Lo que no tapa el táper

Elvira Navarro

Mi primera relación con un táper fue lúdica, pero con un resultado tan repugnante que ahora le doy un valor metafórico y anticipatorio. Yo tenía cuatro años y me empeñé en cocinar una paella. Había visto a mi madre hacerlo y para mí todo se resumía en sumergir el arroz en agua, así que le pedí un recipiente y un poquito de arroz. Ella me dio un táper pequeño de plástico y me alcanzó el paquete de SOS para que cogiera unos puñaditos. Los metí en el tupperware y, sin que ella me viese, los cubrí de agua y los escondí debajo de mi cama. En ese momento mi pensamiento mágico funcionaba como nunca: estaba convencida de que bastaba con imitar defectuosamente la causalidad real para que el resultado aconteciera siempre de la misma manera. Dicho de otro modo: creía que el grano, al contacto con el agua, se convertiría en un suculento plato de paella. Daba igual que debajo de mi cama no hubiera fogones y que tampoco hubiese caído en la cuenta de que lo que cocinaba mi madre era de color amarillo y llevaba pollo. En mi cabeza bastaba con dejarlo ahí hasta que la paella brotara por sí sola. 

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Sin embargo, no brotaba nada de aquel arroz. Pasaron un día, dos, tres. Yo estaba ansiosa por enseñarle a mi madre mi hazaña, pero con el transcurso de las jornadas solo veía aquel caldo convirtiéndose en una masa blancuzca, hasta que me olvidé. Mi madre pegó un grito cuando tocó limpiar mi cuarto y sacó de debajo de la cama el táper florecido de moho: una telaraña gris con puntitos negros, como el vómito de un insecto repulsivo, que fue tirada inmediatamente a la basura tras dos bofetadas que me dejaron las mejillas ardiendo y una impresión de no ser comprendida, pues yo traté de explicar que mi intención era buena.

Digo que este episodio fue metafórico y premonitorio porque, a partir de este momento, el táper pasó a significar en mi cabeza un fracaso, y eso mismo observaría años después en el trajín de táperes en el que andaban mis compañeros de piso o en el que anduve yo misma en mi breve paso por una oficina, una brevedad que procuré con ahínco: enseguida me hice correctora editorial externa y no tuve necesidad de llevarme la comida al trabajo para zampármela en uno de esas habitáculos con microondas y nevera donde, en vez comer, los empleados parecen castigados, como niños excluidos del salón de los adultos, que en el tajo siempre son los jefes. Ese salón de personas mayores también es metafórico, o lo era: en el escaso tiempo en el que estuve en una oficina, mi jefe y mi jefa (nunca supe si entre ellos había jerarquías) se iban a comer a un restaurante, y con eso marcaban la diferencia y el privilegio. Los curritos nos juntábamos en el cuarto de las reuniones, que también era el de la comida, aunque yo mayormente me marchaba fuera, donde había un aparcamiento y un pequeño parterre con césped y algunas plantas, y me sentaba en el bordillo con mi ensalada de pasta o mi trozo de tortilla mientras olía a neumático. Lo prefería a la mezcla nauseabunda de olores que se generaba en el cuartucho cuando todo el mundo abría su táper.

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En aquel tiempo todavía teníamos una conciencia clara de lo que era y no era un privilegio, entre otras cosas porque no nos poseía el credo calvinista de ahora (o no tanto, al menos: estoy hablando de principios de los 2000). No había esa obsesión por la productividad ni por ser el mejor empleado del mes, una mentalidad que hace que, en la actualidad, y según me cuentan, los nuevos jefes y jefecillos, procedentes de algún MBA carísimo donde les han enseñado el negocio y la ética neoliberal, también se comporten como esclavos y coman en táperes para no perder ni un minuto (¡porque además luego tienen que mazarse en el gimnasio!). Aquel mundo de principios del siglo XXI, que todavía funcionaba según las reglas del último cuarto del XX, era otro. La gente de las oficinas (la clase media) salía mayoritariamente a desayunar porque no se había perdido poder adquisitivo. Había más relajo, los subalternos no solían tener la misma ideología que los mandamases, y menos aún la clase obrera. Así que comer de táper se veía como algo triste, y se hacía porque no se tenía más remedio. Es curioso cómo ha cambiado esto: basta con ver las respuestas a un artículo publicado por Enrique Rey en El País titulado “¿A qué huele la clase obrera?: comer de táper en el trabajo, el símbolo de una generación desencantada”. En no pocas de ellas se argumenta que comer de táper es mejor porque es más sano y te hace perder menos tiempo, y siendo ambas cosas ciertas, evidencian no obstante la pérdida de perspectiva, de lo que significa en términos generales: el dinero que no tenemos para desayunar o comer de menú, por no hablar de la idea capitalista del tiempo, en el que este no se puede perder. 

Yo recuerdo a mis compañeros de piso cocinándose los táperes y la satisfacción que me producía el no tener que estar haciendo lo mismo que ellos. Mi trabajo de correctora editorial en casa no era ninguna panacea, pero me salvaba del táper, de dedicar los domingos por la tarde a hacer dos guisos distintos para saltearlos en días alternos, o de preparar un poco más de cena para comer las sobras al día siguiente. Muchos de mis compañeros regresaban muertos de hambre porque lo que se llevaban era una ensaladita que llegaba pocha al mediodía, así que a las siete de la tarde se cenaban una fuente de macarrones con tomate. Tuve compañeras que llenaban el congelador de táperes y que acarreaban esa comida congelada al trabajo, y otras que odiaban cocinar y que metían en su mochila una lata de atún pequeña, dos rebanadas de pan de molde y una manzana insípida. También había quienes se desayunaban una barra de pan entera con queso, chorizo o fuagrás para no tener que prepararse ningún táper y aguantar sin comer (luego volvían a cenarse otra barra de pan). No recuerdo a nadie preparándose sus táperes con alegría, o que al llegar del trabajo comprara buenos alimentos y dedicara una hora a un guiso rico y elaborado: tener hambre significaba lo de siempre, que te comes cualquier cosa. Y lo que sobra, al táper.

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*Elvira Navarro es escritora. Su último libro publicado es ‘La sangre está cayendo al patio’ (Random House, 2025).

Mi primera relación con un táper fue lúdica, pero con un resultado tan repugnante que ahora le doy un valor metafórico y anticipatorio. Yo tenía cuatro años y me empeñé en cocinar una paella. Había visto a mi madre hacerlo y para mí todo se resumía en sumergir el arroz en agua, así que le pedí un recipiente y un poquito de arroz. Ella me dio un táper pequeño de plástico y me alcanzó el paquete de SOS para que cogiera unos puñaditos. Los metí en el tupperware y, sin que ella me viese, los cubrí de agua y los escondí debajo de mi cama. En ese momento mi pensamiento mágico funcionaba como nunca: estaba convencida de que bastaba con imitar defectuosamente la causalidad real para que el resultado aconteciera siempre de la misma manera. Dicho de otro modo: creía que el grano, al contacto con el agua, se convertiría en un suculento plato de paella. Daba igual que debajo de mi cama no hubiera fogones y que tampoco hubiese caído en la cuenta de que lo que cocinaba mi madre era de color amarillo y llevaba pollo. En mi cabeza bastaba con dejarlo ahí hasta que la paella brotara por sí sola. 

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