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… Que devuelve objetos perdidos

Soy la mejor perdiendo gafas. En esa disciplina no tengo rival. Las pierdo con un arte superlativo, difícil de igualar. He perdido gafas de todos los colores y en todos los lugares. Las he perdido dentro y fuera de España. En una ocasión, alcancé tal arte de definición que logré perder de vista mis gafas —qué paradoja— entre el coche que me dejó en la puerta de una peluquería y el establecimiento. O sea, en un metro y medio, lo que viene a medir una acera, supera esa marca.

De tanto perder gafas, he perdido la confianza en lograr alguna vez que estén conmigo un largo tiempo. “Para siempre” ni me lo planteo, porque esa es una expresión falaz, “siempre” nunca ha existido. Pero no sé, si me duraran unas gafas al menos hasta que me cansara de ellas, hasta que dejaran de entusiasmarme —experiencia que nunca viví—, sería un sueño... pero he dejado de acariciarlo.

Hace unos días, me preparaba para salir de casa y repasé el contenido de mi bolso. “Teléfono, cartera, cargador, kleenex, perfumador, barra de labios y… ¡No! La funda de mis gafas, las nuevas, ese regalo que yo misma elegí a mi gusto, esas que encajaban en mi nariz como zapato en pie de Cenicienta… la funda, estaba vacía.

Después del fatal hallazgo, puse patas arriba toda la casa mientras escuchaba a mi madre dentro de mi cabeza: “Haz memoria, piensa en lo que hiciste antes de perderlas”. Esa es una de las frases que más me han dedicado en la vida. Sí, lo de perder es una vocación temprana. Pero por más que trataba de recordar, no aparecían. Tenía prisa, así que me puse otras y traté de olvidarme de mi tragedia…

Al día siguiente, quizás por aquello de “el no ya lo tienes” o el “qué pierdes por intentarlo”, esas frases hechas que nos empujan a luchar por lo que presentimos que ni de coña va a suceder, llamé a la emisora del taxi que tomé el día anterior. Una operadora muy amable me pidió permiso para que me contactara el taxista que me había llevado y un rato después, sonó el teléfono:

— Buenos días, soy Carlos, el taxista que le llevó ayer. Tengo sus gafas.

 ¡¡¡¡¡GRITOS MÍOS DE EMOCIÓN!!!!

— Sí, me las devolvió un viajero, pero yo no sabía quién se las había dejado. Cuando vuelva a Madrid le aviso para entregárselas.

Esa misma noche, Carlos llegó con mis gafas al portal de casa. Cuando bajé a pagarle la carrera, me contó que ahora que sabía que eran mías, se había dado cuenta de que pasaron dos o tres clientes por el taxi antes de que el ejecutor de hallazgos imposibles se las entregara.

No somos conscientes de que un pequeño movimiento es transformador para otro, de que un simple detalle puede hacer que otro recupere esas gafas que te ayudan a ver que no todo está perdido

A Carlos le regalé dedicada mi última novela, Los sabores perdidos (tiene guasa…), porque no tenía un jamón a mano. Le dije la verdad, que se lo agradecía en el alma y también que lamentaba muchísimo no poder hacer lo mismo con la persona desconocida que las encontró. Ojalá me estuviera leyendo ahora, para que supiera…

Llevo una racha regulera, de esas en las que vas encajando puñetazos como si fueras la Maggie de Million Dollar Baby y estuvieras en el ring sin un Clint Eastwood que te diga cómo debes pelear. Y cuando todavía no te has repuesto del golpe anterior, llega el siguiente. Cuando estás baja de defensas, un contratiempo minúsculo, perder unas gafas, puede parecerte un tornado. Y te culpabilizas por tu mal hacer, por tu mala cabeza. Y a veces, haces inmenso el drama y llegas a creer que todo lo que pierdes, incluso lo que te arrebatan, es por culpa tuya.

El gesto de quien le dio las gafas a un taxista era tan sencillo y tan fácil como el de llevárselas pero, quienquiera que fuese, eligió el primero y Carlos, el taxista, le siguió en esa cadena de hacerlo bien que a mí me cambió el día. A menudo, no somos conscientes de que un pequeño movimiento es transformador para otro, de que un simple detalle puede hacer que otro recupere esas gafas que te ayudan a ver que no todo está perdido. GRACIAS. 

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