La ultraderecha no defiende a las mujeres. No: no hay un feminismo de Vox, ni en Extremadura ni en ningún otro sitio. Y, sin embargo, asistimos a la aparición de argumentos pseudofeministas en torno a la propuesta de prohibir el burka, que Vox y PP utilizan para agitar aún más el debate político. Resulta especialmente descorazonador comprobar cómo algunas voces feministas de referencia compran este mensaje de brocha gorda —y no es el único que compran de la ultraderecha—. Desde ciertos sectores de la izquierda, por su parte, se añade que un Estado laico no puede permitir esta práctica. España es un Estado aconfesional, por cierto, pero este matiz no es ahora relevante. Feminismo y laicismo, dos conceptos que se apoyan o se rechazan, desde la izquierda y la derecha, dependiendo de cuántos votos calculen unos y otros que van a arañar tirándoselos a la cabeza al contrincante.

La cuestión del burka es especialmente atractiva para los intereses de algunos partidos. Incluye mujeres, inmigrantes e islam, y se presenta en algunos casos como una propuesta compasiva para mostrar la superioridad de nuestra civilización sobre otras. No se engañen: es una trampa. Las derechas no están preocupadas por el bienestar de las mujeres. Las derechas están instrumentalizando valores y miedos legítimos para seguir marcando la agenda política y arrinconar a la izquierda en sus contradicciones.

Una sociedad democrática debe velar por la seguridad de sus ciudadanos. Por esta razón, quizá sería aconsejable regular en qué circunstancias individuos con el rostro cubierto pueden transitar por espacios públicos. En España no hay prohibición al respecto, no porque no se haya intentado, sino porque no es tan fácil de implementar sin entrar en conflicto con el Estado de derecho. ¿Podemos prohibir que repartidores de comida a domicilio entren en restaurantes con casco? ¿Hay que prohibir el uso de mascarillas? ¿Qué hacemos con pañuelos y bufandas? Intuitivamente, hay una diferencia entre un pasamontañas y una mascarilla, pero hacer leyes justas que prohíban situaciones peligrosas y permitan situaciones razonables conlleva dificultades que han imposibilitado hasta ahora la aprobación de medidas en esta dirección. Especialmente en un clima político como el que vivimos. Todo esto las derechas lo saben, saben que las mujeres con burka no representan ninguna amenaza para la sociedad y saben igualmente que el asunto del burka no va a prosperar. Pero qué más da, estamos en perpetua precampaña electoral.

Las derechas no están preocupadas por el bienestar de las mujeres. Las derechas están instrumentalizando valores y miedos legítimos para seguir marcando la agenda

El burka es una “salvajada”, ha dicho Gabriel Rufián recientemente en un acto público. Hay razones sobradas para apoyar esta opinión. La identificación de las personas en espacios públicos es una medida de protección para todos. Máscaras y velos no solo imposibilitan la identificación de potenciales agresores, sino que imposibilitan la identificación de las víctimas. El burka oculta las marcas de la violencia, el miedo, la angustia y la desesperación. Impide además que esas mujeres sean reconocidas como individuos y que puedan interactuar con otros. Una persona con la cara tapada pierde parte de su humanidad, no puede comunicarse, expresarse, recibir reconocimiento o pedir ayuda. Sin tu cara, no eres nadie. Por estas razones, el burka es una salvajada, sí, una forma de tortura contra las mujeres, amparada desde una interpretación radicalizada de una religión que se ha convertido en caballo de batalla política. 

Pero no saquen pecho, señores, cristianismo y judaísmo no están en condiciones de tirar la primera piedra. La subordinación de las mujeres y la violencia de género han encontrado amparo histórico en interpretaciones dominantes de estas tradiciones, desde la resistencia al divorcio y la prohibición del aborto hasta la normalización de las violaciones dentro del matrimonio. En suma, la naturalización de relaciones de dependencia estructural de las mujeres respecto de los varones. El bienestar de las mujeres no interesa ni a los defensores de los valores de occidente ni a los islamistas radicales. En este debate, como en tantos otros, las mujeres son siempre las víctimas, que quedan atrapadas en el fuego cruzado entre los contendientes que supuestamente pelean por defenderlas.

Y en este tema el laicismo también es parte de la solución. El laicismo con todo lo que conlleva, no su invocación interesada y parcial. Feminismo y laicismo son aspectos constitutivos de la democracia en la medida en que ambos persiguen la ampliación de derechos, la igualdad y la no discriminación. El laicismo rechaza que se pueda apelar a códigos religiosos para legitimar prácticas como la ablación, la tortura, la violación o la deshumanización extrema que supone el burka. Rechaza también que tales códigos obstaculicen el ejercicio de derechos, como la interrupción del embarazo o la posibilidad de una muerte digna. El laicismo es, en ese sentido, garantía del respeto a la dignidad de las personas y del ejercicio efectivo de su autonomía.

Las mujeres han sido a menudo las transmisoras de costumbres que perpetúan su propia discriminación, amparadas en religiones estructuralmente dominadas por varones. Por eso, el movimiento feminista tiene que ser laicista. Pero no nos tomen el pelo, señoras y señores de la derecha. Si existe una preocupación genuina por el bienestar de las mujeres, abran el debate del laicismo en serio e impidan que las religiones sigan siendo instrumentos de dominación y adoctrinamiento en beneficio de los de siempre y en perjuicio de las de siempre. ¿Están dispuestos? Pues si no, no nos hagan perder el tiempo. Y dejen de gastar dinero público en sus luchas internas, que lo único que hacen es desviar la atención de los asuntos importantes y alejar a los ciudadanos de la política.

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María José Frápolli es miembro del Grupo de Pensamiento Laico y catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia (UGR).

La ultraderecha no defiende a las mujeres. No: no hay un feminismo de Vox, ni en Extremadura ni en ningún otro sitio. Y, sin embargo, asistimos a la aparición de argumentos pseudofeministas en torno a la propuesta de prohibir el burka, que Vox y PP utilizan para agitar aún más el debate político. Resulta especialmente descorazonador comprobar cómo algunas voces feministas de referencia compran este mensaje de brocha gorda —y no es el único que compran de la ultraderecha—. Desde ciertos sectores de la izquierda, por su parte, se añade que un Estado laico no puede permitir esta práctica. España es un Estado aconfesional, por cierto, pero este matiz no es ahora relevante. Feminismo y laicismo, dos conceptos que se apoyan o se rechazan, desde la izquierda y la derecha, dependiendo de cuántos votos calculen unos y otros que van a arañar tirándoselos a la cabeza al contrincante.

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