El verano es una farsa

A veces el espacio exterior está a la vuelta de la esquina: el sábado lo encontramos a cincuenta kilómetros, en casa de Á., pero nos ofreció unos metros cuadrados de hierba y buena conversación. No lo dudamos, claro.

Allí nos plantamos, obedientes y con sueño.

Cuatro adultos y dos perros.

Nos quitamos la comida de encima como si fuera un trámite, un peaje necesario para tumbarnos a la sombra y hablar. Una pareja es un mundo propio. Tres personas una organización inestable. Cuatro amigos… una revolución.

Cambiamos el mundo en una tarde y eso que no hablamos de política, sino de Michelle Obama, de mujeres, de proyectos.

Los soltamos al aire como anillos de humo y se quedan sobrevolando nuestras cabezas. Cerramos los ojos, nos tiramos a la piscina, jugamos con los perros… nada. Allí siguen nuestras ideas: nos acechan para que no olvidemos que nuestra obligación es mejorar el mundo.

***

A las seis de la mañana del lunes, mis proyectos se han apoderado del alma de la cachorrita y saltan sobre mi cama. “Tap, tap, tap”, hacen con las patas. Luego arañan. Y gruñen. “¡Vamos, perezosa!”. Hace calor, hace sueño, es fiesta… Mis proyectos y mi perra no aceptan excusas.

Trabajamos toda la semana como fieras, y, para compensar, cada tarde a las ocho, fingimos que el calor es sólo un estado de ánimo y salimos a pasear con un hombre. Cada noche es uno diferente, pero el recorrido es el mismo para que la cachorrita y yo podamos comprobar –con los mismos estímulos– si nos vamos entendiendo, obedeciendo y queriendo mejor.

A ellos sólo los escuchamos. Cada uno ha votado a un partido diferente. Diferente entre ellos, diferente al mío. Curioseo si están satisfechos con la actitud de su candidato. Y no. Unos se encienden enfurecidos, otros se encogen de hombros resignados. Ninguno quiere unas terceras elecciones, pero sí un plan para autónomos, cierta seguridad en sus pensiones, una educación de calidad.

Necesitan un Gobierno que no vamos a tener. Necesitan a Michelle.

Cuando cogen aire, les pregunto por las vacaciones. Alguno rezuma pereza. Los suegros. Los niños. La arena. Todos estos hombres tienen pareja y evito ser yo quien les cuente que en España el 60% de los matrimonios acaban en divorcio y que normalmente es después del verano. El dato es un poco huérfano: ¿qué matrimonios?, ¿los casados en los sesenta, los recientes…? Y el resto, ¿cuándo se separa?

Ni siquiera sé si estos amigos con pareja son un matrimonio. Tienen hijos e hipotecas compartidas. Eso (nos) basta, pero no aparece en las estadísticas de semántica estricta.

–Pedro y Albert ya no se quieren –me dice el que lleva más años emparejado.

–No creo que se quisieran nunca. Ni siquiera se ponen.

Yo quiero hablar de proyectos, mis amigos quieren hablar de política. Uno de ellos se va a empadronar en Lanzarote para votar a Nueva Canarias, el primer partido que se reúne con Felipe (el rey; no confundir con el emperador González). Me está contando su fascinación por ese grupo pequeño y esencial cuando, de repente, lo paraliza el miedo: se acerca furiosa la jefa de la perripandi* y nos embiste subida a su nube de bichones (tiene ocho malteses):

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–En un mes tu perra va a ser demasiado grande para mi gusto. Tendrás que cambiar de hierba, que aquí pacen mis pequeños.

La hierba grita. Mi amigo calla. Mi perra juega. El verano es una farsa**. La investidura es un lío. Nos entra la risa. En septiembre buscaremos otras hierbas. En noviembre se va Michelle. Nos entran las lágrimas. Buscamos una terraza, pedimos agua, afilamos los lápices, nos ponemos en marcha.

* Perripandi: cierta pandilla de dueños de perros que se reúne a diario en una zona del parque que consideran "privativa". El término es de Antonio, pero eso es otra historia.** 'El verano es una farsa' es una frase de mi madre, cansada de los perezosos que desde mayo se permiten eso de "…esperamos a septiembre que total ya…".

A veces el espacio exterior está a la vuelta de la esquina: el sábado lo encontramos a cincuenta kilómetros, en casa de Á., pero nos ofreció unos metros cuadrados de hierba y buena conversación. No lo dudamos, claro.

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