Principio, medio, fin

Valeria Luiselli

ÍNDICE DE CONTENIDOS: En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera –pies, piernas, torso, cuello– hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto.

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EL MUNDO 

Llevaba un rato buscando algo así como un nuevo comienzo. Injusto o extraño, quizás, pedirle eso al tiempo: la posibilidad de empezar, de empezar de nuevo. Lo único que tenía que hacer, o eso creía entonces, era responder a una pregunta: ¿cómo lo reinvento todo: nuestra historia, nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de estar en el mundo? Por ahora íbamos a ser solo ella y yo.

FINITUD DEL MUNDO 

Me hacía falta estar en otra parte, en otro momento de vida, lejos de donde estaba entonces. Había terminado un libro, luego un proyecto demandante grabando paisajes sonoros y testimonios en la frontera entre México y Estados Unidos, y después había pasado por un divorcio lento, difícil, enmarañado. Esa constelación –terminar, terminar, terminar– me había dejado como astronauta: circunflotando, encapsulada, ante todo ausente. 

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Pasaron las semanas y luego los meses, la rotación incesante del calendario, pero me encontraba siempre como en el mismo sitio. Durante un buen tiempo después de esos finales, estuve trastabillando de un falso principio a otro. No había podido empezar a escribir nada nuevo, apenas notas dispersas, no había construido nada que se asemejara a una relación amorosa, no había encontrado esa sensación –que tantos y tantas describían– de que la vida, después de un final, vuelve también a empezar. 

UNIDAD DEL MUNDO 

Ahora, después de casi un año, el libro estaba por publicarse en varios países europeos, y yo había aceptado todas las invitaciones que enviaron a mi agencia. Incluso le había pedido a mi agente que por favor buscara más, lo que fuera: lecturas, conferencias, talleres, círculos de lectura. Un amigo opinó: 

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Eres como esas personas que se comen toda la comida en el avión nomás porque es gratis. 

Saqué a mi hija de la secundaria unos meses antes del final del ciclo escolar y la registré como estudiante a distancia. Logré encontrar inquilinas ideales: una pareja de medievalistas canadienses. Se quedarían de abril a septiembre, pagarían a tiempo, cuidarían nuestras plantas, no se robarían mis libros. No le respondí nada a ese amigo, pero durante días, en mi cabeza, le estuve diciendo: Ya nada es gratis en los aviones, cabrón.

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FORMA DEL MUNDO 

Dos maletas: una gris, una verde. Nos fuimos de Nueva York cuando empezaba la primavera. El plan original: mudarnos de ciudad en ciudad, las veces que fuera necesario, de vida en vida, maletas ligeras, hasta que las cosas volvieran a caer en su lugar.

Durante abril y mayo nos movimos cada dos o tres días, de un lugar a otro, hoteles casi siempre, pueblos chicos y ciudades, lecturas públicas, charlas, entrevistas. En Suiza y Austria, todos los lectores que asistieron a mis eventos eran octogenarios o septuagenarios, circunstancia a la vez conmovedora y un poco preocupante. Hubo estancias breves en París y Lyon, Varsovia, Estambul, Atenas, Londres y Berlín. En Múnich, una ginecóloga me extrajo un DIU. En un café en Praga, mi hija perdió una muela, la penúltima, adentro de un plato de sopa. 

MOVIMIENTO DEL MUNDO 

La observaba con atención, tal vez con demasiada atención desde que nos volvimos solo ella y yo. Sus comportamientos, un espejo extraño de mi capacidad o incapacidad para criarla. Adonde fuéramos, se compraba postales, escribía cosas en sus reversos, pero después se negaba a mandarlas por correo a nadie. No importa dónde estuviéramos, lo único que quería hacer era leer por su cuenta o jugar al ajedrez conmigo.

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En Berlín, le traté de enseñar a andar en bicicleta: imposible, pedaleaba siempre en reversa. Intenté no pensarlo como metáfora de nada. 

En un pueblo costero cerca de Ámsterdam, estuvimos un buen rato paradas en una playa, frente al mar gris, donde un grupo de adolescentes aprendían a nadar con zapatos. Cada que una ola se aproximaba a la orilla, los adolescentes se lanzaban contra la corriente, sus zapatos y botas visibles en la espuma de la superficie revuelta, sus patadas breves y veloces. La escena le pareció inquietante, y se negó a volver al mar durante semanas enteras después de eso. 

Unos días más tarde, en la Rambla del Raval de Barcelona, se puso a llorar desconsolada cuando vimos a una mujer, tal vez joven o tal vez vieja, posiblemente pordiosera, balbuceándole insultos a una pared. Cuando pasamos junto a ella, la mujer abrió una mochila y vació sus contenidos sobre la banqueta: un reguero de libros antiguos. Luego tomó uno, lo abrió, leyó unas palabras incomprensibles, nos volteó a ver directo a los ojos y con una sonrisa vaga, anunció:

¡Omnes fines mundi!

RAZONES DE SU NOMBRE 

¿Qué es volver a empezar? ¿Dónde está el principio? Tal vez las cosas no caen nunca en su lugar, pero cuando llegó el mes de junio y terminé con todos mis compromisos de trabajo, y tomamos un avión que aterrizó una noche en el aeropuerto de Catania, tuve la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que por fin habíamos llegado a alguna parte, de que por fin íbamos a poder asentarnos. 

Mi abuela materna, la Nanna, era de un pueblito no muy lejos de Catania. Y aunque murió cuando yo aún era niña, y yo nunca había venido a su isla natal, en cuanto bajamos por las escalerillas del avión y vi sobre nosotras el cielo cuajado de estrellas, tuve una sensación muy clara de pertenencia –pasada o futura, no sé–. Mi hija se detuvo al pie de las escalerillas, apuntó hacia el horizonte, donde la silueta negra del volcán Etna apenas se distinguía del cielo tan oscuro, y dijo: 

Mira, Ma, viene un bostezo celeste. 

¿Un qué? 

Un bostezo celeste. 

¿Qué es eso? 

Nada, no importa. 

O tal vez no tanto una sensación de pertenencia, sino un eco de la pertenencia: memorias prestadas, rumores heredados. Leí alguna vez que la palabra eco viene del griego antiguo oikos, que significa casa. Y si eso es cierto, tal vez el eco y la pertenencia están más estrechamente ligados de lo que se suele pensar. Era, por supuesto, un proyecto imposible: movernos, mudarnos, ir de vida en vida hasta que algo por fin cayera en su lugar, porque nada simplemente cae por sí solo en su sitio. Una idea liberadora, pero un proyecto imposible. Con el tiempo, pensé, tendría un plan más claro y concreto. Con el tiempo, sin embargo, tuvimos que movernos por motivos muy distintos a los que nos impulsaban en un inicio, pero eso vino después, y en ese momento no intuíamos nada todavía.

II

DIOS

En el taxi del aeropuerto, el señor en la radio anuncia que esta mañana el Etna emitió una fumarola de gas y ceniza, pero que hasta ahora no se reportan daños. También dice que habrá un eclipse lunar antes del amanecer, y que al mismo tiempo el levante entrará desde el este. Mi hija me pregunta: 

¿Qué es el Etna? 

Un volcán. 

¿Peligroso? 

No, en absoluto.

¿Y qué es el levante? 

No sé, amor. 

Pero el taxista sí que sabe. Hay dos estirpes de taxistas: los que dicen que no saben nada y los que lo saben absolutamente todo. Nos explica que el levante es un buen viento, uno de los muchos que recorren la isla. Aquí son tantos y tan constantes los vientos, dice, que los griegos pensaban que era en uno de los acantilados de los alrededores que el dios Eolo los albergaba a todos, dispensándolos a su antojo: del norte, el maestrale frío y seco, y también el grecale y la tramontana; del sur y suroeste los cálidos libeccio y mezzogiorno; del oeste, el ponente, que trae cielos despejados y aguas quietas; del sur y sureste, el bestial, ardiente e insoportable scirocco, que trae arenas desde el Sáhara y pinta el cielo de rojo y llena a la gente de rabia, ansiedad y locura. Y, por fin, este suave y húmedo levante, que está por llegar desde el este, y que traerá a las corrientes marinas un azul mucho más profundo, y traerá también brisas más frescas y tal vez un poco de lluvia. Los marineros lo prefieren a cualquier otro viento, termina el taxista con entusiasmo lírico, porque los empuja hacia altamar con soplos constantes y ráfagas de popa. 

Pienso que debe ser un buen augurio, llegar con el levante, ráfagas de popa. ¿O estoy confundiendo popa con proa y esta ráfaga es propicia para irse y no para llegar? En todo caso es aquí, en esta isla, con esta llegada, durante este verano, que quiero que ella y yo encontremos por fin un nuevo principio. Solo tengo que buscar una nueva rutina, una cotidianidad sostenida, una nueva forma de ser madre. Quizás incluso un reencuentro con la escritura, poner orden a mis notas y terminar un nuevo libro. 

NATURALEZA DE LOS PLANETAS 

Pregunta, así que durante el resto del camino al departamento le cuento cosas que recuerdo de su bisabuela, la Nanna: empezó a fumar a los doce años y se fumaba un paquete y medio de cigarros Camel todos los días, nació en un poblado en el mero corazón de la isla, un poblado con el nombre casi mitológico de Philosophiana, era campesina, recia de carácter pero llena de calidez y sentido del humor, a los veintiuno se vistió de hombre para que la contrataran como jornalera en una campaña de excavaciones arqueológicas cerca de su casa, formó parte de un equipo de excavadores que encontró ruinas importantes, pero un día descubrieron que era mujer y la corrieron, decidió migrar a las Américas, aprendió a leer y escribir a bordo del barco y fue una lectora voraz el resto de su vida, sobrevivió a un naufragio cerca de Veracruz, jugaba al ajedrez, era inconvenientemente guapa, ojos miel botticellianos, piel morena, melena china, dientes desastrosos, era en extremo supersticiosa, nunca aprendió a pronunciar la jota, le gritaba pinches pendecos a los malos conductores, a los hombres poco caballerosos, pendecos deficientes, a los políticos en la tele, pinches pendecos cretinos del cazzo, cocinaba pésimo, le encantaba el fútbol. Perdió la memoria a los setenta y algo. Murió en un asilo para enfermos de la mente en la Ciudad de México en los años ochenta. 

Mi hija y yo compartimos varias de sus características: los malos dientes, el amor por los libros y la afición por el ajedrez. Heredamos también supersticiones: nunca pasar la sal de mano en mano, no mirarse a los ojos en el reflejo de una ventana mientras llueve, pellizcarse y pedir un deseo a las 11:11 de la mañana y a las 11:11 de la noche. Yo heredé la pasión por la nicotina y la pasión por el fútbol. Mi hija tiene su belleza leonina –melena envidiable, toda rizos– y sus ojos botticellianos, más oscuros que los de mi abuela, color miel de maple. Tal vez todas esas cosas puedan considerarse ecos de una persona, en el sentido de la repetición y la reverberación, pero también en el sentido de que nuestros cuerpos son casas, espacios físicos en donde los rastros de quienes vinieron antes siguen viviendo y rebotando. 

ECLIPSES SOLARES 

Piazza Manganelli 16, un arco barroco enmarcado por pilastras, decorado con querubines de yeso, un portón pesado de madera, patio interior, escaleras de mármol, primer piso, llaves debajo del tapete, departamento número dos. 

El departamento le pertenece a un hombre que conozco, pianista. Les dejo las llaves, me dijo, siéntanse como en su casa. Iba a estar de gira todo el mes. Regresaría a inicios de julio, y si queríamos quedarnos más tiempo, con gusto nos hospedaría. 

Nos habíamos conocido hacía más o menos un año, en Nueva York, mientras daba una temporada de conciertos. Tuvimos un breve y febril encuentro después de mi divorcio y seguimos en contacto remoto todo este tiempo, escribiéndonos casi diario, a veces hablando por teléfono a horas absurdas del día o de la noche, hablando sobre todo acerca de los divorcios (él llevaba dos a cuestas, así que tenía consejos, aunque no siempre buenos), hablando de la maternidad y la paternidad (él no tenía hijos, así que la conversación, de su lado, era sobre todo especulativa), hablando de nuestros planes, los suyos, los míos, por separado, sus conciertos, mis proyectos, y también de los planes que podríamos hacer juntos, tal vez, un día, en el futuro, tal vez. 

ECLIPSES LUNARES 

Dejamos nuestros zapatos, maletas, mochila y portafolio en el vestíbulo. Vamos directo a la cocina y nos sentamos a la mesa, una mesa larga de madera rústica, esperando a que el agua hierva para hacer una pasta. Mi madre me escribe un mensaje de texto para preguntar si llegamos bien. Cuando mi mamá envía mensajes escritos, parece que está entregando al mismo tiempo un horóscopo y una predicción climática, y muchas veces firma el mensaje al final, como si no tuviera yo su contacto almacenado, como si estuviera mandándome un fax desde una máquina pública. En este mensaje, confirma y redobla lo que dijo la radio hace rato, solo que en sus palabras las predicciones suenan ominosas: 

Eclipse penumbral ¡Vienen tormentas! Tiempos de cambio. Besos, Mamá, Manuela. 

Menos convencida de que un eclipse penumbral seguido de tormentas sea buen presagio, seguimos las instrucciones de mi madre, por si acaso, y recogemos tres dientes de un enjambre de cabezas de ajo que cuelgan junto a la estufa, y los plantamos con los pulgares izquierdos bajo la luz de la luna en una maceta de romero moribundo en el balcón de la cocina.

LA NOCHE

Mi hija se cuelga su portafolio al hombro y arrastra su maleta verde al cuarto más chico; yo me cuelgo mi mochila y arrastro la maleta gris al cuarto más grande, ambas recámaras en extremos opuestos de una gran sala. 

Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo

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Mi maleta sobre la cama, la lenta coreografía de desempacar. Aquí, en su cuarto, el cuarto del pianista, no desempaco como lo suelo hacer: contenido entero de la maleta vertido sobre la cama y luego poco a poco distribuido en cajones y clóset. Aquí, trato de desempacar como si fuera él, un hombre sistemático y de rutinas fijas. Saco una cosa a la vez, de maleta a clóset, maleta a clóset. Hay un cuento de Antonio Di Benedetto, ‘El abandono y la pasividad’, sobre una mujer que abandona a un hombre, pero nunca vemos a la mujer y nunca vemos al hombre. Solo vemos una maleta abandonando un cuarto, y un vaso de agua en la mesita de noche, debajo del cual hay una nota escrita a mano cuyo contenido nunca se muestra al lector. Lo único que hay en el cuento es un cuarto vacío, nunca ningún humano ni ser viviente, salvo por una mosca, que aparece a la mitad del cuento: “Por su inercia cobra vigencia una mosca, entre un sol y otro, entre un sol y otro, pero no más de dos”. Nunca he entendido del todo esa línea: ¿una mosca que vive cuarenta y ocho horas? ¿O algo enteramente distinto sobre el patrón de vuelo de las moscas? 

Todos los objetos en su clóset parecen elegidos por la mano templada del método: zapatos, corbatas, cinturones, pantalones, camisas, sacos, pocas camisetas. Cuelgo y doblo mis cosas junto a las suyas. Todas las suyas: negras o azul marino. Las mías: un revoltijo de colores. Cuelgan juntos, suspendidos en el aire, un vestido mío y un saco suyo: una danza afantasmada, extraña, un encuentro de los dos in absentia.

*Extracto de la ‘Primera parte (Levante)’ de la novela de Valeria Luiselli, ‘Principio, medio, fin’ (Barcelona, Feltrinelli Editores, 2026).

ÍNDICE DE CONTENIDOS: En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera –pies, piernas, torso, cuello– hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto.

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