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El Gobierno sacará adelante el plan de reparación para víctimas de abusos con o sin la Iglesia

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Antonio García Gómez

“Y para rematar, un maestro de la polarización como Pablo Iglesias ha polarizado consigo mismo esta semana. O con su comunidad emocional. Podemos pretende mantener los pies en el Gobierno y la retórica en las barricadas. Debe creer que eso les permite mantener cohesionado su perímetro, sea de las dimensiones que sea ese perímetro. Por eso, es más asombroso el desatino de equiparar el exilio antifranquista español con la estancia de Puigdemont en Waterloo porque so no se lo tragan ni en su burbuja. O no especialmente en su burbuja”. Pepa Bueno.

No debería Pablo Iglesias enrocarse en que “los contextos son distintos”. Porque ni somos unos inmaduros ni andamos sobrados de tanto talento como el suyo, y sabemos entender, comprender y discernir, incluso esos “contextos” de los que perora con su consabido piquito de oro, o tal que así se lo ha llegado a creer.

Es por lo tanto indigerible tratar de ningunear al éxodo republicano tras la Guerra Civil, cuando tuvieron que escapar miles, millones de derrotados compatriotas nuestros, “casi desnudos como los hijos de la mar” como había dicho Antonio Machado, como, en realidad tuvieron que hacerlo huyendo de la vesania desatada por el fascismo golpista vencedor.

En consecuencia no había necesidad de agraviar su memoria, por otra parte bastante racaneada por las ideologías y las fuerzas políticas de una derecha rampante y vengativa, al menos, desde que la democracia los encarriló hacia el redil del respeto cívico, aunque fuera disimulado.

De ahí que, esta vez al menos, el redicho Pablo Iglesias se ha pasado de filibusterismo intelectualoide al meter en el mismo saco a Puigdemont y a los republicanos exiliados en el 39, víctima del odio de una ideología fascista y violenta.

Por mucho que él, el vicepresidente iluminado, vaya varias “verstas” por delante de la medianía general que no parece estar a su altura de miras, o que no queremos elevarnos tanto sobre la dignidad media de quienes, sabiendo distinguir los contextos, solo podemos tener respeto mayúsculo sobre la tragedia del exilio republicano.

Con todo el respeto a los intríngulis del independentismo catalán caído en su propia trampa y en la de los ajenos que tampoco eran mancos. Como para que Pablo Iglesias no volviera a tocar la memoria, ya manoseada en bastantes ocasiones, del exilio de miles, de millones de compatriotas que se jugaron la vida y la dignidad por una legalidad que muchos tanto echamos en falta.

Por mucho que sus juegos dialécticos, malabarismos vanos, con su soberbia intragable y su necesidad de estar en misa y repicando más veces de las convenientes acabe por hacer cumplir el dicho de que “quien mucho habla, mucho yerra”.

Y más si da la sensación de que, a menudo, prefiere quedarse en el arabesco propio de su galanura expresiva, se supone, que en la aplicación de la faena sensata y en profundidad, por la lealtad y la buena gestión, con menos adornos verbales y más sustancia y claridad en la valoración de lo que nos ha hecho más grandes, más decentes y más dignos, a la sombra del buen hacer y mejor ejemplo de quienes nos precedieron, en el sacrificio, el arrojo y el castigo del exilio… por patriotas y por legales, por compatriotas sacrificados y entregados.

Y si no hacer el pequeño ejercicio de memoria del breve pero trágico exilio, sufrido por el gran poeta Machado, escapando por la frontera, a pie, desvalido, “muerto de pena”. Coherente e invencible, desde su fragilidad heroica, no domeñada por la resuelta ira de quienes le perseguían a muerte, a él como a otros tantos millones de españoles/as: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. Antonio Machado.

Habares

Antonio García Gómez es socio de infoLibre

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