Atapuerca existe

Jesús María Frades Payo

Como en otras ocasiones, me curo en salud advirtiendo que me considero profundamente constitucionalista y, por ende, autonomista, de modo que defiendo nuestro sistema de libertades y derechos que nos igualan a todos los españoles, sin menoscabo de la riqueza de que gozamos al ser plurinacional. Y con el tiempo, porque como al diablo el saber también me medra, veo que más acertado aún sería que cambiásemos a un Estado federal. No estimo necesario enumerar los países en los que este sistema político opera, y bien. Incluso alguno como Suiza, según explican los politólogos, tiene más de esto que de lo que su nombre aparenta, y recuerda a películas del Oeste sobre la Guerra de Secesión en las que algún soldado federal se camuflaba con una casaca de confederado para salvar el pellejo en situaciones adversas. También es cierto que hay países centralistas que no tienen problemas por serlo, y para muestra están los que, aquellos de ciertas edades, recitábamos cantando que limitaban a España, siendo además Francia la cuna de la expresión: “jacobino”, también utilizada como sinónimo de centralista, e inmortalizada por el genial Machado en su Retrato.

Siguiendo con este exordio, y a modo de repaso del comienzo de nuestra Transición, conviene comentar lo discutida que fue la inclusión del Estado de las Autonomías en la Constitución. No muy atrás habían quedado los gritos reivindicadores, recordados indebidamente estos días, de “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”, todo conseguido a pesar de la amnesia selectiva de algunos. En las citadas discusiones tanto en la ponencia como en la comisión y posteriormente en el Congreso de los Diputados, fueron especialmente combativos los franquistas agrupados bajo las siglas de AP, llamados los 7 Magníficos y que Pedro Ruíz parodiaba usando los versátiles apellidos de los opusdeístas del desarrollismo y otros como letra de la música del Oeste. Si bien para el referéndum solo recomendaron el a sus votantes, pero diciendo no cual ventrílocuos, de sus 16 diputados, ocho habían dicho en el Congreso, el ponente Fraga entre ellos. Por la razón contraria el jesuita Arzallus y el racista H. Barrera se abstuvieron, y Pujol “O tempora, o mores”, votó a favor, penando por no poder hacer “un elogio entusiasmante de la Constitución”.

Nació entonces la que lleva ya 43 años regulando nuestra etapa más larga de convivencia y en la que se pusieron no dos pilares sino uno y una pata sobre los que asentar ese régimen, que son los artículos 151 y 143. La criatura tuvo desde feto algo de engendro al diferenciar unas comunidades de otras empezando por las vías en que esos artículos las encarrilan. Extremadura tuvo que tomar la vía del 143, y sigue siendo experta también en vías de tren sin electrificar y con traviesas del s. XIX. Y lo que te rondaré Morena ahora que Ábalos no nos avala. También la mayoría de las regiones lo consiguieron por sí mismas. Pero las llamadas “históricas” accedieron más pronto y más completamente por el 151 con ese argumento. El reconocimiento del derecho ancestral es legítimo, pero no exclusivo ni menos excluyente. También es cierto que era más palpable ese sentimiento, pero no en todas, porque alguna como unión prácticamente nada más que tenía la lengua y ese adhesivo es como el de los post-it. Encima, otra, Andalucía, por no ser menos, consiguió la vía rápida, el 151, por el PSOE de Felipe González y por el mismo, años después, el tren rápido: el AVE.

Los del 143, realmente “esos que están debajo del Ebro” como Arzallus rebuznaba, no eran considerados por los históricos histéricos, es decir, por los nacionalistas excluyentes del País Vasco y Cataluña, como merecedores de autonomía, y la expresión xenófoba, luego execrable, utilizada para señalarlo es la de “café para todos”. No es que a ellos haya que darles café, que sí, sino que a los canarios, asturianos, riojanos, etc. con una taza de porcelana desconchada con algo de achicoria sobra y basta.

Pero hete aquí que las diferencias de trato con los repartos presupuestarios y con las sucesivas conquistas de nuevas competencias se convirtieron en alfaguaras de agravios, de todos conocidos, todos los días vistos, y también muchos de ellos solo bulos, por lo que no se necesita incidir más.

Lo grave del asunto es que dentro de muchas comunidades -claro, no todas porque las uniprovinciales son como los pisos de soltero: sin problemas de convivencia- se acusan discriminaciones entre las provincias, notándose más inversiones, más gasto, más dedicación pública o como se quiera decir en unas que en otras, habiendo entonces, además de comunidades de primera y de segunda, - y si seguimos emulando al fútbol no sé dónde acabaremos- grupos de provincias de segunda, más “provincianas” si se admite la expresión, y una o poco más de primera, generalmente la que acoge a la capital. Se acusa de eso pero también hay fundamento en muchos casos, aunque debe aventarse el grano en la era para no cegarse con la paja. Siendo otro tema, hay que tener en cuenta que en más de una región hay provincias con unas características, unas potencialidades, muy distintas a las de las otras, y la diferencia está servida, aunque la armonización debe ser siempre prioritaria para los gobiernos. Lo que no puede pasar es que tal descontento se plasme en una nueva lucha de David contra Goliat, como si aquel siempre ganase además. Son otros cauces por los que deben transcurrir dichas ansias. Y no defiendo por eso el mal llamado a mi juicio bipartidismo. Podrían los de esos partidos, si quisieran, reducir todo lo posible esas diferencias; incluso, dejando a los dos nacionales y yendo a los nacionalistas, también pueden ser condenados por pecar de lo mismo en sus provincias, aunque, claro está, como partidos que salen por su gente en España sí lo hacen. Piensen en un tren interregional y en todos los diputados del PP y del PSOE de las regiones que atraviesa unidos para su mejora. Sé que es mucho pensar pero es evidente que moverían más que la recua de burros que unen a la de sus correligionarios de otros lares para que el arriero las guíe con el piñón donde quiera.

Ya hubo esas regiones algún partido regionalista en los inicios de la Transición, y la mayoría eran de derechas y tan pronto nacieron fueron engullidos en UCD. También lo es el PNV y lo era CiU. Hay alguno como en Cantabria, uno pintoresco en Extremadura, el de Cascos ya sin Cascos ni cuartos, y poco más.

Pero están surgiendo algunos de ámbito provincial. El más conocido es “Teruel Existe”, del que, sin burla ni falta de respeto, hago uso para el título. Es bastante activo, reivindicativo, “chupa cámara” como decimos coloquialmente, y su único diputado, Tomás Guitarte, va siendo conocido. A este respecto, quiero hacer notar que, sin analizar circunstancias, teniendo representación nacional no haya ningún diputado en las Cortes de Aragón. Ya digo que no sé la motivación pero sí muestro mi extrañeza porque sería el lugar más lógico. De los otros intentos provinciales ya iremos viendo el éxito y, lo más importante, el resultado. Se empiezan a hilvanar algunas futuras plataformas o coaliciones de minorías con otras organizaciones semejantes en cuanto a sus circunscripciones, pero quizá en poco más: ni la extensión, industrias, inversiones necesarias, actividades del sector primario, carreteras y ferrocarril, etc. tienen por qué tener mucho parecido. La unión en la desgracia y el dolor no lleva pareja la misma solución psicológica ni material. Puede creerse que es distinto pero tiene bastante similitud esa solidaridad que vemos entre los independentistas catalanes y vascos a la hora de sujetar juntos una pancarta que, a veces, ninguno entiende qué pone, y que se rompe si se habla de “dirua; diners”: dinero, y ahí está sin ir más lejos lo que le rumba el Concierto Vasco a la hacienda catalana.

En los 80 tuve el placer de disfrutar de la obra de Els Joglars que hicieron polémica, Teledeum. Sin destriparla por si vuelve, y de forma simple, contaré que representaba el ensayo para una celebración ecuménica de varias iglesias cristianas, desde la católica, pasando por los Testigos, hasta una inventada con nombre como la primera pero norteamericana en lugar de romana. La enjundia estaba en que tanto ecumenismo, tanta hermandad, tanto ser hijos de mismo Dios se acababa cuando se discutía por los lugares de preferencia en la emisión del programa. Me vino esto a la cabeza con la hermandad de los partidos provinciales, a la que le deseo larga vida, pero que puede ser como las reuniones familiares hasta que se habla de la herencia. Con “Soria ¡Ya!”, aún embrionaria, los de “Teruel Existe” ya han colaborado, llegando a presentar ocho enmiendas a los PGE, pero con igual relación con Teruel que los toros de fuego del Carnaval con el Torito.

Si se sigue a ese nivel pasaremos a las comarcas porque no hay que ser muy avispado para observar escalones, y no geográficos. Ya no se estigmatiza a Las Hurdes, o a Los Oscos y su distancia en sus provincias se acortó, pero no están igual en Ribera del Ebro que en el Priorato. Cuanto más se reduzca el territorio, obviamente más complicado es tener representación y habría que conquistar en voto al grito de Fuenteovejuna, y aún así. Por eso lo he llevado mordazmente al límite, a la cueva, a la tribu, la unidad de destino en la inversión podría decirse. Todos emparentados, misma lengua, fin y enemigo común, compartición de la comida, la cultura, el vestido, el chamán de la S.S. y el de la parroquia.

Afortunadamente para los de Atapuerca, entendiendo a qué época me remonto porque Arsuaga describió deliciosamente el paso de los milenios por allí en El mundo de Atapuerca, esas banderías no tenían lugar por estas causas, y hasta los sumerios no empezamos a padecer jefes y sacerdotes modernos, si no me enseñaron mal, concertando qué es patria, y sin concertinas hasta dónde y hasta cuándo, y quiénes no son nuestros.

Es el Senado la Cámara de representación territorial y sería allí, con una reforma tras la que no lo conociera ni la madre que lo parió, donde tendrían que aspirar a tener representación los que así lo entiendan necesario. Pero eso es tema para otro título.

Jesús María Frades Payo es socio de infoLibre

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