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Hijos del capital

Carlos López-Keller

A veces, tan a menudo, en el calor de un debate nos germina en las entrañas una idea, una opinión, una convicción que no sabemos de dónde viene; que no nos invita a reflexionar sino más bien a buscarle argumentos que le den cobijo.

Pero hacer que los argumentos vengan después y no antes de nuestras convicciones desenfoca nuestro discurso, lo hace confuso, porque muchas veces buscamos el respaldo a nuestras certezas en distintos planos de razonamiento que habría que diferenciar.

Tomemos el ejemplo de la pareja de Isabel Díaz Ayuso. Analicémoslo desde una óptica económica. Enfrentada a la peor pandemia en décadas, España necesitaba con urgencia mascarillas para millones de ciudadanos. Ante una oferta limitada y una demanda desproporcionada, los precios subieron desproporcionadamente. Se llama capitalismo.

Los importadores de mascarillas contactaron con intermediarios, esos personajes que pululan por los entornos del poder, para tener acceso a los políticos que estaban desesperados por conseguir mascarillas.

Estos intermediarios tiraron de agenda para contactar proveedores con clientes, y recibieron de aquellos unas comisiones gigantescas, a la altura del dinero que los importadores habían cobrado a España por las mascarillas. Desde un enfoque económico, la operación fue un éxito.

Desde una perspectiva jurídica, la operación es lícita. Estos facilitadores firmaron unos contratos de comisión que, a pesar del actual carácter peyorativo del término, está previsto en nuestro Código de Comercio desde hace 140 años y es lícito desde hace diez milenios.

Sólo es ilícito si el importador soborna a un funcionario, como en el caso Koldo, o si el intermediario maniobra para no tributar sus ganancias, como en el caso de la pareja de Ayuso.

Dejando aparte estos excesos, tales actuaciones son correctas porque en un mundo subyugado por las normas del capital no hay más relaciones que las económicas ni más norma para valorar la bondad de una decisión que su rentabilidad. Lo decía el dueño de Mercadona el otro día: ganar dinero es una cosa muy buena. Y ganar cuanto más, mejor.

Aprovechar una situación de agonía nacional en beneficio propio es indecente pero lícito. Es el sistema que nos hemos dado. Como le dijo Michael a Sonny, no hay nada personal; solo es negocio

Desde una perspectiva ética, la operación es miserable. La pareja de Isabel Díaz Ayuso ganó millones de euros gracias a la pandemia. Gracias a la pandemia. Es terrorífico. Si España no hubiera pasado por esta debacle sanitaria que causó miles de muertos, tal vez Díaz Ayuso no estaría viviendo en un piso tan fabuloso. Tal vez no habría un Maserati en su garaje.

En una situación de extraordinaria urgencia sanitaria, con unos políticos legítimamente angustiados por encontrar mascarillas, los intermediarios les pasaron a la firma unos contratos leoninos, que no hubo más remedio que pagar, a costa del dinero de unos impuestos que, por cierto, ellos se empeñan en esquivar.

Aprovechar una situación de agonía nacional en beneficio propio es indecente pero lícito. Es el sistema que nos hemos dado. Como le dijo Michael a Sonny, no hay nada personal; solo es negocio.

Desde una perspectiva política, la valoración última corresponde a la soberanía popular. Espero que tome nota de que Isabel Díaz Ayuso está satisfecha con el comportamiento de su compañero; de ahí que no entienda la denuncia contra él.

En realidad, el comportamiento de ambos es muy similar; son hijos del capital y han mamado en sus pechos.

Por eso Díaz Ayuso decidió que miles de ancianos fueran abandonados en las residencias madrileñas en lo peor de la pandemia sin ser trasladados a hospitales, salvo aquellos que tenían seguro privado. Según las reglas de la oferta y la demanda, quien no tiene nada que ofrecer, muere. Es el capitalismo. ¿No les gusta? No los voten. ¿Les gusta? No se quejen.

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Carlos López-Keller es socio de infoLibre.

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