sale rana, sino al que hace campaña vestido de malo de James Bond. Ding, ding, ding: en una esquina del cuadrilátero, el etéreo temor a que vengan los rojos; en el otro, la orgullosa primogénita de un fulano encarcelado por crímenes de lesa humanidad. ¡Habla, pueblo, habla! Mecachis: nunca el susto, siempre la muerte.

En nuestro vecindario, los laboristas defenestran a su premier, a ver si los dioses les aceptan el sacrificio y contienen a los bárbaros desdentados que encabeza Farage. Vuelve la burra al trigo: una década de catástrofe a causa del Brexit —el PIB les ha menguado seis puntos— y los esforzados hijos de la Gran Bretaña deciden hacerle ojitos al prócer que orquestó aquella campaña tramposa y necia. Tampoco es que esperara mucho de la buena gente que reeligió dos veces a Thatcher, pero se ve que conservo la capacidad de asombro.

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En el condominio de las Españas, ríete tú de la cochambre internacional. Extra, extra, han condenado a Ábalos, ¡y eso que siempre saludaba! También a Koldo (esbirro y compinche), pero no a Aldama, célebre mangante («corruptor», quiero decir), al que sus señorías han premiado el desembuche con cuatro añitos homeopáticos y servicios a la comunidad. No habrán querido truncarle la carrera de tertuliano, qué se yo.

Como a Ábalos lo han cogido con el carrito del helado, todo lo que se le impute al PSOE se da por comprobado

Será el calor, pero esta olla de duelos y quebrantos me tiene empachado. Para los unos, que un ministro compre en el economato es peccata minuta. «¿Acaso no ves cómo la judicatura anda hostigando a la novia y al hermano del presidente?». Para los otros, como a Ábalos lo han cogido con el carrito del helado, todo lo que se le impute al PSOE se da por comprobado. El argumento, fíjense, lo compran hasta los fantasmones del partido. Dijo González —el de Filesa, el de Roldán— que Zapatero debería devolver las joyas y Sánchez convocar elecciones. Lo dice el tío que no tuvo reparos en salir de vacaciones a bordo del Azor, el barco de Paquito. Poco ha dicho, sin embargo, sobre las intolerables filtraciones de la investigación sobre Zapatero. Calama tendrá el pelo blanco, pero todavía no se ha enterado de lo que ocurre cuando le ofreces datos confidenciales a las acusaciones populares. «Ups, ¡perdoncito!».

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Así las cosas, el parlamento ha aprobado una moción de confianza de mentirijilla. «Señor presidente, pregúntenos usted qué opinamos de usted». Por la banda del hemiciclo se ha visto calentar a un delantero miope. Con medio equipo tullido y el portero con lipotimia, ha enfilado el punto de penalti. Parando el balón, y tras girarse hacia su afición, ha vociferado: «Sigo sin ser presidente… ¡porque no quiero!».

«Negras tormentas agitan los aires», que dice la cancioncita. En una semana, dos tantos para la ultraderecha allende la mar océana. En Colombia, Espriella —esa calcomanía de Bukele— le ha ganado la segunda vuelta a Iván Cepeda, el candidato apoyado por Gustavo Petro. La receta, calcada: macrocárceles, megaliberalizaciones, una escasa melenilla embetunada y la barba perfilada con escuadra y cartabón. Y viendo que los parces le robaban el protagonismo en la prensa internacional, los peruanos han hecho la de «sujétame el pisco»: Keiko Fujimori, presidenta. Como papá, el de las matanzas, los secuestros y las esterilizaciones forzadas. Viéndolo por el costado optimista, peor no lo puede hacer.

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