En chanclas

Raquel Peláez

Su madre no le dejaba depilarse el bigote, ni quitarse los pelos de las piernas, ni arrancar ese vello espantoso que le crecía entre las dos cejas y que le daba un aire primitivo, como de cromagnona adolescente. Decía: “Cuanto más tarde seas esclava de la cera y de todos los adminículos que el capitalismo ha inventado para que las mujeres nos metamos en el ciclo infinito del cuidado personal, más tiempo serás libre”. Entendía la idea de forma abstracta, porque en su casa desde muy pequeñas a ella y a sus hermanas, una especie de hermanas Lisbon mesetarias, las habían aleccionado contra los peligros del consumo desaforado y la vanidad como motor de dicho consumo; pero lo cierto es que aquella cerrilidad naturista, la misma por la que le estaba vetado comer gominolas o ponerse desodorante de supermercado, a ella lejos de liberarla la hacía esclava de las miradas ajenas. En los vestuarios, antes de las clases de gimnasia, se escondía en los cubículos individuales para que nadie viese que tenía bajo los dos sobacos sendos frondosos felpudos. Ese inconveniente podía sortearlo cambiándose la camiseta a solas, pero no había manera de ocultar la selva de las extremidades inferiores, que generaba unos cuchicheos que a ella le sonaban como abucheos cada vez que salían a correr por el patio. Tampoco podía sortear las chanzas satíricas de Angélica, una niña con maneras de comandante en jefe que hacía correr bajo todos los pupitres de una clase notitas en las que aparecía retratada como un pastelero bigotón. Cuando se le ofuscaba la mirada porque sabía bien que el centro de aquella diana de risitas era su rostro, la cosa solo iba a peor porque su enfado acentuaba aún más su unicejo. La peor parte de aquel calvario púber no tenía lugar en el colegio sino después en casa, cuando entre lágrimas intentaba convencer a su progenitora de lo insostenible de la situación. Ella le contestaba inflexible, cargada de razones a las que la crueldad infantil nunca atendería. Pero finalmente su madre, que solo de vez en cuando era capaz de salir de sí misma, se fue apiadando de ella por parroquias: primero le permitió decolorarse el bigote. Fue peor el remedio que la enfermedad, porque su mostacho era tan abundante que ni diez litros de agua oxigenada pudieron impedir que la cabrona de Angélica le pusiese un mote con el que todavía la recuerda toda su promoción: Schuster. “Es un futbolista alemán”, le explicó su padre cuando ella llegó a casa llorando. Al ver una foto del teutón lo entendió. Pasados los meses por fin su madre accedió a hacerle la cera ella misma en las piernas. Nunca volvería a experimentar un dolor tan gratificante, ni siquiera cuando parió a su propia descendencia, tres niñas más bien peluditas a las que dio autonomía total sobre sus vellos corporales en cuanto la pidieron. Aún quedaba una última circunscripción, la axilar, a cuenta de la que tuvieron la peor discusión de sus vidas.  

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Fue la tarde en la que sus padres le comunicaron que iban a apuntarla a clase de natación. La noticia calló sobre su cuerpecito de criatura hormonada como un fardo de pelos de acero. “¡Mamá! ¡Me van a ver los sobacos!”. “Pues que te los vean”, zanjó. Y después, aquella mujer jovencísima y fiera que la había parido solo trece años atrás le dijo que su padre la llevaría a comprar unas chanclas “porque ya lo que nos faltaba es que cogieras hongos”. Se pararon en un pasillo de la tienda de deportes que despedía un embriagador perfume a goma nueva: gafas Speedo, gorros Arena, bañadores Turbo. Ni que decir tiene que en aquella casa purista las marcas, en líneas generales, estaban prohibidas, pero su padre sin pensarlo cogió unas chanclas de suela azul. “Estas”. En el empeine unas rayas inconfundibles recorrían una banda en cuyo interior había un mullido forro de secado. “Las Adilette fueron creadas por Adi Dassler para que los jugadores de fútbol pudieran ducharse calzados y sin riesgo de resbalar, ¿ves?”, le explicó con tono de erudito mientras le enseñaba una especie de ventosas que recorrían la suela. Ella, mientras, miraba de reojo las que le hubiesen gustado: unas de esas que se sujetan únicamente con el dedo gordo y te dejan flotar sobre una cama de gomaespuma mientras vas haciendo un característico ruido: flip, flop, flip, flop. No se atrevió a discutirlo: bastante avance era que un mayor de su casa hubiese sucumbido a los cantos de sirena del marquismo. La racha de buena suerte se terminó el mismo día que empezaron las clases de natación. La noche anterior le había costado conciliar el sueño y al llegar a la piscina climatizada comprobó con horror que la posibilidad que había barajado era ya un hecho. Entre las alumnas estaba la diabólica criatura que se había encargado de que todo el mundo se mofase de su hirsutismo. Con la cabeza gacha y los brazos muy juntitos se aproximó al grupo, suplicando hacia sus adentros que nadie le obligase a levantar los brazos. El problema, sin embargo, fue otro: en cuanto Angélica reparó en su presencia la miró de abajo a arriba. Lo primero que advirtió fueron sus chanclas de Adidas. Soltó un grito que rebotó sonoramente contra las paredes de azulejo: “¡Por supuesto que Schuster iba a venir con unas chanclas de futbolista alemán!”. Contuvo la ira hasta que estallaron las carcajadas. Entonces se abalanzó sobre la niña maliciosa que echó a correr por las baldosas mojadas. Iba con unas de esas chanclas que hacen flip, flop, flip, flop. Rosas, ligeras, preciosas. Al girar hacia la cabecera de la pileta, Angélica resbaló. Su cabeza rebotó contra uno de los tacos de cemento. La niña peluda llegó justo a tiempo para ver cómo el cabello tendido en el suelo de la otra adolescente se llenaba de sangre. Se agachó y mirándola fijamente a unos ojos abiertos como platos le dijo: “Esto con mis chanclas no te habría pasado”.  

*Raquel Peláez es periodista y escritora. Su último libro es ‘Quiero y no puedo. Una historia de los pijos en España’ (Blackie Books, 2024).

Su madre no le dejaba depilarse el bigote, ni quitarse los pelos de las piernas, ni arrancar ese vello espantoso que le crecía entre las dos cejas y que le daba un aire primitivo, como de cromagnona adolescente. Decía: “Cuanto más tarde seas esclava de la cera y de todos los adminículos que el capitalismo ha inventado para que las mujeres nos metamos en el ciclo infinito del cuidado personal, más tiempo serás libre”. Entendía la idea de forma abstracta, porque en su casa desde muy pequeñas a ella y a sus hermanas, una especie de hermanas Lisbon mesetarias, las habían aleccionado contra los peligros del consumo desaforado y la vanidad como motor de dicho consumo; pero lo cierto es que aquella cerrilidad naturista, la misma por la que le estaba vetado comer gominolas o ponerse desodorante de supermercado, a ella lejos de liberarla la hacía esclava de las miradas ajenas. En los vestuarios, antes de las clases de gimnasia, se escondía en los cubículos individuales para que nadie viese que tenía bajo los dos sobacos sendos frondosos felpudos. Ese inconveniente podía sortearlo cambiándose la camiseta a solas, pero no había manera de ocultar la selva de las extremidades inferiores, que generaba unos cuchicheos que a ella le sonaban como abucheos cada vez que salían a correr por el patio. Tampoco podía sortear las chanzas satíricas de Angélica, una niña con maneras de comandante en jefe que hacía correr bajo todos los pupitres de una clase notitas en las que aparecía retratada como un pastelero bigotón. Cuando se le ofuscaba la mirada porque sabía bien que el centro de aquella diana de risitas era su rostro, la cosa solo iba a peor porque su enfado acentuaba aún más su unicejo. La peor parte de aquel calvario púber no tenía lugar en el colegio sino después en casa, cuando entre lágrimas intentaba convencer a su progenitora de lo insostenible de la situación. Ella le contestaba inflexible, cargada de razones a las que la crueldad infantil nunca atendería. Pero finalmente su madre, que solo de vez en cuando era capaz de salir de sí misma, se fue apiadando de ella por parroquias: primero le permitió decolorarse el bigote. Fue peor el remedio que la enfermedad, porque su mostacho era tan abundante que ni diez litros de agua oxigenada pudieron impedir que la cabrona de Angélica le pusiese un mote con el que todavía la recuerda toda su promoción: Schuster. “Es un futbolista alemán”, le explicó su padre cuando ella llegó a casa llorando. Al ver una foto del teutón lo entendió. Pasados los meses por fin su madre accedió a hacerle la cera ella misma en las piernas. Nunca volvería a experimentar un dolor tan gratificante, ni siquiera cuando parió a su propia descendencia, tres niñas más bien peluditas a las que dio autonomía total sobre sus vellos corporales en cuanto la pidieron. Aún quedaba una última circunscripción, la axilar, a cuenta de la que tuvieron la peor discusión de sus vidas.  

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