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Juro

Antoni Cisteró

¡Eureka! Por fin lo hallé. Y sí, confieso que fue viendo una serie en Netflix. Para desengrasar de la violencia organizada y manipulada en Barcelona, que mejor que visionar “Homeland”. En su último episodio de la última temporada, aparece el juramento de una de las protagonistas como presidenta de los Estados Unidos. Y oí: “Juro solemnemente que ejerceré fielmente el cargo de presidente de los Estados Unidos y, hasta el límite de mi capacidad, preservar, proteger y defender la Constitución de los Estados Unidos". Lo verifiqué en internet. Corresponde exactamente al Artículo II, sección 1 de la Constitución de su país.

Y me dije: preservar, proteger, defender… son solo términos pasivos, de resistencia, de búnker. Me fui a la legislación española, que, entre otras cosas, dice en el texto de juramento del presidente del Gobierno (Real Decreto 707/1979): “Guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado”. Guardar, encerrar en un armario, en una caja fuerte… Con razón a veces aparece mohosa, rancia y polvorienta.

No es solo en nuestro país, ni las palabras cínicamente pronunciadas por Trump. Voy al artículo 56 de la Constitución alemana: “Salvaguardar y defender la Ley Fundamental y las leyes de la Federación”. De nuevo a la defensiva, lo que está bien, claro, pero no es suficiente.

En un mundo frenéticamente cambiante y de complejidad apabullante, con una ciudadanía aturdida con tanta información que no sabe como digerir, con las crisis sobrevenidas y unos dirigentes que a menudo no están a la altura, se impone buscar soluciones en las pocas cosas en que, tiempo atrás, estuvimos de acuerdo. Por ejemplo, la Constitución. Y sí, las vemos “defendidas – protegidas – salvaguardadas – preservadas”, y ello desde el tiempo de su concepción, antes de la era de internet.

La primera y peligrosa reacción es decir que ya no sirve. Y no es verdad. En España, y en los demás países, ha sido razonablemente útil durante las últimas décadas. La segunda opción: retorcerle el pescuezo para obligarla a pronunciarse sobre temas y situaciones inexistentes en el momento en que nació.

En nuestro país, el 27 de diciembre de 1978, no existía internet y, por lo tanto, mucho menos las redes sociales que nos ensordecen; no estaban consolidadas las comunidades autónomas, que tantas heridas sin cicatrizar muestran después de cuarenta años de roces y tensiones; faltaban ocho años para la integración en la Unión Europea, a la sazón formada por menos de un tercio de los componentes actuales; aún pasarían casi diez años antes de que cayera el muro de Berlín, y con él uno de los bandos de la guerra fría. Etcétera, etcétera.

Cuando engendramos un hijo (o una hija), nos juramos también defenderlo/a, protegerlo/a, salvaguardarlo/a y preservarlo/a en lo posible de todo mal. Sin embargo, vamos cambiando su vestimenta, compramos nuevos zapatos a medida que va creciendo el pie, le educamos con unos elementos distintos a los 3 que a los 15 años. Nuestra relación con la prole es, o debiera ser, abierta, modulable, adaptable a las distintas etapas por las que pasa el nuevo miembro de nuestra sociedad. Garantizamos también la flexibilidad suficiente para ir reaccionando a las distintas circunstancias que irán sobreviniendo y que no se hayan podido prever en el momento del nacimiento. ¡Ah! Y es importante hacerlo paulatinamente. No podemos mantener los pañales hasta los 10 años, ni los mismos libros o juegos a lo largo de todo su crecimiento.

Entonces, ¿por qué no con la Constitución, aquel artilugio que engendramos para organizar nuestra convivencia? Si nos fijamos bien, la mayoría de los grandes retos que han aparecido a lo largo de los últimos 40 años no han implicado ninguna adaptación del texto constitucional. Y todos sabemos que las heridas, si se tapan deficientemente, se infectan y llegan a poder causar la muerte por septicemia.

Utópicamente, vista la cerrazón partidista, desearía que hubiera un resquicio donde reavivar la vigencia de la Constitución. Imaginemos que, en el juramento presidencial, se añadiera: “Mantener viva”, o “actualizar”, o “adaptar a los nuevos retos de la sociedad”, etc., etc., No soy quién para dar con el texto adecuado, juristas habrá con imaginación y visión de futuro. Pero sí sé que solo los cuerpos que hacen ejercicio, que se lavan de vez en cuando, que reaccionan ágilmente a las circunstancias cambiantes del entorno, permanecen vivos. ___________

Antoni Cisteró es socio de infoLibre

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