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La historia continúa

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Annabella Calvo

El final de la Primera Guerra Mundial alumbraría la desaparición de los grandes imperios en ese momento (el imperio austrohúngaro, el de los Romanov, el imperio alemán y el imperio otomano), es decir, tras esta contienda mundial, los componentes que conformaban otrora aquel sistema internacional quedaron trastocados dando lugar a una nueva configuración del mismo. Obviamente, hoy en día no existen imperios como tales imperios, aunque, nada contradice el hecho de que alguna de las grandes potencias pueda quedar subsumida por las propias sinergias del sistema internacional.

Se puede afirmar que las primeras décadas del siglo XXI, están presididos por condicionantes muy similares a aquellos que marcaron gran parte de la primera mitad del siglo xx. Porque, y siguiendo las tesis del historicismo, «cualquier hecho debe de ser evaluado en función de la historia». Entre los intereses primordiales de los Estados hoy como ayer está, la supervivencia del mismo, desde esta concepción neorrealista del Estado como actor central y único este, actúa con base en sus propios intereses nacionales, definidos en términos de poder y en una pugna por el mismo dentro del sistema internacional.

Lo que está claro es que, hoy en día, el poder se va transformando, equilibrando y reequilibrando, pero siempre, bajo el aura que despide de fuerza y dominio por ello, en el siglo XXI, tal vez, la forma de obtener el poder por parte de las grandes potencias no sea a través de la guerra convencional como en siglos anteriores sino, a través de la economía. Una orden económica a través de un teclado puede ser tremendamente más dañino que emprender la guerra contra ese mismo Estado, la llamada guerra cibernética es tan destructiva o más que la convencional. En este sentido, China, a diferencia de otras potencias es consciente de ello y, su modo de actuar difiere mucho. Mientras, Estados Unidos o Rusia utilizan el recurso al uso de la fuerza militar, la estrategia china está basada en tácticas económicas.

En definitiva, en un escenario multipolar como es el que presenta el tablero internacional, la única cosa cierta es que el fin de la historia, tal y como dibujó Fukuyama, no resulta cierto. El resurgimiento de la Rusia postcomunista, el auge imparable de China sumado a la tensión que mantiene con Estados Unidos, potencia hoy todavía preeminente, aunque, viviendo horas bajas, la hecatombe que define el panorama en Oriente Medio, así como, la entrada de actores no estatales, como el terrorismo. Además, una serie de factores exógenos y endógenos como son, el auge de los nacionalismos de Estado, una acuciante polarización en la arena política indefectiblemente, trasladada a la esfera ciudadana, así como un incremento de la xenofobia dentro de las sociedades occidentales, a lo que se añaden los distintos conflictos que tiñen de rojo gran parte del Orbe, a todo este panorama ya de por sí desolador, se le añade una pandemia de proporciones incalculables, sobre todo en el tiempo. Todo lo cual rubrican la negación a la afirmación de Fukuyama.

Annabella Calvo es socio de infoLibre

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