La arrogante posverdad de un expresidente de Gobierno

Antonio Agar

El brillante catedrático en Filosofía Bernard Williams, británico y profesor en universidades: Cambridge, Oxford y Berkeley, orientó su pensamiento en resaltar los valores éticos que deben presidir el ejercicio de los poderes públicos, en sus libros: Truth & Truthfulness, premiando la veracidad, por encima de la verdad.

Decía que esta distinción no es asunto banal, puesto que se corre el peligro de perderse en los debates sobre la política de la posverdad y las fake news.

En el Evangelio de San Juan, aparece un episodio que puede servir como ejemplo de lo mencionado por Bernard Williams: “El ortodoxo israelita Natael, integrado en la preparación de la asamblea del Sanedrín judío, era un gran amigo de Felipe, discípulo de Jesús. Un día que Jesús se preparaba a propagar a la muchedumbre que le seguía una de sus parábolas, le convenció para quedarse con él y escuchar las palabras de Jesús. Nada más comenzar su discurso, Natael exclama de forma airada ante la multitud: ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?, tras un prolongado silencio, Jesús se dirige a todos los presentes y les dice con serenidad: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño”. Con esta afirmación, Cristo no pretendía aplaudir a Natael por la verdad de su declaración, sino por su disposición a decir lo que pensaba, por su veracidad.

Bernard Williams quiso resumir du doctrina filosófica con el aserto: La verdad es empírica, pero la veracidad es ética

Bernard Williams quiso resumir du doctrina filosófica con el aserto: La verdad es empírica, pero la veracidad es ética.

El 19 de febrero pasado, el diario El Mundo, en su dominical, transcribe un reportaje efectuado por el prestigioso periodista y director del periódico Joaquín Manso de la entrevista realizada al expresidente José María Aznar en la sede del Think Tank FAES.

Destaco de su cuestionario de preguntas, la referida a la invasión de Irak. El periodista le interroga con estas palabras: Y sabiendo esos resultados, ¿Por qué no ha pedido perdón? La respuesta del expresidente, plena de arrogancia y de falta de empatía con las víctimas de los atentados de Atocha, con una soberbia rayando en la megalomanía, fue: ¿Por qué tengo que pedir perdón? ¿Por defender los intereses de España? En términos de estrategia y apoyo político, aquel episodio era fundamental para la nación, añadiendo sin pudor alguno que España no mandó ningún soldado a Irak.

Aconsejo al señor expresidente que tome fosgluten reforzado para reavivar la memoria, puesto que su declaración en el reportaje citado afirmando que no se enviaron tropas españolas a Irak evidencia que está frágil de memoria o ha tenido un lapsus mental.

Datos constatados en los registros históricos sobre la actuación de las fuerzas armadas españolas en la invasión a Irak y las consecuencias.

El 11 de Julio de 2003, el Consejo de Ministros aprobó el envío de 1.300 militares españoles a Irak. El primer contingente partió desde el aeropuerto de Santiago de Compostela en un Boeing 707, y así sucesivamente hasta completar la cuota final de las tropas con 335 militares que salieron desde la base de Torrejón de Ardoz el 14 de Agosto de 2003. Asimismo, España se responsabilizó de llevar el mando de la coalición con países sudamericanos con la siglas BMNPU, que sumaron 1.300 militares más a la operación, que formaron un batallón de 2.500 militares. La sede del Cuartel General la situaron en la ciudad irakí de Diwaniya.

Una vez celebradas las elecciones generales el 14 de marzo de 2004, y una vez investido como presidente, el Sr. Zapatero ordenó la retirada de las tropas, que fueron repatriadas de forma ordenada y finalizando las mismas el 14 de julio de 2004.

Las trágicas consecuencias de esta intervención en Irak fueron: con relación a los atentados terroristas de Atocha, de 193 muertos y dos mil heridos de distinta consideración. Con respecto a las actividades militares en Irak por las tropas españolas: 12 fallecidos y centenares de heridos.

Son datos irrefutables, Sr. Aznar. Le sugiero que como presidente del Think Tank FAES organice un seminario sobre la figura del padre del liberalismo conservador británico: Edmund Burke, con exhaustivos debates sobre las enseñanzas que se desprenden de sus libros: A vindication of Natural Society, Reflections on the Revolution in France y An appeal from the new to the old whigs.

Finalizo con una de sus famosas locuciones: “La confianza de los ciudadanos en los servidores públicos no se pierde porque hayan cometido errores; la confianza naufraga cuando se miente intentando embaucar al pueblo llano.”

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