Así estamos

Joaquim Canadell Casanova

Siempre me ha interesado la política. Y también me duele. Me duele comprobar a qué punto —global, regional y local— nos ha conducido el desembarco de los populismos en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, jamás he clasificado a mis amigos entre buenos, regulares o malos en función de que sus opiniones políticas coincidan o no con las mías.

Quizá sea una herencia de mis orígenes. Soy hijo de un pequeño empresario de un pueblo de mil habitantes de la Garrotxa. En el pueblo todo se mezcla —salvo que pertenezcas a la superélite— y mis padres tuvieron el acierto de enviarnos a la escuela nacional, donde convivíamos todos, en lugar de mandarnos a los colegios religiosos a los que acudían otros niños de su misma clase social. Aquella mezcla nos marcó.

Conservo amistades de todo tipo, y pensándolo bien, la clave de que duren desde hace tantos años es muy sencilla: casi nunca nos hemos preguntado a quién votamos. Nuestro vínculo nace de experiencias compartidas: juegos, escuela, viajes, juergas juveniles, amores y desamores, bodas, hijos… y ahora el cuidado de padres o nietos. Así éramos. Y ahora, tristemente, como sociedad, ya no somos así.

Hace pocos días, conversando con un amigo de la infancia —compañero de aquella escuela de maestro único y cincuenta alumnos de todas las edades durante el franquismo, que permitió estudiar a muchos que jamás habrían podido desplazarse a la capital de comarca— comentábamos, sin pasión pero con perplejidad, un estudio publicado por La Vanguardia. Sus conclusiones eran inquietantes: el apoyo a Vox era transversal en edad, nivel de estudios y situación económica; y, además, las zonas con mayor concentración de inmigración procedente de los países más pobres eran aquellas donde Vox obtenía, con diferencia, más votos.

La reacción inmediata de mi amigo fue: “Claro, quieren defender su paguita”. Craso error. Si alguien quisiera defender una prestación, votaría a quien se la concedió. Más bien ocurre lo contrario: cuanto más vulnerable se siente alguien, más busca un discurso de fuerza, aunque sea tramposo. Ven en ese mensaje una supuesta garantía de orden y protección, sin advertir que, si algún día —Dios no lo quiera— esos discursos gobiernan de verdad, las primeras víctimas serán precisamente los más débiles.

Cuanto más vulnerable se siente alguien, más busca un discurso de fuerza (...) sin advertir que, si algún día esos discursos gobiernan, las primeras víctimas serán los más débiles

Esa sensación de fortaleza no la estamos ofreciendo los demócratas. Ni la izquierda, fragmentada en dos mil izquierdas que parecen empeñadas en mirarse el ombligo mientras el suelo arde.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí y qué deberíamos revertir si no queremos regresar a una forma nueva de esclavitud: antes física; ahora digital y económica.

Uno de los grandes éxitos del capitalismo salvaje —que ha degenerado en un anarcoliberalismo obsceno— ha sido convencer al proletariado de que es clase media; a la clase media, de que es rica; y a los verdaderamente ricos, de que sigan cobrando el peaje de esa ficción colectiva que los enriquece cada vez más.

Con demasiada frecuencia oigo decir de un profesional liberal o de un pequeño empresario que es “muy rico”. Y lo peor es que algunos se lo creen. No reparan en que bastan dos meses sin ingresos sólidos para caer, sin red, al pozo de los pobres.

El anarcoliberalismo actual, basado en la adicción a las redes y en sueldos de mierda —con la mierda cada vez más espesa— ha conseguido narcotizar a los jóvenes, y cada vez más a los adultos. La desinformación circula a golpe de algoritmo, y la política se reduce a consignas simplonas compartidas compulsivamente.

Las consecuencias son previsibles: muchos de los pocos que aún se sienten politizados se retiran, se refugian en la abstención, en el “todos son iguales”. Mientras tanto, los verdaderamente ricos y los narcotizados votan disciplinadamente a las opciones populistas, siempre listas para joder precisamente a quienes las apoyan.

El “autismo sociológico” que dejó la pandemia, sumado al empacho digital, ha desmovilizado a la ciudadanía. Se protesta menos, se debate menos, incluso se queda menos con los amigos. Y eso, para los de arriba, es perfecto: si la gente habla, comparte, se organiza y se divierte, puede pensar. Y si piensa, puede exigir.

Algo habrá que hacer. Pero la política actual parece tan desgajada de la sociedad que el aburrimiento causa estragos elección tras elección. ¿Por qué la izquierda y los demócratas se empeñan en despedazarse entre ellos mientras regalan el poder a quienes van a joderles sin contemplaciones? ¿Tan abismales son sus diferencias? ¿Tan difícil es sentarse, identificar lo que une y aparcar los pelitos que separan?

La historia demuestra que cuando las izquierdas formaron unidades populares, lograron frenar a las derechas más reaccionarias. Y cuando los demócratas de derechas —siempre necesarios— entendieron que debían pactar, se avanzó no solo en bienestar económico, sino en alfabetización, cultura, ocio y acceso a formas de vida que antes estaban reservadas a los ricos.

Hoy, entre nubes espesas, se vislumbran algunas luces. Pero no basta con contemplarlas. Es imprescindible no rendirse, animar a nuestros amigos, exigir responsabilidad a quienes pueden articular mayorías amplias sin anteponer nombres propios a proyectos colectivos.

Una sociedad sana no es aquella donde unos pocos acumulan cada vez más, sino aquella en la que los esfuerzos de quienes la representan se orientan exclusivamente a aumentar la felicidad común.

Algo tendremos que hacer. Y pronto.

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Joaquim Canadell Casanova es socio de infoLibre.

Siempre me ha interesado la política. Y también me duele. Me duele comprobar a qué punto —global, regional y local— nos ha conducido el desembarco de los populismos en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, jamás he clasificado a mis amigos entre buenos, regulares o malos en función de que sus opiniones políticas coincidan o no con las mías.

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