El capitalismo hace egoísta y estúpido al 'homo sapiens'

Manuel Vega Marín

Si aún cabía alguna duda, la pandemia del covid-19 lo ha puesto de manifiesto. Con este aserto no nos  estamos refiriendo, que también, al origen de la misma, sino especialmente al control, si no al dominio, del coronavirus y sus mórbidas consecuencias. El saber humano y la ciencia rápidamente encontraron el arma resolutiva: la vacuna. Como en otros grandes inventos, fueron los poderes públicos con el dinero de todos los contribuyentes los primeros que, ávidamente, invirtieron en la investigación al encuentro del “milagroso” antídoto, cuyo hallazgo antes de lo esperado, supuso un gran regocijo y una enorme esperanza para la sufriente humanidad.

Hasta aquí, todo normal. Es a partir de la viabilidad del medicamento y desde la perspectiva que éste abre en la obtención de grandes beneficios, cuando el sistema capitalista, que todo lo convierte en mercancía, privadamente se lanza a la conquista de aquéllos. Lógicamente, es la industria farmacéutica quien posee los medios adecuados para la consecución de este magno pastel. Según datos facilitados por organizaciones defensoras de los derechos humanos (People´s Vaccine Alliance), el oligopolio formado por Moderna, BioNtech y Pfizer se han repartido 26.000 millones de dólares en los primeros seis meses de 2021. Hay que decir que como tales empresas pagan al fisco entre el 7 y el 15%, cuando no usan su poder para evadir impuestos en “paraísos fiscales”.

¿Cómo va a desaprovechar el sistema la gran oportunidad de recaudar los inmensos beneficios que la pandemia le ofrece?

Como la experiencia ha demostrado, la gran industria farmacéutica ha logrado elaborar las suficientes dosis de vacunas para inocular a toda la humanidad; y que, como vienen manifestando infinidad de científicos y exigiendo instituciones públicas y privadas, esta enfermedad global solo tiene curación en el corto y mediano plazo, si la distribución del milagroso antídoto se hiciera globalmente. Es decir; si de manera solidaria y a la vez, se inmunizara a todos los posibles contagiados sin distinción de países pobres o ricos. No hacerlo así, como estamos viendo, es darle ventaja al virus para mutar y, en olas sucesivas, seguir expandiéndose y contagiando. Pero, ¡claro!, actuar de esta manera lógica y solidaria, en este tema, como en otros, atenta contra uno de los pilares básicos del sistema capitalista salvaje en que vivimos. ¿Cómo va a desaprovechar el sistema la gran oportunidad de recaudar los inmensos beneficios que la pandemia le ofrece? Mientras el virus siga entre nosotros irá mutando, creando nuevos nichos que mantendrán e, incluso, aumentarán las ganancias de la industria farmacéutica, digna representante del egoísmo capitalista. Demás están las peticiones que muchas instituciones y Estados han cursado para que, al menos mientras la pandemia no esté controlada globalmente, se cedan las patentes para que los países que puedan fabricar las vacunas lo hagan, y que los países ricos distribuyan las dosis solidariamente antes de su caducidad y consecuente desperdicio.

Tenemos claro que la tesis que apoyamos y defendemos supone un gran revulsivo para el sistema actual monopolístico con que se administran las patentes. Las empresas investigadoras, hipócritamente, alegarán el gasto que les supone investigar, olvidando la inicial ayuda pública. Insistirán en la falta de estructuras adecuadas en los países del tercer mundo... En esas estamos desde hace mucho tiempo, sin siquiera reconocer el saqueo de materias primas que los países ricos siguen haciendo a los países pobres. Si encima de esquilmarles las materias primas, no se les ayuda a que ellos mismos sepan utilizarlas, jamás saldrán de tan pésima situación. Y así ocurre que en continentes como el africano se sigan reproduciendo epidemias erradicadas o controladas en regiones con Estados ricos.

En definitiva, la covid-19 ha puesto de manifiesto que el sistema capitalista ha optado, y lo seguirá haciendo, por el beneficio de unos pocos contra el bienestar y la salud de la población mundial. El homo sapiens, siendo capaz de hallar la vacuna que protegería a la humanidad contra el virus de forma rápida y eficaz, ha optado por la insolidaria estupidez de no ceder sus conocimientos y derechos de patente ante el montante de beneficios previstos. Tal decisión en absoluto es novedosa. El capitalismo siempre busca directamente el enriquecimiento propio, y después, indirectamente, el aprovechamiento de los demás. O, dicho sarcásticamente, de ese aprovechamiento indirecto obtiene su propio enriquecimiento. En necesidades básicas como es la salud, es vergonzoso tener que reconoceré que los más pingües beneficios los obtiene la industria farmacéutica de las enfermedades crónicas padecidas por los humanos...

Por otra parte, dada la globalidad de la enfermedad pandémica, poder fabricar la vacuna y controlar su distribución global, puede convertirse, en manos del capitalismo, en una herramienta más, semejante  a la posesión del petróleo o la bomba atómica, que condicione y empodere aún más las relaciones geoestratégicas de los países ricos entre sí, y de éstos con los países de rentas más débiles.

Como ocurrió con motivo de otras catástrofes bélicas, económicas o sanitarias se crearon instituciones internacionales (ONU, CECA, UE, OMS, etc…) que, al menos, pudieron aminorar sus perversas consecuencias. Hoy se ha creado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) una especie de “almacén” al que pueden aportar vacunas, filantrópica y voluntariamente, los países acaparadores, desde el cual, y con el control de éstos, distribuirlas a los países pobres. Esa es la filosofía de la plataforma COVAX para hacer posible a nivel global la vacunación en los países de renta baja. Pero el padre de la criatura no deja de clamar contra su cicatería en el cumplimiento de su propósito. De los 6,5 billones de dosis, hasta el presente los países latinoamericanos sólo han accedido a ellos el 11%, y el continente africano a un eximio 4%. Pero este tema sería objeto de otra reflexión. Por ahora me conformaré con sugerir al lector la lectura del interesante artículo, que, con el título Vacunas: cuando los seres humanos ganamos la guerra invisible, la periodista Graziella Almendral publica en infoLibre.

Por mi parte, aquí lo dejo por ahora...

 

Manuel Vega Marín es socio de infoLibre    

 

 

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